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 La familia que siempre quise. Capítulo 10.

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Araleh Snape

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MensajeTema: La familia que siempre quise. Capítulo 10.   Sáb Jun 29, 2013 1:03 pm

CAPÍTULO 10



UN AVISO











A la mañana siguiente, Harry miró tristemente hacia la mesa de los profesores mientras intentaba desayunar. Snape no estaba ahí pero recordaba las palabras de su profesor con bastante claridad sobre todo refiriéndose a la mayor razón de su odio por él y le parecía realmente infranqueable, él nunca le perdonaría ser tan poderoso cuando su hijo era tan frágil.



Quería verlo, a pesar de todo quería verlo, pero Snape seguía sin aparecer, seguramente aún no regresaba de llevar a su hijo a su casa… y ese pensamiento le trajo un nuevo dolor, evitaba siempre recordarlo pero cada vez le era más difícil, Severus Snape era un hombre casado, tenía una familia y además no era gay, así que aunado al odio feroz que le tenía, ya debía de haberse resignado a que ese amor que sentía no tenía razón de ser, ya debería estar empezando a luchar por olvidarlo, pero no podía, no quería hacerlo… lo amaba tanto.



— ¿Te enteraste de lo de Malfoy? —le preguntó Ron a su lado, despertándolo de su ensimismamiento—. Han dicho que lo han encontrado en el pasillo de las armaduras, totalmente desnudo y colgado del techo, parece que nadie ha podido bajarlo y además, él no despierta, está como en un trance o algo así.

— Me da igual. —respondió encogiéndose de hombros mientras veía como la voz corría por todo el comedor y alumnos y profesores salían a ver lo sucedido con Draco.

— ¿Cómo que te da igual? —cuestionó Ron—. ¿Te sientes bien?... otro día hubieras sido el primero en salir a ver. Anda, vamos, si es como lo describen quiero tener una imagen en mi cerebro.



Harry exhaló todo el aire de sus pulmones y se puso de pie para acompañar a su amigo, no quería ver a Draco Malfoy, pero debía disimular para no levantar sospechas. Al llegar al mencionado corredor, vio una pequeña multitud que se aglomeraba bajo el sitio donde colgaba Draco sujeto por las muñecas, la mayoría lo miraba con asco y otros, como la profesora de transformaciones y el profesor Flitwick, intentaban ocultar sus náuseas para ayudar al chico, pero les era aún imposible. Draco continuaba colgando del techo, con un hechizo de Furnunculos diseminados por su cuerpo pero concentrándose sobre todo en sus genitales, los cuales supuraban notablemente, y un letrero pegado a su tórax con la leyenda “Escoria”



— Por Merlín. —murmuró Ron admirado—. Esto es genial, deberían levantarle un monumento a quien hizo esto, debe haber sido alguien que realmente lo odia… ¿fuiste tú, Harry?

— No. —respondió casi con indiferencia—. Pero ojalá y de esta forma los demás aprendan la clase de basura que es Malfoy.

— Por lo menos yo creo que muchos la pensarán para relacionarse con él… ¡que asco!



Eso era lo que más ansiaba Harry, que no hubiera otro chico o chica que seducidos por la belleza de un Malfoy, terminara viviendo la misma desgracia que Adam. Ya iba a retirarse, fastidiado de aquella situación cuando a lo lejos vio al profesor Snape acercarse al tumulto. Por un momento el hombre observó a su ex alumno favorito y enseguida se giró a mirar a Harry. Éste sintió un vuelco en el corazón con sólo sentir esa negra mirada sobre él, pero fue sólo un segundo, enseguida Snape se dirigió hacia los profesores que ahí se encontraban intentando liberar a Draco.



— Me alegra verte, Severus. —le saludó Minerva—. Tal vez podrías ayudarnos a descubrir el culpable para rescatar a tu alumno.

— Creí que ustedes eran los expertos en encantamientos… yo sólo sé pociones, así que cuando bajen a Malfoy me avisan, pero asegúrense de haberlo limpiado ya, tengo alfombras nuevas en mi despacho.



