La Mazmorra del Snarry
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La Mazmorra del Snarry


 
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La Mazmorra del Snarry... El escondite favorito de la pareja más excitante de Hogwarts

 

 Aqua Fresca. Capítulo 3

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nienna0410



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MensajeTema: Aqua Fresca. Capítulo 3   Aqua Fresca. Capítulo 3 I_icon_minitimeSáb Nov 14, 2020 4:01 pm

Snape supo que estaba soñando cuando se encontró caminando por el sendero desierto hacia Hogsmeade con su máscara de mortífago en la mano. Las únicas veces que había salido de Hogwarts por la noche habían sido cuando se había visto obligado a hacerlo; ya fuera por una de las “Noches de Crear Lazos entre Profesores” de Dumbledore o por una llamada del Señor Oscuro. Cuando eso ocurría, cogía su máscara, la guardaba en un bolsillo oculto de su túnica y se alejaba rápidamente de Hogwarts hasta que podía Aparecerse. Nunca antes se había tomado el tiempo de caminar tranquilamente.


La luna llena se encontraba baja en el cielo y el único sonido era el suave crepitar de la grava bajo los pies de Snape. El camino se extendía largo y solitario frente a él. Miró hacia atrás y, a la luz clara, pudo distinguir las torretas del castillo.


Para cómo solían ser sus sueños, este era uno bueno.


Continuó caminando en silencio, disfrutando de la sensación de estirar las piernas y llenar sus pulmones de aire fresco. Se sentía tranquilo, en paz consigo mismo. El notar esas sensaciones por sí solas fueron suficientes para hacerle desear soñar así todas las noches.


Escuchó un sonido de forcejeo detrás de él y se volvió rápidamente. Se podía ver una pequeña figura al margen de la carretera. Snape agarró su varita y la sostuvo a la defensiva frente a él.


—¿Quién está ahí? —preguntó imperiosamente. Su voz se escuchaba claramente en el silencio. La figura avanzó lentamente.


Snape se mantuvo firme. Fuera quien fuese, la altura indicaba que no era un adulto, por lo que su miedo disminuyó.


—¿Potter? —preguntó, frunciendo el ceño—. ¿Qué estás haciendo aquí?


Luego jadeó. Este no era el Harry Potter que conocía en la realidad. Este Harry Potter era uno de hacía más de dos años. Era más bajo, eso era obvio, y sus ojos estaban vidriosos y confusos. Su mano derecha se cerraba con fuerza alrededor de su varita y su mano izquierda estaba llena de una planta verde, con forma de cinta.


—¿Potter? —preguntó de nuevo, acercándose al chico inmóvil. De cerca, se dio cuenta de dónde había visto a Potter con este aspecto.


Durante el Torneo de los Tres Magos, cuando Harry había comido branquialgas para poder respirar bajo el agua. Snape se dio cuenta de que el joven estaba empapado, temblando de frío y conmocionado.


—¿Está bien? —preguntó Snape, sintiéndose un poco tonto porque sabía que era solo un sueño, y también porque sabía perfectamente bien que Harry había completado la tarea sin sufrir ningún daño.


Se había arrodillado frente al chico para valorar mejor su estado, cuando Harry rodeó su cuello con sus brazos, agarrándose con fuerza y jadeando en su oído. Snape pudo sentir el agua fría empapando su túnica.


—Shh —dijo, moviendo los brazos con torpeza para darle una palmada en la espalda al tembloroso niño—. Shh.


La respiración de Harry no se ralentizó; Snape podía sentir las rápidas exhalaciones contra su cuello.


—Está bien —repitió, rodeando con su túnica el cuerpo tembloroso y apretándolo con fuerza contra su pecho—. Todo está bien, chico, no te lastimarán. Yo te protegeré.


Snape se quedó en estado de shock cuando sintió los labios fríos de Harry tocar su cuello. La boca de Harry se movió lentamente contra su piel como si quisiera saborear sus reacciones.


—No —susurró Snape, tratando de librarse del chico. Sintió una lengua cálida tocar su mejilla—. Por favor, no lo hagas —gimió, con los ojos cerrados con fuerza mientras deseaba despertar.


—Por favor —dijo Harry mientras se apartaba del abrazo de Snape y, con un rápido movimiento de su varita, hizo un pequeño corte en la base de su garganta—. Por favor —repitió Harry, presionando su garganta herida contra la boca de Snape—. Quiero que lo hagas.


Snape se abalanzó contra el chico. Sin dudarlo ni un segundo, su boca se aferró con avidez a la base del cuello de Harry y casi se desmaya cuando la primera gota de sangre cayó sobre su lengua.


Tan bueno, tan exquisito.


Tan poderoso.


Tan puro.


Harry se retorció entre sus brazos e intentó pegarse aún más a él.


—Por favor —volvió a gemir el chico, acariciando el cabello del mayor mientras Snape chupaba frenéticamente su cuello.


No era suficiente. No salía lo suficientemente rápido. Snape rasgó la camisa de Harry, buscando más piel para presionar, más carne para abrir y que saliera más sangre. Podía sentir como su polla se elevaba con excitación; la sangre que estaba chupando de Harry parecía ir directamente a su ingle.


