La Mazmorra del Snarry


 
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 El amor que salvó un reino. Capítulo 17. Un regalo de Navidad muy especial

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alisevv

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MensajeTema: El amor que salvó un reino. Capítulo 17. Un regalo de Navidad muy especial   Lun Mar 07, 2016 12:36 pm




Montañas Nubladas
Moribia



Pese a las desfavorables circunstancias por las que atravesaban, para Severus y Harry los días que siguieron a la boda estuvieron impregnados de felicidad, aunque cada vez que el Príncipe salía en una nueva misión, su joven esposo no podía evitar morirse de angustia.

Como el Doctor Karkaroff habitualmente salía en las misiones, como apoyo médico, Hermione, Draco y él se pasaban el día atendiendo el hospital y orando porque todos regresaran sanos y salvos.

A las salidas se había unido Remus, quien había sido educado en una escuela militar y era muy bueno desarrollando estrategia de campo; también participaban los moribs, quienes eran unos guerreros formidables y feroces, y ya por toda la ciudad de Anktar y los alrededores, se había corrido la voz que los hombres de las montañas estaban ayudando a los rebeldes.

La distribución de armas, aunque lenta, se estaba desarrollando sin grandes contratiempos, y según los informes recibidos, ya se estaba gestionando la compra de un gran lote de medicinas, que pronto empezarían a ser distribuidas siguiendo el mismo procedimiento que con las armas.

En el campamento, todas las tardes, antes de la cena, Hermione se dedicaba a dar clase de morib a los moribianos, mientras Harry se encargaba de instruir en inglés a los hombres de las montañas. Severus trataba de asistir a las clases de su pareja siempre que podía, era tan divertido verlo a él, tal delgado y frágil, lidiar con todos aquellos semi gigantes. Aún reía cada vez que recordaba el primer día.

Como era presumible, la idea de sentarse a estudiar no había hecho ninguna gracia a los montañeses, por lo cual, luego de expresar su desaprobación con un vocabulario bastante ‘florido’, se habían sentado en el suelo de la cueva designada como aula y se habían puesto a hablar y reír entre ellos, ignorando olímpicamente a Harry.

Luego de un buen rato intentando lograr que le prestaran atención, el joven se había hartado y había salido de la cueva. Mientras los moribs se burlaban, creyendo haberse deshecho del pequeño estorbo, Harry se había acercado a uno de los vigilantes de guardia y le había pedido el cuerno que siempre llevaban para comunicarse entre lugares distantes.

Hecho esto, había regresado a la cueva, se había montado sobre la pequeña mesa que era el único mueble en el lugar, y había hecho sonar el instrumento con toda la fuerza de sus pulmones. Y cuando los montañeses, asombrados, habían hecho silencio, les había comunicado que, con el beneplácito de Zulub Hagrid, mientras estuvieran en esa clase ÉL era el jefe, y que NADIE recibiría ni una gota mas de aguardiente si no se comportaban debidamente.

Por supuesto, a partir de ahí se habían limado todos los problemas y Harry y Severus habían podido comprobar que, además de fieros, los moribs eran muy listos y aprendían rápidamente.

Otra de las cosas que Harry y Draco habían empezado hacer, en los interminables días, era practicar con la espada. Tal vez por ahora no se les permitiera salir a luchar, pero si la situación empeoraba demasiado, no pensaban permanecer impasibles mirando como Lucius ganaba. Harry había aprendido a manejar el florete en Inglaterra, pero su experiencia con la espada era escasa, y Draco estaba bastante oxidado, así que empezaron un arduo entrenamiento, bajo la excusa de hacer algo de ejercicio.

Pero la hora preferida del nuevo Príncipe Consorte era el anochecer. Cuando llegaba Severus de sus misiones, sin importar cuan triste y frustrado se hubiera sentido por su ausencia, Harry siempre lo recibía con una inmensa sonrisa. Y por muy cansado que el Príncipe estuviera, cada noche Severus conseguía fuerzas y deseo para tomar a su esposo en sus brazos y amarlo hasta quedarse sin aliento.

En esa rutina de vida, diciembre siguió avanzando y la temperatura en las montañas bajando día con día; incluso había comenzado a nevar, lo que hacía las delicias de los niños que se refugiaban en el campamento.

Pensando en los chiquillos, que bastantes privaciones tenían por la maldita guerra, se había decidido dar un aire navideño al lugar, por lo que en sus horas de descanso, los parroquianos habían elaborado figuras de nieve en distintos puntos del campamento, e incluso habían colocado un pino enorme en el parque, muy cerca del lugar donde se había celebrado la ceremonia de Harry y Severus, y lo habían decorado con cintas y adornos hechos por las mujeres y los propios pequeños.

