La Mazmorra del Snarry
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La Mazmorra del Snarry


 
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La Mazmorra del Snarry... El escondite favorito de la pareja más excitante de Hogwarts

 

 Aqua Fresca. Capítulo 5

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nienna0410



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MensajeTema: Aqua Fresca. Capítulo 5   Aqua Fresca. Capítulo 5 I_icon_minitimeVie Nov 20, 2020 7:52 pm

Los vientos otoñales en Hogwarts cortaban tan rápido como un cuchillo. Las piedras secas del castillo parecían supurar frío y tristeza; los pasillos eran conductos perfectos para las brisas rápidas y la pestilencia adolescente.


Harry gimió mientras se sonaba la nariz por enésima vez ese día. Tenía los ojos llorosos, los senos nasales bloqueados, y le dolían los huesos con cada paso que daba, lejos de su agradable, cálida y cómoda cama.


Duérmete, pensaba su mente traicionera mientras tropezaba y casi caía en las heladas profundidades de las mazmorras. Y lo haría, tan pronto como encontrara a Snape y cancelara su lección de esa noche. Su cuerpo torturado y su mente nublada no podrían soportar de ninguna manera cuatro horas de intensa actividad esa noche.


Sopa de pollo. Té dulce hirviendo, salivaba mientras su mente volvía a jugarle malas pasadas. Estornudó tres veces seguidas, se sonó la nariz con fuerza y llamó a la puerta de las habitaciones privadas de Snape. Se estremeció y se envolvió aún más en su túnica.


—¿Señor? —llamó a Snape mientras golpeaba la puerta de nuevo.


Se abrió y el profesor gruñó.


—¿Qué?


Harry parpadeó, obviamente había interrumpido a Snape en medio de sus baño matutino. No llevaba la túnica puesta, y Harry notó con diversión que vestía pantalones ajustados y una camisa de manga larga, ambas prendas de color negro. Su barba matutina se veía azulada en contraste con su piel pálida.


Snape observó la nariz roja de Harry con disgusto.


—¿Sí?


—Yo..., no puedo... —La nariz de Harry se crispó y el joven estornudó de nuevo, con sus ojos llenándose de agua.


Snape retrocedió.


—No me va a infectar con sus gérmenes. No tengo tiempo para ponerme enfermo.


Harry asintió y entró en la habitación de Snape, chocando ligeramente con él mientras se dirigía a la chimenea.


¡Ah, maravilloso, qué calor tan glorioso!, pensó mientras se frotaba las manos y se acercaba al fuego lo máximo posible, evitando prender fuego a su túnica.


—Señor Potter —dijo Snape inquieto, de pie frente a su escritorio—, ahora no es un buen momento. Estoy haciendo algo importante. Debe irse.


—Está bien —respondió Harry, sorbiendo su nariz—. Solo quería decirle que estoy resfriado y no podré asistir a la lección de esta noche. ¿En que está trabajando ahora?


—En nada que sea de su incumbencia —replicó Snape—. Ahora, márchese... ¡no! —exclamó, mientras Harry se acercaba a él y miraba hacia su escritorio. Los ojos del profesor se abrieron de par en par, en estado de pánico.


El escritorio estaba repleto de cadáveres de ratas muertas.


Snape miró a su alumno fijamente, con un leve sonrojo apareciendo en sus mejillas. Harry alternó la mirada entre los animales muertos y el mayor, confuso


—¿Que estás…? ¿Las ha matado usted?


Los labios de Snape se tensaron y escupió:


—Por supuesto que las he matado yo, Potter, a menos que crea que son un regalo de parte de un admirador secreto.


Harry observó los cuerpos inmóviles que se encontraban en la mesa. Parecían totalmente intactos, solo su quietud y el leve bochorno de Snape insinuaban que había sucedido algo inusual. Harry se acercó al escritorio y lentamente recorrió con su mano uno de los cadáveres.


—Aún están calientes —dijo, mirando a Snape, quien a su vez evitó sus ojos y se alejó.


—Déjalos y lárgate —murmuró, con los brazos cruzados con fuerza delante de su pecho.


Harry oteó el resto de la habitación y notó que, aparte de los animales, los únicos artículos inusuales que había eran un caldero y una copa.


—¿Señor? —Harry tartamudeó, con su garganta comenzando a cerrarse por la angustia.


—Déjalo, Potter—dijo Snape con un pequeño deje de súplica.


Harry lo miró con más detalle y detenidamente, pudiendo percibir su rigidez, el leve temblor de su cuerpo que luchaba por contener, y el pequeño tic en el rabillo del ojo izquierdo, algo que solo aparecía en su rostro cuando estaba ocultando con mucha fuerza un sentimiento que no quería expresar.


—Va a beber su sangre, ¿no? —preguntó Harry suavemente.


Snape gruñó y se dio la vuelta, jadeando furioso mientras no apartaba la vista del fuego. Harry sintió como una tristeza que nunca antes había experimentado inundaba su pecho.


—Lo va a hacer, ¿no? —repitió, caminando tranquilamente hacia la dura espalda del hombre.


—¡Deténgase! —gritó Snape, girando hasta quedar de frente al joven y dirigiendo a Harry una mirada de puro odio—. Cállese de una jodida vez, ¿quiere? Nadie le pidió que se entrometiera.


Harry quería darse la vuelta y abandonar la habitación rápidamente, pero no se movió de su lugar.


