La Mazmorra del Snarry
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La Mazmorra del Snarry


 
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La Mazmorra del Snarry... El escondite favorito de la pareja más excitante de Hogwarts

 

 El manzano. Capítulo 1

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nienna0410
Explota calderos
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El manzano. Capítulo 1 Empty
MensajeTema: El manzano. Capítulo 1   El manzano. Capítulo 1 I_icon_minitimeMar Feb 16, 2021 9:12 pm

Bueno chicos, regreso con nueva historia. Esta vez es una traducción de Philo, “The Apple Tree” y es bastante larga, tiene 44 capítulos, así que tenemos para rato jajaja.



Título: The Apple Tree

Autor: Philo

Resumen: Harry regresa a Hogwarts en su séptimo año dispuesto a cambiar el estado de la escuela. Una historia de romance, traición, iniciativa y proezas. Traducción autorizada de Philo. SNARRY
La historia original la podéis encontrar aquí:
https://archiveofourown.org/works/4241040/chapters/9595593

Parejas: Harry Potter/Severus Snape, Hermione Granger/Neville Longbottom/Draco Malfoy, Vincent Crabbe/Gregory Goyle

Advertencia: angustia, drama, violencia, mención de violación (no es una violación como tal, sino un hechizo que la imita; lo indicaré previamente en el capítulo, y si alguien se lo quiere saltar, solo tiene que decírmelo y le explicaré lo más importante para el transcurso de la historia).

Disclaimer y notas del autor: Esta historia está basada en los personajes y situaciones creadas y pertenecientes a JK Rowling y a varios editores como Bloomsbury Books, Scholastic Books y Raincoat Books, y a Warner Bros., Inc. No se pretende ganar dinero con ella ni infringir derechos de autor. Mis agradecimientos a JKR por deleitarnos con su obra.






CAPÍTULO 1: Un encuentro inesperado


Harry se deslizó dentro del Caldero Chorreante y se apoyó informalmente contra la pared, mientras la puerta se cerraba con un golpe sordo a su lado. Los aromas familiares del mundo mágico lo envolvieron mientras sus ojos se adaptaban a la tenue luz. Saboreó el intenso y cálido olor del tabaco mágico, el fuerte y amargo aroma de la vieja cerveza derramada, la fragancia de los cuerpos de los magos, sus perfumes naturales sin camuflar con productos químicos, sino acentuados con hierbas y especias… Apoyó una pierna despreocupadamente contra la pared, ajustando la bolsa de deporte en su hombro mientras realizaba un escaneo mágico sobre la multitud. Había adquirido esa habilidad recientemente, y se aseguraba de usarla en cada oportunidad que tenía; por una parte, porque le gustaba, y por otra parte, porque se había vuelto más cauteloso y le gustaba saber si había algún peligro presente.


Percibió los niveles de poder mágico de los distintos magos y brujas presentes, deslizando sus sentidos rápidamente sobre la muchedumbre. La mayoría tenían un nivel bajo de poder, algunos nivel medio -ahora que sus ojos se habían ajustado, notó que Blaise Zabini tenía un buen nivel de poder- y continuó escaneando a lo largo de los reservados que se alineaban en las paredes traseras metódicamente, de izquierda a derecha.


¡Espera!


Deslizó los ojos y desplegó los sentidos nuevamente. Interesante. Localizó un hechizo de no-me-notes* a través del tercer reservado. Mesa que tenía una buena vista de la puerta, por cierto. Se apartó con cuidado, abriéndose paso con calma hacia la barra. Esperó pacientemente a que le atendieran, ya que el personal se estaba ocupando tan rápido y con tanta alegría como podía de las entusiastas demandas de la multitud. Apoyó una cadera contra la barra de madera, girándose mientras esperaba para mirar con indiferencia hacia el reservado que había llamado su atención, profundizando su análisis. Detectó a una sola persona, con un hechizo de ocultamiento, y una magia increíblemente poderosa, también camuflada. Sintió cómo su estómago se contraía y la adrenalina comenzaba a bombear por sus venas.


—¡Señor Johnson! —Tom, el tabernero, le sonreía mientras limpiaba rápidamente un vaso listo para llenarlo—. Lamento haberle hecho esperar.


—No pasa nada, Tom —sonrió Harry—. Estás hasta arriba, por lo que veo.


—Bueno, los niños vuelven a Hogwarts mañana. Muchas familias dejan para el último día el venir a comprar los materiales. Aprovechan para dar un paseo realmente.


Harry asintió.


Tom hizo un mohín.


>>En realidad, tengo que pedirle un favor.


Harry arqueó una ceja, mostrando curiosidad.


Tom hizo un gesto hacia una pareja de ancianos sentados en una pequeña mesa no lejos de la barra, que acababan de terminar su cena.


—Los viejos Bernard y Mathilda Franks. Ya han pasado tantas décadas desde que tuvieron algo que ver con Hogwarts que no se les pasó por la cabeza pensar que podríamos estar un poco ocupados esta semana —resopló.


—¿No quedan habitaciones en la taberna? —murmuró Harry.


—Bueno, sí que hay, pero la cosa es que la Sra. Franks no será capaz de subir más de un tramo de escaleras…


—¿Quieres que le lance un hechizo de levitación? —masculló el joven.


—No, no. Ya se lo ofrecí; a mí no me causan ningún problema, pero ella insiste en que la ponen enferma y que su estómago se encuentra demasiado delicado a su edad…


—Quieres mi habitación.


