La Mazmorra del Snarry


 
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 La familia que siempre quise. Capítulo 11.

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Araleh Snape

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MensajeTema: La familia que siempre quise. Capítulo 11.   Sáb Jun 29, 2013 1:05 pm


CAPÍTULO 11



MIEDO










Al llegar a San Mungo, Harry se dirigió a la cuarta planta tal y como se lo había indicado Dumbledore, sin soltar a Adam ni un momento de su mano. El chico miraba a todos lados con total asombro, la señora Figg le había hablado de ese lugar pero se había quedado corta, en ese sitio pululaban los más extraordinarias personajes, sólo que en ese momento no tenía tiempo de quedarse a curiosear e ignoró hasta el hombre que le habían brotado orejas por toda la extensión de sus brazos, siguiendo siempre a Harry.



Al llegar al lugar que buscaban, Harry empezó a preguntar por Darina a todo aquel miembro del personal que encontrara, hasta que finalmente dio con alguien que le señaló una de las habitaciones. Apenas se dirigía hacia allá cuando vio aparecer del otro lado del pasillo a Severus Snape, corría como perseguido por el mismo demonio, y no se detuvo ni siquiera al pasar a un lado de los chicos, continuó su camino hacia la habitación en la que se suponía estaba su esposa, pero antes de entrar, un médico salió impidiéndole el paso.



— Lo lamento, las visitas están prohibidas. —le informó el galeno.

— ¡A mí no pueden prohibírmelas, Yo soy…

— No me interesa quien sea, señor. La mujer de esta habitación está bajo mi responsabilidad y necesita descansar.



Severus estuvo a punto de enviarle un hechizo al gélido medimago, pero justo en ese momento apareció Dumbledore y lo calmó con una sola de sus miradas. El médico se fue refunfuñando algo sobre llevar muggles a un hospital mágico, situación que le parecía absurda.



— ¡¿Cómo es posible que no me dejen entrar?!... ¡soy su esposo! —protestó Snape.

— No legalmente. —le recordó—. Además, ellos no saben lo que les une y no pueden enterarse, Severus. —le instó el mago mayor—. Quédate aquí con los muchachos, iré a preguntar sobre el estado de salud de Darina, recuerda que no pueden relacionarte con ellos.

— ¿Y mi hija?

— La dejé con Minerva, está muy preocupada pero nada más, así que no te angusties por ella.



Severus asintió y luego de que Albus se marchara se dejó caer sobre una silla cercana, hubiera querido derribar la puerta de la habitación con un hechizo pero sabía que Albus tenía razón, no podía actuar impulsivamente y poner aún más en riesgo a su familia. Hasta ese momento no había notado la presencia de su hijo con Potter, pero no dijo nada, de reojo miró como el Gryffindor mantenía a su hijo con la mano entrelazada para posteriormente irse a sentar con él en un mullido sillón de un rincón. Prefirió desviar la mirada y enfocarla en el suelo cuando notó que Adam se recargaba en el pecho del otro muchacho y Potter no lo rechazaba, por el contrario, le rodeó por la cintura apoyando su mentón en el hombro de su amigo mientras le decía algo al oído. Recordó la ocasión en la cueva, él había estado en una posición similar con Potter, pero ya no quiso pensar más, sacudió la cabeza vigorosamente sacando cualquier pensamiento que no fuera Darina.



De pronto, un fuerte dolor en el brazo izquierdo lo hizo emitir un gemido, y al instante, Harry abandonó a Adam y corrió al lado del profesor.



— Lo está llamando. —murmuró Harry asustado mientras sujetaba el brazo de Snape entre sus manos luego de acuclillarse frente a él—. No va a ir ¿verdad?



Severus miró por unos segundos a los ojos verdes de Harry, confundido de ver en ellos una sincera preocupación, pero no tuvo tiempo de nada más, el dolor se incrementaba y Albus llegaba en ese momento, por lo que se puso de pie notando que su hijo también se había acercado a él, aunque permaneció unos pasos atrás con timidez.