—No sabía que había llegado ya a ese punto. Pensé que lo tenía todo bajo control. Lo siento señor, no era mi intención entrometerme…


—Siempre pasa lo mismo con usted, ¿no es así, Potter? —dijo Snape en voz baja y amenazadora, inclinándose hasta invadir el espacio personal de Harry. Sus ojos se estrecharon y sus labios se curvaron con ira—. Nunca puede dejar de meter su nariz en los asuntos de los demás. Supongo que está feliz, ahora que todo lo que alguna vez pensó sobre mí es verdad. Snape no solo es un miserable y malvado bastardo, ahora es un miserable y malvado bastardo que bebe sangre. Ya no es seguro estar cerca de él, si es que alguna vez lo fue. Nadie debería acercarse a él, es peligroso. ¿No es así, Potter?


Harry se estremeció cuando oyó su nombre escupido con tanto desprecio.


>>Oh, debe encontrar excitante la ironía de este hecho —continuó Snape, con sus puños apretados y temblando—. Estuve todo este tiempo bromeando sobre Black comiendo ratas, y mire ahora a lo que me he visto reducido. ¿Está feliz ahora, Potter? ¿Le alegra saber que tenía razón? ¿No me tiene miedo, Potter?


Harry se fijó en sus ojos, que se mostraban salvajes, y se sacudió con una mezcla de piedad e ira.


—Huya, muchacho *—susurró Snape, dirigiendo a Harry una mirada de puro odio.


—Yo no…


—¡VÁYASE!


Harry abandonó la habitación lentamente, con pasos tambaleantes. Cuando regresó al dormitorio de los chicos, se metió bajo las sábanas de su cama tiritando y no pudo dejar de pensar en lo que había ocurrido en todo el día. No por haberse sentido asustado en presencia de Snape, sino por no haberse sentido asustado en absoluto.




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Parecía que los dos meses previos no habían existido. Snape empeoró aún más su carácter y no dejaba de esparcir su veneno, no solo a Harry, sino a todos los Gryffindor que se cruzaban en su camino. Las clases de pociones se convirtieron en una pesadilla. Hermione se mordía el labio con frustración mientras intentaba seguir las instrucciones de Snape de forma exacta, pero todos sus esfuerzos eran menospreciados. Malfoy y sus compinches nunca habían estado tan felices. Les encantaba ver la carnicería de puntos que tenía lugar en cada lección. Harry salía cada vez que salía del aula tenía una sensación de malestar en la boca del estómago.


Sus lecciones privadas se convirtieron en la misma tortura de antaño. Si Harry había pensado que Snape había sido duro con él en el pasado, ahora sabía que eso solo había sido una ínfima muestra del poder del hombre. Una y otra vez, hora tras hora, Harry intentaba permanecer concentrado y fortalecer su mente contra los ataques de Snape, pero era como si no avanzara nada y cada clase fuera la primera. Snape rompía todas sus defensas con una facilidad repugnante; se metía en sus recuerdos sin ningún esfuerzo y obligaba a Harry deliberadamente a ver los más inquietantes. Harry consideró contárselo a Dumbledore, pero sabía que lo único que conseguiría sería cancelar sus lecciones. Independientemente de lo que estaba pasando con Snape, necesitaba esas prácticas. No se rendiría. No podía hacerlo.




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—Obviamente, los rumores que corren por la escuela acerca de su inteligencia son bastante exagerados —proclamó Snape, burlándose de la poción de Hermione. Ella se sonrojó levemente pero no dijo una palabra. A estas alturas, tanto ella como todos los demás Gryffindor sabían que era inútil tratar de discutir con el profesor de Pociones.


Harry echó un rápido vistazo al caldero de su amiga. El líquido mostraba un color dorado brillante y, bajo su punto de vista, era perfecto. Miró el líquido marrón turbio en su propio caldero, y supuso que Snape, sin duda, soltaría algún comentario sarcástico acerca de su trabajo. Pero Snape lo ignoró, tal como había hecho durante las últimas tres semanas. Mientras que en el pasado Snape no hubiera desperdiciado la oportunidad de enumerar los numerosos defectos de Harry frente a una numerosa audiencia, ahora ni siquiera le dirigía la mirada. Harry había esperado que Snape se enfadara con él por su intromisión; demonios, ya se había entrometido antes en sus cosas, en más de una ocasión, pero siempre se las había arreglado para hacer las paces con el hombre en el pasado. Esta vez, sin embargo, no sabía cómo lograr una reconciliación con el mayor.


Harry frunció el ceño. ¿Por qué debería preocuparle si Snape lo odiaba o no? No importaba lo que el hombre pensara de él, siempre y cuando siguiera enseñándole Oclumancia y, con suerte, también Legeremancia. Aunque enseñar era una palabra demasiado amable para lo que tenía lugar en ese despacho.


Cogió su cuchillo y comenzó a triturar raíces de madera en finas astillas. Aparecían en la lista de ingredientes de la poción, y aunque ya las había agregado al comienzo de la preparación, Harry pensó que si añadía un poco más, podría salvarla o al menos lograr que dejara de tener ese color parduzco.


Fue una combinación de factores lo que lo provocó el accidente: la raíz que estaba cortando se encontraba particularmente seca, tenía varios nudos en su parte lateral, y, además, en lugar de apoyarla sobre la mesa había decidido agarrarla en la palma de su mano. Al final, el resultado fue el mismo.


—¡Ahh! —siseó, mientras el cuchillo se deslizaba por su mano y le rajaba la palma. Dejó caer la raíz y el cuchillo y se examinó la herida, que era bastante profunda y sangraba profusamente. Apretó el puño y vio como la sangre goteaba sobre la mesa.


