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 Death Eater takes a Holiday. Capítulo 38. La reunión con Sara (NC 17)

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alisevv

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MensajeTema: Death Eater takes a Holiday. Capítulo 38. La reunión con Sara (NC 17)   Jue Ene 14, 2010 7:16 am


Death eater takes a holiday
Capítulo 38

La reunión con Sara



Advertencia: En este capítulo se describe una fuerte escena de violencia; no es contra Harry ni contra Sev, pero al menos a mí me resultó realmente dura. Por si alguien desea saltársela, colocaré cinco asteriscos al inicio de la escena y otros cinco al final, aunque recomiendo que la lean, es importante para entender algunas actitudes de los personajes y cosas que se desarrollarán más adelante.



Harry se sentó en la oficina de la doctora Erin. Nunca le había preguntado si usaba un giratiempo, pero había notado que siempre verificaba el tiempo durante sus citas. Ella terminaba la sesión cuando sentía que era suficiente por ese día. Las sesiones tendían a durar alrededor de una hora, pero a veces podían durar menos, y unas pocas veces el doble del tiempo, dependiendo de cuán productiva resultara la reunión. Podía decir que la cita de este día sería el cierre que esperaba para que ella le devolviera algo que estaba guardado en su escritorio. La bruja estuvo buscando por bastante tiempo, y Harry se preguntó si ese escritorio no estaría hechizado para contener muchas más cosas de las que parecían posibles. Con una exclamación final de ‘¡Aja, lo encontré!’, la doctora sacó una caja pequeña que Harry reconoció de inmediato. Tenía el color del cromo, pero era demasiado ligera para ser de metal. Estaba totalmente sellada, excepto por un círculo del tamaño de un sickle de plata en uno de los lados.

—¿Sabes qué es esto? —preguntó la doctora Erin.

—Sí, es un Pensadero Agitablis, o algo así —contestó con un gruñido—. Severus dejó unos cuantos de éstos a Albus. Son como el proyecto de pensadero que hicimos con el profesor Flitwick, sólo que son más seguros que un recipiente de cristal, y una lechuza puede transportarlos con facilidad y seguridad. Olvidé el largo y estúpido nombre que tienen; yo los llamo simplemente ‘caja de cerebro’ —cuando la bruja alzó una ceja interrogante, Harry habló sobre un día en que Ron y él bromearon mientras sacaban un filamento plateado de su cerebro y lo colocaban en el pensadero; desde entonces, lo llamaron ‘caja de cerebro’—. Los utilizaré para transmitir visiones a Albus. Es extraño pensar que ya no podré despertar e ir a su oficina.

La doctora Erin golpeó el círculo con su varita y la caja se abrió para revelar su contenido plateado; era el líquido brillante del pensadero.

—No había decidido si usaría la ‘caja de cerebro’ contigo —comentó ella, riendo entre dientes ante el nuevo nombre—. Hay opiniones encontradas entre los psicólogos con respecto a su uso. Algunos doctores creen en liberar al paciente del recuerdo dominante, aliviándole con el uso del pensadero, hasta que esté mejor preparado para lidiar con ello en una sesión posterior. Yo pienso que, al hacer eso, sólo se deja de lado lo inevitable, haciendo más difícil manejarlo posteriormente. Ciertamente, en casos extremos, tienen su utilidad.

—¿Extremos? —indagó Harry, nervioso. Él no creía que tuviera tan extremadamente dañada la cabeza. Bueno… ya no.

Los ojos de Erin Kirkland se abrieron de par en par al darse cuenta de lo que había insinuado.

—Oh, no me estaba refiriendo a ti cuando hablé de extremo —aseguró con firmeza—. A ti se te permitió lidiar con tus problemas, y pienso que lo estás haciendo muy bien. El pens… la caja de cerebro, ahora te servirá para un propósito diferente. En lugar de alejar tus recuerdos, podemos usarla para que los veas más detenidamente. A veces, con el paso del tiempo, olvidamos las cosas; o quizás con las emociones corriendo aceleradas en el momento de la crisis, no siempre recordamos las cosas como en realidad fueron. La memoria puede ser torcida. Verás que al observar tus recuerdos desde fuera, te mostrará una perspectiva totalmente nueva de las cosas. Puedes descubrir que algunos hechos no fueron tan malos como recuerdas, o puedes encontrar maneras diferentes de manejar la situación si se te presentara un problema similar en el futuro.

Harry pensó que aquello tenía sentido. Y también explicaba porqué Severus había pedido permiso para mirar los recuerdos de sus visiones que enviaba a Albus. Incluso si Severus había estado presente en la reunión, analizar las visiones le daría una perspectiva diferente, y quizás podría ver cosas sucedidas antes que él llegara a la reunión de los Mortífagos, o después que se fuera, lo que podría ayudarle a detectar información importante.

