La Mazmorra del Snarry


 
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 Vivire por ti

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gabrielle62

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MensajeTema: Vivire por ti   Jue Mayo 04, 2017 2:25 pm



Resumen: Harry vence a Voldemort, pero todos aquellos a los que amaba mueren en la batalla, haciendo que pierda sus ganas de vivir. Al mismo tiempo, una maldición por la espalda lo deja en estado casi vegetal. Los medimagos saben que tiene cura, pero él ya no tiene motivos para seguir adelante. Además una venganza del pasado sigue atormentándoles en el presente...
En ésta historia Dumbledore vive.

Aviso: contiene spoilers de todos los libros y personajes originales.

Categorías: Harry Potter.

Personajes: Harry Potter, Severus Snape.

Géneros: Accion, Angustia, Aventura, Drama, Misterio, Romance, Suspense, Tragedia.
Advertencias: AU=Universos Alternos, Chan=Adulto/Menor, Mpreg=Embarazo Masculino, Muerte de un personaje, Violencia.

Capítulos: ?


Completo: No.

Publicado: 01/12/07.

Editado:
2017

Notas de la historia: Los personajes son todos de J.K. Rowling, yo se los tomo prestados de vez en cuando, pero no gano un euro con ello. Mi sueldo es que lo lean y mi esperanza que les guste, solo eso.
Cuando la letra es normal narra el presente, la letra cursiva cuenta la historia de los personajes en el pasado.


OoO

Capítulo 1. El deseo de morir por gabrielle62

Notas del autor:
Estoy reeditando esta historia, la iré subiendo según la edite. Cuando lo tenga todo, la subiré completa. Gracias por vuestra paciencia, sé que no tengo excusa.

Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito,
repitiendo todos los días los mismos trayectos,
quien no cambia de marca,
no arriesga vestir un color nuevo y no le habla a quien no conoce.
Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú.
Muere lentamente quien evita una pasión,
quien prefiere el negro sobre blanco
y los puntos sobre las “íes” a un remolino de emociones,
justamente las que rescatan el brillo de los ojos,
sonrisas de los bostezos,
corazones a los tropiezos y sentimientos.
Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo,
quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño,
quien no se permite por lo menos una vez en la vida,
huir de los consejos sensatos.
Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música,
quien no encuentra gracia en sí mismo.
Muere lentamente quien destruye su amor propio, quien no se deja ayudar.
Muere lentamente, quien pasa los días quejándose de su mala suerte
o de la lluvia incesante.
Muere lentamente, quien abandona un proyecto antes de iniciarlo,
no preguntando de un asunto que desconoce
o no respondiendo, cuando le indagan sobre algo que sabe.
Evitemos la muerte en suaves cuotas,
recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor
que el simple hecho de respirar.
Solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos
una espléndida felicidad.



OoO


Una linda muchachita de unos doce años de edad se sentó cerca de la chimenea, sobre un cómodo cojín. Con las piernas cruzadas, los codos apoyados en las rodillas y su rostro entre las manos, miraba a su abuelo, suplicante.

—Por favor, abuelito, me prometiste contarme vuestra historia de amor, pero nunca tienes tiempo… —se quejó.

Frente a ella, Harry Potter, el abuelo de la niña, levantaba la vista del libro muggle que estaba leyendo, y la niña vio que el autor era un tal Gabriel García Márquez. El hombre de unos sesenta años la observó en silencio y sus ojos verdes sonrieron a la rubia chiquilla al mismo tiempo que su boca.

—Ven, Aroa, ven a sentarte a mí lado. —La muchachita obedeció al momento, sentándose a los pies de su abuelito. Aroa quería mucho al abuelo Severus, claro que sí, pero con él no tenía tanta confianza como con el abuelito Harry, con el que podía hablar de lo que fuera, de cualquier trastada, que él siempre la entendía y a menudo celebraban juntos con alborozo. El abuelo Severus reñía a abuelito Harry muchas veces por ese motivo.

—¡Claro! —gruñía el abuelo Severus—. ¿Cómo no te van a querer más a ti si les das todos los caprichos?
Pero el abuelito Harry sabía cómo camelar al abuelo Severus.

—Severus, no me quieren más que a ti, eso es mentira. A mí me buscan para el juego y la diversión y a ti, mi amor, para las cosas que realmente les preocupan.

El abuelo Severus miraba al abuelito Harry en esos momentos, con la duda claramente dibujada en su mirada, como si no estuviese seguro de si su esposo estaba burlándose de él.

—Bien, a ver, mi niña. ¿Qué quieres exactamente que te cuente? —pregunto Harry a su nieta mayor.

—Todo…abuelito.

—¿A qué te refieres con todo? —pregunto Harry, viéndola venir.