—¡Harry! —exclamó Hermione, acercándose a su mesa y desplegando suavemente la mano de su amigo para poder inspeccionar el corte—. Será mejor que vayas a la enfermería para que te curen esto. ¿Profesor? —llamó a Snape, quien actualmente se estaba burlando de una poción de un Ravenclaw que estaba perfectamente elaborada. El profesor se giró y la mueca de desdén desapareció de su rostro inmediatamente.


>>Señor —volvió a llamar Hermione, levantando la mano de Harry. La adrenalina que había sentido correr por sus venas cuando se cortó estaba comenzando a desaparecer; podía sentir un latido sordo palpitando en su mano. La sangre comenzó a descender por su muñeca.


—¿Qué…? —preguntó Snape, con su rostro muy pálido, mientras se dirigía hacia ellos lentamente.


—Harry se ha cortado. Creo que debería ir a ver a Madame Pomfrey.


Snape apartó los ojos de la mano ensangrentada de Harry y lo miró a la cara. El joven se estremeció; era la primera vez en mucho tiempo que el hombre lo miraba voluntariamente, y Harry se quedó estupefacto por lo que vio en el hombre.


Las fosas nasales de Snape estaban ensanchadas y su cuerpo estaba tenso. Harry pudo ver que su mandíbula estaba apretada mientras luchaba por evitar que su cuerpo se moviera.


—Vaya —dijo Snape con voz ronca y sus ojos clavados en los de Harry.


Hermione movió la mano ensangrentada de Harry hasta ponerla frente al profesor.


—Debería examinar usted…


—¡Vamos, vaya! —gritó Snape, y Harry liberó su mano del agarre de Hermione y abandonó precipitadamente la habitación.


Corrió por el pasillo, ignorando las llamadas de Hermione. Tras doblar la esquina, se detuvo y se apoyó contra una pared, jadeando levemente. Miró su palma; el flujo de sangre había comenzado a disminuir a medida que se coagulaba, aunque parecía que había sumergido la parte inferior del brazo y la manga en un cubo de sangre. Rememoró la expresión que había visto en el rostro de Snape; como la repulsión y el anhelo habían revoloteado brevemente sobre sus rasgos antes de lograr reprimir con fuerza sus expresiones. Harry se estremeció de nuevo y se preguntó cómo se sentiría desear tanto algo y nunca permitirte tenerlo.




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Cuando Madame Pomfrey acabó de curar su mano, Harry se dirigió lentamente hacia el Gran Comedor. A pesar de que no estaba de humor para soportar el ruido o las luces brillantes, tenía hambre y sabía que si no aparecía, Hermione se preocuparía tanto que lo buscaría por toda la escuela.


Se dejó caer pesadamente entre Ron y Dean y acercó una fuente de chuletas. Mientras ponía unas cuantas en su plato, echó un vistazo a la mesa de los profesores. Snape no se encontraba en su asiento habitual.


—¿Todo bien? —preguntó Ron, mirándolo un poco preocupado y llenando su vaso por él.


—Sí —respondió Harry, abriendo su mano y enseñándosela a Ron—. No ha quedado ninguna cicatriz.


—Te dejaste tu mochila en clase. Te la he traído —dijo Hermione secamente.


—Gracias —contestó Harry, cortando su carne salvajemente; no tenía ganas de que lo interrogaran. Añadió una gran porción de puré de patatas en su plato.


—¿Por qué te fuiste corriendo, Harry? —preguntó la chica. Su boca formaba una línea delgada mientras veía a su amigo evitar sus ojos.


—¿Te fuiste corriendo? —cuestionó Ron con la boca llena de comida.


—Deja de escupir —se burló Dean. Harry rio entre dientes; A veces, Ron tenía unos pésimos modales en la mesa.


—Te llamé y no te paraste —continuó Hermione, colocando sus cubiertos en su plato ahora vacío.


Harry bebió un largo trago.


—Sí, bueno, tenía que ir a ver a Pomfrey, ¿no? Tú también viste cuánto estaba sangrando la herida. No quería que Snape me quitara puntos por derramar asquerosa sangre Gryffindor en su precioso suelo.


Dean y Ron se rieron. Harry les sonrió con ironía y preguntó:


>>Entonces, ¿cuántos puntos le quitó a Gryffindor?


Hermione parecía desconcertada.


—Ninguno. Fue realmente extraño. Simplemente me pidió que volviera a mi mesa y que lanzara un hechizo de limpieza en la tuya. Había pensado que iba a dejar la sangre allí y que te haría limpiarla en un castigo.


Harry sintió como su rostro se caldeaba un poco. Ron dijo:


—Probablemente pensó que Dumbledore lo sancionaría por permitir que un estudiante se cortara en pedazos en una de sus clases.


—No entiendo... —comenzó a decir Hermione.


—Mira, ¿cuál es el problema? —la interrumpió Harry—. Me dijiste que fuera a la Enfermería, Snape me dijo que fuera a la Enfermería, os hago caso y voy, ¿y qué obtengo a cambio? Un interrogatorio de tercer grado. ¿Cuál es el gran problema?


Hermione suspiró y pasó una mano por su cabello desordenado.


—No hay ningún problema, Harry. Solo estaba preocupada por ti.


Harry le sonrió a su amiga.


—Está bien Hermione, he tenido heridas peores.


Ella le devolvió la sonrisa levemente.


—Lo sé. Simplemente no me gusta verte herido.


—¿Estamos bien ahora?


Hermione sonrió de nuevo, esta vez ampliamente.