—Harry, pienso que puedes querer considerar hablar a Severus sobre tu experiencia cuando el señor Nott te atacó —sugirió la psiquiatra. Harry se encogió—. Antes comentaste que la relación de ustedes no ha progresado a nivel físico, y me temo que, aunque puedas sentir que estás manejando bien tus sentimientos sobre el ataque, las cosas pueden cambiar cuando tu relación avance en el plano sexual.

Harry no le había dicho que ellos ya habían tonteado un poco, y que él no había dado ni el más mínimo pensamiento al ataque durante su pequeña cita. Se sentía agradecido de tener alguien con quien poder hablar sobre su relación, alguien lo suficientemente madura como para discutir las cosas y ser imparcial. Su curiosidad de porqué Albus estaba tan convencido de que era seguro contarle a ella todo, había sido contestada en una de sus primeras sesiones, cuando la doctora Erin se había referido al anciano como ‘el tío Albus’. La bruja no era su sobrina, sino la viuda de un sobrino del Director, quien también había sido miembro de La Orden. Había muerto muchos años antes, durante una misión. Era en momentos como ése, cuando Harry recordaba toda la gente que había muerto por culpa de Voldemort, incluso mucho antes de que él hubiera nacido. No era su lugar soportar la culpa por las muertes ocurridas.

Sus pensamientos le habían llevado tan lejos de la conversación, que le tomó un minuto darse cuenta que la doctora Erin le estaba hablando.

—… en cambio, puedes colocar el recuerdo del ataque de Nott en la caja, y yo puedo lanzarle el hechizo que extraería la memorias de cuando te sentiste violado, o agredido.

Harry rió con sarcasmo.

—No creo que haya una caja lo suficientemente grande para todo eso.

Ella lució apenada y le explicó el hechizo que sería específico sólo para encuentros que fueran de naturaleza sexual. Harry acepto el hechizo y le prometió discutir más sobre ello en la próxima sesión. También prometió pensar mejor la posibilidad de hablar con Severus sobre lo que había sucedido con Nott. Aunque ésa era una conversación que no deseaba entablar.




Harry llegó con un chasquido, despertando momentáneamente a Hedwig. Ella miró alrededor, recordando que éste era su nuevo hogar, y apretando las garras sobre la percha, se acomodo una vez más para dormir. Harry entró en la cocina y observó todo el lugar, todavía tratando de acostumbrarse a que todo eso era de él. Tomó uno de los vasos sin pareja que el señor Jennings, el propietario, había dejado en los gabinetes de la cocina, y se sentó en el sofá con una bebida fría.

La pequeña ‘caja de cerebro’ se clavaba contra su cadera, y la sacó de su bolsillo para leer la tapa. La doctora Erin había puesto en la etiqueta ‘Mortífagos Atacan Jugadores de Quidditch’. Encontraba interesante que ella lo hubiera etiquetado de esa manera, pero estaba muy cansado para pensar demasiado profundamente en ello. La miraría, pero no todavía. Cuando la doctora Erin había lanzado el hechizo, Harry se había sentido impactado al descubrir que el ataque de Nott y sus secuaces no era el único recuerdo dentro de la caja. Decidió no mencionar el otro recuerdo todavía. Mientras sus pensamientos pasaban del ataque a su charla con Severus, sus ojos comenzaron a cerrarse, mientras el vaso que todavía sostenía en la mano se balanceaba precariamente sobre el sofá, contra su muslo. Sus sueños fueron caóticos y, eventualmente, derivaron hacia una de sus más aterradoramente recurrentes pesadillas.

Originalmente, había sido una visión. No podía recordar exactamente la fecha de dicha visión, sólo que databa de su quinto año. Era, de lejos, una de las peores que había visto que involucrara a Severus. Ahora, se había transformado en una pesadilla que frecuentaba sus sueños de vez en cuando. En la escuela, las noches que seguían a las clases de Pociones donde Snape estaba extremadamente molesto, habitualmente habían sido un disparador para tener nuevamente el mal sueño. Harry no lo había tenido por meses, desde un tiempo antes de las vacaciones.


*****

Cuatro magos, tres de ellos llevando túnicas negras y mascaras, estaban aterrorizando a una familia muggle en la salita de estar de su casa de los suburbios. Un hombre, de unos treinta y cinco años, había sido herido gravemente. Sus ojos estaban casi cerrados por la hinchazón, mientras un mago que le sostenía con un hechizo de atadura, tallaba patrones en su antebrazo con un cuchillo. A pesar de los golpes y otras torturas espantosas, el hombre no respondía ninguna de las preguntas que le hacían.


El vaso de Harry amenazó derramarse mientras su brazo se tensaba en medio del sueño.