—Tengo otra en el tercer piso que puede usar —respondió Tom apresuradamente—, ya que es usted joven y está en forma. Es más barata…


—Me parece bien —sonrió Harry.


—Pero es una individual, sin embargo, y tiene baño compartido —explicó el cantinero con sentimiento de culpa.


—Tom, está bien —lo tranquilizó el joven—. ¿Quieres que vaya a hablar con ellos?


—¿Lo haría? Les dije que tendría que preguntarle, que no les podía garantizar…


—No hay problema. Pero a cambio, dime, ¿quién está acaparando el tercer reservado para él solo en la parte de atrás?


—¿Qué? —Tom miró a la pared del fondo—. ¡Oh, Severus Snape! ¡Había olvidado que estaba allí! Se ha lanzado un no-me-notes, ¿verdad? ¡Vaya cara! ¡En mi pub! ¡Y ocupando todo ese sitio él solo cuando tengo a tanta gente aquí! Y apenas ha pedido nada en toda la tarde.


Harry sonrió. Tan pronto como supo el nombre, pudo ver al hombre. Estaba sentado allí con la cabeza metida en un libro y un vaso de pinta vacío frente a él.


—Voy a sentarme con él en un minuto. ¿Qué está bebiendo?


—La mejor ale. **


—Entonces ponme dos de esas, Tom. ¿Ha comido ya?


—¿Va a invitarle a cenar? —cuestionó el tabernero, escandalizado.


—Odio comer solo delante de alguien. ¿Tu esposa ha preparado la empanada de carne y queso Stilton*** hoy? —preguntó Harry con esperanza.


—Ella siempre se asegura de tenerla lista cuando usted reserva aquí —dijo Tom con una sonrisa—. ¿Dos, entonces?


—Por favor.


Harry se acercó a la pareja de ancianos. Mathilda Franks era la persona más pequeña y arrugada que había visto en su vida. Tenía el cabello blanco y muy limpio recogido en un moño apretado en la parte posterior de la cabeza, ojos oscuros y penetrantes, y una boca remilgada que estaba frotando con una servilleta. El joven se puso de cuclillas a su lado, quedando a la altura de sus ojos.


—¿Señora Franks? Soy Alex Johnson. —Harry le dedicó una sonrisa amistosa y le tendió la mano.


Ella lo observó con ojos pequeños y brillantes.


—¿Señor Johnson?


El que formuló la pregunta fue Bernard, con una voz jadeante. Probablemente el hombre tuviera incluso más problemas con las escaleras que su esposa. Tal vez por eso estaba tan preocupada, pensó Harry.


>> ¿Es sobre su habitación?


—No, es vuestra —le aseguró Harry, levantándose y volviéndose hacia el pequeño mago, bastante regordete, con ojos llorosos y una gorra de rayas bastante encantadora en su cabeza. A Dumbledore le gustaría esa gorra, pensó Harry mientras se reía internamente.


—¿De verdad que no le importa? —preguntó Bernard Franks ansiosamente.


—De verdad. De hecho, me está haciendo un favor. Tom me ha ofrecido una habitación más barata. ¡No sabía que tenía habitaciones más baratas! ¡Me aseguraré de pedir otra igual la próxima vez! ¡No sabía que me había estado estafando todo este tiempo! —Harry echó una ojeada hacia la barra con una sonrisa para ver si Tom estaba escuchando, lo cual estaba haciendo.


—¡Solo abro el tercer piso cuando se llena todo, señor Johnson! —negó la acusación.


Harry le sonrió. Tom vertió dos pintas en la barra.


>>La cena tardará un poco. Vamos con retraso —refunfuñó.


Harry rio.


Tom se rindió y le devolvió la sonrisa tímidamente.


>>No es broma.


El joven asintió y se volvió de nuevo hacia la señora Franks, que todavía no había dicho ni una palabra.


—Si hay algo más que pueda hacer por usted… —comenzó cortésmente, para ser interrumpido por la vieja bruja.


—Todo saldrá lo mejor posible —dijo, con voz entrecortada, como si hubiera tomado una decisión.


—¿Perdone? —cuestionó Harry, arqueando las cejas.


La Sra. Franks miró fijamente al chico y dijo secamente:


—Gracias por la habitación, joven.


Harry la observó por unos instantes.


—De nada —respondió, y se levantó. Sabía cuándo su presencia ya no era requerida.


Ajustándose la bolsa de deporte sobre su hombro, Harry recogió los vasos de cerveza de la barra y los llevó con cuidado hacia la mesa de Snape.


—Espero que no le importe que me una a usted —saludó alegremente—, pero no hay más asientos disponibles. El lugar está abarrotado. —Y dobló las rodillas para deslizar la cerveza sobre la mesa, evitando que su bolsa la empujara mientras lo hacía.


Snape levantó la vista de su libro y lo observó con su mirada de furia distintiva, pero Harry pudo sentir su curiosidad por saber cómo el joven había sido capaz de verlo a través de su hechizo de no-me-notes e invadir su privacidad de todas formas. Sus ojos recorrieron la habitación, confirmando que todas las demás mesas estaban ocupadas.


—Es una taberna —respondió brevemente—; puedes sentarte donde quieras. —Y volvió a hundir la cabeza en su libro.