—Solo si no te dejas tus cosas en clase la próxima vez. ¿Sabes cuánto pesa tu mochila?


Ron resopló.


—Sí, es porque lleva todos sus libros encima siempre. Es demasiado tonto para mirar el horario.


Harry le dio un codazo en las costillas.


—Estúpido.


—Imbécil.


—¿Quieres que repasemos los deberes de pociones? —preguntó Hermione solícitamente.


Harry negó con la cabeza, mirando a Dean.


—No puedo. Tengo que ir a las clases de recuperación de pociones.


Ron frunció el ceño y Dean rio entre dientes. Harry le dedicó una falsa mirada de desagrado y sacó su mochila de debajo de la mesa.


>>Gracias por preocuparte por mí —le dijo a Hermione.


—¿Para qué están los amigos? —respondió la chica dulcemente.


Ron se aclaró la garganta.


—Haré los deberes contigo, Hermione. Puedes hacer pociones mientras yo termino mi ensayo de Estudios Muggles.


Hermione se sonrojó.


—Por supuesto.


Harry puso los ojos en blanco y se marchó.




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Esperó pacientemente frente a la puerta de las mazmorras. Había estado llamando sin parar durante cinco minutos, pero Snape no lo había dejado entrar. Harry suspiró y sopesó sus opciones. Podía seguir esperando, pero no había ninguna garantía de que Snape siquiera estuviera dentro; el hombre no había acudido a la cena y Harry sabía que no estaba supervisando ningún otro castigo. Otra opción sería volver a la torre y disfrutar de su noche libre. Aunque Ron y Hermione estarían ocupados estudiando y coqueteando, él podría relajarse frente al fuego y leer algo que no fuera un libro de texto. Podría preguntar a alguno de sus compañeros de cuarto si quería jugar al Snap Explosivo, o simplemente tumbarse y contarse historias fantásticas. Incluso podía hacer una visita al director.


Pero no le apetecía hacer ninguna de esas cosas. Quería estar en las silenciosas habitaciones de Snape, con su silenciosa presencia, examinando textos mohosos escritos en latín y quejándose de lo inútiles que eran todos. Quería pedir té y luchar contra Snape por las galletas de chocolate. Quería enfrentar su mente a la del profesor y ver si podía reducir al adusto hombre a una mera masa temblorosa lanzando sobre él una maldición de piernas de gelatina. Quería sentarse frente al fuego y no pensar en nada.


Anhelaba todo esto.


Tras media hora de espera infructuosa, se rindió y regresó a su habitación. Era obvio que esa noche no habría lección.




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Harry se despertó con un grito ahogado y los ojos mirando con tensión en la oscuridad. Había tenido un sueño muy poderoso, un sueño violento, pero no podía recordar de qué trataba. Se estremeció mientras cogía sus gafas y escuchaba la respiración lenta y profunda de sus compañeros de habitación. Miró por la ventana: la luna seguía alta en el cielo y la noche se hallaba en completo silencio. Sabía que volverse a dormir sería imposible, así que, como tantas otras noches antes, se puso la Capa de Invisibilidad y caminó por los pasillos vacíos de Hogwarts.




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Harry se hizo un ovillo en la base de la ahora tranquila escalera. Los retratos estaban extraordinariamente callados, aunque Harry sospechaba que empezarían a charlar si se daban cuenta de que había alguien despierto para escucharlos. Se envolvió la capa con más fuerza y deseó haberse puesto algo más cálido sobre su pijama pero, quitando ese pequeño malestar, se sentía en completa paz.


Observó la palma de su mano izquierda a la luz tenue de las velas parpadeantes. Madame Pomfrey había hecho un trabajo admirable; su piel parecía casi nueva y no le dolía siquiera un poco. Contrajo y relajó la mano unas cuantas veces, notando el movimiento del hueso y el ligamento bajo la piel tensa. Se preguntó cómo se sentiría perder el control de su propio cuerpo.


El sonido de pasos acercándose a su localización lo hizo sentarse con la espalda recta, abandonando su cómoda postura anterior. Si eran Filch y su gato sarnoso, estaba jodido. No tenía ninguna excusa válida para estar fuera tras el toque de queda. Los músculos de sus muslos se tensaron y su corazón comenzó a latir desbocado en su pecho, preparándose para ponerse de pie y abandonar el lugar antes de ser descubierto. Pero el hombre que se le acercaba no era Filch, sino Snape.


El profesor caminaba lentamente, con rostro abstraído, y arrastrando una mano a lo largo de la pared, con los dedos chocando suavemente en las casi invisibles rugosidades de los muros de piedra. Caminaba más despacio de lo habitual en él, con su túnica y su capa revoloteando alrededor de su cuerpo en lugar de arrastrarse detrás de él mientras vagaba de un lugar a otro.


Snape se detuvo frente una puerta. Estaba casi debajo de Harry, quien contuvo la respiración.


Snape hizo una mueca y apretó la mano en un puño. Comenzó a golpear su puño contra la pared, cada golpe volviéndose más rápido y más fuerte. Harry recordó su promesa; recordó que le había jurado a Snape que no volvería a inmiscuirse más veces en sus asuntos privados. Se aclaró la garganta en voz discretamente y bajó la capucha de su capa.


Snape se giró al oír el ruido con la velocidad de un rayo, con su varita apuntando en la dirección de Harry. Se congeló cuando vio la cabeza del joven. Harry aprovechó la oportunidad para levantarse lentamente y quitarse la capa.


—Señor —dijo tímidamente.