Y todas las tardes, solo o acompañado por Severus, Harry se acercaba unos momentos a ese lugar, a observar, con los ojos brillantes y la sonrisa en los labios, como los niños jugaban y corrían alrededor del árbol. Y a rogar porque esas risas nunca se apagaran, y porque algún día, fueran sus hijos los que jugaran y rieran como esos niños.






Embajada del Reino Unido
de Gran Bretaña e Irlanda
Estambul-Turquía



Seamus se detuvo en un parque, casi un pequeño bosque, desde el cual podía observar la hermosa casa donde estaba ubicada la sede de la Embajada del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda. Era Nochebuena, y era más que evidente que en el palacete había una gran fiesta, dada la gran cantidad de carruajes y cocheros que estaban parados en las cercanías, y la total iluminación de la Mansión.

Se detuvo un buen rato, indeciso. Su aspecto debía resultar lamentable ante los ojos de cualquiera. En contra de lo esperado, el final de su trayecto por tierras turcas había resultado incluso más penoso que por Moribia. Después de atravesar la frontera, había comprado un buen caballo y diversos artículos para el viaje, y había avanzado rápidamente los primeros días. Sin embargo, no había contado con los asaltantes de caminos, con quienes se tropezó unos días antes de llegar a Estambul. Estos le habían golpeado y sustraído todo lo que tenía, dejándolo abandonado a su suerte.

Unos parroquianos lo habían recogido y curado, pero eran personas muy pobres y poco pudieron ayudarlo en su predicamento, así que tuvo que terminar su camino en carretas de buenos samaritanos o caminando, cuando no hubo nada más.

Ahora estaba sucio, hambriento y terriblemente cansado, y la idea de tener que dormir en ese bosque le resultaba definitivamente desagradable.

Además, la misión que lo había llevado allí era muy urgente. Si estaba celebrándose una fiesta, era más que seguro que quien había ido a buscar estuviera allí en ese momento, no podía dejar escapar esa oportunidad.

Sintiendo que cada uno de sus pies pesaba un quintal, avanzó penosamente hacia la mansión. A medida que se acercaba, la música inundó sus oídos, y pensó distraído que, si aguzaba el oído, incluso podría percibir las risas de los invitados.

—¿Qué buscas aquí?— le increpó la voz del rígido militar que estaba de guardia en la puerta de la embajada—. Las limosnas se piden por la parte de atrás, pero pierdes tu tiempo, hoy hay fiesta, no se atienden pordioseros.

Ante la fuerte agresión, Seamus se envaró y se enfrentó al uniformado.

—No soy un limosnero— replicó, molesto—. Vengo a buscar a alguien.

—Claro, supongo que eres amigo de uno de nuestros excelentísimos invitados, ¿no?— se burló el otro—. ¡Largo!

Seamus tragó con fuerza, en un intento de no contestar a aquel imbécil como en realidad quería.

—Por favor, es muy importante— pidió con tono casi de súplica—. Es caso de vida o muerte.

—Si, supongo que si no comes hoy mañana amanecerás muerto, pero no es mi problema.

—Señor, por favor— hizo un nuevo intento—. Traigo un mensaje del Príncipe de Moribia y…

—¿Moribia ha dicho?— lo interrumpió una suave voz.

Ante eso, ambos hombres cesaron su discusión y enfocaron la vista en el origen de la bella voz. El guardia se colocó en seguida en actitud marcial.

—Lord Lovegood, Milady— se inclinó en señal de respeto—. Bienvenidos a la embajada; pasen, por favor.

—No— se negó Luna, mirando a su padre—. Papá, por favor, el Príncipe de Moribia es el prometido del hermano de Lord Neville. Si este hombre trae un mensaje debe ser para él.

—No es más que un mendigo, Milord— insistió el guardia.

Lord Lovegood permaneció un rato pensativo, mirando la suplicante cara de su hija. Al fin, se dirigió al guardia.

—Creo que al menos debemos a este hombre el beneficio de la duda— declaró, antes de enfocar su mirada en el mensajero—. ¿Cómo te llamas?

—Seamus Finnigan, Milord.

—¿Dices que traes un mensaje del Príncipe de Moribia?— el otro asintió—. ¿Me lo permites?

—No puedo, Milord. Me ordenaron entregarlo únicamente al destinatario.

—Se los dije, es un… — sin siquiera mirarlo, Lord Lovegood alzó una mano para callar al guardia.