Severus giró elegantemente sobre sí mismo haciendo que su vestimenta ondeara agitando el corazón de Harry ¡Cuánto deseaba correr hacia él, gritarle que lo amaba delante de medio colegio y enseguida besarlo para jamás dejarlo ir!... pero eran sueños, y cada vez más amargos. Snape pasó junto a Harry, aparentemente ni volteó a mirarlo, pero el muchacho sintió la sangre recorrerle a gran velocidad, estaba completamente seguro que Snape ocultaba una sonrisa y que ésta era para él… tal vez el mundo podía mejorar.



Harry no volvió a ver a Snape sino hasta la siguiente clase de Oclumancia, pero ese era el único momento en que prefería que no estuviera, necesitaba concentrarse y avanzar, era de vida o muerte volverse experto en cerrar su mente si no quería un futuro peor para Adam.



— ¿Cómo está Adam?... ¿Lo ha visto hoy? —le preguntó venciendo su nerviosismo.

— No, hablé con Darina hace unos minutos por la chimenea, parece que estará bien… descansará unos días en casa antes de volver al colegio.

— Me gustaría verlo. —comentó sin mucha esperanza de ser escuchado.

— Olvídelo, Potter, no abuse de su buena suerte. —advirtió Severus sin poder evitar algo de rudeza en su voz—. Mi hijo saldrá adelante sin su ayuda.

— Bueno, olvidemos eso. —propuso Dumbledore—. Es mejor empezar con las clases de hoy, Harry.

— No se angustie, Potter. —le dijo Severus poniéndose de pie al ver su expresión casi aterrada—. No me quedaré, sólo he venido a agradecerle lo que hizo, no había tenido oportunidad de hacerlo antes.

— Yo…

— No puedes negarlo, Harry. —aseguró Dumbledore—. Sabemos que eres el responsable de lo sucedido a Malfoy, y creemos que has demostrado un gran avance en tus poderes, a Minerva le costó trabajo bajar al chico, y el Profesor Flitwick requirió de la ayuda de Sprout y Poppy para poder limpiarle esos furúnculos.

— ¿Van a castigarme? —preguntó Harry asustado.

— Es mi deber como director. —respondió Dumbledore—. Así que tu castigo es que me acompañes esta noche a cenar, tenemos mucho de qué hablar.

— Yo también tengo que hablar con Potter, Albus, ¿podría tener su castigo conmigo? —propuso Severus provocando que Harry casi se desmayara de emoción.

— No, lo lamento, Severus, pero no lo creo. Si tienes algo que decirle podrás hacerlo durante las clases o entre éstas.

— Bien, como quieras. —aceptó Severus con indiferencia—. Ahora me retiro, y nuevamente Potter… fue muy interesante lo que hizo, casi digno de un Slytherin… aclaro, de un BUEN Slytherin.


Harry inclinó la cabeza agradeciendo el cumplido, no podía hablar, la emoción se lo impedía, y Severus, sin darse cuenta de ello, salió del despacho luego de dirigirle una tenue sonrisa. Harry no le despegó la vista de encima, giró sobre sus talones hasta verlo desaparecer tras la puerta, y entonces, se viró rápidamente hacia Dumbledore con una súplica en la mirada mientras sus ojitos verdes desbordaban lágrimas de felicidad.



— Permítame hacer el castigo con él… por favor.

— No, Harry, lo siento, eso no es posible. —se negó a pesar de dolerle tanto percibir el ruego en la voz quebrada del muchacho a quien tanto quería—. Te estás haciendo daño, Harry, es mejor que lo olvides de una vez.

— No. —respondió firmemente sin dejar de llorar—. Quiero sentirlo mío, aunque sea sólo en mi corazón… quiero que sea mío.



Dumbledore abrazó a Harry sintiendo que estaba a punto de desmoronarse, y no se equivocó, en cuanto el chico lo sintió se aferró a su profesor y lloró ahogando sus sollozos en la túnica púrpura del mago mayor. Aquella ocasión Dumbledore propuso olvidarse de la clase, pero Harry se negó rotundamente y en cuanto se sintió mejor pudo realizar una estupenda sesión que provocó que su profesor se enorgulleciera de él… era una lástima que Severus no fuera soltero y le gustaran las mujeres, de otra forma los consideraría el uno para el otro, ambos tan poderosos, tan emocionales, tan idénticamente diferentes, como dos partes de una misma pieza.