Aroa había empezado ese año en Hogwarts y allí le habían llenado la cabeza con las hazañas de sus abuelos, especialmente las de él. Sus cuatro hijos habían ido a Hogwarts y había pasado antes por eso, ¡quinientas ó seiscientas veces ya! pero intuía que ahora su nieta mayor quería algo distinto.

—Quiero que me cuentes como se enamoraron el abuelo Severus y tú, por favor, abuelo… —rogó la muchacha.

Harry suspiró. No eran recuerdos agradables, al menos al principio, pero su nieta era muy lista y madura para su edad. Decidió que se lo contaría <i>casi todo/i>. Los detalles escabrosos eran cosa suya y de Sev en exclusiva, y desde luego, no aptos para una púber.

—Bien, verás… en la batalla final quedé muy dañado, tras el hechizo que me lanzó un Mortífago después de que yo matase a su Amo. Era un terrible hechizo, que me impedía moverme y que perjudicó mi columna vertebral y me dejó prácticamente tetrapléjico. No era algo irreversible pero cuando desperté en el hospital y noté que no podía moverme me hundí en una terrible depresión.

—¡Lo sé!, querías morirte, papá me lo contó —dijo la chica con voz triste.

Harry la besó en el pelo y suspiró: —Sí cariño, pero… quería morirme ya antes de conocer el alcance de mis lesiones. Todos los que realmente me importaban, habían muerto en aquella guerra sin sentido, incluso la chica que me gustaba. No quería vivir después de aquello; logré vencer a Voldemort pero cuando desperté en San Mungo y vi el estado en el que me encontraba, deseé con tantas ansias mi muerte que mi núcleo mágico se bloqueó y me convertí prácticamente en un vegetal.

—¿Se puede hacer eso? —preguntó la adolescente, alarmada.

—No de forma voluntaria, cielo, sólo cuando tu alma está tan devastada que no quieres realmente seguir con vida. En realidad es bastante parecido a una profunda depresión muggle, sólo que la mágica es aún peor.

—¡Oh, abuelito! —dijo la niña apretándole el brazo—, debiste pasarlo muy mal.

—Sí, lo pasé muy mal, Aroa, pero era incapaz de salir de mi espiral de autocompasión y odio. La pena era tan grande que me colapsaba por completo.

—¿Y cómo… —hizo una pausa para tragar saliva— …cómo lograste salir adelante?

—Gracias a la única persona que conozco que es aún más obstinada que yo —dijo, guiñándole un ojo.

—¿El abuelo Severus?—preguntó, sorprendida y encantada. Harry suspiró, asintiendo.

—Sí, mi niña, es gracias al abuelo Severus que estoy hoy aquí. No sólo me salvo la vida, hizo mucho más que eso: logró que recuperase de nuevo la fe en las personas y el mundo. Severus me devolvió las ganas de vivir, me enseñó lo que era el amor con mayúsculas, el que no se expresa con palabras sino con hechos, y no lo tuvo nada fácil, te lo aseguro…

>>Tu turno, Severus —dijo Harry, levantándose ágilmente para impedir que pudiera detenerle y saliendo casi a la carrera de la acogedora estancia, mientras con una pícara sonrisa hacía un gracioso mohín antes de pasarle “la pelota” a su esposo que acababa de entrar en el acogedor salón de la casa.

—¡Harry, vuelve aquí inmediatamente! —gruñó el hombre de ojos negros fingiendo enfado. Mientras, Aroa, le miraba con los ojos muy abiertos, no muy segura aún de que su abuelo Severus, que en ese preciso instante soltaba un pesado suspiro, no se hubiese enfadado de verdad.

—Veamos, princesa, ¿por dónde empiezo? —preguntó, mientras se tallaba el puente de la nariz.
La adolescente soltó una risilla y, coqueta, se separó el pelo de la cara, mientras se ponía lo más cómoda posible y sugería: —¿Qué tal desde el principio, abuelo?


OoO


Soledad… una inmensa y profunda tristeza que comprimía todo su ser, que le ceñía en un desasosiego y frustración opresivos. Nada, ya no quedaba nada, ni nadie que le importara. En su atormentado avance hacia Voldemort, había visto morir a todos sus amigos, a todos los miembros del E.D. uno tras otro, a manos de los Mortífagos y demás infernales criaturas adeptas al Lord Oscuro. Ahora, una sola cosa anidaba en su mente: asesinar al desgraciado criminal que era Voldemort, culpable de todo lo malo que le había sucedido desde que ese ente infame matara a sus padres y le condenará a él a una vida miserable.