—¿Para quién viene dirigido el mensaje?

—Lord Neville Potter.

—Te lo dije, papá, debe tener relación con el hermano de Lord Neville.

—Así parece— replicó el hombre, sonriendo a su hija. Luego, miró nuevamente al guardia—. Le agradecería que llamara a Lord Potter— una vez más alzó la mano para evitar la réplica del hombre—. De inmediato— cuando el militar se apresuró a obedecer, miró a su esposa y a su hija—. Creo que es mejor que entremos.

—No, papá, esperemos a Lord Neville— rogó Luna—. No vaya a ser que ese guardia se haga el desentendido.

Aunque no era una situación muy usual, el hombre sonrió, aceptando. Generalmente, le era muy difícil rehusarse a una petición de su pequeña. Minutos después, Neville aparecía en el umbral, con el rostro sombrío y el ceño fruncido. Antes que nada, se inclinó y saludó a Luna y su familia, para luego enfocar su ansiosa mirada en Seamus.

—Soy Neville Potter, ¿es cierto que me traes un mensaje de Moribia?

—Sí, Milord— el joven sacó un sobre de entre su ropa y se lo entregó. Neville leyó el remitente, al tiempo que murmuraba.

—Es de Harry— sin abrir aún la misiva, miró nuevamente a Seamus—. ¿Qué pasó? ¿Por qué te mandaron aquí?— su tono de voz era apremiante—. ¿Cuál es la situación en Moribia?

—Lord Neville— la voz de Xenophilus Lovegood captó su atención por un momento—. Este hombre se ve a punto de desfallecer, no creo que sea capaz de dar muchas explicaciones en ese estado.

—Sí, tiene razón— aceptó el joven luego de meditarlo unos segundos. Luego se giró al guardia, que había regresado a su posición de vigía—. Consiga que atiendan al señor…— miró al mensajero.

—Seamus Finnigan, Milord.

—Que atiendan al señor Finnigan. Ubíquenlo en una de las habitaciones de huéspedes. Que pueda darse un buen baño y cene apropiadamente, y diga a mi valet personal que le suministre algunas de mis prendas para que se vista, el caballero es mi invitado— miró a Seamus—. Soy algo más grueso que usted pero creo que mi ropa no le quedará tan mal.

—Milord, no tiene que molestarse, yo…

—Usted me está haciendo un inmenso favor al traer noticias de mi hermano. Sé que está cansado, pero necesitaré hablar con usted esta misma noche, si no es demasiada molestia.

—Por supuesto que no, para eso me enviaron.

—Entonces, cuando esté listo, lo esperaré para que conversemos— miró al guardia, que observaba toda la escena, asombrado—. Diga a mi valet que en cuanto el señor Finnigan termine de asearse y cenar, lo guíe hasta el saloncito azul.

Luego que ambos partieran, Neville se giró hacia los Lovegood.

—Ustedes evitaron que lo echara, ¿verdad?— preguntó, al tiempo que ofrecía el brazo a Luna para entrar a la casa.

—¿Cómo lo sabes?— preguntó ella, mientras seguían a sus padres, que caminaban unos pasos adelante.

—Conozco al sujeto, suele ser bastante desagradable con la gente pobre que se acerca a la embajada. Si estuviera en mi mano, lo hubiera despedido hace tiempo. Gracias por todo.

Luego de dejar a Luna y sus padres cómodamente instalados en el salón de recepción, Neville se ubicó en un rincón del salón y abrió la carta. A medida que leía, su rostro se iba ensombreciendo. Al terminar, quedó unos momentos reflexionando. Al fin, levantó la cabeza y buscó por todo el salón hasta encontrar su objetivo, un hombre alto y regordete, Lord Amos Diggory, embajador del Reino en Turquía.

—Muchacho, estupenda recepción, gracias por ayudarme a organizarla— dijo el hombre en cuanto Neville llegó a su lado, antes de agregar, mirando a sus compañeros de charla—. Este joven será algún día un estupendo Marqués de Potter, digno heredero de su padre.

—Favor que usted me hace— replicó el más joven, un tanto abochornado—. Milord, si me permite, quisiera hablar un par de cosas con usted. Es urgente.

—Claro, muchacho— miró a los demás—. Amigos, si nos disculpan.

Pese a su carácter cordial y bonachón, Amos Diggory no estaba en ese puesto por casualidad, así que enseguida intuyó que lo que fuera que le sucedía a su subordinado, era algo grave.

>>Vayamos a mi despacho- dijo mientras empezaba a caminar.