— Albus, debo irme… me está llamando. —le informó al Director.

— Entiendo, Severus, cuídate mucho. Por Darina no te preocupes, los médicos tienen muchas esperanzas en que se recupere pronto.

— Está bien, gracias… Adam, no te separes de Albus, volveré pronto.

— ¡No! —gritó Harry sujetando a Snape del brazo—. ¡No puede ir, puede ser una trampa, profesor, por favor no vaya!

— No sé qué diablos te pasa, Potter, pero no vas a decirme como hacer mi trabajo. —respondió duramente—. Ahora suéltame que no tengo tiempo que perder.

— ¡Profesor Dumbledore, no lo deje ir, por favor!

— Harry, el profesor Snape sabe cuidarse… suéltalo.



Pero Snape se soltó por sí mismo con un brusco movimiento, y se dirigió a la salida. El primer pensamiento de Harry era correr tras de él, impedirle marcharse a esa reunión, pero el profesor Dumbledore lo sujetó por los hombros para evitarlo. Harry se giró abrazándose al otro mago y lloró aterrado.



— ¡No quiero que le pase nada malo, profesor! —exclamó asustado—. Tengo un mal presentimiento en el corazón, no debió dejarlo ir… ¡no debió!

— Severus regresará a salvo, Harry, confío en él. —le intentó tranquilizar.

— ¡No, no, no!... ¡No saldrá bien, y tengo miedo, profesor, tengo mucho miedo!



Dumbledore llevó a Harry hacia el sillón en el que estaba anteriormente con Adam, mientras que el muchacho se sentaba en la silla que había ocupado su padre, no quiso decir nada, pero la reacción de Harry lo tenía preocupado y tan asustado como nunca en su vida, ahora su madre estaba hospitalizada y su padre rumbo a un sitio peligroso…realmente su corazón estaba muy asustado.



— Harry, estás preocupando a Adam. —le advirtió Dumbledore en voz baja para que el otro chico no les escuchara—. Y puedes hacer que sospeche de lo que sientes por su padre.

— Profesor, entiendo que debo calmarme, pero… —respondió aún sollozando—… le juro que tengo un mal presentimiento… ¡y yo me muero si algo le pasa!

— Nada sucederá, lo que sientes es producto de tu aprensión, deja de mortificarte por él. Severus es un mago poderoso y sabe defenderse, además, no hay ningún motivo para preocuparse, lo más probable es que Tom sólo quiera saber el motivo del fallo de su atentado, hasta el momento todo sigue igual, nadie sabe de la existencia de los Edison, y el hecho de que Darina resultara herida fue producto de la casualidad solamente.

— Le juro que en éstos momentos preferiría que estuviera con ella… pero saber que está a salvo, aunque sea con esa mujer.

— Esa mujer es su…



Harry no lo dejó continuar, abruptamente se puso de pie y se acercó a Adam, acuclillándose ante él como unos minutos antes lo hiciera frente al padre.



— No he querido preocuparte, lo siento, no me hagas caso… el profesor Snape volverá sano y salvo.

— Lo sé… gracias. —respondió con una triste sonrisa—. Mi padre fue con él ¿verdad?... fue con esa persona que te secuestró.

— Sí… pero así como pudo salvarme en aquella ocasión, él podrá volver. Ni Voldemort podría nunca con tu padre, Adam.



Adam miró a Harry agradeciendo sus palabras, aunque sabía que lo decía para tranquilizarlo, su propio padre le había hablado tanto de ese Ser maléfico que sabía que sólo Harry podría contra él, nadie más.



No pasó ni una hora cuando al fin el médico permitió que entraran a ver a Darina. Albus lo hizo en compañía del feliz Adam, pero Harry desistió amablemente, prefiriendo permanecer afuera. No pasó mucho tiempo antes de que Dumbledore saliera otra vez.



