La Mazmorra del Snarry


 
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 Ojos ciegos, manos suaves . Cap. I Una dulce melodía.

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K Kinomoto
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MensajeTema: Ojos ciegos, manos suaves . Cap. I Una dulce melodía.   Sáb Mayo 23, 2009 1:31 pm

Título: Ojos ciegos, manos suaves.

Autor: K Kinomoto

Pareja: Severus/Harry

Género: Angustia, Drama, Romance, Tragedia.

Clasificación: NC-17

Advertencias: Chan=Adulto/Menor, Contenido Hetero, Mpreg=Embarazo Masculino, Muerte de un personaje, Tortura, Voyerismo=mirar a otros.

Nota: He tenido que modificar algunos detalles del pasado, carácter y edades de algunos personajes, así como características y funcionamiento de algunos hechizos y objetos mágicos, para poder adaptarlos a mi historia. Espero no incomodarles.

Disclaimer: Harry Potter y sus personajes son propiedad de JK Rowling. Esta historia está escrita sin ánimo de lucro.

Resumen: La última batalla contra Voldemort, hará que algunas personas pierdan algo muy valioso en sus vidas. Ahora, cada cual tendrá que luchar para recuperar aquello que perdió... o aprender a vivir sin ello. Slash Severus/Harry y otras parejas.



I


Una dulce melodía.




Severus Snape, profesor de Pociones del Colegio de Magia y Hechicería de Hogwarts, se encontraba sentado con la espalda reposando contra un frondoso árbol. Observaba con deleite las nubes algodonadas que en caprichosas formas, se perfilaban contra el azul del cielo de mediodía de verano.

—Curioso... —se decía mientras contemplaba con atención—. Esa nube tiene la forma de la cabeza de Trelawney —se acomodó hasta quedar recostado sobre el verde pasto, fresco por la ligera brisa que provenía del lago situado frente a él, y siguió con sus observaciones—. Y esta otra parece la barba de Albus...

Estaba tan ensimismado en su contemplación de las nubes, que no se dio cuenta que unos metros más atrás, tres personas lo examinaban a él con atención.

—Es muy raro verlo en ese estado de placidez total, ¿no lo crees Harry? —Preguntó Hermione, una de las tres personas que observan al profesor—. Parece que fuera otra persona...

Harry no puso mucha atención a las palabras que su amiga le dirigía. Fijaba su mirada en el que conocía como un adusto hombre, y le sorprendió de manera grata la visión que se encontraba ante él. El profesor acababa de cambiar de posición, y ahora se hallaba tendido por completo sobre el pasto con los brazos debajo de su cabeza. Señal inequívoca de que se encontraba muy cómodo.

Harry pudo advertir cómo los negros ojos del hombre escudriñaban el cielo como en busca de algo en particular, y miró hacia arriba para saber qué era lo que su alguna vez odiado profesor buscaba. Pero tras unos momentos de exploración no pudo adivinarlo. Volteó a ver a sus amigos, que tras ese pequeño comentario habían dejado de poner atención a lo que el profesor Snape hacía.

En vez de eso, sacaban de sus bolsillos las últimas compras realizadas en Hogsmeade. Acababan de regresar de la que sería su última salida como estudiantes de Hogwarts. Era el último fin de semana que disfrutarían los tres en mutua compañía frente al lago, como venían haciéndolo desde que cursaban el quinto año.

Por esa razón habían decidido que, regresando de su paseo, se irían a almorzar a ese sitio tan tranquilo que solían frecuentar, y así aprovecharían para mostrarse unos a otros lo que acababan de comprar.

—Ron, creí que me habías dicho que tu túnica sería de color azul turquesa —Hermione levantó a contraluz la túnica recién adquirida de su novio, para analizar mejor el color, y luego la guardó nuevamente en su caja.

—Sé que te lo había prometido, Hermione... —le respondió Ron mientras retiraba la envoltura de una chocolatina—. Pero cuando llegué, la túnica ya había sido vendida y no me quedó de otra que conseguirla en color escarlata.

—A mí me parece bonita —Harry, quien no había intervenido en la conversación hasta ese momento, notó como el rostro de Hermione se contraía en un mohín de frustración.

—El color es bonito, Harry. No lo niego, es sólo que... —la chica suspiró, derrotada—. Resulta que mi túnica es del mismo color.

Al escuchar la confesión de su novia, Ron casi se atraganta con el chocolate.

—Oh... lo siento Hermione, pero no lo sabía —se acercó a su pareja y la abrazó por los hombros—. Buscaré otro color, te lo prometo.

—No te molestes Ron. Ya no da tiempo de cambiarla —Hermione pasó una mano por el alborotado cabello del pelirrojo y le dedicó una dulce sonrisa—. Creo que podremos arreglarlo. Conozco un hechizo para cambiar el color de las cosas. Sólo deberé tener cuidado para que funcione el tiempo suficiente.

—Eres un amor, Hermione —el muchacho besó con ligereza la mejilla de la joven—. Estoy seguro de que tu túnica se verá igual de hermosa en color azul turquesa.

La muchacha esbozó una sonrisa traviesa.

—Dirás mejor roja escarlata, porque a decir verdad querido... es tu túnica la que pienso hechizar.

Harry, que desde la última vez que hablara se había limitado a escuchar la conversación de la pareja, no pudo evitar soltar la carcajada.

Desde su lugar bajo el frondoso árbol, Severus Snape abrió los ojos al escuchar una risa melodiosa, proveniente de alguien situado a unos metros de él. Levantó la cabeza para averiguar de dónde provenía esa risa, encontrándose de lleno con los ojos esmeralda de quien ahora consideraba uno de sus mejores alumnos.

El muchacho de alborotados cabellos trataba de recobrar la compostura. Sintiéndose observado, giró su mirada por instinto hacia el lugar donde se encontraba el profesor Snape, y el tiempo se detuvo en ese momento para los dos. Hermione, Ron y las nubes dejaron de existir para Harry ante la intensidad de los profundos ojos negros, que parecían querer decirle muchas cosas.

Harry no pudo escaparse de esa oscura mirada sin evitar que sus mejillas se tiñeran de un encantador rubor, viéndose fascinante según la silenciosa opinión del profesor. Éste movió la cabeza en un gesto de saludo mientras esbozaba una sonrisa apenas perceptible, que hizo que a Harry casi le provocara un infarto.

—Qué hermosa sonrisa tiene...

— ¿Decías?

—No... nada.

—Será mejor que almorcemos de una vez, Harry. Se está haciendo tarde y debemos reportarnos con la profesa McGonagall.