—¿Qué está haciendo aquí, Potter? —preguntó Snape con voz ronca, bajando su varita.


—No podía dormir —se encogió de hombros y bajó las escaleras hasta quedar a la altura del mayor—. Lamento la molestia, solo quería que supiera que estaba aquí antes de marcharme.


—Estoy seguro de que esta no es la primera vez que se las ingenia para esquivarme —se burló Snape—. Sin duda, ha perfeccionado el arte de escapar sigilosamente.


—Lo he hecho —asintió Harry—. Pero ya se lo he dicho, no voy a mentirle más. Y no quería...


Miró a Snape a los ojos, esperando que el hombre captara lo que quería decirle, ya que no sabía cómo expresarlo con palabras.


—¿Como está su mano? —preguntó Snape en voz baja. Harry la abrió y la levantó. El mayor lo examinó de cerca.


>>No han quedado lesiones duraderas, ¿no?


—No señor, no ha sido nada del otro mundo.


La boca de Snape se contrajo.


—No. Supongo que no lo fue.


—¿Debería volver ya a la cama? —preguntó Harry, con la esperanza de que Snape dijera que no.


El profesor levantó la mirada de la palma de Harry y el chico pudo ver como se habían formado unos profundos círculos negros bajo sus ojos debido al cansancio.


—Vaya a dormir, Potter —respondió.


Harry asintió y comenzó a ponerse la capa. Dudó por un instante.


—¿Señor? ¿Podemos ... quiero decir, puedo retomar las lecciones esta noche?


Contuvo la respiración hasta que escuchó la respuesta cansada de Snape.


—Sí, Potter. Regrese esta noche.


Harry le regaló una pequeña sonrisa y terminó de colocarse la capa. Mientras regresaba a la torre, vio que Snape continuaba deambulando en silencio.




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Harry se hallaba parado frente a la puerta de las habitaciones de Snape. Había estado todo el día con el alma en vilo, esperando que el hombre cancelara sus lecciones sin darle ninguna explicación. A medida que avanzaba la tarde, y comprobando que esto no ocurría, había dado un silencioso suspiro de alivio.


Había pasado mucho tiempo pensando. Era obvio que Snape estaba sufriendo. Quizás la sangre de rata ya no era útil, o quizás Snape necesitaba mayores cantidades de ella para saciar su sed, pero fuera lo que fuera, su condición había empeorado desde el día que había dejado de hablar con Harry. La noche anterior el joven lo había visto más cansado de lo habitual; parecía estar siempre en tensión a causa de la ansiedad y Harry se preguntaba qué pasaría si algún día llegaba al punto de quiebre. A pesar de los rumores que circulaban por la escuela, Harry nunca había presenciado ningún comportamiento vampírico por parte de su profesor en el pasado, pero tras los eventos acontecidos el día anterior, el joven sabía que el hombre había alcanzado su límite. Dio una palmada sobre el bolsillo de su túnica, corroborando que seguía allí el objeto que había decidido llevar consigo, y llamó a la puerta.


Snape abrió y lo fulminó con la mirada. Harry entró rápidamente en la habitación, con las palmas de las manos sudando por los nervios.


—Potter —saludó el mayor, rechinando los dientes mientras lanzaba los habituales hechizos de privacidad en la puerta, a fin de evitar que alguien pudiera entrar u oír algo de lo que ocurría allí dentro.


Harry se desprendió de su mochila y se aclaró la garganta.


>>Prepárese —gruñó Snape, con su varita apuntando a Harry.


—Señor, me gustaría comentarle algo primero —dijo Harry, poniéndose recto.


—No hay nada sobre lo que hablar. Está perdiendo un tiempo valioso. Prepárese.


Los labios de Harry se tensaron.


—Prefiero no empezar hasta que no haya escuchado lo que quiero decirle.


Los ojos de Snape se entrecerraron.


—Señor Potter…


—Lo digo en serio, señor.


Miró a Snape fijamente a los ojos y esperó que el profesor de Pociones pudiera captar su determinación.


Tras un instante de contemplación mutua, Snape resopló y, cruzando los brazos con fuerza sobre su pecho, dijo:


—Lo que sea que quiera decir, escúpalo ya. Y hazlo rápido.


Harry respiró hondo y trató de calmarse. No quería que la ira nublara lo que estaba a punto de proponer.


—Sé lo que le ocurrió ayer por la tarde y creo que he encontrado una manera de evitar que vuelva a suceder.


Snape lo miró con desprecio.


—Lo que pasó, señor Potter, es que uno de mis ineptos estudiantes consiguió herirse haciendo algo tan simple como cortar un trozo de madera. La forma en que puede evitar que esto suceda de nuevo es seguir mis instrucciones y tener más cuidado en el futuro.


—No me estaba refiriendo a eso —replicó Harry estridentemente, para luego maldecir en voz baja. No quería enfadarse. Si comenzaba a gritar, Snape empezaría a gritar también y volverían a estar como al principio.


—No me estaba refiriendo a eso —repitió de una forma más calmada—. Me refería a la sangre. Vi cómo te afectó el accidente y estuve pensando en una forma de evitar que sucediera de nuevo.


Acto seguido, metió la mano en el bolsillo de su túnica y sacó un cuchillo.


—¿Qué está haciendo? —preguntó Snape, con los ojos muy abiertos.


Harry levantó el cuchillo; su afilada hoja reflejó un rayo de luz y brilló por un momento. Colocó la punta sobre la palma de su mano izquierda.


—¡Deténgase! —exclamó Snape, acercándose a él, pero congelándose a medio camino.