Harry colocó su bolsa sobre el banco y se sentó al lado de ella. Sacó su varita y le dio a su vaso un golpe rápido, enfriando la cerveza, para luego tomar un trago antes de suspirar de placer. La cerveza de mantequilla podría calentarte hasta los dedos de los pies, pero en una noche calurosa una cerveza helada era un placer. Muy poco británico, por supuesto, pero la había enfriado hasta alcanzar una temperatura perfecta donde aún conservaba los sabores maduros y amargos. Era consciente de que Snape lo había estado observando desde el momento en que había sacado su varita; de hecho, el profesor tenía la suya propia en la mano que quedaba bajo el libro que estaba leyendo, pero Harry se había propuesto usar movimientos lentos que mostraran claramente no ser amenazantes.


Miró hacia el hombre, encontrándose con sus ojos.


—¿Quieres que enfríe la tuya también? —preguntó, empujando el segundo vaso sobre la mesa en dirección a Snape.


Los ojos negros se entrecerraron.


—No acepto bebidas de desconocidos —respondió en voz baja y cortante.


—Es la mejor ale; le pregunté a Tom qué estabas bebiendo —explicó Harry.


—¿Y por qué harías eso? —inquirió Snape con su voz más sedosa.


El joven sintió un hormigueo recorrer su columna y resistió el impulso de temblar.


—Porque iba a venir a molestarte.


Snape lo miró como si fuera un espécimen de uno de los frascos de vidrio que cubrían las estanterías de su despacho. Harry sintió la frialdad de esa mirada acariciar su piel, y esta vez no pudo contener el estremecimiento que le recorrió los músculos. Inclinó la cabeza hacia atrás y tomó otro trago largo de cerveza, permitiéndose estremecerse aún más cuando el líquido frío se deslizó por la parte posterior de su garganta, y esperando que Snape pensara que el primer temblor había sido producido por la misma razón. Apartó el vaso de sus labios justo a tiempo para darse cuenta de que el ojinegro estaba observando el movimiento de su nuez mientras tragaba. Se estremeció de nuevo.


>>Está más buena fría en una noche como esta —ofreció—. ¿Seguro que no la quieres probar?


Snape volvió sus ojos al libro.


—A la velocidad con la que bebes, estoy seguro de que acabarás con la segunda en muy poco tiempo —dijo, con un deje de censura en su voz.


Harry tuvo que reprimir su instintivo deseo de responder. En realidad, Snape tenía razón aún sin saberlo. Harry ya se había tomado un par de pintas con sus compañeros de trabajo antes de abandonar Brighton y aparecer en el Callejón Diagon, y necesitaba reducir la velocidad; la cerveza mágica era mucho más fuerte que la muggle. Recorrió con su dedo el costado del vaso, formando una línea libre de agua condensada, e introdujo ese mismo dedo en su boca; le encantaba despejar caminos en el cristal de los vasos fríos. Acto seguido, miró a Snape y se dio cuenta de que el hombre lo estaba observando de nuevo, y pensó que quizá lo que estaba haciendo no era demasiado educado, pero el hombre bajó su cabeza como si nada hubiera pasado.


Harry se preguntó por qué el ojinegro no había aceptado la cerveza; no sabía que era Harry el que se la estaba ofreciendo y su vaso estaba vacío. La mayoría de la gente aceptaría una pinta gratis sin pensarlo siquiera.


De repente, la respuesta llegó a su cerebro como una epifanía.


Miró fijamente a Snape unos instantes y después desvió la mirada, echando un vistazo sin prestar mucha atención al bar lleno de humo. ¡Pues claro que Snape no iba a aceptar la bebida! Era un maestro de Pociones: debía conocer todas las sustancias y pociones que el alcohol podía enmascarar, especialmente la cerveza, ya que su sabor amargo podía disimular una gran cantidad de plantas y venenos. Y había mucha gente que lo odiaba; personas de ambos bandos, e incluso antiguos alumnos que disfrutarían la oportunidad de deslizar en su bebida algo que le hiciera pasar vergüenza, aunque no fuera letal. Snape jamás aceptaría nada de ningún extraño; probablemente nunca podría hacerlo, independientemente de cuál fuera el resultado de la guerra, ya que siempre habría personas que representarían una amenaza para él, que buscaran venganza. El pensar en todo esto estremeció a Harry; durante los últimos dos años se había divertido saliendo de fiesta y bebiendo en pubs con sus amigos y compañeros de trabajo, y el darse cuenta de las restricciones y la soledad de la vida de Snape lo golpeó como una bludger.


Volvió a mirar al ojinegro, pero ahora como un hombre, por primera vez en su vida. Sus ojos vagaron sobre él, fijándose en su piel cetrina, las delgadas mejillas y la sombra oscura en su mentón. Su cabello era muy lacio y fino, y no parecía grasiento, pero, ¡su estilo era tan poco favorecedor! Le quedaría muchísimo mejor si se lo recogiera en una coleta o se lo cortara.


—Tampoco me acuesto con desconocidos —dijo Snape sin despegar la cabeza de su libro.


Harry, que acababa de tomar un trago de cerveza, lo roció sobre la mesa.


—¡Lo has hecho a propósito! —jadeó, intentando recuperar el aliento.


—¿El qué? ¿decirte que no estoy disponible? —se burló el mayor.
—¡Escoger el momento oportuno para lograr el máximo efecto! —Harry estaba asombrado de que Snape hubiera pensado que estaba intentando ligar con él.


—Es un arte —respondió el mayor con aire de suficiencia.