En Hogwarts había conocido sus únicos momentos felices; bueno, también los había tenido con la familia Weasley, que siempre consideró como propia. Pero ahora estaban todos muertos: sus padres, Sirius, Remus… Hermione y Ron también estaban muertos, les había visto morir ante sus ojos y no había podido hacer nada por evitarlo. Lucius Malfoy mató a Hermione y Ron mató al rubio cabrón que le había arrebatado a la chica que amaba, pero el pelirrojo no tuvo tiempo ni de soltar una lágrima por ella. El Avada Kedavra de Avery le traspasó el corazón, fulminándole en el acto. Draco Malfoy se deshizo del Mortífago, pero ya no le devolvería la vida a la inteligente castaña que ahora yacía como un juguete roto, con la mirada fija en un punto muerto, mirando sin ver al pelirrojo que reposaba a su lado. Sus amigos del alma…

Fue tal la incredulidad de Harry, tan grande su pena que no podía ni hablar, ni siquiera lograba llorar, la angustia atoraba sus cuerdas vocales. Sintió que su corazón apenas latía y creyó morir en ese instante, pero los hados no se apiadaron de su alma. Nunca más volvería a tener a sus queridos amigos junto a él, jamás podrían ya vivir juntos o viajar como habían planeado cuando saliesen de Hogwarts. Ninguno de los planes de futuro que tantas veces habían discutido, y a los que Harry siempre ponía pegas pues nunca creyó que sobreviviría a Voldemort, se harían ya realidad.

Draco advirtió la desolación en los ojos verdes de su compañero de estudios y entendió que nada de lo que le dijera en ese momento iba a ayudar a Harry, al fin y al cabo él también acababa de ver morir a su padre. Hacía mucho que Draco había perdido la admiración y el respeto hacia Lucius Malfoy. Padre e hijo no tenían los mismos ideales, y desde que Draco renunció a seguir a Voldemort, Lucius había renegado de su hijo, le había desheredado y no habían vuelto a verse, pero a pesar de todo era su padre y le quería. Sin embargo, él tampoco podía llorar. Era un Malfoy, y éstos nunca muestran sus sentimientos en público.

Harry cada vez se hundía más en su rabia y desesperación mientras se martirizaba pensando que ya nunca más oiría la risa franca de Ron ni a la marimandona e inteligente Hermione regañarle; que nunca más vería la mirada perdida y soñadora de Luna; ni la maravillosa y tierna sonrisa de su amada Ginny; que los gemelos no le harían reír con sus bromas nunca más y Remus ya no sufriría más con sus transformaciones, pues el licántropo también había muerto durante el asedio a Hogwarts.
Todos los que le habían amado, todos los que alguna vez le habían apoyado, estaban muertos y no había hechizo que les pudiese devolver a la vida. Y él ya sólo tenía un propósito, una fijación en su atormentada mente: Asesinar a ese bastardo y terminar con todo de una puta vez. Y también esperaba morir en el encuentro, no podía con esa carga, no podía con tantos amigos muertos por su culpa.
Todo el sentimiento de culpa del que carecía Voldemort lo cargaba Harry Potter sobre sus hombros, sobre su alma y sobre su corazón, y él no quería, no podía… vivir así. No le encontraba sentido a seguir vivo una vez acabara con aquel ser indigno, cuando tantos otros habían muerto por defenderle a él.

—Ojalá que me mate… —susurraba mientras caminaba pesadamente al encuentro del Lord. Y era sincero en su súplica, no deseaba más que morir, pero sólo después de acabar con aquel demonio, no podía permitir que matase a más gente, que destruyese a más familias.

Los Mortífagos se apartaban dejándole pasar, convencidos de quien iba a ganar aquella lucha tan sucia. Todas las guerras dejaban un sabor a bilis amarga en el alma y los corazones de cualquier ser humano, independientemente del bando al que perteneciesen, pero aquella guerra era especialmente cruel porque era una guerra entre magos y era una guerra racista.