—Espere —objetó Harry, con su rostro mostrando tanta dureza como su tono. Caminó lentamente hacia el profesor, con la punta del cuchillo apretada contra su palma. Se detuvo aún fuera del alcance del profesor y bajó las manos para que Snape pudiera ver lo que estaba haciendo.


—Por favor, deje de luchar. Sé lo que lo necesita y no puedo seguir viendo cómo se tortura a sí mismo. Déjeme hacer esto.


—No tiene idea de lo que necesito —escupió Snape, con los ojos fijos en la mano de Harry.


—Y una mierda —replicó Harry, impresionado por su propia osadía, y por el hecho de que Snape no le quitó puntos de inmediato—. No sé cómo se las ha estado arreglando con las ratas, pero es obvio que ya no funciona. No se ofenda, señor, pero no tiene buen aspecto. No puede andar vagando por el castillo perdiendo el control cada vez que ve sangre.


—No lo perdí —susurró Snape, con su cuerpo sacudiéndose ligeramente.


—Lo sé —respondió Harry con la misma suavidad—, pero fue muy difícil para usted. No tiene por qué ser difícil. Si hacemos esto, podrá continuar guardando su secreto. Tendrá tiempo para trabajar en una cura y nadie tendrá por qué saberlo nunca.


—¿Qué está queriendo decir, Potter? —preguntó Snape con voz temblorosa.


—Quiero que beba mi sangre.


Snape siseó y se alejó de él. Harry se movió y se colocó de tal forma que el hombre se vio obligado a mirarlo de nuevo. Levantó la mano, con el cuchillo sobre ella. Se sentía muy tranquilo; sabía que estaba haciendo lo correcto.


Snape se envolvió aún más en su capa.


—¿Por qué querría hacer esto por mí? Ni siquiera le caigo bien —escupió.


Harry negó con la cabeza, con los brazos todavía extendidos pero firmes.


—No me caía bien antes, pero ya lo he superado. Sabe que ya no le odio. Yo... yo quiero hacerlo. Quiero ayudarle si está en mi mano. Quiero darle las gracias por..., bueno, ya sabe por qué.


Snape resopló y miró hacia otro lado.


—No necesito ni quiero su compasión, Potter. No sabe en qué se está metiendo. No pienso usarle de esa forma. No pienso usar a nadie.


—No me va a usar de ninguna forma. Se lo estoy ofreciendo yo mismo. No lo considere como un regalo. Considérelo como, uh, no sé, un pago.


—¿Por qué un pago? —La voz de Snape continuaba siendo baja.


—Por haberme salvado. Por salvarme de nuevo. Podría haberles dicho dónde estaba. Me habrían encontrado y podrían haberme hecho lo que quisieran, pero no lo permitió. Me ha estado entrenando todo este tiempo, cuando podría haber dedicado más horas a investigar una cura para usted mismo. Quiero hacer algo para mostrarle que estoy agradecido por todo lo que ha hecho por mí —Harry intentaba por todo los medios que su argumento sonara razonable, pero sentía que había sonado más como una queja.


—Por favor —intentó de nuevo—. Solo esta vez. Si no funciona... —No fue capaz de completar la frase.


Snape lo miró intensamente, tratando de discernir si había un significado oculto en todo aquello y no lo había captado aún.


—No lo hice por usted, Potter. Hubiera mentido para proteger a cualquiera en esa situación.


Harry rio entre dientes.


—¿Incluso a Neville?


Snape permitió que una pequeña sonrisa apareciera en su rostro.


—En el caso de Longbottom, creo que le estaría haciendo un favor al Señor Oscuro al ocultarle la información.


Harry rio suavemente y señaló sus palmas.


—¿Puedo? —preguntó.


Snape lo miró profundamente a los ojos.


—Legeremens —susurró.


Harry sintió como el hombre se deslizaba lentamente por su cerebro, buscando el recuerdo de esa tarde, y reproduciendo lo que había ocurrido en la enfermería. Después de unos minutos, Harry sintió que la mente de Snape abandonaba la suya de forma suave.


—¿Qué esperaba encontrar, señor? —preguntó Harry en voz baja.


—No estoy seguro —respondió Snape, nervioso.


—Si se trata de lo que pasó en Pociones…


—Cállese —espetó Snape, perdido en sus pensamientos. Harry percibió como Snape barajaba internamente sus opciones. No había esperado que el hombre rebosara agradecimiento, pero estaba un poco molesto porque su oferta de paz y ayuda no estaba siendo tomada en serio.


—Al menos pruébelo —suplicó Harry, frustrado por su silencio.


Snape observó la pared y siguió pensando por un instante. Finalmente, suspiró cuando tomó su decisión.


—Muy bien. Solo por esta vez, y únicamente porque tiene la necesidad de satisfacer su complejo de mártir.


Harry sabía que no era eso lo que estaba haciendo, y sospechaba que Snape también lo sabía, pero lo dejó pasar. Apretó su mano derecha y sintió el mango del cuchillo en su palma. Snape estaba muy cerca, observando sin interferir.


Harry presionó su codo izquierdo contra su cuerpo y enderezó su antebrazo. Su palma parecía ridículamente suave vista bajo la luz; rosada e irregular, con callos apenas visibles. Respiró hondo para calmarse y presionó la punta del cuchillo contra la piel situada en la parte superior izquierda de su palma. Ejerció un poco más de fuerza, y entonces vio una gota de sangre que aparecía bajo el acero.


La respiración de Snape se hizo más notable.