—Mejor en el saloncito azul. Cité allí a alguien importante que vendrá en un rato.

Siguieron caminando y ninguno habló nada más hasta que ambos estuvieron cómodamente instalados en el privado recinto.

—Entonces, Neville, ¿qué pasa?

—¿Recuerda que le conté que mi hermano estaba comprometido con el Príncipe de Moribia?

—Sí, el pequeño Harry— el hombre sonrió—. Ese Príncipe tiene mucha suerte.

—No por el momento.

—¿Qué quieres decir?

—Escuche.

Neville desplegó la carta de Harry y comenzó a leer.


Querido hermano

Supongo que te extrañara recibir esta carta a través de un mensajero, pero puedes confiar completamente en él, es absolutamente leal a Severus.

Neville, estamos en serios problemas. El Castillo de Piedra fue tomado hace varios meses y el Rey Albus Dumbledore, asesinado. Su hijo Severus, mi prometido, se vio obligado a huir a las montañas junto con los hombres leales a él.

Desde entonces, ha estado luchando por recuperar su trono, y en estos momentos, en Moribia estamos en guerra civil.

Hace unos meses, el usurpador consiguió una carta que Severus me envió informándome de la situación. Con no se qué loca idea, hizo imitar su letra y me envió una carta diferente, pidiéndome que viajara a Moribia bajo la excusa de que el Rey estaba muy enfermo y quería conocerme antes de morir.

Severus y su gente lograron rescatarnos antes de caer en manos de ese loco, y ahora Hermione, tío Remus y yo nos refugiamos con los rebeldes, en las montañas del norte.

Neville, no te preocupes, por ahora estamos bien. Pero necesitamos ayuda. ¿Crees que podrías conseguir el permiso para venir a ayudarnos? Por favor, es realmente urgente.

Hay otra cosa que necesito contarte, y por favor, no te enojes. Severus y yo vamos a casarnos. En circunstancias normales jamás lo haría sin que mamá y padre estuvieran aquí, los extraño tanto; pero estas no son circunstancias normales.

Por favor, cuéntaselos del mejor modo y diles que me perdonen. Cuando podamos vernos, Severus y yo les explicaremos todo con calma.

Te quiero mucho, hermano. Hermione te manda todo su amor. Por favor, diles a nuestros padres que los amamos con todo el corazón.

Ojalá el mensajero pueda llegar hasta ti, ruego por ello.

Harry



—Diablos, ¿cómo es posible que Moribia esté en guerra civil y nosotros no nos hayamos enterado siquiera?— exclamó Lord Diggory cuando Neville terminó de leer.

—Las comunicaciones son pésimas por estos lugares— el joven tenía el semblante profundamente sombrío—. Y al parecer, ese usurpador tomó muchas previsiones para evitar que se conozca la situación del país en el exterior— miró al hombre mayor un buen rato antes de continuar—. Tengo que ayudar a mi hermano, Milord.

—Por supuesto que sí— aseveró el otro—. Pero no puedes movilizar tu pelotón sin la autorización de Londres, es absolutamente impensable. Además, si la situación es tan grave como parece, no creo que cuarenta hombres sean suficientes, por muy armados que estén.

—¿Y qué sugiere?

—Ya sabes que Cedrid pertenece a la Armada Real, ¿no?— el más joven asintió en silencio—. Está sirviendo en un acorazado que por ahora está anclado en el puerto de Bulgaria. Su capitán es Rufus Scrimgeour; él, tu padre y yo servimos juntos en la India. Es buen amigo de James y estará encantado de ayudar.

—Pero también necesitará autorización de Londres.

—Es cierto. Mañana es domingo, y además el Día de Navidad, la oficina de telégrafos estará cerrada. Pero el lunes a primera hora debes ir a poner un mensaje urgente a tu padre. Conociendo a James, estoy más que seguro que conseguirá los permisos. Pero antes de eso, deberíamos planear una estrategia, para que Rufus sepa qué hacer— miró fijamente a Neville—. Ese mensajero, ¿crees que pueda darnos una correcta explicación de la situación?

—Sí, se ve que es un joven bastante listo. En todo caso, debe estar al llegar. Le pedí que luego de asearse y comer un poco, se reuniera conmigo en este saloncito.

—Entonces vamos a tomar un coñac mientras esperamos, ¿te parece?

Neville sirvió un par de copas y ambos se sentaron frente al fuego, especulando todavía sobre la situación en Moribia. Unos veinte minutos después, sonaron unos discretos toques en la puerta.

—Adelante— concedió el embajador.