—Tienes razón, Ron. Será mejor darnos prisa —Harry dirigió otra vez su mirada hacia su profesor, pero éste ya no estaba. “Es la primera vez que lo veo sonreír.” Pensó mientras daba una mordida a su tostada.

Harry Potter conocía por fin la sonrisa de Severus Snape, y descubrió que le gustaba. Y mucho.

"Sólo espero que no sea la última.” Se dijo a sí mismo antes de continuar con su almuerzo.


*~*~*~*~*~*~*~*~*~*



Nick Casi decapitado saludó con cortesía al profesor de Pociones, cuando éste se dirigía hacia el Gran Comedor. Después de corresponder al saludo del fantasma con un movimiento de cabeza, el catedrático se detuvo un momento para ver a lo lejos al trío de oro, el cual acababa de regresar de su paseo por el lago.

“Se le ve tan maduro...” Pensó el adusto profesor. A través del enorme ventanal, siguió con la vista a los tres muchachos hasta que se perdieron en una esquina del extenso patio. “No aparenta la corta edad que aún tiene... ¿Quién diría que ese joven tan ingenuo llegaría a ser uno de los magos más poderosos? ¿O el experto en Oclumancia en el que ahora se ha convertido?”

Después que Dumbledore lo eligiera a él para darle esas clases al muchacho, muchos dolores de cabeza acompañaron al oscuro profesor desde entonces. Fue desesperante ver cómo lograba entrar con tanta facilidad en su mente, y descubrir todos y cada uno de los pequeños y grandes secretos que el muchacho guardaba.

Y si en un principio sentía irritación al ser —contra su propia voluntad—, partícipe de cada uno de sus recuerdos, con el transcurrir del tiempo se dio cuenta que el muchacho tenía un pasado cargado de desdichas. La incomodidad que sentía se convirtió poco a poco en una especie de tipificación con el pasado que él alguna vez vivió. De un momento a otro y de una manera extraña, terminó sintiéndose identificado con aquel impetuoso joven de cabellos enmarañados.

Pero lo que hizo que el profesor descubriera los sentimientos puros que pese a todo aún conservaba el chico, fue una muy particular y dolorosa clase en la que sin querer, el muchacho revivió una pesadilla reciente con su maestro como protagonista. En ella, Voldemort le reclamaba a su antiguo servidor su traición conjurando varios hechizos martirizantes sobre su persona.

Percibió en ese momento el sentimiento de ira y desesperación en el “niño que vivió”, mientras observaba cómo era torturado el que consideraba su mejor profesor, sin tener posibilidad alguna de ayudarlo. Y le conmovió descubrir que a pesar de todos los años de malos tratos por su parte, el muchacho no albergaba sentimientos de rencor contra él.

Eso lo hizo considerar el tenerle más paciencia, lo que ayudó al joven a concentrarse hasta que ya no hubo posibilidad alguna de penetrar en su mente.

Y fue así como, casi un año después de haber comenzado con las clases, Severus Snape otorgó notas satisfactorias a Harry Potter en lo concerniente a la materia de Oclumancia. Y si no hizo mención que el muchacho superó las expectativas, no fue porque no lo mereciera, sino porque eso hubiese significado ir contra su propia naturaleza.

Pero muy dentro de él, se sintió satisfecho por el objetivo alcanzado. Y muy a su pesar, orgulloso de quien a partir de entonces consideraba como uno de sus mejores estudiantes.

Interrumpió el curso de sus pensamientos al advertir que se había quedado solo en el pasillo. Con una última mirada hacia donde distinguiera por última vez al joven de ojos verdes, continuó su camino hacia el comedor.


*~*~*~*~*~*~*~*~*~*



Era lunes de la última semana de clases, y los pasillos se encontraban atiborrados de estudiantes preparándose para sus exámenes finales. Demasiado ocupados en tratar de rendir, Slytherin y Gryffindor mantenían una tácita tregua en sus diferencias para poder presentar sus exámenes en relativa calma.

—Hoy toca examen de Transformaciones con McGonagall e Historia de la magia con Binns —comentó Hermione sin despegar su vista de un enorme libro—. Y mañana el examen de Defensa con el profesor Lupin y Adivinación con Trelawney. El miércoles Criaturas mágicas, con Hagrid y Astronomía en la noche...

—Y Pociones el jueves, con Snape —Ron no pudo evitar un pequeño estremecimiento al mencionarlo.

—Y el viernes Encantamientos. Y además toca... Harry, ¿estás oyendo lo que estamos diciendo?

— ¿Eh? —Harry enfocó su atención hacia su amiga—. Ah, sí Hermione. Transformaciones y Encantamientos.

—Historia, Harry. Y después Defensa —Hermione cerró el libro que tenía entre sus manos—. ¿Hay algo que te preocupa? ¿Te gustaría contárnoslo?

El joven de cabellos oscuros detuvo sus pasos y se dirigió hacia una pequeña banca, donde se sentó antes de depositar sus libros a un lado.

— ¿Ya han pensado qué harán al salir de Hogwarts?

—Sí, Harry. He decidido que quiero irme a Italia a estudiar Magia Antigua —Hermione fue la primera en responder.

— ¿A Italia? —Ron casi pegó un brinco al escuchar a su novia—. Pero, Hermione… ¿por qué no me lo habías dicho?

—Te lo comenté hace unos días, Ron. Pero tú estabas demasiado ocupado contestando el cuestionario de la revista de Quidditch como para escucharme.

—Yo aún no sé que quiero hacer —al ver que se avecinaba otra discusión entre la pareja, Harry decidió intervenir—. Estoy pensando si irme a Francia a estudiar para Auror o tomarme un año sabático para planear mi futuro con más calma.

—Te quedarías sin estudiar un año, Harry —Ron tomó asiento junto a su compañero—. Y mientras tanto, ¿qué harás?

—No lo sé… tal vez consiga que Dumbledore me deje ser auxiliar del profesor Snape en las clases de Duelo. Eso me ayudaría a decidir si ser Auror es lo que quiero en realidad, o en su caso, profesor.

—Pero... ¿con el profesor Snape? —Otro escalofrío por parte de Ron—. ¿Y no podría ser mejor como auxiliar de Lupin en Defensa?

—Ron, lo que Harry decida estará bien. El que tú le tengas aversión al profesor Snape no significa que él también.

—Y hablando del Rey de Roma...