El muggle gritó, y continuó haciéndolo por lo que pareció una eternidad. No gritaba por su propio dolor, sino por el de su esposa, mientras el mago que le mantenía atado le obligaba a observar cómo otro hombre la violaba brutalmente. La mujer estaba amordazada, pero eso sólo amortiguaba sus gritos, mientras ella era agredida por un mago que Harry sabía que era Severus. Mientras una mano sostenía sus caderas, la otra aferraba su garganta, al tiempo que embestía violentamente en su interior. ¡Sara!, gritó el hombre a su esposa. La llamó una, y otra, y otra vez.

Un pequeño niño, no mayor de dos años, estaba sentado en el piso, llorando por su mamá, abrazado por su hermana, un poco mayor que él. La pequeña estaba en silencio, rígida por el miedo, sosteniendo apretadamente a su hermanito. Snape detuvo un instante su agresión, alcanzando su manga para sacar su varita de una funda en su brazo. Ningún hechizo podía ser escuchado en medio de los gritos, pero era evidente que algo fue dicho, mientras los niños se quedaban quietos de repente. Ambos estaban ahora sentados en silencio, con expresiones abstraídas en sus pequeños rostros. El padre continuó gritando el nombre de su esposa: ¡Sara!

De repente, una furiosa voz, perteneciente al mismísimo Voldemort, reprendió al cuarto mago por su falta, estimulándole a participar. Ese cuarto hombre había estado inconfundiblemente desvinculado del interrogatorio y la sesión de tortura. En respuesta a lo que debía ser un desafío para probar su valor, se paró, extendiendo el tembloroso brazo donde aferraba su varita, y lanzó la imperdonable. Con un destello de luz verde, ambos niños estuvieron acostados uno al lado del otro; sus ojos sin vida, todavía inquietantemente abiertos. El mago, con su varita todavía en alto, quedó paralizado por su acción, antes de caer desmadejado en el piso, en un montón de lastimoso asco hacia sí mismo.

La mujer, ahora superada por la profunda pena, apenas respiraba mientras sollozaba, su boca todavía amordazada. La mano sobre su garganta presionó más firmemente. Ella se retorció hasta quedar tan rígida como los niños que estaban a un par de pies de distancia. Snape se paró, lanzó un hechizo de limpieza sobre sí mismo, y acomodó su túnica mientras escuchaba como el Señor Oscuro reprendía al encogido Mortífago en el suelo.

—No vales la magia usada en quemar mi marca en tu piel —siseó Voldemort—. Este hombre —continuó, señalando al muggle que todavía estaba murmurando el nombre de su esposa —no nos dijo nada. Su interrogatorio probó ser inútil, como tú. Mátalo.

Ante esa orden, el primer mago, que había sujetado al esposo, le cortó la garganta y se envaró, esperando la siguiente orden. Voldemort miró al miserable que había fallado en su prueba y, con indiferencia, le lanzó la maldición asesina.

*****


Harry parpadeó mientras abría los ojos; con un sobresalto, se dio cuenta que su regazo estaba empapado de jugo de calabaza. Inconscientemente, frotó su cicatriz, como si le doliera por el recuerdo de mucho tiempo atrás, cuando había sentido el dolor que acompañaba a la visión. Reflexionó sobre la primera vez que había observado esa visión. Su reacción ante ella había sido la gota que había convencido a Albus y Madame Pomfrey que el joven debería tener suministro de pociones en su habitación. Si sus cálculos eran correctos, debió ser por ese tiempo cuando Severus había comenzado a utilizar la poción de impotencia antes de ir a sus reuniones con los Mortífagos. Se preguntaba se habría sido ‘la reunión con Sara’, como ahora la apodaba, lo que había hecho que Severus comenzara a tomar la poción para evitar una erección.

Nunca olvidaría el nombre de la mujer. También recordaba la mañana siguiente, cuando después de una noche prácticamente en vela, asistió a una clase con el profesor Snape. Ese día, el rostro del hombre parecía tallado en piedra. No hizo comentarios despectivos ante los errores, ni dio su habitual sonrisa de aprobación Slytherin cuando Draco se metió con Harry. Su rostro permaneció vacío de expresión durante toda la clase, y durante cada comida de ese día. Harry trató de elaborar la mejor de las pociones posibles, para no darle al Profesor ni el más minimo motivo de queja. En aquel momento, no estaba seguro si lo estaba haciendo por el bien de Snape o por su propia seguridad. Probablemente, ambos.