Eran cerca de las siete de la tarde cuando Severus tuvo que hacer acopio de toda su entereza para no delatar la grandeza de su ira cuando Draco apareció en su despacho.



— Me enteré de lo que te hicieron. —comentó con gravedad percibiendo un sabor amargo en la boca.—. Ha sido completamente vergonzoso para la casa, Draco… ¿tienes alguna explicación que dar?

— No. —respondió el chico avergonzado, en su juvenil rostro aún se veían algunos furúnculos a punto de explotar—. No entiendo qué pasó… yo simplemente caminaba por el pasillo y no recuerdo más… pero quien haya sido, me lo va a pagar.

— ¿Alguna idea?

— Potter… sólo él se me ocurre. —respondió con rabia—. Quiso lucirse ante sus amigos, es un estúpido, Severus… ¡lo odio!

— Bien, lo suponía, pero aunque haya sido Potter el responsable, tendré que ponerte un castigo, Draco.

— ¿A mí porqué? —preguntó sorprendido—. ¡Potter es quien merece que sea expulsado, lo que hizo no fue nada gracioso y mírame, aún no se me quitan estos asquerosos granos!

— Más que esas erupciones debería preocuparte tu reputación… se ha corrido el rumor de las enfermedades que has adquirido con tu pervertida vida sexual, pero no te preocupes, ya me encargaré yo de solucionarlo.

— Gracias, Severus, sé que puedo contar contigo, padrino… ¿vas a castigar a Potter, verdad? ¡Muero por verlo limpiando retretes por lo que falta hasta la graduación!

— Pensé en castigarlo, pero Dumbledore intercedió a su favor, ya lo conoces, dice que no hay pruebas en su contra, y en realidad así es, parece que resultó más hábil que tú —respondió con una sarcástica sonrisa ante la indignación de Draco—. Y como debo ponerte un castigo, creo que lo mejor será que empieces de inmediato, deberás presentarte con ese intento de profesor que es Hagrid, serás su asistente por lo que resta del año escolar, Draco.

— ¡¿Qué?!... ¡Pero Severus….

— Es lo mejor… ¿o preferirías serlo de Dumbledore mismo? Él lo había sugerido, parece que quiere averiguar lo que sucedió realmente, es un chismoso de cuarta, ya lo conoces, y no creo que soportes ni diez minutos de su mirada benevolente mientras te ofrece caramelitos… ¿o sí es eso lo que quieres, Draco?



Draco negó con la cabeza, estaba tan furioso que no se dio cuenta que los ojos negros de Severus pudieron haberlo asesinado en ese momento de habérselo propuesto.









Esa noche Dumbledore solicitó los platillos preferidos de Harry, aunque era claro que el joven tenía poco apetito y solamente lo acompañaba por gratitud.



— Vamos, Harry, me harás sentir que realmente se trata esto de un castigo. —bromeó Dumbledore al ver que su alumno apenas si probaba alimento.

— Perdón, Profesor, no ha sido mi intención ser maleducado con usted. —se disculpó Harry preocupado—. Por favor, perdóneme, pero le aseguro que todo está delicioso.

— No te disculpes, yo lo único que quería era pasar un tiempo contigo… pero si prefieres la compañía de otra persona, está bien, sufriré en silencio. —continuó bromeando fingiendo llorar y de esa forma consiguió una brillante sonrisa de Harry—. ¡Así me gusta! Eres tan joven, Harry, tienes mucho por qué disfrutar de la vida, no tiene caso que te estanques en una obsesión.

— Ojalá y fuera solamente eso, pero he aprendido a distinguir mis obsesiones, y la única que tengo ahora es acabar con Voldemort… sólo eso.

— ¿Y sabes lo que significa?... no quiero entristecerte más, pero necesito que estés consciente de todo al momento de hacerlo, para que vayas con todas tus fortalezas bien definidas… y conozcas las consecuencias.