Los tres amigos interrumpieron su conversación al ver a lo lejos la figura inconfundible de su profesor de pociones. Su larga túnica negra ondulaba detrás de él mientras el profesor se acercaba a ellos. Aminoró la velocidad de su andar y saludó a Harry con la mirada. Éste le correspondió el gesto con una tímida sonrisa y un pequeño sonrojo, que a su amiga no le pasó inadvertido.

Después de eso, el profesor reanudó la vivacidad de sus pasos y se dirigió hacia las mazmorras, donde el grupo de séptimo de Ravenclaw ya lo esperaba para presentar su examen final.

—Ese hombre me inspira miedo... —dijo Ron mientras se acercaba a abrazar a su novia.

—Pues a mí me inspira respeto —respondió Hermione, al tiempo que volteaba a ver a su amigo—. Y a ti Harry, ¿qué te inspira?

El sonrojo de su amigo se intensificó, lo que hizo que la aguzada mirada de su amiga destellara en un dejo de satisfacción por la revelación.

—Creo que será mejor que nos vayamos —respondió el joven de ojos verdes mientras se ponía de pie y recogía sus cosas—. La hora del examen se acerca y no quisiera llegar tarde.


*~*~*~*~*~*~*~*~*~*


Última edición por K Kinomoto el Jue Ago 05, 2010 9:21 am, editado 3 veces
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MensajeTema: Re: Ojos ciegos, manos suaves . Cap. I Una dulce melodía.   Sáb Mayo 23, 2009 1:39 pm

—Y dime, Severus... ¿qué tal van tus alumnos con los exámenes? ¿Mejoraron este año o siguen igual? —Albus Dumbledore se sentó en su habitual lugar en el Gran comedor mientras el profesor de pociones lo seguía.

—Son unas cabezas huecas, Albus. Yo diría que empeoran cada año que pasa —el profesor recorrió con la vista todo el lugar mientras continuaba—. A este paso me tendré que ver obligado a cambiar de trabajo.

—No seas demasiado exigente contigo, mi muchacho —el anciano terminó de acomodar su larga barba tras la mesa, no fuera a sufrir algún pequeño accidente con la comida como ya le había ocurrido otras tantas veces—. Debes entender que tu materia es una de las más difíciles. Muy pocos son los magos que nacen con el don de comprenderla en todo su significado.

—Pociones no es una materia que se deba comprender Albus, sino amarla. De nada sirve que los alumnos traten de aprenderse para qué sirve cada cosa o memoricen cada uno de los ingredientes que una poción lleva, si no saben con qué sentido o bajo qué criterio utilizarla.

Siguieron conversando un momento más mientras observaban la llegada de los alumnos que, poco a poco, iban llenando las cuatro mesas de sus correspondientes casas.

—Y hablando del amor a las pociones, ¿ya le propusiste a Draco ser tu auxiliar el próximo año? —Dumbledore hizo una señal con la mano a los elfos encargados de servir las mesas.

—No he tenido oportunidad de hablar con él. Ha estado muy ocupado estos últimos días estudiando para sus exámenes, y no quisiera distraerlo de sus obligaciones.

—La última vez que hablé con él me dejó entrever que le gustaría dedicarse a las pociones, y me comentó que nada le gustaría más que aprender de primera mano —el Director enfatizó mientras rebuscaba en sus bolsillos—. No me sorprendería si él mismo te lo pidiera.

—A mí tampoco, Albus. He visto muy pocos alumnos con su disposición para aprender pociones en serio.

— ¿Un caramelo de limón? —Y ante la mirada cáustica del profesor sentado a su lado—. Vamos Severus, sólo uno. Te abrirá el apetito.

Con un resoplido, el profesor se dispuso a tomar el caramelo que el Director le ofrecía, cuando sintió una mirada sobre él. Recorrió con la vista el comedor para averiguar quién lo miraba de esa forma tan intensa, y se encontró de nuevo con los ojos verdes de Harry observándolo con ardor. El muchacho se ruborizó con intensidad cuando se vio descubierto y desvió la mirada hacia sus compañeros.

“¿Por qué se ruborizará cada vez que me ve? ¿Acaso...? No, eso no es posible. Sería demasiado perfecto para ser real...” Movió la cabeza, negándose a sus propios pensamientos. “Sólo es mi imaginación.” Suspiró.

Absorto en sus propias cavilaciones no se dio cuenta que el sabio director, conocedor de cada uno de los gestos del que consideraba casi como a un hijo, había seguido todos sus movimientos.



*~*~*~*~*~*~*~*~*~*



Harry acababa de salir de su examen de Historia de la Magia y se dirigía hacia su sala común, cuando en el camino se encontró a un grupo de muchachos de primer año que parecían estar huyendo de algo.

— ¿Qué habrá ocurrido? —se preguntó el joven sin despegar la vista de los niños hasta perderlos de vista en una esquina. En ese momento se escuchó la risa inconfundible de Peeves—. Ya me imagino...

Al dar vuelta a la esquina alcanzó a ver a Filch recogiendo del piso los residuos de lo que parecía una broma hecha por Peeves a unos alumnos de primero de Hufflepuff. Los mismos con los que segundos antes se había topado. Pero eso no fue lo que le llamó la atención a Harry, sino el hecho de que, cerca de él, se encontraba el director Dumbledore charlando muy animado con el profesor Snape.

Estaba decidido a seguir su camino, a sabiendas que tendría que toparse sin remedio con ellos y saludarlos. Y eso no le preocupaba en absoluto con respecto a su Director, pero en cuanto a Snape... ésa era otra cuestión.

Cuando ya se acercaba a ambos profesores, vio a Dumbledore llamando la atención de Severus. Éste se agachó a su altura para poder escucharlo. El anciano le susurró algo al oído que hizo que su profesor de pociones se enderezara de su anterior posición mientras soltaba una sonora carcajada.

Harry Potter no podía dar crédito a lo que sus ojos veían. El profesor Severus Snape acababa de reírse sin inhibiciones por algo que el director le había comentado. Impresionado ante semejante visión, sólo atinó a permanecer quieto en el lugar donde se encontraba.

La risa del profesor se suavizó hasta convertirse en una amplia sonrisa. Harry permaneció impresionado el tiempo suficiente hasta que uno de los libros que sostenía en sus manos fue a dar a suelo, lo que hizo que ambos profesores advirtieran su presencia.

—Harry muchacho, no te habíamos visto —Dumbledore dio un paso hacia el aludido—. ¿Qué tal van los exámenes?

—Bien, profesor Dumbledore —aún sin salir por completo de su impresión, el joven se agachó para recoger el libro de suelo—. Bien... gracias.