Harry fue a su habitación y se cambió la ropa por un par de pantalones limpios. No podía evitar pensar en lo que Severus le había dicho, que cuando conociera más cosas de su persona, querría correr de cualquier idea de tener una relación con él. Sabía que, como espía, el hombre tendría que actuar como un Mortífago leal para mantener su tapadera. ¿Pero era capaz de decir con honestidad que se sentía bien con eso? No podía decir que sí con facilidad, pero tampoco podía discutir el hecho de que ‘la reunión con Sara’ había sucedido mucho antes de que él se enamorara del Slytherin. Una parte de él sabía que lo estaba racionalizando de esa manera para sentirse mejor, pero amaba a Severus. Mientras analizaba si estaba bien con el hecho de que tuviera que actuar como Mortífago, recordó que le había dicho que ahora la mayor parte de su trabajo consistía en elaborar pociones para el Señor Oscuro.

Había investigado y producido muchas pociones, no sólo para envenenar y torturar, sino pociones complejas creadas para lograr varias cosas, incluyendo las que Voldemort le pedía en su interminable búsqueda de la inmortalidad. Todavía no había tenido éxito creando esa poción, pero había desarrollado muchas otras viles creaciones. Uno de los ‘beneficios’ de la servidumbre de Severus era que tenía rienda suelta para probar y usas varias pociones que el Ministerio nunca le habría permitido desarrollar.

Harry podía decirse a si mismo que ahora Severus era, principalmente, un fabricante de pociones, pero tendría que cerrar los ojos a las implicaciones de su uso. Y tampoco podía discutir que, aunque hubiera sido mucho tiempo atrás, Severus también había hecho esas otras cosas. Se había hecho preguntas sobre esa noche durante mucho tiempo, y ahora que tenía un suministro de esos pensaderos con forma de caja, decidió encontrar algunas respuestas.

Después de conseguir una de esas cajas del cajón de su mesilla de noche, se sentó a la mesa de la cocina, sacando el recuerdo de su mente y poniéndolo en la ‘caja de cerebro’, para luego observar atentamente el recuerdo de la visión que por tanto tiempo había plagado sus sueños. Se sentía agradecido de que su cicatriz no doliera mientras se acercaba a Voldemort en su recuerdo. Observó al mago oscuro pedir la información al muggle, pero nunca escuchó una pregunta directa. Todavía no sabía qué era tan importante como para que el hombre no revelara la información, aunque de ello dependiera la vida de su esposa y sus niños. ¿Qué podía ser tan crucial? Observó a Voldemort con mayor detenimiento. El malvado mago permaneció parado por un largo rato, mirando lo que sucedía a su alrededor. Sus ojos rojos brillaron con excitación mientras Severus se movía metódicamente. Harry notó que el maestro de Pociones se aseguraba de que tanto el esposo como Voldemort tuvieran una buena vista de sus acciones. Aunque usaba una máscara, era fácil decir que su rostro no mostraría nada ni aunque la máscara no hubiera estado en su lugar. Cada movimiento era preciso y tenía un propósito, a diferencia del Mortífago que estaba trabajando con el esposo, cuyos movimientos eran hechos con imprudente abandono. Era como si ese Mortífago se hubiera preparado para el ataque, y ahora sólo se liberara mientras la adrenalina corría por su cuerpo.

Harry se esforzó en no mirar a Sara, pero debía acercarse si quería conseguir alguna de las respuestas que necesitaba tan desesperadamente. Estaba cerca del momento en que los gritos de los pequeños atrajeran la atención del maestro de Pociones, y éste les lanzara el hechizo. La primera vez que Harry había tenido la visión, todo lo que había detectado era la furia de Snape, cuando el llanto de los niños fue demasiado para soportar. Pero después había visto la repetición en un sueño. Al ser solamente un sueño, no estaba acompañado del dolor que la visión conllevaba. Sin el dolor, y mirándolo mientras estaba consciente, tenía una perspectiva diferente, más clara, de lo que estaba sucediendo. Se dio cuenta que Severus no había perdido su frialdad en todo ese tiempo, pero aún así no sabía qué era lo que había hecho a los niños. Por alguna razón, le preocupaba mucho más ver lo hecho a los pequeños que todas las horribles cosas que les hacían a los adultos en la habitación. ¿Por qué demonios el padre no decía a los atacantes lo que deseaban saber?

El momento estaba cerca y Harry se aproximó a Severus. Aguardando, deseando que el muggle dejara de gritar el nombre de Sara el tiempo suficiente como para que él pudiera escuchar el hechizo que Severus había murmurado en voz baja. Bloqueando el resto de los sonidos lo mejor que pudo, se concentró solamente en la voz del hombre que amaba. ‘Obliveate’, fue la única palabra que salió de atrás de la máscara. Snape había quitado a los niños el recuerdo del violento ataque a su familia. Severus sabía desde el principio que nadie quedaría vivo después que ellos partieran. Poco después, la Marca Oscura colgaría en el cielo nocturno, una amenaza verde para todos aquellos que la vieron flotar sobre ese hogar de los suburbios.