Tragando saliva, deslizó el cuchillo por su palma empleando el menor tiempo posible, evitando así perder todo su valor y no atreverse a continuar. Pasó por la línea de la vida y la del amor, y la hoja se volvió roja cuando éstas comenzaron a sangrar incesantemente.


—¿Qué hago ahora…? —comenzó Harry mientras levantaba la cabeza. Snape estaba cerca, muy cerca. Su cuerpo estaba ligeramente curvado y todo su ser parecía estar concentrado en el líquido rubí que comenzaba a acumularse en la palma de Harry. Sus labios formaban una delgada línea y sus fosas nasales se ensancharon.


—¿Usted…? —comenzó Harry de nuevo, colocando el cuchillo en el suelo y extendiendo su mano izquierda. Los ojos de Snape se agrandaron, y se enderezó rápidamente. Harry podía notar su propio pulso en sus oídos mientras la sangre continuaba fluyendo. El cuchillo estaba tan afilado que no había sentido ningún dolor al abrir su piel, pero ahora podía sentir un latido sordo que hacía eco de los latidos de su corazón.


Snape dio un paso adelante lentamente y, de mala gana, extendió sus largos dedos hacia la mano de Harry. Era obvio lo que quería hacer, pero dudaba en dar ese paso final. Harry se apiadó de él y acabó con la brecha existente entre ellos.


—Vamos —dijo en voz baja, y dirigió su mano ahuecada hacia los labios de Snape. Los ojos del hombre se cerraron con fuerza. La punta de su lengua se asomó a través de sus labios fruncidos y luego desapareció. El mayor la volvió a sacar. Harry casi podía sentir la sed de sangre en el hombre y, pese a que admiraba su autocontrol, quería aliviar su sufrimiento.


>>Vamos —repitió Harry, y presionó su mano contra la boca de Snape. Los ojos del hombre se abrieron de repente y Harry pudo sentir como salían rápidas oleadas de aire caliente de la nariz del profesor mientras trataba de mantener la boca cerrada. Harry empujó más fuerte su palma contra el rostro del hombre y sonrió cuando percibió que éste abría la boca levemente. Harry notaba la sangre resbaladiza y pegajosa apostada en su mano y quería que desapareciera de allí. Casi pegó un salto cuando sintió de pronto la lengua de Snape rozando suavemente su piel. El músculo se desplazó ligeramente sobre la sangre y desapareció. El mayor cerró los ojos mientras el sabor metálico inundaba sus papilas gustativas. Harry se estremeció e intentó retirar la mano, pero Snape la agarró rápidamente y la apretó con fuerza contra su boca.


Harry pudo percibir ahora toda la lengua, húmeda y flexible, lamiendo lentamente y recogiendo toda la sangre que había sido derramada, dejando su palma completamente limpia. Snape dejó escapar un pequeño gemido y lamió más rápido, recorriendo con su lengua toda la herida sin parar. Su mano agarraba la muñeca de Harry con tanta fuerza que el joven pudo sentir como los huesos de su muñeca comenzaban a crujir unos contra otros. La respiración del mayor se aceleró y se volvió más caliente.


A Harry le estaba empezando a doler la muñeca, por lo que intentó retroceder, pero Snape tiró de él con fuerza impidiéndoselo, y bajó la cabeza hasta que su boca no pudo pegarse más a la palma de Harry, mientras seguía succionando sin detenerse. Su mano libre se dirigió hacia el hombro del joven, manteniéndolo en el sitio e imposibilitando su huida.


—Me está haciendo daño —dijo Harry, en voz baja, usando su mano derecha para empujar el pecho de Snape. Era como intentar mover una piedra; el cuerpo de Snape estaba rígido, era muy fuerte y estaba enfocado únicamente en lamer ese corte.


>>He dicho que me está haciendo daño —repitió Harry nervioso al oído de Snape, tratando de soltarse de su agarre y alejarse del hombre. Los labios del profesor se movían salvajemente sobre la palma abierta de Harry, pero parecía obvio que no era suficiente. Usó su lengua para abrir aún más el corte y succionó con fuerza; una vez, dos veces.


>>¡Pare! —gritó Harry, comenzando a inquietarse. Le dolía la palma, le dolía la muñeca y no podía controlar su respiración. En el fondo sabía que Snape jamás le haría daño de forma consciente, pero, mientras se inclinaba hacia atrás, con su columna arqueándose, intentando soltarse del despiadado agarre del hombre, y golpeando con fuerza su pecho, Harry no pudo evitar dudar de si el profesor se detendría ni de cuándo lo haría. No sabía qué hacer para que el hombre se parara.


>>¡Profesor! —gritó.


Parecía que el grito había funcionado, ya que los ojos de Snape se abrieron abruptamente y se centraron en la cara de pánico de Harry. Su boca dejó de moverse al instante, retiró su lengua, se enderezó rápidamente y empujó al chico.


Harry cayó al suelo torpemente y siseó cuando sus piernas se torcieron bajo su cuerpo. Desde su ángulo pudo observar la expresión de conmoción que se instaló en el rostro de Snape. Esta turbación se transformó inmediatamente en ira, y luego casi instantáneamente en mortificación. Se apartó de Harry, con las manos levantadas en señal de súplica. Harry podía ver las manchas oscuras de su propia sangre embadurnando los labios y la barbilla de Snape.


Snape sacudió la cabeza y alzó una mano temblorosa para limpiar su boca. Cuando la bajó, su rostro estaba más decente pero sus dedos se encontraban cubiertos de sangre resecándose. Escondió su rostro entre sus manos ensangrentadas y gimió mientras caía de rodillas.