—Milores— informó el sirviente que entró—, el señor Finnigan está aquí afuera, dice que Lord Potter lo espera.

—Sí, por favor, hágalo pasar.

Impresionado por el cambio que había dado el mensajero, luego de bañarse, rasurarse y ponerse ropa limpia, Neville lo recibió con una sonrisa y le presentó a Lord Diggory, quien luego de saludarlo amablemente, se dirigió a un armario, buscó un rato y al fin extrajo un largo rollo de pergamino. Regresó y lo extendió sobre la pulida superficie de madera de su escritorio.

—Bien, éste es Moribia— señaló la zona en el mapa—. Señor Finnigan, ¿podría señalarnos la situación actual?

—Por supuesto, Milord. Las tropas del usurpador dominan toda la frontera con Turquía, además de Anktar, la capital, y los poblados cercanos. El Príncipe y los rebeldes estamos refugiados en las Montañas Nubladas, al Norte. La zona Oeste sigue bajo nuestro dominio.

—¿Y el puerto?— preguntó el embajador.

—Está dominado por el usurpador, pero tiene pocos hombres en esa zona.

—Atacar desde Turquía a través de la frontera no suena inteligente— Neville frunció el ceño, pensando—. Serían demasiados días de camino, sin contar con la cantidad de resistencia que encontraríamos.

—Tienes razón— aceptó Amos Diggory—. Creo que lo mejor es conseguir un barco y navegar por el Mar Negro hasta Rize. Allí podemos esperar a Lord Scrimgeour y ponernos de acuerdo. Lo mejor sería atacar por dos flancos diferentes.

Neville estudió el mapa y luego miró a Seamus.

—¿Cómo están las relaciones del Príncipe con Zoriam?

—No lo apoyan, pero tampoco al usurpador. De hecho, nos han vendido armas y alimentos.

—¿Dices que la gente del Príncipe sigue dominando la zona que es frontera con Zoriam?

—Sí, Milord.

—¿Qué estás pensando, Neville?— preguntó el embajador.

—Como bien dijo, Lord Amos, lo mejor sería atacar por dos flancos, y seguir hacia Anktar— contestó Neville—. Lord Scrimgeour podría atacar desde el puerto y subir hacia la capital, y mis hombres y yo cruzaríamos la frontera por el Oeste.

—Suena bien— aceptó Amos Diggory.

—Incluso podría unirse con nuestros hombres y avanzar desde allí— sugirió Seamus.

—Mientras no tengamos que pelear también contra ellos— Neville se veía algo dudoso.

—Por eso no se preocupen. Todos los partidarios del Príncipe sabemos que los ingleses son amigos, serán muy bien recibidos.

—Queda un problema, ¿cómo podríamos avisarle al Príncipe, Harry y los rebeldes de las montañas?

—Eso déjelo de mi cuenta— replicó Seamus—. Yo me encargaré, desde la frontera Oeste es mucho más fácil llegar a las Montañas Nubladas. Para el momento que ustedes lleguen a Anktar, mi Príncipe los va a estar esperando, se lo aseguro.

—Bien, entonces sólo queda esperar la aprobación de Londres y pondremos el plan en marcha— declaró el embajador, satisfecho.

“Y esperar que mis familia esté a salvo mientras llegamos hasta allí” , pensó Neville Potter, aunque nada dijo en voz alta. De algo estaba seguro, si alguien se atrevía a dañar a su hermano o a alguno de los suyos, lo pagaría muy caro.






Montañas Nubladas
Moribia



En el campamento, la Nochebuena había resultado realmente hermosa. Primero habían cenado un delicioso venado asado y brindado con kvas. Luego, muchos de los presentes habían tomado quinqués, y alumbrados por sus pequeñas llamas y el reflejo de la luna creciente y las brillantes estrellas, se habían encaminado a la explanada del mirador, donde el vicario Flamel había celebrado una ceremonia de agradecimiento porque estaban vivos y juntos, y en recuerdo a todos los que habían caído en esa absurda guerra.

Después de la ceremonia, se habían reunido alrededor del árbol de Navidad, en cuyo pie había múltiples regalos, carritos de madera, muñecas de trapo y otros objetos rústicos, que las buenas gentes habían elaborado en sus ratos libres con el único objetivo de conseguir una sonrisa de felicidad en los niños.

Mientras los pequeños abrían sus regalos, lanzando gritos de júbilo, los mayores comenzaron a entonar cánticos navideños, que resonaron en la quietud de la noche como la más gloriosa melodía.

—Que hermoso— musitó Hermione, que miraba a los niños jugar, emocionados.