—Me alegro mucho, Harry. Por cierto... —el anciano director dirigió su mirada hacia el profesor de pociones a su lado, en clara señal de querer incluirlo en la conversación—. ¿Ya has decidido lo que harás cuando te gradúes?

—Eh... no señor, aún no —el muchacho dirigió su mirada verde hacia su Director—. Lo estoy pensando.

—Pues si necesitas apoyo sobre orientación vocacional no dudes en pedírnoslo, el profesor Snape y yo estaremos encantados de ayudarte. ¿No es así, Severus?

—Si no hay otra opción… —respondió el citado profesor mientras observaba con intensidad al muchacho, contradiciendo con ese acto sus propias palabras—. Tengo algunos libros sobre el tema que podrían servirte, Potter.

—Se... se lo agradezco mucho, profesor —respondió un tembloroso Harry—. Lo... lo tomaré en cuenta. A...adiós...

El joven salió corriendo hacia su Torre, rojo hasta las orejas.

—Hum... ¿has notado a este muchacho muy raro en los últimos días? ¿Severus, me escuchas?

— ¿Eh? Ah... sí, Albus. Yo también pienso que a todos los estudiantes de último año les convendría ese curso... ¿dé que te estás riendo?

Mientras tanto en la Torre, sintiéndose a salvo de intensas miradas negras capaces de robar el aliento, Harry se preguntó qué le habría dicho Dumbledore al profesor Snape que lo hiciera reír de ese modo. Se lo agradecía mucho, ya que por fin había podido conocer la risa abierta de su profesor de pociones. Y si al conocer su sonrisa pensó que era hermosa, ahora sabía que su risa era en verdad maravillosa.

Esa misma noche Harry Potter se durmió soñando con esa dulce melodía.



*~*~*~*~*~*~*~*~*~*



—Así que este verano dejarás a los Dursley...

El profesor Remus Lupin se hallaba sentado en la orilla de su escritorio conversando con Harry. Estaba esperando al resto de sus alumnos, para aplicarles su examen.

—Sí, Remus —Harry jugaba con un pequeño reloj muggle que adornaba el escritorio del hombre lobo—. Sirius me pidió que me fuera a vivir con él. Y por supuesto, acepté.

—Me alegro mucho por ti. Ya va siendo hora de que pases veranos más agradables —el profesor de Defensa se levantó de su escritorio y se dirigió hacia una banca cercana—. ¿Y le dijiste sobre tus intenciones de quedarte un año más en Hogwarts?

—Le comenté algo al respecto —el muchacho se removió, incómodo—. Pero sobre lo de ser auxiliar del profesor Snape aún no se lo he dicho.

—Pues no creo que la idea vaya a gustarle mucho. Ya sabes el odio mutuo que esos dos se tienen —el profesor revisó a conciencia las bancas cercanas a él. Al ver la mirada interrogante de Harry sólo se encogió de hombros—. Acordeones. Ya sabes...

—Ah, ya... ¿estará muy difícil tu examen?

—Nada que no se haya visto en clase.

En ese momento comenzaron a llegar los alumnos y Harry se dirigió a su lugar luego de que el profesor le deseara buena suerte. Tras entregarles el pergamino del primer examen y dar las debidas instrucciones, el catedrático regresó a su lugar en su escritorio. El silencio que siguió a esos momentos sirvió al hombre lobo para perderse en sus pensamientos.

“Harry tiene mucha suerte de poder irse a vivir con Sirius...” Suspiró. “Ojala yo tuviera esa misma suerte.”

Desde que Sirius fuese rescatado del Velo del Departamento de Misterios, y luego de comprobarse su inocencia ante el Ministerio, el animago había regresado a su casa de Grimmauld Place. Apenas terminó de establecerse, le propuso a su ahijado irse a vivir con él cuando saliera del colegio.

Harry se mostró entusiasmado con la proposición. Se lo comentó a Remus, quien se alegró al saber que el muchacho ya no tendría que volver a la casa de sus tíos en Privet Drive. Pero durante una conversación entre Sirius y el Director, éste le había dicho que no habría ningún problema siempre y cuando Voldemort no se manifestara aún como un peligro cercano. De ser así, el muchacho tendría que quedarse en el Castillo.

Decidieron no comentarle nada a Harry por el momento, ya que no tenía caso arruinarle la ilusión al chico. Pero el Director les había dicho que tenía a Severus al pendiente de cualquier cambio de rumbo que tuviera el inestable comportamiento del Señor Oscuro. Y que en dado caso, el profesor trataría de darles el aviso oportuno.

Por otro lado, Remus se sentía abatido. Su sueño de estar algún día con Sirius era algo cada vez más lejano. Estaba enamorado del animago desde su época de juventud, pero jamás se permitió demostrárselo por temor a un rechazo. Años atrás, había logrado reunir el valor para confesarle sus sentimientos, pero algo sucedió que lo hizo cambiar de parecer.

Merodeando por los pasillos de Hogwarts durante su época de estudiantes, se encontraron ocultos en la semipenumbra a una pareja de Ravenclaw de quinto año, besándose con pasión. El detalle fue que ambos eran varones, por lo que Sirius tuvo intención de molestarlos. Remus logró convencerlo de que los dejara en paz, y se retiraron del lugar sin hacer escándalo.

—Yo jamás me enamoraría de otro hombre. Es algo antinatural —le había comentado el animago de regreso a su Torre.

Fue cuando Remus se dio cuenta que nunca podría confesarle sus sentimientos, y mucho menos tener algo con él. Prefirió guardar silencio. En vez de eso, decidió darle el sí a uno de los chicos más cotizados de Hogwarts: el Slytherin Lucius Malfoy, quien desde hacía algún tiempo había intentado enamorarlo.

Ambos sostuvieron apasionados encuentros durante el último año que estuvieron en el colegio. Luego de eso se frecuentaron algún tiempo más hasta que sus vidas tomaron rumbos diferentes, tras lo cual nunca volvieron a verse. Los dos estaban conscientes que jamás nadie debía conocer la historia de esa relación, y por acuerdo mutuo decidieron mantenerla en secreto.

Lucius, porque consideró que demostrarle a Remus sus verdaderos sentimientos no era digno de un Malfoy, y sostener una relación con un Gryffindor a plena luz del día no era propio de un buen Slytherin. Remus también tuvo sus propias razones, una de ellas era que no amaba al Slytherin, aunque debía reconocer que durante el tiempo que estuvieron juntos su relación le dejó muy bellos recuerdos.