Harry lo miró fijamente. ¿Snape estaba bromeando? ¿Y además había pensado que estaba interesado en él? ¿Acaso el hombre solía atraer ese tipo de atención? Sus ojos comenzaron a vagar de nuevo sobre el ojinegro, centrando ahora su atención en las delicadas manos y sus largos dedos mientras pasaba una página. Intentó recordar cómo era el cuerpo de Snape, pero jamás lo había visto sin su túnica, y todo en lo que podía pensar era en su capa arremolinándose cada vez que pasaba por los pasillos o entraba en clase, de una forma imponente. El hombre tenía Presencia, con P mayúscula, pero, ¿cómo era su complexión? Bien, era alto y delgado, pero Harry nunca había pensado mucho en eso. Observó los hombros y el pecho de Snape.


>>Sigo sin estar disponible —murmuró el ojinegro sin dejar de mirar la página.


Harry se sonrojó. La idea de que alguien pudiera considerar a Snape como un posible compañero sexual lo había abrumado tanto que no había podido evitar fijarse en él. ¿Y Snape era gay?


—Lo siento —se disculpó, e inmediatamente agregó—: yo tampoco me acuesto con extraños. Prefiero saber dónde han estado.


Los ojos de Snape se despegaron de su libro en cuanto oyó lo que Harry había dicho. Entonces, solo estaba tratando de ser ofensivo, no se ha dado cuenta de que soy gay, pensó el ojiverde.


Pero inmediatamente, para desconcierto de Harry, el hombre lo examinó de arriba abajo.


Descaradamente.


Harry sintió sus mejillas enrojecer e intentó que su mano no temblara mientras llevaba el vaso a su boca y bebía un sorbo de cerveza para evitar mirar al ojinegro. ¡Snape! ¡recorriéndolo con sus ojos! ¡Joder!


—¿Te estás volviendo tímido ahora? —preguntó el hombre. Dios mío, Snape se está burlando de mí.



Harry soltó su vaso y miró directamente al otro hombre, que seguía observándolo evaluadoramente. El corazón del joven latía desbocado y sentía cómo el calor recorría su cuerpo, saliendo por sus poros. Snape apartó su mirada de forma despectiva, volviéndose a sumergir en su libro. El ojiverde sacó un par de revistas de uno de los bolsillos laterales de su bolsa sin dejar de temblar, y acto seguido, decidió quitarse la sudadera, ya que el sudor no cesaba de correr por su espalda. Intentó ponerse de pie, pero como el banco le impedía colocar sus dos piernas rectas, se vio obligado a maniobrar hasta apoyar una de sus rodillas sobre el asiento.


Agarró el borde inferior de la sudadera y tiró de ella hacia arriba, pero, desafortunadamente, la tela se pegó a la camiseta que llevaba debajo y sintió como ambas prendas se levantaban. Se sentía ridículo con la cabeza atrapada dentro de la sudadera y su abdomen completamente al aire, por lo que aguantó la respiración y expandió su pecho para intentar sacar la maldita prenda, pero entonces notó que sus holgados pantalones se deslizaban por sus caderas. Maldiciéndose a sí mismo, se quitó la sudadera y la camiseta, y volvió a ponerse ésta última rápidamente. Snape volvía a examinar su cuerpo de forma descarada y el joven sintió cómo el calor le subía al rostro. Harry se subió los vaqueros, deseando haber invertido en un cinturón; o al menos en ropa interior.


—Sigo sin estar interesado —comentó Snape—. Ha sido el peor striptease que he visto nunca.


—¿Y has visto muchos? —gruñó Harry en respuesta, rojo como una remolacha.


—Ninguno con esa falta de profesionalidad, eso te lo aseguro.


—No pienso comprarme más sudaderas —refunfuñó el chico, completamente avergonzado. Había hecho el ridículo, y además había quedado con la cabeza completamente cubierta, sin ser capaz de poder ver lo que sucedía a su alrededor, algo completamente peligroso.


Snape se rio, asombrando a Harry, quien parpadeó varias veces y le devolvió una pequeña sonrisa.


—Bonito tatuaje, por cierto —dijo el pocionista, centrando su atención una vez más en su libro.


¡Mierda! ¿Tanto se le habían bajado los pantalones?


—Gracias —respondió Harry intentando aparentar indiferencia.


El ojiverde agarró la revista de Quidditch que había comprado a un vendedor antes de entrar en la taberna y guardó la otra que había sacado sin querer; era una publicación periódica que había adquirido porque su amiga Hermione había conseguido publicar un artículo en ella. Para ello había usado un “nom de plume” ****, ya que suponía que los pensamientos de una estudiante hija de muggles no iban a ser muy respetados. Se habían divertido muchísimo escogiendo su nombre en la Sala Común de Gryffindor a altas horas de la noche, hasta que finalmente se decantaron por “Herbert Greystoke”, del que Harry se había sentido inmensamente orgulloso. Habían escogido ese pseudónimo tras descartar otras opciones mucho más graciosas porque éste contaba con las iniciales de Hermione, y además le daba un toque de persona mayor aburrida y respetable. Harry estaba muy complacido por haber sido capaz de entender el artículo, pero sabía que eso se debía principalmente a que su amiga había estado leyendo extractos de sus libros de investigación y discutiendo la materia con ellos durante meses. Le pareció interesante descubrir que también había un artículo escrito por Snape, pero éste era un refinamiento muy complejo de algún trabajo anterior, en el que se hacía referencia a una prolija serie de artículos anteriormente mencionados. El resto de publicaciones le parecían demasiado extensas e increíblemente aburridas, y se preguntaba si el artículo claro y conciso de Hermione sería aclamado por suponer un alivio para los lectores o si sería rechazado por no ser lo suficientemente aburrido.