Harry se echó hacia atrás, saliendo de su recuerdo; no tenía necesidad de observar nada más. Tenía algunas de sus respuestas. Ahora, si al menos pudiera conseguir algo de Poción para Dormir sin Sueños para la noche que se avecinaba.

Fue extraño acostarse en su nueva cama, y cundo despertó, casi sintió que estaba de regreso en Privet Drive. Extrañamente, la noche no había sido tan mala como había esperado. Quizás, ver el sueño tantas veces le había desensibilizado. Lo más probable era que no. Luego de ducharse y vestirse, revisó el reloj de la pared. Faltaba un buen rato para el entrenamiento, suficiente para preparar una poción contra el dolor. Necesitaba tener algo de poción fresca a la mano, sólo por si acaso. Tenía la esperanza de que no fuera necesaria.

Mientras registraba entre los ingredientes que había comprado el día anterior, se sorprendió al escuchar que tocaban la puerta. Tomó su varita, listo para lo peor, pero no pudo evitar sonreír al darse cuenta que era su primer invitado inesperado. Todavía tenía que acostumbrarse al hecho de que ahora vivía allí. Susurró un rápido hechizo de visibilidad, que le permitió observar quién estaba ante la puerta. Se trataba de Gwen Jennings, quien pronto empezaría su entrenamiento para convertirse en maestra de Pociones.

—Gwen —la saludó alegremente. El nerviosismo de la chica se evaporó ante la radiante sonrisa con que era recibida.

—Espero que no te importe que me haya presentado sin anunciar —se disculpó la recién llegada—. ¿Llegué en mal momento?

—No, no, pasa —la invitó, haciéndose a un lado para dejarla pasar. Se dio cuenta que estaba descalzo al ver que ella se veía incluso más alta que las pocas pulgadas en que le superaba—. Pensaba que a esta hora estarías en París.

—Oh, viajaré muy pronto, pero quise pasar a ver a mi tío antes de partir —explicó, levantando una moneda de oro—. Recogí mis ganancias, gracias —dijo, embolsándose el galeón. Harry había olvidado que la chica había apostado un galeón con su tío a que descubriría quién le había arrendado el apartamento—. Él se asombro muchísimo cuando le respondí lo correcto. Confieso que le conté que tú me lo habías dicho, pero me dio la moneda de todas formas. Argumentando que deseaba darme unas monedas para gastar en París.

Harry le ofreció una bebida fría y la chica le contó sus planes para el verano. Luego, el joven le enseñó el lugar, y ella le mostró dónde se ocultaba cuando, siendo niña, jugaba al escondite con su hermano. La madre de Gwen había trabajado para su cuñado en la tienda de la planta baja y llevaba a sus niños con ella. Por aquel entonces, el señor Jennings vivía encima de su tienda.

Sabiendo que él tenía que ir a sus clases, Gwen se despidió. Harry le dijo que si extrañaba hacer pociones durante el verano, podía pasarse por allí. Había aceptado que los gemelos prepararan pociones en el lugar. Aparentemente, Molly se había cansado de tantas explosiones en la Madriguera y les había prohibido preparar allí sus brebajes para la tienda de bromas. Ellos iban a ir por unos cuantos días. Gwen le dijo que podría pasarse por allí, pero Harry dudaba que realmente lo hiciera.




Harry se miró en el espejo, esperando que los pantalones de chándal y una franela fueran una ropa apropiada para el entrenamiento. Se peinó el cabello, aunque éste siguió con su estilo despeinado. Su cabello era más manejable cuando lo llevaba más largo de lo habitual, como en el baile, pero se alegraba de volver a tenerlo corto. No tenía paciencia para cepillarlo todos los días.

Con un chasquido, se vio parado en la gran edificación que Severus le había mostrado el día anterior. Lo primero que vio fue a dos hombres, hablando y revisando un libro pequeño. Severus asintió en señal de saludo, y dejó de hablar con el hombre, que Harry supuso era Kieran. Era apenas una pulgada más bajo que Severus, pero varias pulgadas más alto que Harry.

—Kieran, éste es Harry Potter —habló Severus, mientras ambos hombres caminaban hacia él—. Harry Potter, te presento a Kieran Donnelly.

—Señor Donnelly —saludó el más joven con cortesía, ofreciéndole la mano.

El hombre tenía un cabello marrón, hirsuto, que le llegaba por encima del hombro. Su cara bronceaba estaba sin afeitar, y ese vello facial le hacía ver como si estuviera sucio, como con una barba de un día o dos. Miró alrededor de la habitación y detrás de él mientras Harry le hablaba.