Otra razón eran sus amigos. Si ellos se enteraban de esa relación con toda seguridad no la aceptarían. Y la razón más importante: Sirius jamás debía enterarse que su mejor amigo era homosexual. Aunque él ya se había resignado a tener a Sirius sólo como un amigo, el dolor laceraba su corazón al tenerlo tan cerca, y a la vez tan lejos.

No supo cuánto tiempo más permaneció el hombre lobo perdido en sus recuerdos, hasta que el timbre del pequeño reloj muggle le indicó que ya era hora de recoger los exámenes.

—Se acabó, muchachos —el profesor se levantó de su escritorio—. Entréguenme sus exámenes. Tienen diez minutos para estirarse y después de eso pasaremos al examen práctico.

Remus alejó de su mente las memorias y las ilusiones del pasado para concentrarse en su presente que, aunque doloroso y triste, era razonablemente real.



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MensajeTema: Re: Ojos ciegos, manos suaves . Cap. I Una dulce melodía.   Sáb Mayo 23, 2009 1:49 pm

— ¿Ya estás listo para el examen del jueves con Snape, Ron?

—Yo jamás estaré listo para ningún examen con Snape, Harry. Te toca mover.

Ron y Harry se encontraban solos en la sala común jugando una partida de ajedrez. Eran más de las once de la noche y sus compañeros hacía un buen rato que se habían retirado a sus dormitorios.

—Menos mal que es hasta la tarde. Así me dará tiempo de dar un último repaso —Harry buscó una mejor postura en el piso mientras continuaba—. Te toca...

—Eso estará bien. Sólo no lo hagas delante de Hermione o te lanzará un discurso sobre algo así como: “Harry, no vas a aprender en una sola mañana lo que no aprendiste en todo el curso...” —imitando el tono de su novia—. Jaque...

—Tienes razón. Te toca...

—Jaque... Mate —Ron se echó para atrás en el sofá—. Has estado muy distraído los últimos días. Te he estado ganando con mucha facilidad, ¿hay algo que te preocupa?

—En realidad no —el muchacho se puso de pie y se sentó en el otro extremo del sofá donde su amigo se encontraba—. Sólo es por los exámenes, ya sabes... —trató de cambiar de tema—. Y, ¿cómo te ha ido con Hermione? ¿Va en serio lo de irse a Italia?

—Sí, Harry —La cara del pelirrojo se contrajo en un gesto de incertidumbre.

— ¿Qué piensas hacer? —Harry sabía que su amigo aún no había decidido qué carrera seguir, y estaba seguro que la decisión tomada por su novia lo había hecho sentirse presionado.

—No lo sé… ¿sabes? Hace rato hablé con ella. Y me dijo algo que me dejó muy sorprendido. Bueno, en realidad no me lo dijo de forma directa, pero me lo insinuó —el pelirrojo se levantó y comenzó a caminar de un lado a otro—. Me dijo que si yo quería, podía elegir una carrera para estudiar en la misma escuela que ella. Y entonces...

—Y entonces, ¿qué?

—Me dijo que así podríamos apoyarnos el uno al otro. Que ambos trabajaríamos y nos dividiríamos los gastos de la casa... ¿entiendes?

— ¿Me estás queriendo decir que... te propuso matrimonio? —Harry saltó del sofá, entusiasmado—. ¡Vaya, Ron! Eso sí es increíble. ¿Y qué le respondiste?

—Pues... nada.

— ¿Cómo que nada?

—Es que cuando me di cuenta de hacia dónde iba todo el asunto pues... preferí cambiar el tema.

—Ah... vaya —Harry se acercó a su apesadumbrado amigo y lo tomó por los hombros para sentarlo nuevamente a su lado en el sofá—. Me imagino que Hermione no se habrá mostrado muy complacida con tu respuesta.

—Y que lo digas... —el moreno se dirigió hacia una de las mesas y tomó un vaso con agua para ofrecérselo a su amigo, que no dudó un segundo en tomarlo—. Parece que se dio cuenta que estaba tratando de evadir el tema y ya no insistió en el asunto pero... creo que la decepcioné.

Un momento de silencio siguió a este último comentario.

—Ron, ¿qué es lo que te impide estar con ella? —Harry se acomodó hasta quedar frente a su amigo—. ¿Estás seguro que sólo es porque no sabes qué carrera elegir?

—No lo sé, Harry. La verdad es que... estoy confundido —Ron dejó a un lado el vaso que su amigo le ofreciera, y se frotó el rostro con frustración—. Verás... por un lado sí quiero estar con ella y sé que en Italia hay muchas carreras de dónde elegir. Pero también quisiera dedicarme a estudiar alguna criatura mítica.

A Harry le hubiera gustado poder ayudar a su amigo en esos momentos, pero en cuanto al asunto de la carrera su situación no era muy distinta de la de él. Él tampoco estaba seguro sobre qué hacer cuando se graduara, y viendo que su ayuda podría confundirlo más decidió dejar zanjado el tema.

—Lo que pasa es que te gustaron mucho las arañas gigantes del Bosque Prohibido y ahora quieres estudiarlas, ¿verdad? —bromeó el moreno tratando de sacar a su amigo del pozo de incertidumbre donde se encontraba. Y lo consiguió, junto con un largo escalofrío por parte del de ojos grises.

Y habiendo dejado el tema del matrimonio y carrera a un lado, hablaron durante un rato más sobre diversos temas, hasta que el reloj de la torre indicó que ya era media noche. Ron se retiró a su dormitorio, dejando a Harry un rato más en la soledad de la sala común.

Ya metido entre las sábanas, Ron meditaba sobre su conversación con Hermione.

Estaba sorprendido que ella hubiese dado ese gran paso, y aunque por un lado se sentía halagado, por el otro creía que primero debían aclarar muchas dudas respecto de lo que ambos querían para el futuro. Él estaba seguro de amarla, de eso no tenía ninguna duda. La verdadera pregunta radicaba en si era lo correcto casarse tan jóvenes. Él quería conocer primero el mundo, viajar...

Proveniente de una familia numerosa en la que las decisiones —importantes o no—, se tomaban entre todos, Ron nunca había tenido la oportunidad de decidir por sí solo. Era por esa razón que se le hacía tan difícil elegir una carrera. Incluso hasta se había abstenido de comentar a su familia las opciones que tenía, a riesgo de que se convocara a una junta familiar y terminaran decidiendo entre todos, qué carrera debía elegir.

Y con su matrimonio pasaría lo mismo. Si tan solo a Hermione o a él se les ocurría mencionarlo en algún momento... Él quería estar solo por un tiempo para así poder experimentar la libertad, y creía que al casarse con Hermione, esa libertad quedaría limitada de forma drástica.