— Darina quería verte. —le dijo con seriedad—. Al parecer pensó en agradecerte por proteger a sus hijos, Harry.

— No es verdad. —negó Harry—. Antes del ataque me pidió que me alejara de ellos pues los ponía en peligro… ahora debe de estarme culpando.

— No estás siendo justo con Darina.

— No lo sé, pero no me interesa serlo… ella quiere separarme de Adam, y no lo voy a hacer. —afirmó rotundamente—. Lo de Hogsmeade no fue mi culpa, y no permitiré que nadie diga lo contrario.

— No he escuchado que alguien haya hablado de culpabilidad… aunque para serte sincero, aún me queda saber qué hacías en el pueblo, tenías prohibido bajar.



Harry se sonrojó notablemente al ser descubierto, pero no abandonó su ceño digno. Dumbledore prefirió no insistir por el momento y le pidió que regresaran a Hogwarts, Adam se quedaría a cuidar de su madre y ellos ya no hacían falta, además de que no podían permitirse llamar demasiado la atención hacia esa familia.








Al llegar al colegio, Harry volvió a sonreír al ver a la pequeña Sally esperando sentada muy quietecita en una silla del despacho de la profesora McGonagall, pero al verlo, se levantó de un salto y corrió hacia él.



— Harry… ¿cómo está mamá?

— Mejor, linda. —respondió agachándose para estar a su altura—. Adam se quedó a hacerle compañía, y mientras vienen por ti, yo te cuidaré ¿estás de acuerdo?

— Sí… ¿me enseñarás tu habitación?

— Creo que eso no será posible. —se apresuró a intervenir Dumbledore—. Harry, llévala a mi oficina, enseguida iré con ustedes.



Harry asintió comprendiendo lo que el director se proponía. Ahora era la profesora McGonagall quien sabía demasiado y eso no podía ser. Sally se mostraba muy entusiasmada ahora que sabía que su mamá estaba bien, y curioseaba fascinada toda la oficina de Dumbledore. Algunos de los antiguos directores se enternecieron de la pequeña rubia y bromeaban con ella mientras Harry simplemente observaba. Al poco rato entró Dumbledore con una triste expresión en su mirada.



— Siempre lamentaré hacerle esto a Minerva, pero no tengo otra opción.

— Le entiendo… sentí igual cuando tuve que hacérselo a Ron.

— Harry, quiero que lleves a Sally a la habitación de Severus, aunque los alumnos se encuentran recluidos en sus salas comunes por seguridad, preferiría no arriesgarme a que alguien más viera a la niña. No te moverás de ahí hasta que el profesor Snape esté de regreso y entonces me avisarás.



Harry asintió, feliz de poder estar al pendiente del regreso de Snape, así podría ser el primero en verlo y asegurarse de que estuviera bien, su corazón aún no podía latir normalmente y estaba seguro que no lo haría hasta tener noticias de su profesor. Condujo a Sally hasta la habitación de Snape y durante un buen rato se la pasó respondiendo cuanta pregunta se le ocurría a la inteligente niña, hasta que al cabo de unas horas, notó que empezaba a cansarse y decidió recostarla para que durmiera un poco, la noche ya estaba por caer.



— Tu colegio es hermoso, Harry. —dijo Sally con un profundo bostezo—. Me hubiera gustado venir aquí algún día.

— Tal vez lo hagas, cuando tengas once años recibirás una carta y…

— No creo que suceda. —respondió con tristeza—. Estoy a punto de cumplir los ocho y en ningún momento he dado muestras de magia, lo he intentado, créeme, pero no funciona… papi se desilusionará mucho.

— El profesor Snape no se desilusionaría jamás de ti, Sally, te quiere demasiado para eso.

— Quizá, pero estoy segura que, aunque no lo diga, desea con toda el alma que yo resulte ser mágica.