—Harry —gimió contra la carne caliente; lamiendo, succionando—. Harry. Harry. Oh, Harry. —


Y se incorporó de repente en su escritorio. Se había vuelto a dormir mientras leía. Sus labios se sentían húmedos. Tropezó con la silla, la volcó en el suelo y corrió hacia el baño. Se miró en el espejo y vio riachuelos rojos que salían de su boca. Palideció y su rostro se contrajo por la desesperación. Se llevó una mano temblorosa a la boca ensangrentada y se miró los dedos manchados. Con una mezcla de repulsión y necesidad, se llevó los dedos a la lengua.


Era tinta.



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A finales de mes, llegó el momento del viaje anual de Harry al Callejón Diagon para adquirir los útiles escolares. Dumbledore había logrado organizar una salida para que se encontrara con Hermione, Ron, y el Sr. y la Sra. Weasley en el Caldero Chorreante. Si bien no querían correr riesgos, se decidió que unas pocas horas fuera de la casa no serían un acto demasiado peligroso, especialmente si acababan pronto.


La Sra. Weasley estaba tan llena de vitalidad como siempre, se dio cuenta Harry, mientras lo abrazaba fuertemente y ponía el grito en el cielo por lo cansado que parecía. Ron y Hermione no tenían nada más que sonrisas para él. Los había echado mucho de menos.


—Entonces, ¿Qué has estado haciendo? —preguntó Arthur Weasley mientras almorzaban.


—No mucho. Estudiar, sobre todo. No hay mucho que hacer en la casa y no puedo salir.


—Por supuesto que no puedes, Harry —dijo Hermione astutamente—. Es demasiado peligroso. Y no sabemos qué está pasando con Quien-tú-sabes —la chica usó esa denominación en deferencia a los Weasley, quienes se encogían cada vez que se pronunciaba el nombre de Voldemort.


—Al menos la gente está empezando a tomar en cuenta lo que ha estado diciendo Dumbledore —resopló Molly—. Ha estado advirtiendo al Ministerio y al tonto de Fudge durante años, y nadie le ha prestado nunca ni un ápice de atención.


—O a ti —Ron le dio un codazo a Harry.


Harry se encogió de hombros y tomó un gran bocado de su sándwich.


—No es como si yo quisiera esa atención —dijo, hablando con la boca llena—. Quizás todos se retracten ahora, si no siguen creyendo que estoy loco.


—Siempre estarás chiflado para nosotros, colega —dijo Ron, batiendo sus párpados. Harry se rio disimuladamente, Hermione trató de no sonreír y Arthur sonrió ampliamente, pero puso una cara seria cuando Molly frunció el ceño.


Es bueno estar de vuelta con gente normal, pensó Harry.


Después del almuerzo, Arthur acompañó a Ron y Harry a la librería, mientras Molly y Hermione fueron a mirar las últimas túnicas de moda. Los hombres caminaron rápidamente por las concurridas calles. Si bien no creía que Harry estuviera en peligro real en el centro de Londres, Arthur quería llevar al chico de regreso a Grimmauld Place lo más rápido posible.


—¡Papá! —escuchó gritar a Ron. Arthur se giró para ver a Harry desplomarse sobre sus rodillas, con las manos apretando su cabeza. Ron estaba tratando de ayudarlo a levantarse inútilmente.


—Déjalo en paz, Ron —dijo Arthur, arrodillándose junto a ellos—. ¿Harry? ¿Estás bien, hijo? —Arthur miró a su alrededor con ansiedad. Estaban atrayendo las miradas de los transeúntes.


—¡Detente, detente, DETENTE! —gritó Harry, y después vomitó. Ron palideció, pero continuó frotando la espalda de Harry.


—¡Harry! ¿Qué pasa? —Repitió Arthur, mirando desesperadamente a su alrededor. ¿Dónde estaba Molly cuando la necesitaba?


—Voldemort —susurró Harry, luego se desmayó. Ron le impidió caer en el charco de su propio vómito.


Arthur cogió el cuerpo inerte de Harry y lo abrazó con fuerza.


—Encuentra a tu madre y dile que lo he llevado de vuelta a tú-sabes-dónde. Dile que informe a Dumbledore lo más rápido que pueda. ¡Vamos!


Ron no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se levantó de un salto y usó su gran constitución para abrirse paso entre la multitud reunida.


Arthur cerró los ojos y se apareció a sí mismo y a Harry de regreso a Grimmauld Place.



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Harry estaba esperando fuera del despacho de Dumbledore. Había estado en constante comunicación con el Director desde su colapso en el Callejón Diagon, pero este era el primer día que regresaba a Hogwarts. El nuevo año escolar comenzaría el día siguiente y había algunas cosas que quería discutir. Y algunas cosas que necesitaba preguntar.


Estaba a punto de llamar a la puerta cuando escuchó la voz de Snape gritando.


—¡No tenía ningún derecho!


La voz de Dumbledore no sonaba tan enojada, pero aun así se oía a través de la puerta cerrada.


—Ya lo hemos establecido.


—Sabías que estaba allí y me dejaste seguir hablando. ¡No tenías ningún derecho! —La indignación de Snape se podía percibir claramente.


