La Mazmorra del Snarry


 
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 El Misterio Del Conde (One shot)

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midhiel
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MensajeTema: El Misterio Del Conde (One shot)   Sáb Feb 13, 2010 7:56 pm

El Misterio Del Conde

Disclaimers: Harry Potter pertenece al universo creado por J.K. Rowling, aunque después de mucho disfrutar de las Mazmorras yo creo que Harry pertenece a Severus y Severus a Harry.

No recibo ningún beneficio económico con esto. Sólo el placer de divertirme escribiéndolo.

Personajes: Harry Potter y Severus Snape Género: Romance y Humor. Advertencias: Universos Alternativos. Clasificación: G.

Resumen:Un príncipe huraño, el hijo despojado de un conde y un castillo medieval.


Respuesta al reto "La Mazmorra Del Snarry". Yo te amo.

El Misterio Del Conde


…………

Según el calendario impuesto por el Rey Salazar I, el Grande, en el siglo V de nuestra era, en el reino de Beriminia se estaba viviendo el día catorce de febrero del año de Nuestro Señor mil doscientos uno.

Refugiado en las mazmorras del castillo real para que su tío, el Rey Argus II, no pudiera encontrarlo y amonestarlo, el Príncipe Heredero Severus se deleitaba con la alquimia. Hacía ya veinte años había llegado a la corte un anciano de los reinos templados del oeste, que se había presentado como Albus Dumbledore y había deleitado a los presentes con trucos que mezclaban fórmulas alquímicas secretas. Severus, un jovencito de quince años en ese entonces, que acababa de perder a sus padres, los príncipes de Snape, Tobias y Eileen, había quedado fascinado con aquella “magia” y había suplicado a su tío que permitiese a Albus permanecer en la Corte para impartirle lecciones.

El rey había aceptado a regañadientes con la condición de que este aprendizaje no interviniese en sus estudios. Y así, a lo largo de diez años, Severus se había aleccionado como heredero y se había convertido en un apasionado de la alquimia.

Además, esta ocupación le servía como medio de escape para alejarse, al menos por un par de horas, de la pesada carga de su título.

Y este día en especial, a Severus le urgía distraerse. Por la noche su tío había dispuesto una cena de gala, con baile incluido para mortificación de Severus, con el fin de recibir al Conde Lucius Mafloy, un noble tan petulante como acaudalado, que tenía un hijo, Draco, en edad casamentera. El partido ideal, según Argus, para su solitario y huraño sobrino.

-Vas a casarte, te guste o no – había sido el dictamen del soberano, sentado en su alto trono, cuando Severus intentó imponerse -. Llevas más de treinta años soltero, una situación escandalosa para el futuro rey de Beriminia.

-Por mí, Beriminia y su corona pueden irse al… – masculló Severus pero calló de sólo ver las facciones descompuestas de su tío.

-Te casarás el veinte de febrero al mediodía – decidió Argus, al recuperar la compostura -. En la capilla real de este mismo castillo.

-¿Por qué el veinte y no el veintiuno? – gruñó el príncipe entre dientes -. Oh, ya recuerdo. El veintiuno de cada mes mi honorable rey y tío recibe a su amante, Lady Minerva McGonagall, y mi boda no puede interrumpir tal ansiado encuentro.

Hasta la señora Norris, la gata negra y quisquillosa del monarca, había brincado escandalizada de su cojín. El descerebrado y engreído Lockhart, ministro y bufón de la Corte, había perdido la sonrisita que alegraba su rostro. Los gemelos George y Fred, parientes lejanos del rey, se habían puesto tan rojos como sus cabellos.

Sólo Argus había permanecido impasible y con severa calma señaló la puerta.

-Márchate a ver al sastre, sobrino, y no regreses hasta tener conseguir un traje presentable. ¡Y no quiero verte en la fiesta de negro, gris, o cualquier color que anuncie la muerte!

-En ese caso me atrevo a sugerir, Su Majestad, que la fiesta sea aplazada hasta el año tres mil – quiso bromear Lockhart, pero todos lo miraron con tanto odio (incluida la gata), que tuvo que encoger los hombros para esconder la rubia cabeza.

Severus hizo una reverencia a su soberano y se retiró sin rechistar. Algo sumamente extraño en él. Pero desde ese día no se presentó en público más que para importantes ocasiones de etiqueta y no volvió a dirigir la palabra a su tío.