—¡Señor Johnson! —exclamó la tabernera de forma alegre, mientras deslizaba dos humeantes platos frente a Harry y Snape, respectivamente—. ¿Cómo se encuentra?


—Bien, gracias, Sra. Tom, ¿y usted? —respondió Harry levantándose para saludar. Cuando la conoció, el ojiverde la llamó Sra. Tom debido a que no conocía su nombre, ni el apellido de su marido. Había tenido la esperanza de que el matrimonio se lo aclarara, pero ambos parecieron conformes con “Sra. Tom”, por lo que el chico lo seguía empleando.


—¡Vamos, cariño, siéntate y empieza a comer! No sabía que conocía al profesor Snape —añadió, alternando su mirada entre ambos hombres.


—Solo estamos compartiendo la mesa. Está esto bastante lleno hoy —sonrió Harry.


—Ah sí, es por el regreso a Hogwarts —comentó la tabernera—. ¿Es por eso por lo que está aquí, profesor? —preguntó al ojinegro.


—Tenía que resolver algunos asuntos —respondió Snape de forma evasiva—. Creo que ha habido un error, señora. Yo no he pedido nada para cenar.


—No, querido, ya lo sé. Tom me ha dicho que el amable señor Johnson la ha pedido para usted, ¿puede creerlo? Es mi plato especial, a él le encanta —comentó la tabernera inclinándose hacia Snape con complicidad, y asintiendo en dirección a Harry—. ¿Eras alumno suyo, querido? —le preguntó al joven—. Querías retribuir a uno de tus profesores, ¿eh? Vaya, también eres muy educado. —La mujer sonrió y se alejó apresuradamente, sin esperar respuesta.


Harry miró a Snape.


—No comas si no quieres —dijo en voz baja—, aunque la empanada de carne y queso Stilton de la Sra. Tom está deliciosa. Además, no me he movido de aquí, así que no he podido envenenarla.


—¿Por qué crees que alguien querría envenenarme? —preguntó el ojinegro.


¡Oh! ¡Terreno peligroso!


—Bueno, eres un maestro de pociones, así que creo que estarás siempre alerta. Además, lo esperaba después de lo de la cerveza —añadió Harry.


—¿Cómo sabes que soy un maestro de pociones? —inquirió Snape, sin tocar sus cubiertos, como ya había hecho su acompañante—. Estoy bastante seguro de que no eres uno de mis exalumnos, tengo muy buena memoria para las caras.


Bueno, realmente no era un ex alumno.


—Tu foto aparece en “Pociones Prácticas” —respondió Harry, señalando la revista que sobresalía de su bolsa.


Snape lo miró con sorpresa.


—¿Estás interesado en Pociones? —preguntó, con una mezcla de curiosidad y cautela reflejada en su voz.


—Me temo que no he sido capaz de entender la mayoría de los artículos —admitió Harry—. El tuyo parecía basarse en tantos artículos anteriores que me perdí un poco.


Snape resopló, y miró fijamente a su acompañante de nuevo. Acto seguido, deslizo un marcapáginas en su libro antes de dejarlo sobre la mesa, y cogió su cuchillo y su tenedor.


Harry se sintió absurdamente complacido.


—Dios, esto está delicioso —gimió el joven tras dar unos bocados a su empanada. La señora Tom cocinaba bien, pero este plato en especial era de otro mundo. El chico comía sin parar, saboreando la salsa y el Stilton derretido sobre su lengua.


Snape lo miró y sonrió.


—Completamente de acuerdo. Nunca había probado esto y me pregunto cómo no lo había descubierto antes.


Harry se sentía como si se hubiera marchado a otro planeta. ¡Snape le estaba sonriendo de nuevo! En seis años nunca había visto sonreír al hombre, lo cual era algo atroz si se detenía a analizarlo. Dumbledore sonreía. El profesor Flitwick siempre se estaba riendo entre dientes por algo en la mesa de profesores, aunque nunca llegaran a escuchar la causa. Era común ver a Madame Hooch sonriendo emocionada en el campo de Quidditch, e incluso a veces soltaba una carcajada con algunos de los chistes groseros que los jugadores soltaban en los vestuarios. Incluso Madame Pomfrey se reía un poco cuando no se tenía que preocupar por ninguno de sus pacientes. Pero Snape no. Snape siempre parecía estar amargado. Bueno, tampoco es que haya tenido muchas razones para reír en su vida, ¿no? Harry se preguntaba cómo sería capaz de lidiar el hombre con el miedo constante que debía suponer dedicarse al espionaje; Harry se sentiría incapaz de ocupar el puesto del profesor, viviendo cada día con el temor a ser descubierto, y sin saber si regresaría vivo o ileso cada vez que fuera convocado. Tener que hacer cualquier cosa repugnante que se le pasara por la cabeza a Voldemort.


Le gustaba ver a Snape sonreír. Harry se preguntaba dónde habría quedado todo su odio por ese hombre. En realidad, se había disipado durante el año anterior, y ahora que lo estaba conociendo como un hombre, y no como el cruel torturador que había sido en su pasado, estaba listo para comenzar con una pizarra limpia. Aquí no estaba el odiado Harry Potter, y era interesante ver cómo se comportaba el ojinegro frente a un extraño. Al menos hasta ahora había sido bastante interesante.