— Lo sé. Si todo sale bien… la familia de Snape dejará de estar en peligro, él volverá con ellos, y lo único que tenemos ahora, que es nuestro deseo de acabar con Voldemort, ya no existirá… se olvidará por completo de mí. Si tuviera esperanza alguna para mí pensaría en posponer el momento lo más posible, porque quiero disfrutar de su compañía todo el tiempo posible, pero no lo haré, acabaré con Voldemort en la primera oportunidad, porque ni el profesor Snape y ni Adam, ni la pequeña Sally, y tampoco ella… merecen lo contrario.

— Estoy muy orgulloso de ti, Harry. —afirmó Dumbledore con sinceridad—. Ojalá y pudiera tomar tu lugar para que no tuvieras que luchar… eres demasiado joven para tener tantas responsabilidades.

— Adam me dijo una vez algo parecido. —comentó con una triste sonrisa—. Fue durante el tiempo que pasé en su casa, dijo que esperaba que hubiera alguien que me ahorrara el trabajo para no tener que enfrentarme con Voldemort.

— Harry, sabes que…

— Lo sé, profesor, no habrá nadie. —terminó con amargura—. Pero a veces es lindo pensar que eso puede ser, que puedo librarme de esta obligación y concentrarme en ser feliz… No se preocupe, yo sé que sólo es un sueño y por eso quiero prepararme lo mejor posible, por todos aquellos que tienen la suerte de no tener que asesinar.

— ¿Quieres mucho a ese chico, verdad? —le preguntó secándole suavemente las lágrimas que resbalaban por las mejillas de Harry.

— Muchísimo. —respondió sonriendo un poco—. No sé qué me pasa con él, no es una amistad como la que tengo con Ron, a ambos los quiero infinitamente, pero… quizá sea el hecho de que Adam sea un squib y lo sienta más desprotegido que a Ron, y es tan tierno y tan dulce y tan…

— … tan parecido a Severus.

— No me estoy confundiendo, profesor, si eso es lo que teme. Sé muy bien quién es quien, y no pasará nada con Adam.

— No sé, Harry… tal vez sería buena idea.

— ¿Qué? —preguntó sorprendido de las palabras de su profesor.

— Adam es un excelente chico, y si te agrada…

— ¡No es Severus Snape! —exclamó Harry indignado—. ¡No quiero a nadie que no sea Severus Snape!

— ¿Te das cuenta que sí es una fijación?

— No, no lo es… ¡Es amor, y no puedo cambiar de amor sólo porque alguien se parece al que quiero!

— Bien, hubiera preferido que conocieras el amor de otra forma, Harry, pero creo que esta vez estás muy claro en tus sentimientos… pero esos sentimientos no pueden ser, deberás ir haciéndote a la idea y dejar de pensar que tienes una esperanza.



Harry desvió la mirada como queriendo borrar de la historia el consejo de su director y éste ya no dijo nada más. Al salir del despacho de Dumbledore, Harry se concentró en olvidarse de cualquier cosa que no fuera la sonrisa que Snape le había dirigido, eso lo haría mantenerse en pie hasta volver a verlo.



Fue hasta el siguiente lunes, durante la clase de pociones que eso sucedió, estaba tan ilusionado de estar cerca de él que apenas sí podía ponerle atención a la plática de Ron y Hermione quienes finalmente se rindieron ante la poca respuesta de su amigo y continuaron hablando entre ellos hasta que Snape entró en el aula provocando un abrupto silencio entre los alumnos, sólo Harry tuvo que contener un gemido de admiración, aquella mañana le parecía más sensual que nunca, llevaba una túnica negra, como siempre, con su cabello suelto y mal arreglado, como siempre, su ceño fruncido, también como siempre, pero había algo que sólo Harry podía notar, sus ojos brillaban tenuemente con una felicidad que ocultaba al mundo.



— Preparen los ingredientes y realicen la poción escrita en la pizarra, tienen que saber al final de la clase, qué tipo de poción es y cuales son sus principales efectos.



Harry enseguida comenzó con las instrucciones, en aquella ocasión tenía como compañero a Neville, pero estaba decidido a que la poción saliera bien, aún no se le olvidaba que quería mejorar en esa materia, tanto por Snape como por Adam, así que ayudó e instruyó a su amigo para que no cometiera ningún error.