Él mismo había visto cómo, durante sus años de estudiante, ella era la que tomaba las decisiones más importantes. Harry y él nunca le discutieron ese punto, ya que consideraban a la muchacha como la más madura e inteligente de los tres. Jamás habían puesto en entredicho la capacidad y la madurez de su amiga.

Pero ahora las cosas eran distintas. Ellos ya no sólo eran amigos, sino novios. Y si tenían pensado casarse, él debía estar dispuesto a tomar decisiones importantes tanto como ella, sin sentirse ninguno de los dos relegados a un segundo plano. Sentía que si no aprendía a tomar decisiones él solo, siempre estaría dependiendo de su esposa para tomarlas, y eso era algo que en realidad le aterraba.

Él no quería tener libertad para abusar de ella, sino para madurar. Quería esa clase de libertad que da responsabilidades y enseña que las decisiones que uno toma a lo largo de su vida, son las que nos llevan a cometer los errores más desastrosos, pero también los aciertos más grandes.

“Mañana hablaré con Hermione.” Ron se acomodó boca arriba en su mullida cama. “No puedo permitir que piense que no la amo, o que no quiero casarme con ella.”

Se acomodó bajo las sábanas, dispuesto a dormir. Antes de cerrar los ojos, alcanzó a ver una araña patona descendiendo con lenta parsimonia a la altura de su nariz, lo que hizo que Ron la viera mucho más grande de lo que en realidad era, y pegara un aterrador grito.

Una lluvia de objetos de diferentes formas y tamaños —hechizados para castigar a quien se atreviera a interrumpir el sueño de sus propietarios—, cayó encima de Ron. Éste aprovechó a tomar un zapato que había caído cerca y lo usó como arma para matar a la intrusa que se atrevió a perturbar por completo una, ya de por sí, perturbadora noche para él.

“Cómo odio a las arañas...” Ron terminó de acomodase para al fin poder conciliar el sueño. Necesitaba estar lúcido para enfrentar a Hermione al día siguiente. Le preocupaba su reacción cuando hablara con ella, pero era lo más conveniente.

Antes de quedarse dormido se preguntó si no sería mejor enfrentarse al mismísimo Aragog que a su inteligente y bella, pero temperamental enamorada.


*~*~*~*~*~*~*~*~*~*




—Ya falta muy poco... no me vayas a fallar...

Severus Snape se encontraba absorto por completo en una poción que Madame Pomfrey le había pedido que le perfeccionara. Llevaba varios días intentándolo, pero por uno u otro motivo, siempre debía comenzar de nuevo.

Por suerte, esa misma noche había logrado dar con el ingrediente que le estaba dando problemas. Y después de analizar la cantidad exacta, esperaba que la poción que en esos momentos se aliñaba en su viejo caldero por fin fuera la definitiva.

Después de verificar que la poción se mantuviera por el camino correcto, el profesor se pudo dar el lujo de descansar unos minutos mientras la vigilaba. Al mismo tiempo, se dispuso a terminar de preparar el examen que a la mañana siguiente a primera hora, presentarían los alumnos de último año de su Casa.

Cada año procuraba que los exámenes para cada Casa fueran diferentes. En años anteriores, con otras materias, se había dado el caso de alumnos de casas distintas pasándose información sobre lo visto en el examen, lo que provocó que muchos de ellos obtuvieran máximas calificaciones sin merecerlo.

Después de haber elegido las preguntas correspondientes al examen teórico, el profesor se dispuso a elegir la poción que los alumnos elaborarían en su examen práctico.

“Tiene que ser una poción complicada, pero que su elaboración no sea demasiado tardada, ya que tendrán el tiempo contado.” Después de analizar algunas pociones, por fin eligió la que le pareció la más indicada. “Esta poción es de séptimo año, ya se las enseñé en teoría. Ahora les pediré que la elaboren.”

Recordó que su ahijado ya había elaborado esa poción antes, durante las clases extras que el profesor le impartía. Decidió darle otra poción diferente a la de sus compañeros. Debía ser mucho más difícil, y tendría que elaborarla a la perfección para pasar el examen. Sólo entonces le ofrecería el puesto de ayudante que tanto quería.

En ese momento volteó a ver su caldero para verificar si su poción había resultado. Tenía la consistencia y el olor adecuados, y un color verde jade que de inmediato le hizo recordar ciertos ojos de un joven Gryffindor. Dejó el pensamiento a un lado y se dedicó a terminar de envasar la poción. Unos minutos después, el profesor sostenía en su mano un frasco con la poción perfeccionada.

“Me hubiera gustado que Draco me ayudara.” Pensó el profesor mientras depositaba la poción sobre su escritorio. Sostuvo el pergamino con los ingredientes y las instrucciones para elaborarla. “Estoy seguro que se habría alegrado tanto como yo de haberlo logrado.”

Después de observar unos momentos más el pergamino, se dio cuenta que la poción ya perfeccionada era mucho más complicada que antes, y entonces se decidió.

—Ésta será la poción que Draco deberá elaborar mañana.

Después de enrollar el largo pergamino y guardarlo junto a los demás, Snape se dispuso a dar su ronda nocturna por los pasillos. Tenía ganas de castigar a algún Gryffindor que se atreviera a romper el toque de queda. “Y de paso, tal vez me encuentre de casualidad con él...” Pensó Severus mientras cogía su capa y salía de su despacho para dirigirse hacia la Torre Gryffindor.


*~*~*~*~*~*~*~*~*~*
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MensajeTema: Re: Ojos ciegos, manos suaves . Cap. I Una dulce melodía.   Sáb Mayo 23, 2009 1:53 pm

A esa misma hora, Blaise Zabini se daba prisa en no ser descubierto mientras se dirigía a la sala de los menesteres. Se le había hecho tarde y no quería tener problemas con su adorado rubio, que con toda seguridad ya lo estaba esperando. Volteó hacia ambos lados para asegurarse que no lo hubieran seguido y abrió la puerta para encontrarse en una pequeña salita, muy acogedora y decorada con los colores de su Casa.

—Tardaste mucho —le reclamó la persona que, sentada en el sofá muy a gusto, lo esperaba con dos copas de vino.

— ¿Sabes que está prohibido beber en el colegio, Draco? —el rubio se puso de pie y le ofreció una copa al recién llegado, que no dudó en tomar—. ¿Llevas mucho tiempo esperándome?

—El suficiente para impacientarme —le respondió Draco Malfoy mientras lo abrazaba por la espalda y recargaba por completo su cuerpo contra el suyo—. Creí que no vendrías, como supe que tenías retención con McGonagall.