Snape terminó todo lo que había en su plato y se recostó en su asiento con elegancia y el estómago completamente lleno. Su acompañante limpió los restos de salsa con su pan, sin estar dispuesto a desperdiciar ni un ápice de la suculenta comida.


—Gracias —murmuró el profesor.


Harry sonrió.


—Me alegro de que te haya gustado. Odio comer solo delante de alguien. Te hace ser demasiado consciente de ti mismo.


Snape lo miró, y sin hacer ningún comentario apartó su plato a un lado y volvió a sumergirse en su libro. En ese instante apareció una joven que recogió la mesa y dijo con complicidad:


—La señora Tom quiere que le diga que ha hecho pudín de caramelo.


—¡Oh Dios! ¡Sí, por favor! Con helado —exclamó, mirando a Snape, quien le devolvía la mirada con indulgencia—. Tienes que probarlo. Es orgásmico.


La chica rio y el ojinegro levantó una ceja.


—¿Cómo dices?


—Lo siento, he estado viviendo demasiado tiempo rodeado de muggles. Es una expresión que usan ellos —se disculpó el joven—. Pero bastante apropiada —añadió.


—En efecto —respondió el profesor—. Sin embargo, voy a renunciar al placer.


—¿No te gustan los orgasmos públicos? —preguntó Harry, con las palabras abandonando su boca de manera involuntaria. ¿De verdad le he dicho eso a Snape?


Harry se disculpó con la chica, y ésta se alejó conteniendo una risita.


—Lo siento —dijo el joven a Snape—. Pero te estás perdiendo una experiencia celestial.


—Quizás prefiero mantener mi cuerpo en forma para placeres más terrenales —soltó el profesor con un tono tan suave antes de hundir la cabeza de nuevo en su libro que Harry no llegó a comprender el significado de la frase, pero en cuanto lo hizo se aterrorizó al descubrir que su polla se había sacudido con interés. Bueno, Snape tenía una voz pecaminosa; no sabía cómo no se había percatado de ello en todos esos años. Y era más pecaminosa aun cuando decía cosas de esa índole.


—No me creo que tengas que cuidar lo que comes. Estás bastante delgado —contestó Harry, pensando que la respuesta había sido lo bastante discreta, hasta que se dio cuenta de que había recorrido al ojinegro con la mirada descaradamente, algo que no comprendía, ya que siempre había visto el cuerpo del hombre similar a una columna delgada. Pero ahora que se había dedicado a observar la parte de su torso que quedaba expuesta sobre la mesa, el joven se sorprendió al darse cuenta de que en realidad Snape tenía mayor anchura de hombros de lo que había pensado anteriormente.


El hombre se levantó y Harry se preguntó si lo habría ofendido de alguna forma y se marchaba.


—Voy a por algo de beber. Te ofrecería una cerveza, ya que has pagado mi cena, pero todavía tienes una en la mano —indicó Snape, señalando el vaso que aún estaba intacto en la mesa—. ¿Un whisky de fuego?


—No, no hace falta —murmuró Harry, cogiendo su cerveza—. Salud. —Observó al hombre mientras se dirigía hacia la barra, pero volvió a mirar rápidamente a la mesa al darse cuenta de que estaba intentando descifrar la figura de Snape a través de su túnica. Echó un vistazo al libro que el ojinegro había abandonado sobre la mesa y casi se ahogó de la risa al comprobar que era uno de los textos que Hermione había citado en su artículo como muy oscuro. ¡Se moría de impaciencia por contárselo!


Unos instantes después, llegó su pudin, humeando, con el abundante caramelo reluciendo en su parte superior y varias bolas de helado derritiéndose a un lado. Harry se inclinó sobre el postre y respiró profundamente, embriagándose con el aroma, y logrando que su boca comenzara a salivar.


Snape se giró para mirar a su compañero de mesa mientras esperaba a que le sirvieran su cerveza en la barra, y observó el olfateo del hombre junto con la apreciación por su plato. Tras eso, lo vio llevar la cuchara de forma cuidadosa a su boca, deslizando los labios sobre ella, e inclinando la cabeza hacia atrás con los ojos casi cerrados, saboreando el pudin. Su acompañante estaba perdido en un mundo propio formado simplemente por ese postre y el placer que sentía al comerlo, y Snape, para su sorpresa, sintió que cierta parte de su anatomía comenzaba a endurecerse. El hombre se veía tan sensual oliendo, saboreando, mirando… Para alguien para quien los sentidos eran una parte increíblemente importante de su trabajo, ya que el tono exacto de una poción suponía la diferencia entre el éxito o la agonía, y debía verificar los ingredientes empleando la vista, el olfato y el tacto, sabía lo raro que era ver esos rasgos en otra persona. La mayoría parecían contemplar el mundo a medias tintas, por decirlo de alguna forma; solo veían matices pastel, en lugar de la gama completa de magentas, carmesí, esmalte y verdín. Snape recogió su bebida y volvió a su asiento.


—No pienso renunciar a esta experiencia por nadie —gruñó Harry—. Ponte a leer y no me mires. Esto es demasiado placentero cómo para distraerme hablando. —El chico introdujo otra cucharada lentamente en su boca, cerrando los ojos para concentrarse solo en el sabor del postre.


El ojinegro lo observó fijamente. Los gestos eran demasiado sensuales. Quizá no fueran del todo sexuales, pero sí provocativos.


—Es como ver a alguien masturbarse —comentó Snape con voz grave, completamente fascinado.