Snape rondaba por entre las mesas observando el proceso, y cuando estuvo tras de Harry, éste lo sintió de inmediato, su cuerpo entero lo reconocería entre miles, sin embargo, no se atrevió a voltear, así que Snape se inclinó para mirar el interior del recipiente tal y como lo había hecho en otra ocasión, sólo que ahora no parecía tener nada que decirle. Harry luchaba para que no se notara su estremecimiento, pero es que el aroma tan masculino de su profesor le alborotaba cuanta hormona tenía en el cuerpo, y el hecho de sentir su respiración tan cerca realmente no le ayudaba en nada. Por su parte, Neville estaba aterrado ante la cercanía de su odiado profesor por lo que permaneció paralizado en su lugar. Finalmente Snape se fue sin decir nada, ni siquiera una reprimenda o una felicitación por su trabajo, aunque Harry estaba seguro que merecía esto último, la poción no tenía ningún error.



Harry tuvo que sentarse luego de asegurarse que su presencia no era tan importante para que Neville no echara a perder el trabajo, necesitaba controlarse más, estaba a punto de saltar sobre Snape y pedirle que lo tomara ahí mismo. Respiró hondo, lentamente, pero aquello que tenía entre sus piernas no quería bajar, y si no hacía algo rápido, alguien iba a darse cuenta. De pronto, vio a Snape dirigirse hacia Draco Malfoy y ante el asombro de este último, le criticó su según perfecta poción. Fue entonces que Harry supo que ya no podría contenerse y salió corriendo del salón ante la estupefacción de todos, incluyendo al propio profesor.



Al llegar al baño más próximo, Harry se descargó recargado en el lavabo, para enseguida dejarse caer sentado en el frío suelo, esperando poder recuperar pronto su respiración normal. “¡Dios, Dios, Dios, tengo que aprender a controlar mis emociones!” Se reprendió con dureza. “A él nunca le pasaría algo así… ¡Pero es que ese hombre me pone a mil!”… “Bien, no debe volver a suceder, Harry, así que compórtate”… “¿Y porqué estaría feliz hoy?... bueno, creo que eso deberías saberlo, Harry, seguramente se trata de ella”.



Harry frunció el ceño con celos, y comprobó que pensarla a ella era el mejor modo de conseguir que su amiguito se calmara un poco. Sin embargo, no podía regresar a clases, así que se dirigió a la sala común y esperó la llegada de sus amigos. Ron y Hermione fueron directamente a él en cuanto atravesaron el cuadro de la Dama gorda.



— ¿Se puede saber qué pasa contigo, Harry? —le amonestó Hermione. El profesor Snape se molestó mucho por la forma en que saliste y tiene razón, ni siquiera pediste permiso y mucho menos se te ocurrió regresar a disculparte.

— Me sentía mal. —mintió.

— Pues ahora te tocará castigo, compañero. —se condolió Ron de él—. Nos pidió que te avisáramos que te quiere en su despacho a las siete.

— ¿De verdad? —preguntó luchando por no sonreír.

— Pareces… feliz. —comentó Hermione con sospecha.

— Claro que debe estarlo. —respondió Ron adelantándose a su amigo—. Por lo menos no le prohibió ir al paseo de Hogsmeade este fin de semana.

— Tal vez para eso lo quiera en su despacho. —dijo Hermione con autosuficiencia—. Y no te molestes conmigo, Harry, pero soy de la opinión que no deberías acudir a ese paseo, puede ser muy peligroso, recuerda que no hace mucho estuviste prisionero y es probable que estén planeando recapturarte.



“Si tan sólo Snape me mantuviera en su despacho con él todo el sábado, no me importaría no ir a Hogsmeade” Pensó Harry esperanzado. Esa noche, el corazón de Harry rebotaba feliz mientras se dirigía al despacho de su profesor de pociones, seguía usando la túnica del colegio a pesar de que las clases habían terminado, era la mejor manera de ocultar por si tenía otro accidente como el de esa mañana. Entró justo en el momento en que Snape se recogía el cabello tras de su oreja para poder continuar revisando algunos exámenes, ese sencillo movimiento lo dejó con la boca abierta. Afortunadamente su profesor no se dio cuenta pues aún no se dignaba a levantar la mirada y simplemente le hizo una indicación con la mano para que se sentara frente a su escritorio.