Pasaba horas y horas encerrado en las mazmorras junto a sus pócimas y libros de alquimia. No quería ver a nadie, y menos que menos, a ese jovencito altanero y caprichoso que el rey le había impuesto en matrimonio.



………..


-¡A esto le llamas una túnica elegante! – vociferó el conde Mafloy, golpeando a Dobby, su desafortunado elfo doméstico, con su bastón de oro.

-Perdón, amo – gimió la criatura encogiéndose -. Dobby es malo, señor, muy malo. Pero Dobby promete no dormir, ni comer, ni beber, ni bañarse hasta terminar la túnica y volverla elegante. Por favor, amo. No golpee a Dobby.

A pocos metros, parado sobre una tarima y engalanado con una túnica azul, Draco rodó los ojos. Llevaba horas posando para ese elfo estúpido y si ahora su padre lo obligaba a coserle otro traje, tendría uno de sus reconocidos ataques de histeria.

-No hay caso – se resignó el conde, mientras apoyaba el bastón en el piso. Dobby suspiró aliviado -. Draco, quítate eso y ponte algo decente. Tendré que llevarte a la exquisita tienda de Diagon para probarte ese traje de oro que vio tu madre.

-¡Al fin! ¿Y qué hay de este horrible…? No sé cómo llamarlo, padre. Ni siquiera entra en la categoría de ropa.

El conde sacudió la aristócrata mano con desdén.

-Déjalo para tu primo. Después de todo, el rey también lo invitó a la fiesta y aún no tiene nada que ponerse.

-Ese andrajoso – rió Draco y saltó de la tarima -. Esta bien, padre. Dobby, ven conmigo, criatura apestosa. Necesito que revuelvas mi armario de cinco metros y encuentres mi túnica de paseos. Y ya sabes, la de paseos, si me entregas la del domingo, te llevarás más golpes.

-Sí, amo Draco. Dobby obedece siempre – gimió el elfo y lanzó una mirada aterrorizada al bastón de oro, antes de correr detrás del joven.

Al quedar solo, el conde rodó los ojos. Sirvientes. Inútiles como todos los de su especie. Pero ya no tendría que lidiar más con ellos. No, cuando su único hijo se casase con el Príncipe Heredero, no necesitaría más a esos elfos porque tendría el reino entero de Beriminia a sus pies y a todos los súbditos para cumplirle cada capricho.


……….


-¡Aquí tienes, primo! – rió Draco socarronamente, arrojando a un apuesto muchacho de cabello oscuro y ojos verdes, su descartada túnica -. Para que te vistas como los elfos.

Harry, que así se llamaba el muchacho, no hizo el menor movimiento y dejó que la ropa terminase en el suelo. Estaba harto de sus tíos y su primo. Desde que murieran sus padres, los condes Potter, James y Lilly, su tío Lucius, hermano de su padre, se había apoderado de sus tierras y título. Harry había tenido que ver cómo este señor soberbio despilfarraba la fortuna de su familia, suerte que era demasiada, para cumplir sus caprichosos, y, por no tener la mayoría de edad necesaria para iniciarle un juicio, no había podido hacer nada.

-Ah, la dejaste caer – observó Draco -. Bueno, tú ganas. Se te llenará de mugre y así asistirás a la fiesta del Rey, sucio y harapiento como el mendigo que eres.

-¿Quién habla de mendigar, primo? – contestó Harry, mordaz -. ¿Tú? ¿El que está a punto de mendigarle al rey un marido?

Draco cerró el puño, dispuesto a golpearle. Pero como era cobarde y no sabía pelear, prefirió rebatirle con ponzoña.

-No eres más que la sombra de la basura heráldica que fueron tus padres.

Harry podía soportar humillaciones, privaciones y burlas, pero la más mínima mención desdeñosa a la memoria de sus padres, lo hacía saltar como león. Así que se arrojó sobre su primo y los dos terminaron enredados en el suelo.

Draco, que no sabía defenderse, chilló como si lo estuvieran quemando vivo. Acudieron Dobby, su padre, su madre, los demás elfos domésticos y Lady Bellatrix, una insoportable mujer más loca que una cabra.

Furioso, el conde castigó a Harry. Lo sentenció a pasar varias horas en la celda más fría y sucia del castillo, y ordenó a Dobby, bajo pena de muerte, que fuera al pantano a ensuciar el traje azul con lodo.


……….