—Sí, a pesar de todo, ésta ha sido una Nochebuena grandiosa— agregó Draco.

—Porque estamos juntos— musitó Severus, estrechando a Harry contra sí—. A veces olvidamos que la felicidad no se encuentra en las cosas grandes y caras, sino en los sentimientos y en las cosas sencillas. Ojala que todos nuestros amores pudieran estar hoy con nosotros.

Harry acarició su rostro, suponiendo acertadamente que su esposo estaba pensando en su padre muerto.

—Lo están, amor— musitó con infinito cariño—. Aquellos que amamos están en nuestros corazones. Mientras sigan ahí, siempre estarán a nuestro lado.

Mientras el Príncipe sonreía y se inclinaba a besarlo, un par de niños se acercaron corriendo.

—Harry, ¿nos cuentas de nuevo la historia de San Nicolás?

El joven asintió, sonriendo, y tomando las pequeñas manos de los niños, se dejó guiar hasta el pie del árbol, donde ya le esperaban los demás. Mientras empezaba a contar la historia con voz dulce, Severus pensó que, mientras lo tuviera a él, su Navidad siempre sería la mejor Navidad.






Mansión Potter
Londres



Lily y James Potter estaban sentados en el saloncito familiar, observando las llamas de la chimenea. El Marqués tenía una copa en una mano, mientras con el otro brazo acurrucaba a su esposa contra él. Ninguno de los dos hablaba, pues ambos recordaban la felicidad de navidades pasadas, cuando habían tenido a sus niños junto a ellos, volviéndolos locos y haciéndolos inmensamente felices.


—Mamá, Neville me acaba de decir que Santa no existe— decía un compungido Harry de seis años—. No es cierto, ¿verdad, mamá?

—No, amor, no es cierto. Santa existe y va a venir esta noche. Y como te has portado muy bien, te va a traer un montón de cosas divertidas.

—¿Libros de aventuras?

—Sí, libros de aventuras.

—¿Y por qué Neville me dijo eso si no es verdad?

—Ven aquí, campeón— lo llamó James. Cuando el niño se acercó, lo sentó sobre sus rodillas—. Neville no quiso mentirte. Lo que pasa es que cuando la gente crece, olvidan que Santa realmente existe, y no lo vuelven a recordar hasta que tienen un bebé.

—¿O sea que a Santa sólo lo conocemos los niños y las mamás y los papás?

—Exacto.

—Pues yo nunca lo voy a olvidar por mucho que crezca. Te lo prometo, papá



La Marquesa Potter pasó una mano por la falda de su vestido, alisando una inexistente arruga.


—Mamá, es precioso— la bella quinceañera se miraba en el espejo, admirando su vestido nuevo.

—Te vas a ver hermosa en la cena, hija— alabó Lily Potter.

—Gracias por adelantarme mi regalo de Navidad, mami— Hermione se acercó a la dama y la abrazó. Su madre acariciaba su cabello, cuando sintieron un ligero toque en la puerta.

—¿Se puede pasar?

—Sí, papá, pasa— concedió Hermione.

La puerta se abrió y la figura de James Potter, elegantemente vestido, se perfiló en el umbral.

—Vine a escoltar a mis chicas hasta el comedor— declaró con una sonrisa—. Dios, Hermione, estás preciosa.

La joven corrió a abrazar a su padre.

—Gracias por el regalo, papá.

—Fue un placer, cariño— el hombre beso su mejilla, se separó y dobló los brazos—. Entonces, bellas damas, ¿listas?



James dio un largo trago a su copa y abrazó a su esposa más cerca de su cuerpo


— ¿Te vas a ir a la India?— preguntó Lady Potter, desconsolada, mirando a su hijo mayor que, enfundado en su vistoso uniforme de gala, estaba parado frente a ella.

—Sí, mamá. Mi barco zarpa en diez días.

—¿Pero por qué tan lejos?— los ojos de la dama estaban llenos de lágrimas contenidas.

—Mujer, es un soldado, debe ir a donde lo destinen. No puede elegir— intervino James.

—Pero aún es muy joven. Y estamos en Navidad.

—Todavía no embarco, mamá. Es Nochebuena y la voy a celebrar en casa, y también el Día de Navidad.

—Sí, pero es la India.

—Lily— advirtió James, impaciente.

Neville sonrió con indulgencia y abrazó a su madre.

—Voy a estar bien, mamá. Y los voy a extrañar mucho. Pero el tiempo pasa pronto, cuando menos lo esperes estaré de nuevo en Londres, molestando.

—¿Escribirás?

—Lo prometo.