—Severus, no estaba ahí para espiarte ni para burlarse. Él quería saber cómo estabas. Lo que vio lo asustó.


—Oh, pobre Harry Potter —La voz de Snape destilaba sarcasmo—. Se asustó por su sueño, así que, como siempre, todos pasan por el aro para apaciguarlo.


—Sí, estaba asustado por lo que vio, pero estaba más preocupado por lo que habías pasado. Siempre ha pensado en ti como invencible, y no lo eres, Severus. No necesitas serlo nunca más. Esa parte de tu vida ya ha terminado.


—¡Era mi asunto personal! Al igual que la otra vez, al igual que todas las otras veces, ha sobrepasado mis límites y tú... lo has... permitido. Pero no más. No permitiré que esta... esta maldición se difunda entre la población estudiantil como el último y más jugoso de los chismes.


—Ahora, Severus...


—No tiene sentido continuar esta conversación. Como me has recordado tan amablemente, ya no soy de ninguna utilidad para la Orden. No tengo nada por lo que quedarme aquí.


—No quiero que te quedes porque seas útil —replicó Dumbledore fríamente—. Quiero que te quedes donde puedas estar seguro. Te estarán buscando, Severus.


—Dime algo que no sepa —respondió Snape, malhumorado.


—Tienes que quedarte. Quiero que te quedes. No te perderé después de tanto tiempo. Y no has dejado de ser útil. Si quieres, si crees que puedes, aún puedes ser un gran activo para las fuerzas de la Luz.


—No necesitas otro estratega.


Dumbledore solo dijo una palabra.


—Harry.


—¡No!


—Severus, por favor. Necesitamos enseñarle; no hay nadie más que pueda hacerlo.


—Ya hemos pasado por esto —escupió Snape con los dientes apretados—. No volveré a ser un títere para su diversión.


Harry llamó a la puerta y los hombres guardaron silencio.


—Adelante —dijo la voz tranquila de Dumbledore.


Harry entró en el despacho, y vio a los dos hombres sentados con sendas tazas de té en las manos. A todos los efectos, parecía como si Harry hubiera interrumpido una conversación informal sobre asuntos escolares generales, pero Harry pudo ver que Snape estaba sentado rígidamente en su silla, con un gruñido fijo en su rostro, mientras que los ojos de Dumbledore estaban demasiado brillantes.


—Director, profesor —saludó Harry, con un asentimiento de cabeza dirigido a los mayores.


—¿Qué puedo hacer por ti, Harry? Como puede ver, el profesor Snape y yo estamos en medio de un asunto.


—Lo sé, señor —dijo Harry, apretando los puños—. Escuché lo que estaban discutiendo. Y no estaba espiando —dirigió hacia Snape, cuyos ojos se oscurecieron con malicia—. Podría haber mentido al respecto, pero quería decirles la verdad a ambos. Estoy harto de mentir —continuó Harry con valentía. Tragó, y luego se acercó a Snape.


—Profesor Snape —comenzó formalmente. Había estado ensayando su disculpa desde que Snape había desaparecido de Grimmauld Place—. Lo que hice esa noche fue imperdonable. No quise espiarle. Como dijo el director, estaba preocupado. Había visto lo que había sucedido...


Su voz se apagó cuando el rostro de Snape se tensó.


—Si tú... —comenzó a sisear Snape.


—Por favor, señor —interrumpió Harry—. Debí haberme ido en el instante en que usted comenzó a hablar sobre sus asuntos personales. Fue culpa mía, no del director. Vine a pedir perdón y a darle esto.


Harry metió la mano en su mochila y sacó su capa de invisibilidad. Había tenido la intención de preguntar a Dumbledore qué le parecía la idea antes de buscar a Snape, pero ahora parecía un momento tan bueno como cualquier otro.


—Es mi Capa de Invisibilidad —dijo, aunque era bastante obvio—. Quiero que la tenga usted. De esa forma, sabrá que no le estoy espiando.


Snape miró la Capa durante un largo rato, y luego levantó los ojos hasta mirar los de Harry.


—¿Por qué está haciendo esto?


—¡Porque lo hice mal! —exclamó Harry, agitando la capa frente al rostro de Snape—. Nunca me creerá de otra manera, y.... necesito su ayuda.


Ahí estaba. Ya lo había soltado.


Snape y Harry continuaron mirándose. Harry sintió que una gota de sudor se deslizaba entre sus omóplatos.


—¿Qué necesitas, Harry? —preguntó Dumbledore en voz baja.


Harry se volvió hacia el director.


—Necesito… me gustaría volver a tomar clases de Oclumancia. Y de Legeremancia, si cree que puedo hacerlo. Me siento... desprotegido. Y débil. Y ahora sé que no tengo ninguna posibilidad de derrotar a nadie si no me preparo —afirmó con tristeza.


—¿Por qué yo? —preguntó Snape con frialdad.


—Porque es el único que puede —respondió Harry con fervor—. No lo entendía antes, pero ahora sí. El director no puede ayudarme, y los otros miembros de la Orden no saben cómo hacerlo. Usted es el único señor, y si no es así, entonces yo...


Se detuvo, ya que su garganta comenzaba a cerrarse. No lloraría frente a estos hombres.