¡Esto era el colmo! ¿Y a este sujeto lo llamaban Sastre Emérito de la Corte? Lo que había hecho no tenía remedio. Había confeccionado la túnica para el Príncipe Heredero con un color anaranjado (se entendía que el rey había rechazado los colores oscuros pero tampoco podía aceptar esto que encandilaba la vista), con un corazón gigante bordado en el pecho. Ah, el color del corazón era de un rojo sangre, que podía anunciar al príncipe a kilómetros de distancia.

Esto y más, junto con unas cuantas maldiciones irreproducibles, fue lo que pensó Severus al vestirse. No sólo no estaría a gusto en el baile sino que haría soberanamente el ridículo.

Al menos, se consolaba, esperaba que al verlo convertido en un bufón a colores, su majadero prometido huyera como liebre.

-No hay que perder las esperanzas – masculló, mientras la alegre Dolores Umbridge le peinaba el cabello.

Al terminar el peinado, Severus alzó una capa naranja y se envolvió con ella.

Puntualmente, estuvo listo a las ocho de la noche. Se dio un último vistazo en el espejo de pie de su recámara. Por la memoria del Salazar, el Grande, ¿tenía que entrar al salón de bailes con esto? Bueno, no había remedio.

Tomó valor y respiró profundo cuando anunciaron su regio nombre y abrieron los portones del salón de bailes.

Todas las miradas se clavaron en él y en su llamativo atuendo. Allí estaban, los gemelos, Lockhart, la infaltable gata, el conde, su esposa, la soberbia Condesa Narcisa, Draco. Sólo faltaba el rey. Severus entró como si vistiera lo más natural del mundo.

Lucius empujó con disimulo a su hijo para aventarlo hacia él. Pero Draco no se movió. Estaba tan estupefacto y escandalizado que no podía ni torcer el pie.

Severus se dio cuenta del horror que le había provocado y feliz por no tener que hablarle, se dirigió a la sala contigua donde podría estar solo y a gusto hasta que su tío llegase y diese comienzo al baile.

Pero no sabía que allí ya había alguien escondiéndose. Harry Potter.

El muchacho no reparó en él. Estaba demasiado angustiado, intentando sin éxito que el ramillete de rosas que había recogido prendiese en su pecho para disimular la inmensa mancha de lodo. Dobby se había disculpado tanto, el pobre. Pero Harry sabía que sólo había seguido órdenes, órdenes de su tío bajo pena de muerte.

-Oye, chiquillo, la fiesta es en el salón contiguo y éste es mi espacio, así que por qué no vas con esa gente y – comenzó Severus a protestar hasta que Harry giró y le enseñó sus bellos y angustiados ojos -. Perdón, parece que no soy el único que sufre con esto.

Harry quiso responderle pero, en cambio, tosió. Las horas en la celda helada le habían costado un resfrío.

Con caballerosidad, el príncipe se quitó la capa y lo envolvió con ella. Harry se encogió como un conejito asustado bajo su toque.

-Lo siento, pero aquí hace frío y pensé que esa túnica era demasiado abierta – intentó excusarse Severus -. Ah, no. No me refería a que es indecorosamente abierta. Usted está perfectamente vestido de acuerdo con la etiqueta. Quizás esas flores no combinen pero…

-No combinan – aclaró Harry con tristeza -. Sin embargo, sirven para cubrir esto – y haciendo a un lado su orgullo, le enseñó las manchas de lodo.

-No me diga que se cayó – se sorprendió Severus -. Los caminos por esta zona son lamentables. Le he propuesto a mi tío un plan y… - se detuvo. Si hablaba de su tío, tendría que descubrirse como el Príncipe Heredero y no quería hacerlo ante una criatura tan bella y misteriosa.

Harry lo miró a los ojos, pasando del dolor a la sorpresa.

-¿Usted cree que me caí? Está bien – suspiró otra vez -. Es mejor creer eso.

-¿Entonces, qué le ocurrió realmente? – inquirió el príncipe, alzando una ceja. Sin entender porqué, Harry halló el gesto muy divertido.

-No, nada.

-Vamos, joven. Somos dos extraños en un salón, escapándonos de una fiesta. Creo que podría mentir mejor.

-¿Mentir? – repitió Harry con otra mirada de asombro -. ¿Me encuentra cara de mentiroso?

Severus iba a excusarse, pero el muchacho rió, tan fresca y naturalmente que su risa lo fascinó.

-Disculpe, tuve un día horrible – se sinceró Harry.

-Creo que no podría ser peor que el mío – masculló el príncipe con bronca.