—¿A diario?

—Lily— advirtió de nuevo el patriarca Potter.

—No creo que se pueda a diario, mamá— Neville la abrazó, riendo—. Pero lo haré cada vez que pueda, ¿está bien?

—Si no hay más remedio.



Un largo suspiro al unísono escapo de los labios de los Marqueses de Potter.

—James, prométeme que, pase lo que pase, esta será la última Navidad que pasamos solos.

El hombre la miró y la besó con dulzura.

—Te lo juró, mi amor. Así el Parlamento se venga abajo, no volveremos a pasar una Navidad sin nuestros hijos nunca más.






Palacio de Piedra
Anktar-Moribia



Blaise se arropó mejor con la delgada cobija, las malditas mazmorras eran terriblemente frías. Fue hacia la pared y trazó una nueva rayita. Otro día en ese inmundo lugar.

Veinticuatro de diciembre. Quiso llorar al recordar los Fines de Año de su infancia, con sus padres vivos, rodeado de afecto y cuidados. Incluso el año anterior, cuando su madre aún vivía, cuando él todavía era feliz.

Pero no lloraría, jamás daría ese gusto a sus captores. Ése era simplemente un día más de resistencia, pensó, mientras temblaba de frío. Sólo un día más.






Palacio de Piedra
Anktar



—¿Lucius?— llamo Argus Malfoy, asomándose al despacho Real. El recinto estaba a oscuras y la figura rubia se perfilaba gracias a la luz de la luna que se colaba por la ventana—. ¿Qué haces aquí solo? ¿Los invitados preguntan por ti?

—Que no fastidien— bufó el usurpador, mientras llevaba un vaso a sus labios.

—Pero vinieron a rendirte honores, es Nochebuena.

—¡Y una mierda!— un nuevo bufido de furia—. Esos sólo vinieron a gorronear. Se muestran obedientes y obsequiosos, pero me clavarían un puñal por la espalda si tuvieran oportunidad.

—Es posible, pero todos los cortesanos son así. Sal y deja que te halaguen un rato, disfruta la fiesta.

—¿Cómo quieres que salga a divertirme como si nada?— Lucius tomó una botella y se sirvió nuevamente—. Hace casi dos semanas desde que vino Pettigrew a decirnos que el inglesito se casó con mi maldito hermanastro. Dos semanas desde que recibió órdenes precisas y hasta ahora no ha dado señales de vida.

—No debe ser tarea fácil atraer a ese joven a la trampa, debe estar muy vigilado— argumentó Argus.

—No tengo toda la vida para esperarlo, maldición. Cada día que pasa es un riesgo. Los rebeldes son cada vez más peligrosos; no sólo no han salido de las montañas, como anticipó el inútil de McNair, sino que ahora hasta los desgraciados montañeses se han aliado con ellos. Y si por casualidad Severus logra enviar un mensaje y los ingleses llegan a apoyarlos, estaremos perdidos— el vaso tembló en la mano, antes que Lucius lo llevara a sus labios. Luego de dar un largo trago, fijó los plateados ojos en su tío—. Mi única oportunidad es apoderarme de Harry Potter y atraer a Severus al palacio. Estoy seguro que mi desprendido hermanastro acudirá de inmediato a su rescate— continuó con ironía—. Entonces lo mataremos, y sin su líder, serán pan comido. ¿La gente sigue esperando en el lugar convenido?

—Sabes que sí— replicó el hombre, algo cansado, ya perdía la cuenta de la cantidad de veces que había contestado esa pregunta.

—¡Maldición, Peter Pettigrew!— espetó Lucius, furioso, lanzando el vaso contra la pared—. Más vale que te apures con el encargo o acabaré contigo con mis propias manos.






Montañas Nubladas
Moribia


El veinticinco de diciembre, Harry se despertó más tarde de lo habitual; de hecho, hacía un par de días que le costaba un tanto despertarse. Desperezándose, buscó a su lado y notó, frustrado, que ya Severus había salido.

—Ni siquiera el día de Navidad— se lamentó en voz alta, y se incorporó con un suspiro.

Un ligero mareo le acometió y se quedó sentado, respirando pausadamente.

>>Debo recordar no levantarme tan rápido— siguió en voz alta, antes de llevar una mano a su nalga derecha—. Y esta picazón continúa, demonios.

—¿Qué picazón?

Harry levantó rápidamente la cabeza, fijó sus verdes ojos en la entrada de su cuarto y sonrió al observar a su esposo con una bandeja en la mano.

—Sev— exclamó alegre, se levantó y se acercó al hombre—. Pensé que habías tenido que salir del campamento.