— ¿Se puede saber qué demonios sucede con usted, Potter? —preguntó al fin mirándolo cuando sintió al joven obedecerlo—. ¿Quién se cree que es para salirse de esa forma de mi clase?

— Lo lamento. —se disculpó bajando la mirada.

— Eso no es suficiente. He dado formalmente la queja con el Director, y ha autorizado que no acuda este sábado al pueblo como sus demás compañeros.

— ¿Me castigará con usted? —preguntó ocultando su ansiedad por un “Sí”

— No… yo tengo que ir a Hogsmeade, usted se quedará en su sala común luego de la sesión de oclumancia con el Director.

— Ah. —exclamó decepcionado, algo que no pasó desapercibido para el inteligente profesor quien lo miró intrigado.

— ¿A qué se debió eso?

— ¿Qué cosa? —preguntó fingiendo inocencia.

— No trate de tomarme el pelo, Potter, algo está planeando, puedo olerlo.

— No planeo nada… es sólo que…

— Hable, no se quede callado.

— ¿Piensa ir con su familia? —preguntó armándose de valor.

— Eso no le incumbe, Potter.

— ¿Y si alguien ataca el castillo y yo estoy solo?... todos estarán en el pueblo, no creo que los alumnos de grados inferiores puedan ayudarme… ¿porqué no se queda en el colegio?

— ¡¿Qué sarta de estupideces está diciendo, Potter?! —bramó iracundo—. ¡Albus estará en su despacho y nadie va a atacar Hogwarts!

— Sí… lo siento. —volvió a disculparse al comprender lo irracional de su comentario.

— Ahora váyase a practicar Oclumancia en lugar de estar pensando en tantas tonterías… ¡En mi vida me había topado con semejante desfachatez!



Harry obedeció de inmediato, aunque se moría por quedarse más tiempo ahí, ya sea limpiando los calderos o escuchando todas sus críticas, lo que fuera. El sábado llegó muy rápido y al llegar a la sesión de Oclumancia se encontró con un mensaje de Dumbledore informándole que debía acudir a una reunión de última hora con algunos miembros de la Orden, así que le pedía regresara a su habitación y no saliera de ahí. Pero antes de que Harry pudiera obedecer, sus ojos se desviaron a la chimenea… Dumbledore debía haber salido muy apresurado para que olvidara dejarlo solo ahí olvidándose de ese medio de comunicación, aunque… tal vez hubiese tomado la precaución de desactivarla. Bien, sólo había una manera de saberlo, y dirigiéndose a la chimenea, Harry se acuclilló y arrojó un poco de polvos flú, un par de segundos más tarde, el rostro de Adam apareció



— ¡Harry! —exclamó contento de verlo, aunque a Harry le pareció que aún su mirada no era como antes, todavía debía estarle afectando lo sucedido con Draco.

— Hola, Bebé… ¿cómo estás?

— Deja de decirme “bebé” —protestó sin dejar de sonreírle que hizo a Harry enternecerse más con su amigo—. Tenemos la misma edad, y si no eres mi novio, tampoco lo puedes usar como un apodo cariñoso.

— Pero te quiero más que si fueras mi novio, y si quiero decirte “bebé” te diré “bebé”

— De acuerdo, pero que nadie más lo sepa, será nuestro secreto.

— Muy bien, como tú quieras. —aceptó sonriéndole—. Adam… te he extrañado mucho, ¿cómo has estado?

— Mejor. Yo también quisiera verte… ¿porqué no vienes?

— Me encantaría, pero… creo que el profesor Snape irá a visitarlos.

— No ¿de dónde sacas eso?... mi padre no vendrá hoy, y nosotros iremos al pueblo, mamá tiene que hacer unas compras.

— Entonces te veré en Honeydukes en una hora ¿de acuerdo?

— Ahí estaré.