-Mi tío me vistió con esta túnica malhecha sólo para fastidiarme. Por supuesto que a mi primo lo envolvió en una de oro. ¿Y todo para qué? Para que el señorito venga a este castillo a hacerle la corte al Príncipe Heredero, que si lo escogió como consorte, no dudo que sería un arrogante, hueco, miserable y asqueroso como lo es él.

Severus carraspeó. Al menos, si opinaba tan mal de él en su presencia, quería decir que no lo había reconocido.

-Dicen que Su Alteza, el Príncipe Severus, no escogió al hijo del Conde, sino que se lo impusieron.

-Sí, claro – soltó Harry, incrédulo -. Si yo fuera el Príncipe Severus y quieren imponerme a un patán como Draco Mafloy, no dudaría en mandar el reino, la Corona y el título al demonio. Ay – se cubrió la boca -. Disculpe, no maldigo con tanta facilidad.

-Créame que el Príncipe Severus maldijo su suerte ya muchas veces. Pero dígame, usted, ¿cómo se llama? ¿Es el sobrino del Conde Mafloy?

Harry le extendió la mano amistosamente.

-Mi nombre es Harry Potter, único hijo y heredero del difunto Conde Potter y su esposa. Lamentablemente, por una orden que mi tío consiguió del Rey, pudo despojarme de mi fortuna y quedarse con mis títulos y tierras.

-¿Una orden? – se interesó Severus -. ¿Qué clase de orden?

-Mi tío es íntimo amigo de Lockhart, uno de los ministros del Rey.

-Ah, el bufón – recordó el príncipe con desdén.

-Bufón o no, convenció al Rey Argus que mi tío, segundón de nacimiento, era el indicado para administrar las tierras de mi padre. El Rey firmó un decreto despojándome de la herencia. Mi padre quiso venir a la Corte a refutarle, pero la noche anterior al viaje, él y mi madre cayeron enfermos y fallecieron tres días después.

Severus alzó su ceja otra vez. Era una expresión típica en él.

-Una verdadera tragedia.

-Que sirvió a mi tío para instalarse en mi castillo y darse la gran vida.

-Algunos nacen con estrella y otros estrellados – murmuró el príncipe.

-Y algunos no escatiman en maldades para conseguir su estrella – respondió Harry con dolor y quedó en silencio -. Verá – habló después de un rato -. No sé por qué le cuento esto, ni sentido tiene, pero la muerte de mis padres fue muy misteriosa. No me dejaron verlos ni una sola vez. Mi padre agonizaba cuando mi tío entró con su esposa e hijo a instalarse y no se habían enfriados sus cuerpos, cuando ya Lucius se hacía llamar conde.

-¿Sospechas que él tuvo algo que ver con su muerte?

-No… sólo que… no sé – suspiró el muchacho otra vez y volvió a guardar silencio.

Severus lo miró bajo la luz de la luna que entraba por la ventana. Era un joven muy agraciado. Si sólo fuera él el hijo del Conde Mafloy y no ese mocoso Draco, pero no. Harry era el hijo de un conde, despojado de sus títulos y tierras. Un partido indeseable para un príncipe heredero. Sin embargo, quizás, si convencía a su tío. Claro, después de no hablarle por semanas y llevarle la contra años enteros...

-¿Quién es usted? – preguntó Harry con curiosidad -. Todavía no se ha presentado.

Severus abrió la boca pero entonces, alguien entró alocadamente y golpeó la punta de un bastón contra el suelo.

-¿Cómo te atreviste, mocoso? – estalló el conde -. ¿Cómo te atreviste a esconderte aquí para dirigir la palabra al príncipe? Sabed disculpar, Su Alteza – hizo una flexión -. Este niño no conoce las reglas de etiqueta.

-¿Alteza? – balbuceó Harry, mirando a su tío y a Severus. Éste se irguió con toda la realeza de su sangre.

-El niño, como usted lo llama, parece ser el único hijo y heredero del fallecido Conde James, y con este título tiene la posición suficiente para entablar conversación con cualquier príncipe, noble o hasta el mismísimo Rey.

Lucius sintió que la vena en la sien le saltaba. Miró con toda su frialdad y odio a Harry, y se volvió hacia el príncipe.

-Mi hijo os aguarda, Alteza – hizo otra flexión -. Su Majestad entrará en cualquier momento y creo que os agradaría abrir el baile con él.

Severus se volvió hacia Harry. Al ver su carita de inocencia y ternura y contrarrestarla con el fruncido ceño del conde, le pareció aún más encantadora.