—Por nada del mundo, hoy es Navidad; sólo fui a buscar el desayuno— colocó la bandeja en la mesita cercana y luego encaró a su pareja—. Dijiste que sentías picazón, ¿en dónde?

—Pues…— Harry se ruborizó, pese a todo aún sentía vergüenza para ciertas cosas.

—¿En tu nalga derecha?— insistió el hombre—. ¿La marca?

—¿Y cómo lo sabes?— inquirió Harry, intrigado.

—Te vi rascarte— contestó el otro, ensombreciendo el semblante—. ¿Hace cuánto te pica?

—Desde ayer— miró a su esposo, preocupado—. Severus, ¿qué pasa? ¿Por qué pones tan mala cara?

—Dios, Harry, nunca imaginé que esto pasaría tan pronto.

—¿Esto? ¿A qué te refieres, Severus? No entiendo.

Mirándolo con preocupación, el Príncipe tomó su mano y lo guio hasta la cama.

—¿Harry, me permites observar la marca?

Un tanto asustado, el joven alzó la camisola que usaba para dormir y le mostró su nalga derecha. Al verla, el hombre jadeó sin poderlo evitar.

—Severus, me estás asustando, ¿tengo algo malo?— al ver que el hombre tardaba en responder, insistió—. ¿Sev?

—No, no es nada malo— contestó, jalándolo suavemente para que se sentara en la cama, a su lado—. Verás, la marca tiene otra propiedad que aún no te he dicho— al ver que contaba con toda la atención de Harry, continuó—. Hay una circunstancia en la que cambia de color y empieza a picar. Es como un aviso.

—¿Un aviso?— repitió—. ¿Un aviso de qué?

—Harry, amor, estás embarazado— el otro se quedó sin habla, mientras su cerebro trataba de asimilar la idea—. Lo siento tanto.

—Embarazado— musito Harry, la voz impregnada de ternura, antes de levantar sus alarmados ojos hacia Severus—. ¿Lo sientes? ¿No quieres a nuestro bebé?— era casi un gemido agónico—. Yo sé que mi embarazo viene a complicarte mucho la vida pero…

—Oh, no, no, no— el hombre abrazó a su pareja y, dando un pequeño impulso, lo alzó y lo sentó sobre sus piernas, acurrucándolo contra su regazo—. No, amor, no pienses eso ni por un momento. Claro que quiero a este bebé y a todos los que tengamos en un futuro. Pero un embarazo masculino es complicado, y las circunstancias actuales no son las mejores. Tengo miedo por ti y por el bebé.

—Saldremos con bien, Severus— alzó el rostro y besó a su pareja con ternura—. Nuestro bebé es un regalo del cielo, que Dios nos reveló justo el día de Navidad. Es un aviso. Y es el mejor regalo que pude recibir el día de hoy.

—También para mí.

—Feliz Navidad, Severus.

—Feliz Navidad, mi amor





Severus D. Snape….. Príncipe Heredero de Moribia
Harry Potter……….. Lord inglés, prometido del príncipe
Lucius Malfoy…….. Hermanastro de Severus, usurpador del trono
Sirius Black…….. …Capitán de la Guardia de Palacio
Remus Lupin……… Tío de Harry y Hermione, heredero del Conde de Lupin
Draco Malfoy……… Noble fértil, hijo de Lucius y sobrino/pupilo de Severus.
Hermione Potter…….Hermana de Harry y prometida de Sirius Black
Lily Potter…………… Madre de Harry, Marquesa de Potter
James Potter………. Padre de Harry, Marqués de Potter
Neville Potter…….. Hermano mayor de Harry, capitán del ejército de Su Majestad
Luna Lovegood……. Hija de padre inglés y madre turca, residenciada en Turquía.
Zulub Hagrid…….. Jefe de los moribs
Seamus Finnigan….Mensajero perteneciente a la guardia moribiana.
Xenophilus Lovegood … padre de Luna
Amos Diggory…… Embajador del Reino Unido en Turquía
Rufus Scrimgeour… Capitán de un acorazado de la Armada Real del Reino Unido.
Peter Pettigrew….. ¿Quién va a ser? La rata.
Walden McNair….. Jefe de las fuerzas de asalto de Lucius




sev harry







“No es el árbol, ni la chimenea.
La Navidad es el calor que vuelve al corazón de las personas,
la generosidad de compartirla con otros
y la esperanza de seguir adelante”
Anónimo
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El amor que salvó un reino. Capítulo 17. Un regalo de Navidad muy especial
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