—¿Señor Donnally? —dijo con una risa calurosa—. No veo a mi padre por aquí —hablaba con un acento escocés y su voz era ronca, como la de alguien que ha fumado mucho durante muchos años—. Soy Kieran, y no confío en la gente que me llama señor —declaró con una sonrisa, estrechando la mano que se le tendía.

Harry también pidió ser llamado por su nombre de pila, y esperaba que Severus no le llamara Potter de nuevo. Le resultaba divertido que Kieran llamara al profesor de Pociones Snape, aunque era evidente que habían sido amigos por mucho tiempo. Su nuevo entrenador se veía como alguien con quien Harry no querría cruzarse en el callejón Knockturn, pero tenía un modo de ser que encontraba muy agradable.

Le mostraron a Harry el pequeño libro con un esquema del entrenamiento escrito para él. El libro estaba usado, y tenía muchos nombres y horarios. Lo utilizarían para determinar sus progresos y compararlos con pasados entrenamientos. No usaban nombres reales, y Harry se mostró muy interesado en ver qué nombre escribirían para él. Kieran dijo que le asignarían un nombre cuando encontraran uno que se sintiera ‘perfecto’ para él.

El primer día no consistía en entrenamiento sino en evaluación, para ver lo que Harry sabía de hechizos y probar su habilidad física. El joven había participado en un club de duelo, pero Severus pensaba que era mucho más capaz de lo que había demostrado. El maestro de Pociones, familiarizado con las técnicas de duelo de Harry, decidió que debería empezar por enfrentarse contra Kieran. Conjuró una silla, la giró, y se sentó a horcajadas sobre ella, apoyando sus brazos sobre el respaldo. Harry se asombró de lo cómodo que se veía Sev en ese lugar.

El escocés sacudió la cabeza, haciendo que su cabello fuera en todas direcciones. Harry escuchó un crujido que salió del cuello del hombre, quien le sonrió antes de hacerle una ligera reverencia. Poniéndose a tono para el duelo, comenzó a lanzarle pullas al Gryffindor.

—Entonces —dijo con una sonrisa desconcertante—, entraré en duelo contra el hombre que sobrevivió un duelo contra el mismísimo Cretino Oscuro. ¿Cómo se supone que sucedió eso, Snape?

—¿De chiripa?* —contestó Severus, impertérrito.

Harry le ignoró. Decidido a hacerlo bien, se concentró en el modo en que el hombre sostenía su varita y se movió.

>>Dinos, ¿cuál es tu secreto? —pregunto Kieran con sarcasmo, mientras le lanzaba un hechizo de piernas de gelatina.

Harry saltó fuera del camino con facilidad y contestó con una sonrisa:

—Sé cuando correr como el demonio.

El hombre dejó escapar una carcajada, y bloqueó cuando Harry intentó maldecirle.

—Muchos grandes magos ha fallado por no saber esa lección —dijo con seriedad.

Harry había notado que la burla tenía la intención de distraerle, pero se dio cuenta que ésta cesaba con el último comentario de Kieran. Ahora combatían en serio; Harry lo hacía bien, pero era evidente que el mayor estaba concentrándose en las habilidades del joven y no en las propias. Utilizaba maldiciones y hechizos que eran avanzados para Harry, pero no demasiado. Por su parte, lograba desviar o esquivar la mayoría de los hechizos que el joven le lanzaba. Una Tarantallegra lanzada con buena puntería, puso a bailar al escocés. El Gryffindor, sorprendido por su logro, no escuchó el encantamiento Cadeo Vadosus, pero sintió superficiales cortes sobre su piel, como si invisibles hojas de afeitar salieran de la varita del hombre.

Harry continuó como si no hubiera sido golpeado, ignorando el escozor en su lado izquierdo, y rebuscando en su mente un hechizo para lanzar. Se protegió cuando pudo, y salió fuera del camino cuando no. Siguió escudriñando en su mente, sorprendido por todos los hechizos que era capaz de recordar. Estaba agradecido por las horas que Ron, Hermione y él habían pasado buscando hechizos que no formaran parte del pensum de estudios de Hogwarts. Algunas veces, Kieran esperaba hasta que se recuperaba de algún ataque, mientras que otras, tomaba ventaja y le volvía a maldecir estando caído, inutilizándole. El joven le lanzó unos cuantos hechizos y maleficios que podía recordar; cuando fue claro que empezaba a repetirse, Severus terminó el duelo con chispas azules saliendo de su varita. Los duelistas se inclinaron, y el Gryffindor se dejó caer al piso, exhausto. Severus movió la cabeza al verlo caer sin ceremonia, y observó cómo los ojos verdes destellaban cuando el joven le sonrió con cansancio.