-Señor Harry, ¿le gustaría entrar al salón de baile conmigo? – invitó gentilmente, ofreciéndole la mano.

Harry dudó en tomarla.

-¿Es usted el príncipe heredero?

-Soy Severus, para servirlo – sonrió él con una caballerosa reverencia.

-Debí haberle parecido un estúpido – murmuró el joven, desesperado -. Es el príncipe y yo le he hablado como a un total desconocido.

La sonrisa en Severus desapareció. Lo que más detestaba de la Corte era que le rendía una asfixiante pleitesía. Por eso era tan huraño y se escondía en las mazmorras. ¿Quién podía tolerar ser tratado como alguien intocable las veinticuatro horas? Ah, a Lucius Mafloy, su esposa y su hijo, por supuesto, les encantaría tal trato.

Sin entender ni jota lo que pasaba pero percibiendo que su sobrino y el príncipe estaban congeniando, el conde asió a Harry del brazo con brusquedad.

¡A Severus no le agradó en absoluto tal trato!

-¿Cómo se atreve a tocarlo? – se enfureció el príncipe y se posicionó entre Harry y su tío -. Suéltelo ya mismo.

Con los gritos, la Corte había entrado a la sala para ver de qué iba el asunto y todas las caras se maravillaron al encontrar al Conde y al Príncipe en medio de una discusión.

-¿Pero estos dos no están a punto de volverse suegro y yerno? – Lockhart intentó por milésima vez conseguir un chiste y tuvo que tragarse, por milésima vez, las miradas de odio.

Narcissa y Draco se acercaron al conde. Estaban muy consternados.

-Su Alteza – habló el conde altamente alterado -, disculpadme el atrevimiento pero este niño sí es mi sobrino, como bien lo habéis dicho – sonrió. Severus continuó con su expresión de acero -. Pero no conoce las reglas. Veréis, tengo a mi hijo, Draco. Oh, Draco, acércate. Eso es. Está en edad casamentera.

-Harry también lo está – observó Severus y el jovencito se puso rojo como un camarón. Una exquisita combinación con el verde de sus ojos, observó el príncipe para sí.

-No – Mafloy golpeó el suelo con su bastón -. Harry no es partido. No sabéis lo que estáis afirmando, Su Alteza. Este chiquillo es un ser maleducado, pendenciero, roñoso, débil – no pudo seguir enumerando porque una bofetada de Severus lo tumbó en el suelo.

Temblando de vergüenza, Narcissa y su hijo se alejaron de la escena en puntas de pie.

Severus se volvió hacia Harry.

-Una vez más le pregunto, Harry, ¿desearía abrir el baile conmigo?

Harry asintió.

-Será un placer, Su Alteza – susurró.

El príncipe tomó su mano y juntos caminaron hacia el salón de baile. La curiosa multitud se hizo a un lado para que pasaran, mientras Lockhart corrió a socorrer a su desvanecido amigo, el conde.

Cuando todos quedaron ubicados en el salón, el Rey Argus entró, seguido un personaje que a Severus no le caía bien pero reconocía que hacía bien su trabajo. El Vizconde Sirius Black, espía de Su Majestad y Alto Coronel del Ejército.

Sirius murmuró algo en el oído del rey y éste apuntó la vista en dirección a Narcissa, que intentaba por todos los medios controlar a su hijo, que no dejaba de temblar histéricamente.

-Condes Mafloy, Lucius y Narcissa – llamó el soberano con autoridad -. ¿Dónde está vuestro marido, señora?

Lockhart entró, cargando del brazo a su magullado amigo. Argus frunció el ceño al ver el bofetón en la mejilla pero nada dijo.

-Acérquense – ordenó Sirius, frotándose las manos.

-Éste Black acaba de conseguir algo grande – apuntó Severus y presionó la mano de Harry.

Lucius y Narcissa se arrodillaron ante el rey.

-El Vizconde Sirius Black tiene una declaración que haceros – dispuso el soberano.

El conde y su esposa alzaron la mirada hacia Sirius, quien carraspeó y dio un respingo antes de declarar.

-Lucius Mafloy Narcissa Black Mafloy, ambos quedáis acusados de asesinar al Conde James Potter y su esposa Lilly Evans Potter el día quince de agosto del año de Nuestro Señor mil quinientos noventa y cinco.

Lucius palideció como la luna, en tanto su esposa se levantó, cubriéndose horrorizada la boca.