Harry jadeó y se puso de pie con paso vacilante. Los hombros de Snape temblaban y gemidos de incredulidad no cesaban de salir por su boca.


Harry examinó su palma herida y notó que la sangre comenzaba a brotar de nuevo. Cerró el puño con fuerza y caminó lentamente hacia el hombre que se hallaba destrozado a sus pies.


—Profesor —dijo en voz baja, con la típica voz que se usa para calmar a los niños asustados.


>>Está... todo está bien —continuó el chico, apoyando su mano derecha en uno de los hombros del mayor.


Snape se echó hacia atrás con un siseo y una mirada salvaje. Se alejó torpemente, empujando sus pies contra las frías y resbaladizas piedras, tratando de buscar un punto de apoyo.


>>No pasa nada. No estoy herido —repitió Harry, caminando con cautela—. ¿Lo ve? —preguntó, mostrando su palma a Snape y abriéndola lentamente. El flujo de sangre se había ralentizado, pero era obvio que no se detendría pronto.


—No puedes... no puedo... no puedes confiar en mí —respondió Snape con voz quebrada y una mirada de terror en su rostro—. No podía detenerme. Te escuché y aun así no quería detenerme. No quería hacerte daño, pero no podía parar —prosiguió con tono de desesperación.


—Lo sé —lo consoló Harry, arrodillándose junto al cuerpo tendido de Snape—. No pasa nada, lo sé. Ha sido tu primera vez. Lo has hecho muy bien —dijo, levantando una mano para acariciar tímidamente el cabello de Snape.


—¿Por qué estás haciendo esto? —preguntó Snape en voz baja, escondiendo su rostro tras su cabello.


—¿Haciendo qué?


—Siendo amable —susurró Snape.


Harry se acercó y colocó su mano debajo de la barbilla de Snape, guiando suavemente su cabeza hasta que pudieron verse a los ojos.


—Te lo he dicho antes, confío en ti. Me... me ha dolido un poco, pero sé que esta vez serás más amable.


—No quiero hacerlo —replicó Snape con voz baja y afligida—. No me obligues, Harry.


—Shh —lo tranquilizó Harry, acariciando las líneas de su frente—. No has tomado la suficiente. Inténtalo de nuevo. Por favor. Quiero que lo hagas. Confío en ti.—


Snape parpadeó, mostrando confusión, deseo y repulsión al mismo tiempo, por lo que Harry decidió tomar las riendas. Se movió hasta quedar arrodillado detrás de Snape y rodeó con su brazo izquierdo el cuello del hombre, quedando su palma situada frente a la cara de su profesor. Harry tiró de él hacia atrás, logrando que la espalda de Snape se apoyara cómodamente contra su frente, y colocó la mano derecha sobre su hombro con firmeza.


—Confío en ti —susurró contra la cortina de espeso cabello que cubría la oreja de Snape y abrió su palma. La levantó lentamente hacia la boca de Snape y, tras unos segundos de vacilación, sintió la lengua de Snape moverse contra su piel.


—Eso es —lo animó Harry, apretando el hombro del hombre y envolviéndolo con mayor firmeza en su abrazo. A pesar de sus temblores, Snape sintió firmeza y calidez ante este gesto. Ambos se apretaron aún más uno contra otro. Harry podía sentir las protuberantes vértebras del mayor clavándose en su pecho, pero no le importaba.


Cuando Snape comenzó a succionar suave y profundamente su carne, Harry cerró los ojos y apoyó la mejilla en la parte superior de la cabeza de Snape. Lo atravesó un sentimiento de absoluta satisfacción, y dirigió su vista a las llamas del fuego que se reflejaban en los calderos relucientes.


Cuando comenzó a caer en un estado de letargo, la lengua de Snape terminó su tarea con movimientos rápidos, limpiando el resto de sangre que había resbalado hacia sus dedos.


—¿Sabes cómo parar el sangrado? —preguntó Harry suavemente, sin abandonar su cómoda posición. Sintió como la cabeza de Snape asentía y, tras unos segundos, notó un líquido frío esparciéndose por su mano. La lengua del hombre extendió el líquido por toda la herida, y también dentro de ella, cubriendo la totalidad del corte. Harry sintió un cosquilleo, y tras eso, desapareció el leve dolor al cerrarse la raja gracias a la saliva de Snape.


Finalmente, Snape apartó la boca de la mano de Harry, pero siguió sin levantar la cabeza. Harry parpadeó y bajó el brazo de mala gana. Se echó hacia atrás y sintió un frío repentino mientras se alejaba del cuerpo de Snape.


Pasaron varios minutos en silencio, con Snape inmóvil y Harry sin saber qué hacer a continuación. El chico alzó su mano izquierda ya curada y deslizó sus dedos por la espalda tensa de Snape.


—Buenas noches, Potter —La voz cansada de Snape detuvo su movimiento.


Harry apretó los dedos, bajó rápidamente la mano y se puso de pie. Sintió una especie de hormigueo que le recorría el cuello, el pecho y las plantas de los pies. No estaba seguro de qué era lo que lo había causado.


—Buenas noches, profesor —respondió, un poco avergonzado. Acto seguido, abandonó las mazmorras, dejando al hombre de rodillas, todavía mirando al fuego.






*En el original dice “Run away, little boy”, que significaría niño pequeño, o muchachito, pero no sabía como ponerlo para que quedara bien en este contexto, ya que pienso que pequeño, suena demasiado cariñoso.
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Aqua Fresca. Capítulo 5
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