—No está mal, Harry —aprobó Kieran, sentado sobre una paca de heno; sostenía el libro de entrenamiento, marcando los maleficios que había escuchado lanzar al chico, indicando cuáles había podido bloquear él, y cuáles le habían golpeado con total fuerza—. Vamos a trabajar en tu tiempo de reacción, y qué maldiciones son más fáciles de detener que de contrarrestar—. Terminó de revisar el libro y creó un listado de los hechizos que deseaba que aprendiera. Severus tomó la lista ofrecida, dando su aprobación antes de pasársela a Harry como ‘tarea’.

—Me sorprende haber podido golpearte con algo tan simple como la tarantallegra —comentó, sentado en el piso, con las piernas cruzadas delante—. Claro, que no me sirvió de mucho al final —reflexionó.

—No valía la pena esquivar ese hechizo. Fui capaz de lanzar un maldición incluso bailando —sonrió—. Al menos, fue suficiente para dañar mi puntería —comentó, pensando en el Cadeo-Vadosus que había fallado.

—No lo suficiente —replicó Harry con sarcasmo, y levantó su franela, exponiendo su costado lacerado. Sus pantalones estaban oscuros en la parte alta, de la sangre que había goteado.

—Hijo de puta —exclamó Kieran con guasa—. Snape, ni siquiera se estremeció cuando le golpeé con el maleficio. ¿Recuerdas cómo Sheila se tiró al piso cuando le hice lo mismo?

El aludido alzó la vista de la lista que todavía estaba leyendo, y se levantó de la silla para echar un vistazo a la herida.

—¿Sheila? —interrogó Harry, preguntándose si entrenarían a muchas mujeres.

—Sheila era un tío de Australia que entrenamos hace unos años —explicó Sev, recordando.

—No conseguimos demasiadas páginas del libro con él. Gritaba cono chica —agregó Kieran, riendo—. Déjame curarte eso.

Harry lo pensó un momento. Por alguna razón, enfrentarse en duelo no era lo mismo que permanecer quieto permitiendo que alguien alzara una varita hacia su persona. Lo había aprendido de Lockhart. Miró a Severus, quien afirmó con la cabeza para tranquilizarle.

>>Soy un sanador; así es como me gano la vida —explicó el hombre. Harry consiguió controlar sus labios lo suficiente como para no dejar escapar su incredulidad, pero su expresión lo dijo todo—. ¿Qué? ¿Crees que todos los sanadores son mujeres con túnicas vaporosas y flores en sus trenzas? —espetó con un bufido—. No que no me haya encontrado con algunas de ésas —terminó con un silbido tenue.

Decir que Harry se sintió impactado ante la gentileza de Kieran era quedarse corto. Le subió la franela cuidadosamente y estudió los cortes como si admirara su obra. El hombre de aspecto rudo cerró los ojos, susurrando un hechizo, y las heridas fueron cerradas. En todos los años en que había tenido heridas curadas por Madam Pomfrey, no había experimentado nada igual. Severus le explico que las personas como Poppy estaban entrenadas para tratar dolencias y lesiones, pero los verdaderos sanadores nacían con la habilidad para hacerlo. Aunque también recibían entrenamiento, sus habilidades no venían de un remedio, sino de ellos mismos. Harry estaba prestando absoluta atención a lo que estaba diciendo Severus, y dejó escapar un grito de sorpresa cuando Kieran palmeó el costado que acababa de ser sanado.

>>¡Quedó como nuevo! —exclamó con certeza, como un mecánico que diera palmadas sobre el capó de un carro que acabara de arreglar.

Severus sonrió ante la aturdida cara de Harry mientras el sanador le palmeaba con fuerza. El escocés pensaba que la persona no sólo debía sentirse bien; debía estar lo bastante bien como para soportar un buen golpe.

>>Listo para la batalla.

—Bien. Yo estoy listo para comer —declaró Severus, sacando un saco y comenzando a repartir emparedados.

—¡Ya era la jodida hora, Snape! Estoy hambriento —exclamó audiblemente, tomando dos grandes bocadillos y pasando su varita sobre ellos.

Harry se congeló al reconocer la familiar exclamación. Sonaba igual a la que había escuchado salir de la chimenea la mañana que había estado acostado en la cama de Severus. “¡¿A qué jodida hora enciendes la chimenea, Snape?!”, recordó. “¡Oh, mierda!”

>>Esto refuerza el punto —decía Kieran, terminando su primer emparedado de unos pocos mordiscos—. La sanación te da un hambre del demonio.

—Eso, y que tú eres un cerdo —señaló Severus secamente. El otro giró la cabeza hacia Harry como si ignorara el comentario.

—Harry, no dejes que su ceja alzada de gilipollas te engañe. Si él no se pusiera su fachada de ‘Soy un profesor que exige respeto’, sería tan cerdo como yo —comentó, mientras daba un codazo a Harry, riendo. El joven también se echo a reír y vio que los labios del maestro de Pociones se curvaban ligeramente.