—Fue una jugada sucia de esos Gryffindor —el joven se estremeció cuando el rubio mordisqueó su oreja—. Pero no quiero hablar de eso ahora...

—Entonces ven aquí... —el joven de ojos grises tomó por la cintura a su compañero y lo besó con pasión—. ¿Sabes que me molesta no poder verte todo el tiempo que quiera?

—Pero si nos vemos todos los días —Blaise comenzó a perder conciencia de su alrededor, al sentir cómo su rubio lo acariciaba por encima de la ropa.

—Me refiero a las noches... —Draco dirigió sus labios al níveo cuello de su acompañante mientras desabrochaba su camisa.

—Sabes bien que el dormitorio no es un lugar muy privado. Además, me gusta verte así... ansioso...

—Eres un malvado, ¿lo sabías? —Draco tomó la mano de su pareja y lo guió a través de la habitación hacia una amplia cama, cubierta de finas sábanas de seda verde, donde lo empujó con lentitud mientras lo besaba.

El beso devorador de Draco arrancó suspiros en su compañero, que no fue capaz de seguir razonando y se decidió a corresponder a sus caricias. Mientras el rubio recorría con sus labios la fina piel de su cuello, el otro se dedicaba a enredar sus dedos entre sus dorados cabellos, despeinándolos.

— ¿Tienes idea de cuánto te amo, Draco?

—Yo también te amo, Blaise. Yo también —le respondió el rubio mientras terminaba de desvestirlo.

Momentos después, dos jóvenes desnudos por completo daban rienda suelta a su pasión.


*~*~*~*~*~*~*~*~*~*




Lucius Malfoy entró por la puerta principal de su mansión, y sin detenerse en ningún momento se dirigió hacia sus aposentos. Se cambió de ropa con un hechizo y se acercó en completo silencio hacia la cama. Tratando de no despertar a su esposa, se deslizó con sigilo entre las sábanas. No bien hubo puesto su espalda sobre el colchón, emitió un profundo quejido, lo que hizo que su mujer despertara.

— ¿Qué hora es, Lucius? —Preguntó la mujer, emergiendo despacio de las brumas del sueño—. ¿Ya amaneció?

—Aún no, Narcisa. Sigue durmiendo —pero al tratar de acomodarse entre las sábanas, otro quejido, más fuerte aún, salió de sus labios sin que el rubio pudiera evitarlo.

— ¿Te encuentras bien? —Con un hechizo, la mujer hizo iluminar la habitación—. ¡Por Merlín, Lucius!—exclamó azorada al observar a su marido a plena luz—. ¿Qué te ha ocurrido?

La pálida piel del hombre, desde su rostro hasta donde la ropa ocultaba, se encontraba cubierta de golpes y moretones. Un hilo se sangre, ya seca, partía desde su oreja y se perdía en un rojo camino hacia su cuello. Narcisa Malfoy conjuró un hechizo que dejó a su esposo desnudo por entero. Y lo que vio la impresionó mucho más.

Los trabajados músculos del mago, ateridos y tensos, indicaban que el hombre había sido víctima de poderosos cruciatus. Y las marcas en su cuello, muñecas y tobillos, hacían ver que el hombre había estado sujeto a una pared con grilletes. Al mirar su torso, la mujer alcanzó a distinguir lo que parecían ser arañazos que partían desde los costados y se perdían en su espalda, por lo que adivinó que se trataban de latigazos.

Tratando de mantener la calma y habiéndose evaporado por completo los últimos rastros de sueño, la esposa de Lucius Malfoy se puso de pie y se dirigió hacia la mesita de noche. Tras revolotear un poco, al final sacó un pequeño frasco de lo que parecía ser una poción.

—Tómate esto, Lucius. Te calmará el dolor —la mujer le tendió el frasco a su marido, que él tomó con manos temblorosas—. Llamaré a Severus para que me ayude a...

—No, Narcisa. No molestes a Severus ahora. Es tarde. Además... él no debe saberlo.

—Pero, Lucius... —la señora Malfoy se sentó a un lado del herido—. No es la primera vez que esto pasa. Deberíamos decírselo.

— ¿Y arriesgarlo a él también? —el rubio negó de forma categórica—. No, Narcisa. No olvides que él es nuestra única esperanza. Trataré de ser más prudente la próxima vez.

— ¿La próxima vez? ¡Por todos los cielos Lucius, mírate! ¡La próxima vez te matará! —la mujer se llevó las manos al rostro, abatida—. La hora se acerca, Lucius. No podemos seguir retrasando lo inevitable.

—Podremos, Narcisa —el hombre acarició con ternura los suaves cabellos de su mujer—. Aún hay tiempo, mientras tanto trataré de encontrar una solución para evitarlo.

La mujer se puso de pie otra vez y mandó llamar a un elfo doméstico. Le dio una serie de instrucciones, tras lo cual el sirviente desapareció. Dos minutos después, el elfo regresó con una indeterminada cantidad de frascos de diferentes pociones.

—Ya pensaremos en algo después —volvió al lado de su esposo—. Por lo pronto déjame curarte las heridas —la mujer suspiró, acongojada—. Limpiaré primero las más profundas y trataré de cerrarlas. También te pondré una pomada para que no te queden cicatrices...

Mientras su mujer comenzaba con las curaciones, Lucius se permitió recordar las circunstancias por las que ahora su esposa y él, se encontraban en esa terrible situación.

Todo comenzó tres meses atrás. Voldemort había llamado a algunos de sus fieles, para comunicarles que ya era hora de ir preparando a sus hijos en su labor de futuros servidores. Después de eso, le había pedido al rubio que lo acompañara a sus aposentos para explicarle los planes que tenía para su hijo Draco.

Lucius siempre trató de hacer a su hijo a un lado, no involucrándolo en nada que tuviera que ver con su condición de mortífago. Pero ese día se dio cuenta que el Señor Oscuro no había pasado por alto la existencia de su hijo. El Lord le confió que su enfrentamiento con Potter estaba muy cercano, y que aunque no había nada que deseara más en el mundo que acabar con él, también quería asegurar su futuro uniendo su vida a la de un mago de sangre pura.

—Y nadie mejor que tu hijo Draco, mi querido Lucius, para darme un heredero —le había dicho su Señor—. Por lo que te sugiero que tú y Narcisa vayan preparándolo todo para dentro de cuatro meses. Que será cuando lo tome como mío.