Harry cerró la conexión y corrió hacia su habitación en la sala común, tomó su capa invisible y el mapa del merodeador. Luego de asegurarse que no había nadie por los pasillos que pasaría, corrió hacia el pasadizo que comunizaba hacia la tienda de dulces. Se propuso tener cuidado, pero necesitaba ver personalmente a Adam y asegurarse que estuviera bien, lo había notado tan triste, su voz no era la misma, su mirada tampoco y eso era algo que no podía permitir.



Llegó a su destino final antes de que se llegara la hora de la cita, miró a todos lados antes de decidirse por quitarse la capa invisible, ninguno de los alumnos que ahí se encontraban sabía que estaba castigado y podía mezclarse entre ellos sin llamar la atención. Se entretuvo curioseando entre las golosinas y compró una gran variedad pensando en regalárselas a Adam y a su hermanita.



— ¡Harry! —exclamó Adam feliz al entrar a la tienda y verlo ahí.

— ¡Hola, Adam, que alegría verte! —respondió abrazando a su amigo sin importarle que el resto de los clientes se volvieran a verlos con curiosidad.— ¿Dónde está Sally?

— Afuera, con mamá, se entretuvieron en la tienda de comestibles… Harry, tengo que decirte algo. —le dijo con más seriedad—. Mamá no está muy contenta de que nos reunamos contigo, pero no la juzgues mal, es que está preocupada.

— Entiendo, tal vez será mejor que nos despidamos de una vez, no quiero que se moleste y además, yo sólo quería verte y saber que estás bien.

— No, vamos, Sally también quería saludarte.



Adam sujetó a Harry de la mano y lo condujo hacia la salida. Harry distinguió a Darina acercándose a ellos e instintivamente quiso huir, no quería verla, no quería estar cerca de esa mujer, y no es que la odiara, se juraba a sí mismo, pero era demasiado doloroso saber quién era en la vida del hombre que amaba.



— ¡Adam, te dije que esperaras a que terminara las compras, no puedes andar solo por la calle! —le reprendió molesta—. Disculpa, Harry, pero no creo que sea buena idea todo esto, sé que tu afecto por Adam es sincero y no quieres lastimarlo, pero luego de lo de Hogwarts no quiero arriesgarme.

— No le pasará nada estando conmigo. —respondió con más brusquedad de lo que era su intención—. Adam es mi amigo y ambos tenemos el derecho de vernos.

— Harry, no le dije a mi esposo que tú ya habías enviado una invitación para que fuera a Hogwarts porque sé que eso te causaría problemas, pero por favor, no insistas más…

— Bien, si eso es lo que quiere. —la interrumpió frunciendo el ceño—. Adam, lo siento.



Harry abrazó a un aturdido Adam, no podía creer que su amigo estuviera desistiendo de su amistad, pero en cuanto estuvo cerca de su oído murmuró un “No permitiré que nos separen, te lo prometo” que hizo que Adam se sintiera mejor.

— Toma pequeña. —dijo Harry separándose de Adam para darle una bolsa repleta de golosinas a la pequeña Sally, quien la aceptó con una radiante sonrisa—. Espero te gusten, son de mis favoritos.

— Seguro que sí, gracias, Harry.


Harry se inclinó para abrazar a Sally, y justo en ese momento el rayo de un hechizo pasó rozando su cabeza. Instintivamente protegió a la niña con su cuerpo mientras aterrado veía como el afectado había resultado Adam quien había salido volando para terminar desmayado unos metros más atrás. Darina gritó aterrada mientras corría hacia su hijo, pero en ese momento una horda de mortífagos salía de la nada lanzando hechizos a todo aquel que se interpusiera en su camino. Harry vio con espanto que Darina era alcanzada por uno de esos hechizos y cayó al suelo sin haber conseguido llegar a su hijo.



Al ver que unos mortífagos se dirigían hacia donde estaban, Harry supo que Adam y su familia corrían un grave peligro, no podía irse y dejarlos así, por lo que sujetando a la pequeña Sally quien lloraba asustada, corrió hacia Adam, esquivando ágilmente cada uno de los rayos que pasaban rozándole a cada lado de su cuerpo. Colocó a la niña tras del desmayado chico, no tuvo el valor de cerciorarse si estaba vivo o no, lo único que pensaba era en protegerlos, y eso haría hasta que no pudiera más.