—¿Por qué debería confiar en usted? —preguntó Snape suavemente.


—Porque no tengo nada más sobre lo que mentirle, señor. Conoce todos mis sucios secretos. Harry se rio entre dientes a través de su garganta apretada—. Yo... no voy a pelear más contra usted, señor. Puede hacer lo que quiera para entrenarme, puede decir lo que quiera, solo por favor...


—Suficiente —la voz de Dumbledore interrumpió su discurso—. Siéntate, Harry.


Harry se dejó caer bruscamente en una silla y aceptó agradecido la cálida taza de té que Dumbledore puso en sus manos.


—¿Severus? —preguntó Dumbledore.


Harry se arriesgó a mirar al profesor de Pociones, quien estaba observando la pared, con las manos apretadas alrededor de los brazos de su silla.


—¿Señor? —susurró Harry.


Snape giró lentamente la cabeza y lo miró.


—Sabe que nunca contaré nada sobre... eso. Nunca he contado nada antes.


Una mueca de disgusto cruzó el rostro de Snape. El hombre miró a Dumbledore, quien estaba sentado esperando pacientemente su respuesta.


—Severus —repitió el director suplicante.


Snape tragó, la bilis y la resignación subían por su garganta.


—Como desees — gruñó. Luego salió de la habitación.


La puerta se cerró de golpe y Harry miró al director.


—¿Señor? No se ha llevado mi capa.


Dumbledore suspiró.


—Quizás él confía en ti, Harry. Incluso si no quiere.



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Usando a Dumbledore como intermediario, Harry y Snape organizaron sus lecciones. Al igual que en la ocasión anterior, las malas notas de Harry en Pociones fueron usadas como pretexto para las clases.


En su primera clase de pociones nivel EXTASIS, Snape hizo un gran espectáculo del hecho de que al “Niño que vivió” se le había permitido unirse a su clase, aunque no se lo había ganado. Harry se había sonrojado furiosamente, y había sido necesario que Hermione jalara de su manga para evitar que se levantara y saliera furioso del aula. Le había dicho a Snape que podía decir lo que quisiera, pero todavía le dolía.


Draco Malfoy se inclinó sobre Pansy Parkinson y se burló mirando en dirección a Harry.


—Oh, sí, apuesto a que él sí que llegó aquí por sus méritos —le susurró Harry enojado a Hermione.


—Harry —lo regañó—, si no te callas, los dos nos meteremos en problemas.


Harry trató de ignorar su mirada asesina y desvió su atención hacia su caldero. Aún podía escuchar a los Slytherin riéndose disimuladamente.


Malditos Slytherin.


Maldito Snape.


A pesar de que Harry sabía que Snape ya no estaba a la entera disposición de Voldemort, el hombre seguía manteniendo las apariencias frente al pequeño hurón.


Aunque, pensó Harry, si eran apariencias, Snape era un actor consumado. No había habido nada diferente en su comportamiento que indicara que algo extraño había sucedido durante las vacaciones. Se había curado físicamente e imponía tanto como siempre. Su temperamento tampoco se había suavizado; todavía se burlaba y miraba con desdén, y se regodeaba con insultar a los Gryffindors y quitarle puntos a cualquiera que no estuviera en Slytherin. Harry no había esperado que Snape comenzara a adularlo; habría estado feliz si el maestro de pociones lo hubiera ignorado de la misma manera fría como hacía con cualquier otro estudiante insignificante de Gryffindor.


Era una desgracia que tuvieran que pasar tanto tiempo juntos. Era una desgracia que fuera el único que podía ayudar a Harry.


—Bastardo —dijo en voz baja mientras veía a Snape caminar por la habitación.


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Tres noches a la semana, Harry se dirigía a la tortura que él mismo había solicitado. Quedaban en el despacho de Snape y, tan pronto como la puerta se cerraba, comenzaba la lección.


—Legeremens —siseaba Snape, y Harry se sentía abrumado por la visión, el sonido y la sensación de Snape hurgando en su mente, desenterrando recuerdos dolorosos y obligando a Harry a contemplarlos de nuevo.


—Legeremens —gritaba, y Harry caía al suelo, luchando por mantener los ojos abiertos y la varita frente a él, intentando conjurar algún hechizo que le permitiera contraatacar.


—Me enfermas —se burló Snape mientras Harry jadeaba en el suelo, con el estómago apretado y los ojos llorosos.


—Lo siento, señor —dijo Harry con la voz entrecortada—. Estoy haciendo lo máximo posible.


—Entonces tus mejores esfuerzos hasta ahora son penosos, y seguramente fracasarás.


Harry luchó por ponerse de pie.


—No fracasaré.


—¿Tan seguro está de sí mismo? —Snape sonrió, apoyándose contra una pared con indiferencia.


Harry negó con la cabeza, tratando de aclarar su mente.


—No puedo permitirme fracasar, señor, y usted no lo permitirá. Podría significar que fue un mal profesor —Respiró hondo y cuadró los hombros—. Estoy listo de nuevo.