— Tal vez sí lo eres, pero aún no ha brotado, eres muy pequeña aún.

— ¿Cuándo empezaste a hacerla tú, Harry?

— No lo recuerdo. —confesó pensativo—. Nunca supe que podía hacer magia hasta que me llegó la carta, y las cosas extrañas que sucedían antes no las relacionaba con ello, así que no sé exactamente cuando sucedió la primera.

— Tal vez desde bebé… por eso es esto. —dijo señalando su cicatriz en la frente.

— Ya llegará tu momento, Sally.

— Probablemente me quede esperando como le pasó a Adam. —respondió con más tristeza para enseguida su rostro iluminarse con una idea—. Harry, ¿podrías prestarme tu varita un momento?... papá no me deja tocar la suya, pero he pensado que quizá con una varita pueda despertar la magia.

— No sé si sea correcto, Sally.

— ¡Por favor! —suplicó ansiosa.

— Está bien… pero ten cuidado. —le pide sacando su varita de la túnica y ofreciéndosela a la pequeña niña—. No apuntes a nada que represente un peligro.



Sally asintió y sujetó la varita con un intenso anhelo reflejado en sus ojos castaños. Buscó un objetivo y lo encontró en un cojín de un sillón cercano, le apuntó y agitó la varita… nada, ni siquiera unas cuantas chispas. Volvió a agitarla, esta vez con más fuerza, pero la respuesta fue nula. Lo mismo sucedió al tercero, cuarto y quinto intento.



— No te desanimes. —pidió Harry cuando la niña le regresó la varita con una triste sonrisa—. A veces las varitas sólo funcionan con su dueño.

— Gracias por intentar ayudarme, pero sé que no será así… ¿sabes? tu varita se parece mucho a la de papá.

— Sí, lo sé… ahora duerme, linda, ya es tarde.



Sally cerró sus ojitos y en pocos minutos cayó rendida. Harry se recostó a su lado, también se sentía cansado pero no podía dormir hasta ver a Snape. Las horas siguieron su curso, ni Harry ni Sally habían cenado pero el chico prefería no despertarla, en esos momentos era mejor que durmiera, y él simplemente tan sólo de pensar en comida se le revolvía el estómago.



“Te pareces tanto a ella” Pensó Harry apartando los mechones rubios del rostro de la pequeña. “Por eso el profesor debe adorarte… pero yo no quiero relacionarte con esa mujer, necesito pensar que sólo llevas su sangre, la de nadie más, sólo la de él”.



De pronto algo lo sobresaltó y saliendo rápidamente de la cama corrió hacia la pequeña salita del cuarto contiguo, ahí vio al profesor Snape entrando, aparentemente todo estaba bien, no se le veía herido, y un deseo impetuoso casi obligó a Harry a ir a abrazarlo, pero ni bien había dado un paso, cuando la severa mirada del hombre lo detuvo bruscamente.



— ¿Qué hace usted aquí? —preguntó con dureza—. ¿Dónde está Adam?... ¿Qué sucedió con Darina?



Harry tuvo la sensación de que su corazón ya parecía un muñeco de vudú de tanto pinchazo que sentía en él, apenas iba a responderle cuando el profesor desenfocó su mirada y cayó al suelo sin sentido. Asustado a morir, Harry corrió a ayudarlo, era demasiado pesado para él pero usando su magia pudo conducirlo hacia el espacioso sofá para que descansara mientras acudía a llamar al director por la chimenea, informándole brevemente de lo sucedido. Poco tiempo después, Dumbledore entró junto con Poppy quien rápidamente hizo a un lado al joven estudiante para poder auscultar al profesor.



— ¿Dónde está Sally, Harry? —preguntó Dumbledore.

— En la cama, durmiendo. —respondió sin apartar la mirada del profesor—. Por eso no lo llevé allá, no quería que Sally se asustara.