Y Lucius Malfoy no había podido hacer nada, más que inclinar su cabeza ante el Lord en señal de sumisión y retirarse del lugar, con su pecho ahogado en una gran angustia. Semanas después de aquella reunión, el Señor Oscuro lo mandó a llamar. Le preguntó cómo iban los preparativos para la incursión de su hijo a sus filas y su próxima unión.

Malfoy se excusó diciendo que no había podido tener contacto con Draco, debido a que Dumbledore había modificado el reglamento de visitas. Los padres que quisieran visitar a sus hijos en el colegio, podían hacerlo con la única condición que el director o alguna otra autoridad del plantel estuviera presente.

Y si bien el rubio no había engañado a su Señor a ese respecto, también estaba consciente que como miembro activo de la Junta Escolar, él hubiera podido hacer algo para impedir esa nueva disposición. Sin embargo, no había hecho nada en absoluto para evitarlo. Sólo esperaba que su Maestro fuera tolerante con él, tratándose de un mortífago que además de haber sido todos estos años su más fiel servidor, era también considerado como su brazo derecho.

Y pudo decir entonces que su Señor fue en verdad considerado con él, tomando en cuenta que lo que el oscuro mago llamó como “un acto de simple descuido” sólo le costó un par de poderosos cruciatus. Y se pudo considerar afortunado.

Conforme pasaba el tiempo, la hora de que su Señor volviera a solicitar su presencia se acercaba. La segunda vez que lo llamó, Lucius no tuvo excusa alguna. Esta vez no sólo le llovieron los cruciatus. Voldemort lo castigó un día entero encerrado como un prisionero más en sus mazmorras.

—La próxima vez quiero que me traigas noticias de tu hijo —le increpó con furia el Lord—. O todo lo que te he hecho hasta ahora, mi querido Lucius, no se comparará con lo que te haré entonces...

Y desde ese momento, los días de Lucius Malfoy se convirtieron en una pesadilla. Al ver que la situación se le escapaba de las manos, y viendo que su esposa estaba cada vez más preocupada, optó por contarle la verdad que hasta entonces le había mantenido oculta. Y la reacción de su esposa no se hizo esperar.

— ¡No debemos permitirlo, Lucius! —La mujer había estallado en llanto, presa de un profundo pánico—. ¡Nuestro hijo no debe caer en sus manos! ¡Él tiene un futuro brillante! ¡Debemos protegerlo!

Y Lucius Malfoy sólo había podido estrecharla entre sus brazos. Tratando de tranquilizarla, le había prometido que, pasara lo que pasara, su hijo jamás pertenecería al Lord.

El mortífago volvió al presente al sentir las manos de su esposa masajeando cada uno de sus músculos, lastimados por tantos hechizos torturadores.

—Ya casi termino... —le dijo al oído su mujer—. Después te daré una poción para que puedas dormir tranquilo.

El rubio no contestó. Sólo se acomodó un poco más para facilitar la labor de su esposa, y siguió con sus pensamientos.

Voldemort no había vuelto a convocarlo, hasta esa noche.

Al mirar a los ojos del que consideraba como uno de sus más fieles servidores, además de Severus, el Lord pudo adivinar que no obtendría noticias del heredero Malfoy. Y no tuvo más remedio que cumplir la promesa que le hiciera la última vez.

Y aunque el lord le aseguró mientras lo castigaba con más cruciatus, golpes y latigazos, que aquello le dolía más a él, Lucius pudo haber jurado que su Señor en realidad lo había estado disfrutando. Y mucho.

— ¿Cómo te sientes? —Su esposa ya había terminado de curar sus heridas—. ¿Quieres cenar algo?

—Gracias, Narcisa. Pero no tengo hambre —el hombre tomó de la mano a su esposa y la hizo recostarse junto a él—. Descansa tú también, ya casi es de día.

Narcisa Malfoy tomó la mano de su esposo entre las suyas, y antes de quedarse dormida le susurró al oído:

—Sin importar cuál sea la decisión que tomes, yo te apoyaré en todo momento, Lucius.

Lucius Malfoy se quedó despierto un rato más, meditando en las últimas palabras de su esposa.

—No te preocupes, querida Narcisa. Con tal de que nuestro hijo no caiga en sus manos, soy capaz de cualquier cosa —cubrió con las sábanas su cuerpo aún adolorido—. Lo que sea...

Y con este último pensamiento logró quedarse dormido.




Continuará...


Próximo capítulo: Decisiones importantes.








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MensajeTema: Re: Ojos ciegos, manos suaves . Cap. I Una dulce melodía.   Dom Feb 19, 2012 11:06 am

O.o y la segunda parte?? Waa...qiero segunda partee !! =/
Me has dejado colgada !! esta buenisima la historia y qiero leer mas...espero q la actualices pronto...aunq veo q ya tiene 3 años xD
Espero q no pasen otros 3 para q te decidas a actualizarla..es excelente. Smile
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gabrielle62

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MensajeTema: Re: Ojos ciegos, manos suaves . Cap. I Una dulce melodía.   Lun Feb 20, 2012 6:02 pm

Aqui tienes el link de slasheaven donde encontrarás la historia completa de Rebeca, como bien dices hace mas de tres años que está terminada aunque la está subiendo poco a poco al foro. Te la recomiendo mucho es una historia magnifica.


Ojos ciegos manos suaves




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MensajeTema: Re: Ojos ciegos, manos suaves . Cap. I Una dulce melodía.   Lun Feb 20, 2012 6:17 pm

Muchisimas gracias Gabrielle !! Very Happy la vdd esq yo soy algo nueva en esto del Snarry [Lo conosco de hace unos 9 meses] y la mayoria de los fics los he leido aqi y hay varios sin terminar...Muchas gracias !! Very Happy
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gabrielle62

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MensajeTema: Re: Ojos ciegos, manos suaves . Cap. I Una dulce melodía.   Mar Feb 21, 2012 1:49 am


De nada cielo, muchas de las historias que se encuentran aquí están tambien en slasheaven, casi todas diría yo, ya que los retos los subimos primero a esa página y después aquí al foro. A lo mejor muchos e los que aqui están sin terminar allí están completos, porque tardamos, me incluyo, en subirlos al foro a veces.




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MensajeTema: Re: Ojos ciegos, manos suaves . Cap. I Una dulce melodía.   Mar Oct 04, 2016 4:29 pm

Yo lee la historia toda in portugués porque mi amigo la traducio faz mucho tiempo, yo pretendo comentar futuramente Kinomoto. Es una historia muy bela u.u
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MensajeTema: Re: Ojos ciegos, manos suaves . Cap. I Una dulce melodía.   

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Ojos ciegos, manos suaves . Cap. I Una dulce melodía.
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