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A fines de septiembre, Harry comenzó a mostrar progresos. Snape aún podía romper sus defensas, pero Harry ahora estaba comenzando a contraatacar. Tan pronto como la primera sílaba salía de la boca de Snape, Harry se metía en sí mismo, enfocando su mente, estableciendo barreras que le daban unos segundos extra para recomponerse antes de contraatacar.


Harry nunca lanzó ningún hechizo particularmente malo a Snape; era suficientemente satisfactorio ver al severo maestro de pociones sufrir bajo la maldición de las piernas de gelatina. La primera vez que Harry había logrado defenderse y contraatacar, la mirada de sorpresa de Snape fue tan repentina e impropia de él que Harry se rio y dijo tartamudeando la contra maldición. Snape había flexionado cada pierna lentamente, casi como si no creyera lo que había sucedido.


—Lo siento, señor —dijo Harry, tratando de calmarse.


Snape lo miró con detenimiento y le lanzó otro Legeremens a Harry antes de que éste pudiera recuperar el aliento.



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Ron y Hermione tenían conocimiento de las lecciones secretas de Harry y, aunque deseaban que no tuviera que pasar por ellas, también entendían sus razones para quererlas. Lo mantuvieron con los pies en la tierra como de costumbre, discutiendo como era habitual entre ellos, y casi enloqueciendo ellos mismos y a Harry con sus discusiones. Harry no era la persona más experimentada cuando se trataba de asuntos del corazón, pero incluso él podía ver que toda esta danza era un simple subterfugio.


Hermione, en contra de su raciocinio, adoraba cada parte de Ron, incluso las partes que eran menos que sensatas. Ron, a pesar de todas sus quejas, se enorgullecía de la mente ágil de Hermione y, a menudo, era sorprendido mirándola con cariño. El hecho de que ambos se hubieran convertido en dos personas muy atractivas no influyó en su comportamiento, pensó Harry en broma.


Una fresca tarde de otoño, harto de escucharlos discutir sobre alguna nimiedad sin sentido y percibir el trasfondo de coqueteo que existía bajo sus palabras, Harry suspiró resignado y decidió irse temprano a sus lecciones.


—¿Harry? —Ron estaba acostado en el sofá con los pies apoyados en el regazo de Hermione, introduciendo bombones en su boca mientras Hermione intentaba mirarlo con disgusto.


—Me voy a ir ya —dijo Harry. Si se iba, tendrían la sala común para ellos solos por un tiempo, y tal vez lograrían hacer algo que detuviera su incesante tira y afloja.


—Pero no empiezas hasta dentro de dos horas —dijo Hermione, preocupada—. ¿Por qué no te quedas aquí y hacemos juntos nuestro ensayo de Transformaciones?


Ron puso los ojos en blanco y Harry se rio.


—No te preocupes, necesito practicar todo lo que pueda. Y si Snape está demasiado ocupado para verme, iré a meditar a algún lado. Estoy mejorando en eso, pero todavía estoy muy lejos.


Ron sonrió y movió las cejas.


—Gracias, colega —dijo con aprobación, observando a Hermione, quien seguía mirando a Harry. Luego, el pelirrojo volvió a mirar a Harry y volvió a mover las cejas.


—Buena suerte —se rio Harry.


Mientras se iba, escuchó a Hermione preguntar:


—¿Qué ha querido decir con buena suerte?


La respuesta de Ron fue confusa, pero Harry sospechaba que se lo enseñaría pronto.



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Harry caminó por los corredores vacíos en dirección a las mazmorras. Era un sábado muy soleado, por lo que la mayoría de los estudiantes estaban fuera, fingiendo estudiar mientras intentaban broncearse. Algunas parejas, como Hermione y Ron, se quedaron dentro del castillo, aprovechando la privacidad.


La puerta del despacho de Snape estaba cerrada y Harry llamó tres veces antes de que se abriera.


—¿Qué quiere? —preguntó Snape con recelo, mirando hacia el pasillo por encima de la cabeza de Harry.


—Me preguntaba si podríamos empezar la clase un poco más temprano hoy, señor. No tengo nada más que hacer.…


—Me está interrumpiendo —replicó Snape—. Vuelva a su hora.


Harry agarró la puerta mientras Snape intentaba cerrarla, impidiendo que lo hiciera.


—Por favor, señor, ¿puedo esperar aquí? Meditaré un rato. No haré ningún ruido.


El rostro de Snape todavía mostraba sospecha, pero se apartó de la puerta y regresó a su escritorio.


—Ni una… sola... palabra —amenazó.


—No, señor —dijo Harry con entusiasmo, y cerró la puerta detrás de él. Se fue a una esquina trasera de la habitación, se sentó con la espalda contra la pared, cerró los ojos y trató de ordenar sus pensamientos.


Después de cinco minutos de quietud, abrió los ojos con cautela. Snape estaba sentado en su escritorio escribiendo furiosamente. El hombre levantó la cabeza y miró a Harry a los ojos.


Harry se sonrojó y cerró los ojos rápidamente.


Después de cinco minutos más, decidió echar otro vistazo, y encontró al maestro de pociones mirándolo fijamente. Snape instantáneamente volvió la mirada hacia su escritorio.