—Oh, Dios. No añadas tu voz, o me correré. —Harry estaba sobrecargado de sensualidad, concentrado en el sabor del pudín, su textura húmeda y grumosa, el contraste del postre caliente junto con el frío helado, y el olor dulce. Y ahora, el ronroneo de Snape.


—¿Estás duro? —Preguntó el ojinegro con curiosidad. ¿Podía alguien ponerse duro con un pudín?


—Ahora sí —respondió Harry tragando saliva; la pregunta de Snape se había dirigido directamente a su ingle. Abrió los ojos, sacando la cuchara de su boca.


>>¿Seguro que no quieres probar?


El profesor miró al joven, quién tenía la boca ligeramente abierta, las pupilas dilatadas y las mejillas enrojecidas, y se obligó a no moverse para no revelar el malestar que se intuía en su entrepierna.


—Ya te he dicho que no —susurró, pero sus ojos se desviaron a esa boca.


Harry parpadeó, dándose cuenta de que su subconsciente se estaba imponiendo más de lo debido.


—Me refería al pudín —aclaró, sonrojándose.


Snape miró el cuenco a medio comer, con el marrón y el blanco mezclándose mientras se derretía el helado.


—No me gusta lo dulce —comentó el ojinegro—. Prefiero los sabores amargos y salados.


¡Estaba insinuándose! Harry notó como su erección crecía aún más, si es eso era posible. De su cabeza empezaron a emerger pensamientos de Snape probándolo, algo que lo impactó. Era impactante porque en su imaginación estaban Snape y él, y carne desnuda, y piel sudada, y en lugar de asquearse por esas imágenes, se encontraba sumamente excitado.


Se sintió incapaz de seguir comiendo, y dejó caer la cuchara sobre el bol con un ruido seco, sin mirar al ojinegro. La tensión que se había generado entre ambos era embriagadora, a la par que extraña, agradable e incorrecta.


El joven se removió en su asiento y apoyó la espalda contra la pared, sacando de nuevo su revista y colocando una pierna sobre el banco, tras limpiar su calzado con un hechizo. No sabía cómo enfrentar la situación; no tenía la intención de acostarse con Snape, y el hombre además había negado estar interesado, pero ese último comentario y el tono de la conversación…


—Te pido disculpas —dijo el hombre en voz baja, logrando que Harry levantara la cabeza para mirarlo fijamente.


>>El último comentario ha estado fuera de lugar —continuó el profesor—. Lamento haberte incomodado. Nunca había visto a nadie disfrutar tanto de la comida y he dejado que mi lengua se soltara.


Harry tragó saliva de nuevo. No pienses en la lengua de Snape...


—Perdóname a mí también, no debería haber comenzado diciendo lo de que el postre era orgásmico. No pasa nada, olvidémoslo y cambiemos de tema. En el artículo de Herbert Greystoke, no creo que Noble sea la mejor referencia. Creo que Hudson tiene mayor relevancia.


Los ojos de Snape se iluminaron y, para sorpresa de Harry, pasaron la siguiente media hora de forma pacífica, discutiendo en profundidad sobre el artículo y sus repercusiones. Harry disfrutó realmente de la conversación; en clase de Pociones nunca cuestionaban ni debatían sobre nada de esa forma, y le fascinó averiguar los argumentos y los patrones de pensamiento del profesor. En última instancia, el ojinegro le preguntó sobre otro de los artículos que aparecían en la revista, uno que Harry había encontrado inmensamente aburrido. El joven lo expresó de esa forma, logrando que Snape se riera y se mostrara de acuerdo. Ambos tomaron un café durante la conversación y, tras darse cuenta de que se había hecho demasiado tarde y que el pub estaba casi vacío, decidieron que era hora de poner fin a la discusión, aunque no sin cierta reticencia.


Snape se levantó.


—He disfrutado esta noche, señor Johnson. Gracias por la cena —agradeció el profesor, con un tono cálido y suave que sorprendió a su acompañante.


—Alex —lo corrigió Harry—. Mi nombre es Alex. Y yo también me lo he pasado bien. Algo sorprendente, ya que hasta hace poco no creía que las pociones pudieran ser interesantes.


Snape rio de nuevo.


—Quizás deberías haber prestado más atención en la escuela, Alex.


Harry sonrió.


—Quizás.


El joven se levantó también y se encaminó hacia la barra.


>>Voy a pedirle a Tom mi llave. He cambiado mi habitación con la de una pareja de ancianos y Tom me ha dado una en la tercera planta. Acabo de descubrir que había una tercera planta.


—Entonces usaré el baño antes de que subas —dijo Snape.


Harry arqueó una ceja inquisitivamente.


>>Tom me ha dado una habitación en la misma planta, ya que le pedí no estar cerca de ningún alumno. Solo hay un baño.


—Bien, gracias —respondió Harry, esforzándose por no pensar en Snape dentro del mismo baño que él iba a usar. En Snape desnudo en la ducha, más concretamente. Se giró rápidamente, retomando su camino hacia la barra, intentando borrar las imágenes de su cerebro, y el ojinegro se marchó, sorprendido.


Una vez en posesión de la llave, Harry subió a la tercera planta. La habitación era simple, pero acogedora, con una estrecha cama individual en un lateral. Se recostó sobre ella, esperando que el profesor saliera del baño. Cuando pasó un tiempo sin escuchar movimiento fuera, cogió su toalla y caminó por le pasillo, justo cuando Snape estaba saliendo del baño.