Sólo Voldemort disfrutaba viendo morir a tantos seres inocentes, sobre todo si se trataba de sangres sucias. Era más reptil que humano, en su apariencia y sentimientos, y disfrutaba matando. Y ahí estaba Harry Potter, un adolescente de apenas diecisiete años, frente a aquel ser inmundo al que odiaba como jamás creyó poder odiar a alguien; pero el odio, la ira y la desesperación eran lo único que aun mantenían en pie al herido muchacho, que a duras penas podía sostener su varita, y que estaba allí para cumplir la misión que le habían encomendado, aquella para la cual había nacido y que él nunca quiso ni pidió, pero una vez cumplida, si es que lo lograba, sólo quería morirse.
Todo sucedió muy rápido y no fue un duelo maravilloso ni espectacular. Los dos contendientes lanzaron la Maldición mortal al mismo tiempo y, como ocurriese en otra ocasión hacía ya dos años en un antiguo cementerio de la Mansión Riddle, los rayos de ambas varitas se encontraron y esta vez no hubo concesiones por parte de ninguno de los dos; a Harry no le importaba nada, su alma estaba vacía de cualquier otro sentimiento que no fuese el odio, y ese hecho marcó esta vez la diferencia.
Voldemort supo que Harry iba a matarlo cuando sus maldiciones chocaron con fuerza excepcional. El odio de Harry, la ira que sentía, destruyó al Lord; no fue el amor sino la total ausencia de él lo que increíblemente mató al Mago Oscuro. La maldición, inusualmente fuerte, desplazó al Lord con violencia por los aires varios metros, hasta que cayó al duro suelo hecho un guiñapo y definitivamente muerto.
Harry venció y Voldemort murió… y Severus no pudo evitar la maldición que el muchacho recibió por la espalda antes de poder matar al mortífago que la lanzó. Buscó desesperado el pulso en el cuello del muchacho y no encontró nada. Se apresuró a aplicarle todos los hechizos de primeros auxilios que conocía y al fin notó un pequeño signo vital en el chico.

Los Mortífagos se habían entregado o escapado, los que consiguieron hacerlo. La guerra había terminado… Voldemort no existía. Y no se sabía si Harry Potter sobreviviría. Al final, como en todas las guerras, nadie gana, todos pierden.


OoO

Tras matar a Avery, Snape corrió hacia Potter lo más rápido que pudo; sin embargo, no había podido impedir que la maldición del mortífago alcanzase al muchacho, que yacía boca abajo, desmadejado contra la húmeda tierra, y parecía… ¡No podía ser posible… se lo prometió a Lily, él se lo prometió! ¡Harry no podía estar muerto! Buscó con desesperación un latido de vida en el Gryffindor, y aunque muy débil, lo encontró. Automáticamente, se desapareció con él para aparecerse de nuevo en San Mungo. Tras varias horas de espera, al fin apareció un Medimago. Dumbledore y Severus casi se arrojaron sobre él, tal era su ansiedad por saber algo… a ser posible, buenas noticias. Pero la cara del hombre de bata blanca no indicaba nada bueno, más bien al contrario.

—Me gustaría decirles que está fuera de peligro, pero no es así. Tiene muchas heridas, hemorragias internas y algún hueso roto, pero todo eso es producto de las maldiciones que ha recibido. La última fue especialmente fuerte y poderosa, casi acaba con él, pero no es eso lo que nos preocupa…

—¿Qué ocurre? ¡Díganoslo de una maldita vez! —exigió Severus Snape, que estaba hasta las narices de todo aquello; llevaba dos días sin dormir y, tras la última batalla, sólo quería darse una ducha y descansar, pero por culpa de Harry Potter no podía hacerlo, Sabía que lo que sentía no era justo pero tampoco le importaba demasiado. Sólo quería dormir.

—¡Cálmate, Severus! —rogó el Director de Hogwarts—. Escuchemos lo que el Medimago tiene que decirnos.

—Gracias, Señor —dijo el especialista, lanzando una mirada fulminante al hombre de ojos negros—. El chico ahora mismo es como un recién nacido, hay que darle de comer, cambiarle, asearle. No obstante, su mente sigue siendo la de un chico de diecisiete años y es plenamente consciente de lo que ocurre a su alrededor, sólo que al no poder hablar ni valerse por sí mismo, no puede decirnos nada, aunque tampoco creo que nos hablara de poder hacerlo.

—¿Qué quiere decir exactamente? —inquirió Dumbledore, con voz menos firme que de costumbre.
El Medimago suspiró.

—Harry Potter está sumido en una profunda depresión que la maldición ha agravado al afectar a su sistema motor, pero eso no es irreversible, los efectos de la misma desaparecerán en unas semanas. Es su núcleo mágico lo que más nos preocupa, el chico bloquea su magia.

Ahora sí, Severus, se alarmó considerablemente, el núcleo mágico de un mago, era como su alma mágica, la base de la existencia de un mago. Era casi imposible que aquello sucediera a no ser que en realidad, Harry Potter no quisiera vivir.



OoO


Los ojos de Aroa estaban llenos de lágrimas de nuevo…

—Ven aquí, pequeña —la llamó su abuelo de ojos negros, y la muchacha se arrastró hasta apoyar la cabeza en su regazo—. Si hubiera sabido que te ibas a poner así no te cuento nada…

—¡No, abuelo, por favor…! Quiero saberlo todo, pero entiende… me da mucha pena del abuelito Harry. Pobrecito, que mal se tenía que sentir.

Severus suspiró profundamente. Su nieta tenía mucha razón, aquella guerra fue muy dolorosa para todos, pero Harry había sido sin duda, uno de los que más sufrió a causa de ella.




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