Durante los siguientes quince minutos, Harry se esforzó muchísimo por meditar. Redujo la velocidad de su respiración, despejó su mente de todo pensamiento innecesario, se concentró en imaginarse su mente como una masa impenetrable, pero el sonido de la pluma de Snape raspando el pergamino lo distraía.


Abrió los ojos y suspiró profundamente.


—¿Qué le dije, Potter? —gruñó Snape.


Harry se puso de pie y estiró su espalda.


—Lo siento, señor. Parece que no puedo concentrarme esta tarde —Caminó hacia el escritorio—. ¿En que está trabajando?


Snape acercó los trozos de pergamino a su pecho y lo fulminó con la mirada.


—Nada que le incumba, señor Potter. Le agradecería que no se involucrara en mis asuntos personales… de nuevo.


Harry se sonrojó y miró al suelo.


—Yo... no quería decir eso. Solo me preguntaba si había algo que pudiera hacer para ayudar. Solo para que pueda terminar antes y podamos continuar con la lección —.


—Claro, por supuesto —dijo Snape con sarcasmo—. Démonos prisa con cualquier obligación insignificante que pueda tener, y volvamos a hacer lo que, después de todo, es la única razón por la que cualquiera de nosotros está aquí. Ayudarte, por supuesto.


—No quería decir eso —repitió Harry con vehemencia—. No le estoy pidiendo que se apresure porque esté aburrido, o tenga algo mejor que hacer. Solo le estaba ofreciendo mi ayuda.


—¿Y por qué querría ayudarme? —dijo Snape sarcásticamente.


Harry se encogió de hombros.


—No sé. ¿Quizá porque usted me está ayudando y quiero retribuírselo?


—No hay nada que quiera que haga usted por mí —respondió Snape.


—No lo sabrás a menos que preguntes —lo desafió Harry, con los ojos brillando. Snape lo miró fijamente. Harry empezó a comprender.


—Está... —bajó la voz a un susurro—, está tratando de arreglar el... —y agitó la mano.


—¿De qué diablos está hablando? —se burló Snape.


—¿Quiere que lo diga en voz alta? —replicó Harry. Snape resopló y miró hacia otro lado—. Está tratando de arreglar la cosa de los vampiros —susurró Harry de nuevo.


—Idiota —dijo Snape, sin dejar de mirar a Harry fijamente—. Yo soy la cosa de los vampiros.


Los ojos de Harry se agrandaron y dio un paso atrás.


—Usted ... usted… —tartamudeó.


—¿Yo qué, señor Potter? ¿Soy un vampiro? ¿Quiero chupar tu sangre? ¿Quiero transformarte en uno de los no muertos? ¿Quiero llevar tu cadáver destripado al Señor Oscuro como regalo? ¿Yo qué, señor Potter? —preguntó amenazadoramente.


—Todavía comes —murmuró Harry, sin miedo pero sintiéndose un poco tonto.


—Qué astuto por su parte —respondió Snape, y colocó los pergaminos sobre el escritorio. Harry vio que estaban cubiertos de escritos en latín, inglés y algunos otros idiomas que ni siquiera reconoció—. Por si es de su incumbencia (que no lo es, pero, aún así, le informaré de algunos de los detalles para que su imaginación desquiciada no se desborde y una noche me despierte tratando de clavar una estaca en mi corazón), estoy investigando. Por ridícula que pueda parecerle la idea, a veces es beneficioso leer si uno está buscando respuestas.


Harry dejó que eso penetrara en su mente. Sabía que el hombre lo había insultado en algún punto de su frase, pero eso era normal. Una pequeña parte de él se rio ante la imagen de Snape tendido frío, pálido e inmóvil en un ataúd mientras Harry intentaba clavar un palo en su pecho. *


—¿Eso significa... que usted no es uno de ellos, señor?


Snape sonrió con suficiencia.


—Todavía no, señor Potter. Donde hay vida hay esperanza.


—Quiero ayudar —dijo Harry con determinación. Snape resopló y abrió la boca para cortarlo, pero Harry lo interrumpió—. Sé que no soy tan inteligente como usted, señor, y probablemente nunca lo seré. Pero si hay algo que pueda hacer, me gustaría intentarlo.


—¿Probablemente nunca lo será, Potter? —replicó Snape jocosamente.


Harry sonrió.


—Está bien, nunca lo seré. Pero lo digo en serio, quiero ayudar.


Snape lo miró desconcertado.


—¿Pero por qué?


Harry se encogió de hombros.


—Como dije, siempre me ha ayudado en el pasado, incluso cuando no sabía que lo estaba haciendo, y me gustaría retribuirle por ello. Y…. fue mi culpa que esto le sucediera.


—¿Culpabilidad, señor Potter? Difícilmente la más noble de las emociones que se pueden sentir cuando uno está ofreciendo ayuda a un enemigo.


Harry lo miró enfadado.


—Usted no es mi enemigo, ya no. No sé por qué todavía me odia, pero yo no le odio. Eso ya se lo he dicho.


—Ah, sí—dijo Snape, recordando la tarde en que se había quedado dormido en presencia del mocoso. Había pensado que su diálogo final había sido un sueño. Consideró las posibilidades. Era cierto que el chico no era tonto, pero Harry no sería de mucha ayuda a menos que lo guiaran. Y el joven ya conocía su situación.