Justo en ese momento llegaron los de la Orden, aparentemente habían sido avisados y pronto empezó una batalla campal entre ambos bandos. Algunos miembros de la Orden se dieron cuenta del apuro de Harry, estaba luchando como podía contra cuatro mortífagos, logrando esquivar sus hechizos sin moverse de su lugar, protegiendo con su cuerpo al de Adam, y tras de él al de la asustada Sally, sus dulces habían quedado esparcidos sobre la tierra.



Con la ayuda recibida, Harry consiguió verse más libre para actuar y en poco tiempo consiguieron someter a los mortífagos. Algunos otros, al ver el fracaso del ataque, emprendieron retirada. En cuanto comprobó que el peligro había pasado, Harry se volvió hacia Adam y Sally, la niña seguía llorando y el chico empezaba a despertar.



— ¡Gracias al cielo que estás bien! —exclamó Harry abrazando a su amigo—. Creo que sólo era un hechizo aturdidor, así que pronto te sentirás como antes. Y tú, Sally, ¿estás bien?

— Sí, pero… ¿dónde está mamá? —preguntó sollozando.



Harry miró hacia donde había caído Darina y ella continuaba todavía inconsciente, así que se le acercó justo en el momento en que lo hacían otros Aurores.



— Esta mujer está grave. —dijo uno de esos Aurores—. Habrá que llevarla a San Mungo.

— ¿Qué es lo que tiene? —preguntó Harry con temor.

— Joven Potter, usted no debería estar aquí. —le reprendió otro Auror—. Será mejor que regrese al colegio junto con sus demás compañeros.

— No, esta mujer es la madre de mis amigos, quiero ir al hospital con ella.



Ningún Auror le hizo caso y empezaron los trámites para conducir a los heridos, entre ellos, Darina, hacia San Mungo. Adam sujetó a su hermanita de la mano dispuesto a no dejar que lo separaran de su madre, para entonces ya se sentía mucho mejor. Cuando Harry era empujado hacia donde eran reunidos los alumnos ilesos de Hogwarts, llegó Dumbledore, se les acercó diciéndole a los Aurores que él se encargaría de su alumno. Harry lo agradeció, pero no quería regresar a Hogwarts sin saber de Darina, y sorprendentemente no tuvo que hacer mucho para convencer al Director, condujo a los dos chicos y a la niña hacia un callejón y de su túnica sacó una vieja sandalia.



— Harry, este traslador te llevará a ti y a Adam al hospital, vayan a la cuarta planta, ahí espérenme, llevaré a Sally con Minerva y enseguida me reuniré con ustedes.

— ¡No, yo quiero ir con ellos! —protestó Sally al comprender lo que se planeaba con ella—. ¡Por favor, Harry, llévame contigo!

— Un hospital no es lugar para una niña. —aseguró Dumbledore al ver que Harry intentaba interceder por la pequeña—. Obedece, Harry, este día ya ha sido demasiado peligroso para Sally, y el único lugar seguro ahora es Hogwarts.

— Sally, te prometo que en cuanto sepa algo de tu mami, regresaré a Hogwarts y te lo diré, pero el profesor Dumbledore tiene razón, no te dejarían quedarte en el hospital.

— Pero…

— Sally, hermanita, te lo pido por favor, no nos detengas más. —suplicó Adam—. Tenemos que ir a ver a mamá, así que pórtate bien con la persona con la que te deje el profesor, te aseguro que mamá estará bien y no te gustará que se moleste por no obedecer.



Sally no quería pero sabía que no le quedaba otra opción más que aceptar, y luego de despedirse con un beso aceptó la mano del Director y emprendió el camino hacia Hogwarts. Al quedarse solos, Harry se acercó a Adam y luego de explicarle brevemente lo que sentiría al viajar en traslador, le rodeó suavemente por la cintura para abrazarlo, sabía que era mejor llevarlo de ese modo para evitar que se asustara. Adam le abrazó también, colocando sus brazos alrededor del cuello de Harry y apoyando su cabeza en su hombro, confiando en que no le pasaría nada si estaba con él. Desaparecieron al momento de que Harry activó el traslador, y ninguno notó una triste mirada azul mezclada entre los que regresaban al castillo.









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