—Ya no soy su profesor, y lo agradezco —replicó Sev quien, de hecho, estaba agradecido por razones que era preferible no expresar.

—Nah, mira, Harry —Kieran señaló a Severus—. Tú sólo lo conoces como el odioso profesor, pero créeme, también se relaja. Sólo que no lo admite ante ti porque todavía piensa que eres su estudiante. Y también actúa de ese modo cuando está tratando de conseguir sexo.

Harry escupió su bebida.

—Creo que ésta, difícilmente es una conversación apropiada —Severus miró a su amigo con furia, pero fue inútil. Eso nunca funcionaba porque Kieran siempre sabía que el Slytherin no estaba molesto en realidad.

—A mí, difícilmente me importa una mierda —Kieran tomó otro trago de la botella que su amigo le había entregado. Empezó a beber con su dedo meñique levantado, tratando de molestar al hombre de ojos negros, y Harry bufó de risa. Era divertido verle rodear la botella con sus dedos gruesos, que parecían sucios, y con el meñique alzado—. Ya que estamos en esta conversación inapropiada, Snape… hablemos de Bill Weasley. Ahora sé porqué estás tan seguro de tu elección… Cabello largo y cuerpo esbelto. ¿Era Bill a quien vi en tu cama la semana pasada? —preguntó, dando un guiño y otro codazo a Harry.

—¿En mi cama? —preguntó Severus con incredulidad—. Nunca dijiste nada sobre estar en mi cama —dijo a Kieran con firmeza, sin mirar en ningún momento hacia Harry, pero éste pudo escuchar la pregunta no hecha. Severus estaba pensando en Harry en su cama, y preguntándose qué sería lo que Kieran no le decía. El escocés era un excelente espía, y nunca revelaría su mano hasta que fuera necesario, especialmente si se trataba de hostigar a Severus. Kieran esbozó una sonrisa traviesa.

—Pero tú sabes con quién estabas durmiendo —comentó con sarcasmo.

—¿Por qué insistes en proseguir esta conversación? —preguntó, mirándole furioso.

—Porque con cada palabra, Potter enrojece —Kieran había empezado por hostigar a su amigo, pero pronto encontró más divertido observar la reacción del chico.

El aludido sintió que el calor en sus mejillas se intensificaba. ¿Quién imaginaría que acostarse frente a la chimenea por un par de minutos provocaría tanto problema?. Harry se preguntó porqué Kieran habría pensado que era Bill Weasley quien estaba en la cama de Sev. Últimamente, el maestro de Pociones parecía más interesado en la familia Weasley, pero Bill no era el gay. ¿Kieran era gay? ¿Habría sido el amante de Severus en algún momento? Sin embargo, estaba el comentario que había hecho sobre las sanadoras. Demonios, demasiadas cosas en qué pensar.

Severus vino al rescate cambiando de tema. Harry se lo agradeció.

—Albus habitualmente aparece en algunas de las sesiones de entrenamiento, para ver cómo van progresando las cosas. Usualmente, aparece en la segunda o tercera sesión —comentó el hombre de ojos negros, ofreciendo a Harry otro emparedado. El joven declinó cortésmente; todavía estaba hambriento, pero no quería lucir como un cerdo.

—Limpia, Harry, y nos reuniremos contigo allí —pidió Kieran, señalando el lado más alejado del edificio.

El Gryffindor recogió las botellas vacías y se metió medio bocadillo en la boca, mientras limpiaba.

—No tiene sentido esta pérdida de tiempo —murmuró para si mismo.

Encontrando un depósito, descargó la basura y comenzó a colocar las botellas en un estante cercano al depósito de basura, donde había visto varios recipientes más. Antes de que pudiera colocar la última botella, sintió que algo extraño le estaba sucediendo. Un dolor terrible estaba viniendo de la parte de atrás de su lengua, y notó que su garganta empezaba a hormiguear.

Severus se giró a mirar en su dirección al escuchar el sonido de vidrio quebrándose. Incluso en la distancia, pudo observar cómo los ojos de Harry se abrían con temor, justo antes que cayera al suelo, inconsciente.









“No es el árbol, ni la chimenea.
La Navidad es el calor que vuelve al corazón de las personas,
la generosidad de compartirla con otros
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MensajeTema: Re: Death Eater takes a Holiday. Capítulo 38. La reunión con Sara (NC 17)   Mar Dic 06, 2016 7:45 pm

Eso le pasa por hacerse de la boca chiquita jajajjaja pobre de Harry mira que aguantar una sarta de maldiciones y luego una inquisidora sesión de molesten a Potter jjajajjajaja y luego envenenamiento jajajjajajaj ese no era su dia
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Death Eater takes a Holiday. Capítulo 38. La reunión con Sara (NC 17)
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