—Por favor, señor —pidió Harry en voz baja, con rostro decidido. Snape estaba tratando de pensar en todas las razones por las que no debería volver a confiar en Harry, pero ninguna pasó a primer plano en su mente. Todo en lo que podía pensar era en el sueño que había tenido, en la forma en que el cuerpo frío y húmedo de Harry se presionó contra el suyo, en la forma en que Harry se cortó y le ofreció su sangre.


Por favor.


Snape frunció el ceño.


—Está bien —Se sintió consternado al oírse a sí mismo responder.



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Eso alteró el ritmo de sus lecciones a partir de ese momento. Harry llegaba dos horas antes y ayudaba a traducir pergaminos usando un diccionario de latín. Snape hacía lo mismo con el resto de los idiomas.


La mayoría de las cosas que leía Harry eran tan vagas que sospechaba que las había escrito una bruja de la naturaleza de Trelawney. Había muchos “por qué” y “quienesquiera”, pero nada lo suficientemente concreto como para hincarle el diente. Frunció el ceño ante el desorden que había formado en el pergamino en el que había estado garabateando, frunció el ceño ante el antiguo diccionario de latín y frunció el ceño ante el fragmento que estaba traduciendo.


—¿Tiene problemas, señor Potter? —preguntó Snape con voz burlona.


—Nada de esto tiene sentido. Todo es luz de luna, y pociones y bailes rituales. No creo que eso vaya a ayudarle, señor —Harry sonrió mientras se imaginaba al maestro de pociones caminando de puntillas por un prado a la luz de la luna llena.


—Sea lo que sea lo que esté pensando, pare de una vez.


Harry frunció el ceño de nuevo y se encorvó en su silla. Comenzó a tamborilear con la pluma en el borde del escritorio.


—¡¿Podría dejar de molestarme?! —rugió Snape, levantándose y dando un golpe con la mano en su escritorio—. ¡Si es incapaz de hacer lo que le dicen, puede irse y no regresar hasta que sea la hora de su lección!


—Dije que quiero ayudar, y lo dije en serio. Es solo que... nada de esto tiene sentido para mí. Es como si tuviera una pieza de un rompecabezas y se esperara que averiguara cuál es la imagen con solo mirarla. Oh, un rompecabezas es…


—Soy perfectamente consciente de lo que es ese juguete, Potter, ahora cállese —Snape miró a la distancia, con sus manos frotándose inconscientemente para limpiarse. El hombre se dio la vuelta y miró a Harry, atrapando al joven que estaba fulminándolo con la mirada—. Si yo... le confío esta información, ¿cómo voy a saber que no la va a repetir por ahí?


—No he dicho nada todavía. A nadie, ni siquiera a Ron y Hermione. Dije que podía confiar en mí a partir de ahora. Le doy mi palabra.


—¿Como un Gryffindor? —se burló Snape.


—No, como un hombre.


Snape lo miraba con desconfianza, por lo que Harry esperó pacientemente su decisión. No sabía por qué, pero era importante para él que este hombre lo tratara como un adulto, como a un igual. Sabía que básicamente estaba poniendo su vida en las manos de Snape cada vez que entrenaban juntos, y quería una forma de equilibrar la balanza.


Snape parpadeó lentamente, y luego asintió. Harry se acercó a su escritorio.


—Lea esto —murmuró, poniendo un trozo de pergamino en las manos de Harry. Era el poema que Harry había leído en Grimmauld Place. Lo leyó de nuevo, pero no pudo discernir ningún significado nuevo en él, independientemente de sus traducciones recientes—. Ese es el único fragmento sólido de información que he encontrado en esta montaña de estupidez —dijo Snape a regañadientes, sentándose—. Es una descripción de la maldición. ¿Cuánto sabe de vampiros?


Harry se encogió de hombros.


—No mucho. No hemos tenido mucha suerte de encontrar un profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras decente desde el profesor Lupin. O de conservarlo.


Los ojos de Snape se entrecerraron.


—En efecto. Permítame entonces aumentar su conocimiento en esa área en particular. La maldición, o condición, del vampirismo se propaga mediante la transmisión de fluidos corporales; en particular, sangre.


Harry se encogió de hombros. Cualquier idiota sabía eso.


Snape frunció el ceño y continuó.


—Hay diferentes formas que puede adoptar el vampirismo. Si la... víctima... fuera mordida y su sangre fuera bebida, eso solo sería la mitad de la maldición. Solo cuando la víctima perfora la piel y bebe la sangre del vampiro, el ciclo se completa. Ambos deben beber del otro al mismo tiempo. Es esta reciprocidad la que hace que la víctima se transforme de inmediato. Si eso ocurre, la situación es irreversible.


Harry lo miró seriamente.


—¿Usted…?


—No lo hice —espetó Snape. Se calmó y repitió—: No lo hice —Harry asintió y Snape lo miró con desconfianza. Luego continuó—: Desafortunadamente, a partir de este momento solo puedo hacer especulaciones. No se han realizado suficientes investigaciones en este campo.


Harry frunció el ceño pensativo.


—¿Por qué no? ¿No debería alguien haber investigado esto a estas alturas?