-Tú – acusó la dama, señalando a su marido con el dedo -. ¡Tú tienes la culpa! Te dije que envenenarlos no era la solución. Pero querías sus tierras, su título. ¡Mi familia es poderosa y bien podíamos vivir holgadamente con ellos! ¡Pero no! ¡Querías las tierras de tu hermano! ¡Eres un asesino, Lucius!

-¡Y tú también! – estalló el conde, olvidando por completo que era escuchado por el mismísimo rey y su Corte -. ¡Si fuiste tú quien vertió el veneno en sus copas!

-¡Pero tú les acercaste las copas!

-¡Por qué a ti te temblaba la mano! – confesó Lucius, poniéndose de pie.

Todos los miraban escandalizados. Harry pasó saliva, el asesinato de sus padres era algo que sospechaba desde hacía tiempo. Sin embargo, Severus le apretó cariñosamente la mano.

Sirius miró a la pareja y a los presentes con aire de satisfacción.

-Por mí estas declaraciones son suficientes para condenarlos. Pero igual, merecen un juicio. Muchachos – se volvió hacia la puerta para llamar a los guardias -. Póngale hierros en las muñecas, al Conde y a su señora, y envíenlos a los calabozos. Ah, y echen a su hijo con ellos. ¿Cómo se llama el niño? – leyó un pergamino donde tenía los nombres -. Draco, cierto. Que Draco los acompañe, tengo pruebas que fue él quien compró el veneno.

-Mi padre me lo ordenó – balbuceó el joven, temblando aún más -. Les juro que él me lo ordenó – dos guardias lo asieron -. ¡Cuidado, idiotas! ¡La túnica es de oro!

Sirius carraspeó para obtener su atención.

-Espero que no sea la de la tienda de Diagon porque acabamos de descubrir que allí venden túnicas de material falso – se volvió hacia el rey -. Demoré en llegar porque tuve que arrestar al dueño de esa tienda, Su Majestad.

-Lo importante es que llegaste a tiempo, Sirius – contestó el monarca, al tiempo que se oían a lo lejos los aullidos de Lucius, señora e hijo mientras eran arrastrados fuera del salón -. Lamento que hayas perdido a tu prometido, sobrino, pero veo que estás tomando de la mano a alguien más. ¿Quién es el afortunado?

Sin soltar a Harry, Severus hizo una reverencia y el joven lo imitó. Era la primera vez que se dirigía a su tío después del altercado por la boda.

-Su nombre es Harry Potter, hijo del Conde James y la Condesa Lilly, Su Majestad, y me atrevo a afirmar que, dadas las circunstancias recién vividas, es el nuevo Conde Potter.

-Exacto y por lo tanto la persona con la que debes casarte – decidió el rey y enfiló hacia su trono. Se sentó, acomodó su túnica e hizo un gesto al director de la orquesta -. Bien, sobrino – habló a Severus -. Es hora que abras el baile con tu futuro consorte.

La música empezó y entre los acordes, Severus llevó al flamante conde al centro de la pista. Una sonrisa enmarcaba el rostro de ambos. Una sonrisa genuina.

Y como el rey lo había decidido anteriormente, su sobrino y heredero se casó con Harry cinco después. Intercambiaron los anillos que el Rey Salazar, el Grande, había intercambiado con su esposa y Berminia entera gritó de júbilo.

Con el tiempo, Severus subió al trono. Él y Harry gobernaron en paz y su reinado fue comparado al del legendario Salazar, pero esa es una historia que necesita ser contada en otra ocasión.
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MensajeTema: Re: El Misterio Del Conde (One shot)   Jue Feb 12, 2015 6:31 am

¡Que bonita historia! Me recordó un poquito a la Cenicienta, pero Sev hace mejor de principe que el original. Muy bien hecha en verdad, felicitaciones. Me encantó.
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MensajeTema: Re: El Misterio Del Conde (One shot)   Vie Sep 04, 2015 8:11 pm

JAJAJA cuando mencionaste a Albus como alquimista se me vino a la mente el mago merlín de la película del espada en la piedra jajajaja, me parecío muy linda la historia.
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NANNDYTA
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MensajeTema: Re: El Misterio Del Conde (One shot)   Dom Ene 24, 2016 9:29 am

Severus es y será un gran príncipe, lástima que su autora no le hubiese dado el final que merecía, pero tiene a sua fans para eacribirle historias donde el tenga una gran vida.
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MensajeTema: Re: El Misterio Del Conde (One shot)   

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El Misterio Del Conde (One shot)
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