— Bien, ahora ve por Sally y llévala a mis habitaciones, y…

— ¡No! —negó Harry apretando los labios—. ¡No pienso moverme de aquí ni un paso, profesor Dumbledore!



Poppy miró de reojo lo que sucedía, pero no le dio demasiada importancia, tenía que concentrarse en ayudar al profesor Snape. Por su parte, Dumbledore no tuvo más remedio que suspirar resignado, era tan admirable como reprobable la actitud de Harry, pero sabía que en ese momento no podría alejarlo de ahí ni con un Imperius. Él mismo se encargó de llevar a Sally, quien aún dormía, a sus propias habitaciones en cuanto Poppy le confirmó que el profesor Snape se repondría, aparentemente estaba exhausto, debió haber utilizado todo su poder de concentración aquel día para poder cerrar su mente, lo que confirmaba que Voldemort estaba en busca de algo.



— Puede mostrarse un poco desorientado en cuanto despierte. —le informó Poppy a Harry—. Sólo intenta no confundirlo más, en un par de días estará como siempre.



Harry asintió obediente, y cuando la enfermera lo dejó solo, pudo al fin llevarlo a la cama, con cuidado le quitó los zapatos y la capa. Podía sentir que sus manos temblaban, suavemente le acarició el torso, dudando en si debería desnudarlo o no… lo deseaba tanto, jugaba con esa larga fila de botones, abría uno y lo volvía a cerrar… no, lo mejor era dejarlo así. Severus se veía tan varonil y joven cuando no estaba frunciendo el rostro. Harry había soñado tantas veces con acariciarlo, así que lo hizo, con la mayor suavidad que pudo, rozó cada pedazo de su tez con apenas la punta de sus dedos, delineando cada contorno, cada amada arruguita, y esos labios tan deseados… ¿a qué sabrían? Era demasiada tentación… no iba a tener nunca más una oportunidad así, necesitaba probarlos, necesitaba saber.



— Tuve tanto miedo por usted. —le susurró sin dejar de acariciarlo—. Me di cuenta de que no es sólo una frase cursi, realmente no podría vivir si algo malo le sucediera. Sé que nunca será para mí, pero… lo amo tanto.



Harry fue inclinándose, toda la sangre le revoloteaba por sus venas, iba a besarlo y nada ni nadie lo detendría. Finalmente sus labios se unieron y se sintió en el cielo, era algo increíble, y de pronto, la mano de Severus se levantó colocándose en la nuca de Harry, atrayéndolo más hacia él e intensificando el beso apasionadamente. Harry no había sido más feliz en su vida, Severus Snape lo estaba besando y ese era el mejor día de su existencia. Los labios del profesor succionaban los suyos, la lengua fuerte y experimentada entraba en su boca, acariciándole sensualmente y Harry le correspondió igual, intentando darle el mismo placer que él tenía, y trasmitiéndole todo su amor.



— Darina… —susurró Snape rompiendo nuevamente el corazón de Harry.

— No soy ella. —respondió separándose con lágrimas en los ojos.

— Potter. —dijo Snape en cuanto fijó sus ojos en él para reconocerlo al instante—. ¿Tú me besaste?

— Sí. —aceptó valientemente—. Lo siento.

— ¿Porqué?.... besas muy bien, Potter. —le dijo humedeciendo un poco sus labios percibiendo el sabor que todavía permanecía en ellos.



Harry abrió los ojos estupefacto, pero enseguida comprendió que el profesor aún se encontraba muy confundido, sus hermosos ojos negros volvieron a cerrarse y enseguida recayó en un profundo sueño.











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Yuki Fer
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MensajeTema: Re: La familia que siempre quise. Capítulo 11.   Miér Jul 31, 2013 4:55 pm

...T_T sensei eres demasiado cruel con harry como que le besa y luego se duerme...es injusto...pobre harry...su corazón de seguro ya es un rompecabeza....u_u de tanto que se lo rompe en pedazo snape...u_u
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