—Los vampiros son criaturas notoriamente privadas Potter. No ayuda cuando la mayoría del mundo mágico te tiene miedo y aversión.


—Como a los hombres lobo —Algo brilló en los ojos de Harry.


Snape tomó nota de eso.


—Como a los hombres lobo. Hay un segundo tipo de sujetos: los que beben la sangre del vampiro. Ellos…


Snape se interrumpió, y sus labios se torcieron en una mueca.


—¿Como usted, señor?


Snape volvió la cabeza y miró fijamente a Harry, tratando de ver si se estaba burlando de él. Harry se aseguró de que su rostro no mostrara ninguna expresión.


—Como yo, Potter. Si una... víctima... es capturada de esta manera, generalmente sin su consentimiento, pasa un cierto tiempo antes de que el daño sea irreversible. Mire los números que hay en el pergamino.


Harry hizo un cálculo rápido en su cabeza.


—¿Se refiere a lo de 'siete por siete por siete', señor?


Snape asintió.


—Eso es trescientos cuarenta y tres.


—Días, Potter. Días.


—¿Cuántos días hace ya, señor? —preguntó Harry en voz baja.


—Cincuenta y seis. Tengo hasta finales de junio del próximo año para pensar en algo —dijo Snape, resignado—. Parece mucho tiempo, pero no he sido capaz de encontrar... —se interrumpió, distraído.


—Lo hará, señor —replicó Harry, agarrando el brazo del mayor—. Dumbledore y yo le ayudaremos.


Snape no movió su brazo, a pesar de que lo apretaba con fuerza. Sintió los fuertes dedos de Harry clavándose en su carne. La sensación no le causó tanto disgusto como esperaba.


—Ni siquiera sabe lo que ha de hacerse, Potter. ¿Cómo sabe que tendré éxito?  —preguntó.


La mano de Harry se apretó al máximo sobre su brazo, y luego lo soltó.


—Por la misma razón por la que yo voy a dominar la Oclumancia y la Legeremancia. Porque usted no puede permitirse el lujo de fracasar y yo no lo permitiré.


—Orgullo de Gryffindor —dijo Snape. Su voz no era tan fuerte como solía ser. Tenía tantas ganas de creer en lo que decía el joven.


—Eso, y un poco de la astucia de Slytherin, señor —sonrió Harry, subiéndose las gafas. Se dio cuenta de lo cerca que estaba de Snape y rápidamente se alejó—. Entonces —dijo, fingiendo despreocupación—, ¿alguna idea sobre cómo revertir esto?


Snape asintió y se acercó a un estante. Miró las botellas como si buscara algo.


—La primera parte del poema solo describe lo que el recipiente, es decir, yo, puede esperar experimentar. El primer día me convertí en portador. El segundo, me llené de consternación. Para el tercero… —Snape se detuvo. Esto se estaba volviendo demasiado personal—. Digamos que comencé a sentir cosas que nunca antes había sentido.


—¿Sed de sangre?


Snape sonrió con superioridad.


—Una expresión inusual Potter, pero no del todo desacertada. Y antes de que me pregunte, no estoy ansioso por rajar tu garganta. Al menos, no más de lo que lo he estado en el pasado. Todavía tengo el dominio total de la situación.


—¿Será capaz de mantenerlo bajo control todo el tiempo? —preguntó Harry con curiosidad. No le apetecía tener un vampiro deambulando por el castillo, pero sospechaba que Dumbledore se llevaría a Snape antes de que sucediera algo malo. Y sería diferente ver al habitualmente estricto maestro de pociones expresar algunas emociones que no se centraran en el disgusto y la intimidación por una vez.


—Espero que sí —respondió Snape tristemente. Miró hacia arriba, se dio cuenta de con quién estaba hablando y endureció la voz—. La última línea es la clave. Supongo, a partir de este y otros materiales, que tengo trescientos cuarenta y tres días para completar mi tarea. Debo derramar mi sangre o, para decirlo sin rodeos, suicidarme, o sino ser condenado eternamente como uno de los Nosferatu.


—¡Suicidarte! —exclamó Harry—. ¡Pero eso es ... eso es ridículo! Dumbledore no lo permitirá.


Snape soltó una risa amarga.


—El Director puede decir todo lo que quiera, pero al final, es mi decisión. Y no deseo ser una criatura de la noche hasta el final de la eternidad, o por todos los años que eso conlleve.


Harry parpadeó rápidamente y se mordió el labio inferior.


—¿No hay otra forma?


—Eso, señor Potter, es lo que vamos a averiguar.








*En el original dice a cricket stump, que es un conjunto de 3 postes verticales usados en el cricket. Aquí les dejo una foto. https://www.google.com/search?q=cricket+stump&tbm=isch&source=iu&ictx=1&fir=yM1ofherd33BZM%252CvKQHEvplMKlweM%252C_&vet=1&usg=AI4_-kTkesBggF4e_mAfkxdRi8gRoMagvw&sa=X&ved=2ahUKEwj6sfPx04DtAhVh4uAKHb4hAycQ9QF6BAgPECo&biw=667&bih=608#imgrc=PdUYqcl_YT2MPM
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Aqua Fresca. Capítulo 3
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