Una oleada de vapor escapó a través de la puerta. El cabello del ojinegro estaba húmedo, y el chico podía oler la fragancia embriagante de bálsamo de limón, y algo que no podía distinguir. Snape llevaba un pijama de seda negro bajo una bata. Ambos hombres se detuvieron uno frente al otro, y la tensión sexual cobró vida más rápidamente que una maldición en una reunión de mortífagos. El instante en el que estuvieron mirándose pareció al mismo tiempo eterno y demasiado corto, hasta que fue roto por Snape.


—Siento haber tardado tanto. —Y se marchó a su habitación sin esperar respuesta.


Harry se encerró en el baño, se apoyó contra el lavabo y respiró profundamente varias veces.




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Harry saltó de la cama, agarrando su varita y con su cuerpo en una postura defensiva. Su corazón martilleaba en su pecho, pero aún no había averiguado la causa por la que se había despertado. Comprobó rápidamente que el peligro no se encontraba dentro de su habitación y se dio cuenta de que el responsable de su desvelo había sido un ruido muy fuerte en otra parte de la taberna. Consultó su reloj de pulsera muggle y vio que eran las dos de la mañana. Se puso los jeans, caminó descalzo hacia la puerta y la abrió silenciosamente, mirando hacia fuera. El pasillo estaba vació, por lo que salió, lanzando antes varios hechizos de protección sobre su cuarto con un breve movimiento de mano. Se dirigió sigilosamente hacia las escaleras, dándose la vuelta rápidamente cuando oyó la puerta de Snape abriéndose. Sus ojos se fijaron en el mayor, quien llevaba la varita preparada al igual que él, la parte superior del pijama completamente abierta y también iba descalzo; el cabello oscuro lo llevaba recogido en una elegante trenza. Tras un reconocimiento mutuo, Harry continuó su camino de manera silenciosa, con el ojinegro pisándole los talones; le gustaba sentir la presencia del hombre tras su espalda.


Ambos bajaron de puntillas por el borde de la escalera, escuchando gritos que quedaban amortiguados por la gruesa puerta de pino al pie de la misma. El joven se deslizó silenciosamente hacia ella y giró la perilla con cuidado, pero Snape agarró su hombro, reteniéndolo. Harry intentó contener el escalofrío que surcó su cuerpo al sentir el toque de la cálida mano sobre su piel desnuda. Esperó en silencio, escuchando a través de la pequeña franja que había quedado abierta, consciente del calor que emanaba el profesor sobre su espalda.


Pronto, sus hombros comenzaron a temblar por la risa contenida. Giró la cabeza para mirar a Snape por encima del hombro, y comprobó que el rostro del ojinegro también se mostraba divertido.


Al parecer, Blaise Zabini se había colado en la habitación de una chica, y sus movimientos habían provocado que la cama se rompiera. El ruido había alertado a los padres de la chica y se había producido un verdadero alboroto. Los padres estaban gritando, la chica graznando, la voz de Blaise apenas se oía y Tom lanzaba hechizos para arreglar la cama con verdadero disgusto.


Harry cerró la puerta con cuidado, con una gran sonrisa en su rostro, y al girarse casi enterró su nariz en el vello del pecho de Severus Snape.


Inhaló profundamente.


El aroma de Snape era maravilloso.


El mayor comenzó a respirar profundamente, y el movimiento acercó su pecho al de Harry. La tensión sexual volvió a dispararse entre ellos instantáneamente. El joven anhelaba frotar su rostro sobre ese torso, sentirlo contra sus labios, recorrerlo con su lengua…


Giró la cabeza hacia un lado con rapidez, y su nariz rozó accidentalmente un pezón. Snape retrocedió, subiendo un escalón. Harry no podía moverse, ya que la puerta se lo impedía. Miró el rostro del ojinegro, pero era imposible distinguir su expresión con la poca luz que había.


El mayor se dio la vuelta y subió las escaleras, y al llegar arriba se detuvo y lo observó fijamente, pero el chico no era capaz de desentrañar el significado de esa mirada.


El ojinegro se marchó, y Harry deslizó su mano sobre sus pantalones para ajustárselos, respirando profundamente. Dejando escapar el aire lentamente, tuvo que admitir que Snape estaba bastante bueno. No recordaba haber tenido una reacción similar por nadie antes.


Subió las escaleras lentamente hasta llegar al pasillo donde se encontraba su cuarto.


Y entonces se percató de que la puerta de Snape estaba entreabierta.






*”notice-me-not spell”. No he encontrado referencias a él en español. Creo que su función es que la gente no perciba que estás ahí, de una forma similar a como ocurre con el Caldero Chorreante; los muggles pasan la vista de un local a otro sin fijar su atención en él.

** Ale es un tipo de cerveza.

*** “Steak and Stilton pie” Os adjunto una foto para que veáis lo que es https://www.google.es/search?q=steak+and+stilton+pie&client=ms-opera-mobile&channel=new&espv=1&prmd=sivn&source=lnms&tbm=isch&sa=X&ved=2ahUKEwiDz4G4mq3tAhUQa8AKHdV6Bf4Q_AUoAnoECAMQAg#imgrc=fqqXZLbB27qFtM

**** “Nom de plume” es pseudónimo en francés.





Bueno chicos, y hasta aquí el primer capítulo. La verdad es que de momento es la historia que más me está costando traducir, por el vocabulario y la cantidad de expresiones que desconozco. Espero que os esté gustando. ¡¡Besos!!
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El manzano. Capítulo 1
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