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 BENDECIDA PASIÓN (Intercambio Navideño 2010)

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Lau Black
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MensajeTema: BENDECIDA PASIÓN (Intercambio Navideño 2010)   Sáb Dic 25, 2010 8:35 am

Titulo: Bendecida pasión
Pareja: Harry Potter y Severus Snape
Clasificación: NC-17
Summary: Harry ha vencido a Voldemort, pero cuando todo el mundo ya había asumido que ningún otro mago intentaría gobernar en el mundo mágico, un mago de identidad desconocida, se alza como dueño y señor, introduciendo cambios en el Mundo mágico que no han dejado indiferente a nadie.
La mayoría de los Mortífagos han sido encarcelados por sus crímenes, pero hay algunos a los que se les ha concedido la oportunidad de redimirse. Entre ellos, esta el que fuera profesor de Pociones, Severus Snape. El hombre sabe que si le condenan a prisión, se pudrirá allí el resto de sus días, atormentado por sus recuerdos y con el remordimiento carcomiéndole el alma. Y él ya ha tenido lo suficiente de esas sensaciones y no está dispuesto a vivir el resto de sus días de esa forma. Y si para eso tiene que mostrar su lealtad hacia un Lord desconocido, lo hará.
Total, no creía que este fuera peor que Dumbledore o Voldemort. Lo que Severus no sabía, es que este Lord esconde un motivo oculto por el que quiere a Snape a su lado y hará lo que sea y se enfrentará a quien haga falta, para que ese motivo se cumpla.


BENDECIDA PASIÓN (Parte I)


La sala se encontraba a rebosar de gente, todos ansiosos y nerviosos esperando que empezara el juicio. Uno de los más esperados por casi toda la comunidad mágica. Tras la muerte de Lord Voldemort a manos de Harry Potter hacía un par de meses y el posterior fin de la guerra, la actividad en el Ministerio se había triplicado. Gracias al magnífico trabajo de los aurores y de algunos voluntarios, los mortífagos sueltos ya estaban encerrados en las mazmorras del Ministerio a la espera de su juicio. Las posibilidades de salir indemnes, eran más bien escasas. Todos ellos, tras el veredicto del jurado, sufrían un destino acorde con todas las fechorías y actos viles cometidos en nombre de su Señor.
Por mucho que gritaran, patearan, lloraran y suplicaran clemencia y perdón, no obtendrían más piedad de la que ellos demostraron cuando arrebataron la vida a una persona inocente. Algunos pasarían el resto de sus patéticos días encerrados en Azkaban, rodeados de Dementores que poco a poco, se alimentarían de sus ganas de vivir, de su alegría y buenos momentos y terminarían enloqueciendo. Otros, en cambio, por la gravedad de sus actos, sufrirían un destino peor y al que todos temen más que a la propia muerte: a la extirpación del alma a manos del Dementor.
Pero como en todos los casos, siempre hay excepciones. Y Severus Snape es una de ellas. Condenado por ser un seguidor reconocido del Innombrable, autor de la muerte de Albus Dumbledore y de muchos otros actos crueles y viles, esperaba, con toda la calma e indiferencia de la que era capaz de aparentar, a que el juez dictara sentencia. Con una mueca de repulsión en el rostro, miró las cadenas mágicas que ataban sus manos y pies. Sentía la carne arder ante el roce. Pero no se quejaría, no les daría ese placer. Su estómago soltó un rugido de hambre. Hacía días que no comía, y ni hablar de la última vez que se había bañado. Olía fatal y sentía la mugre impregnada en su piel, debajo de sus uñas y en la andrajosa y raída ropa que llevaba. Parecía un pordiosero.
Los murmullos y cuchicheos que llenaban la sala, se acallaron de golpe cuando el juez, un hombre entrando en carnes, calvo y rondando los sesenta años, hizo acto de presencia y se sentó en su lugar. Los doce miembros que formaban el jurado salieron tras él y tomaron asiento en sus respectivos lugares. Todos y cada uno de ellos clavaron su mirada en Severus, esbozando sendas sonrisas de regodeo y satisfacción, y el Slytherin tuvo claro que iban a condenarle. De poco había servido la declaración post-mortem de Dumbledore desde su retrato en Hogwarts, alegando que le había matado a petición suya y que había estado espiando para él entre las filas de los Voldemort, ni tampoco serviría de nada que hubiera salvado la vida de Potter más veces de las que el chico tenía conocimiento. Al final, su error de juventud lo llevaría a la muerte.
-Levántese el acusado.
Severus hizo el ademán de levantarse, pero los dos aurores que lo custodiaban lo cogieron sin miramientos de las axilas, y lo levantaron de golpe. Les lanzó una mirada de odio que tuvo como respuesta una fastidiosa sonrisa de burla. El portavoz del jurado cogió un pergamino enrollado que contenía el futuro de Severus y se la pasó al juez, quien la cogió con sus rollizos dedos. Lo desenrolló y tras aclararse la garganta, dictaminó sentencia.
-Severus Tobias Snape, por todos los delitos cometidos de los que el jurado tiene conocimiento, y al no existir pruebas que demuestren su inocencia, le condenamos a…
Un gran estruendo interrumpió las palabras del juez y todas las cabezas se giraron hacia las puertas de roble que el nuevo Ministro de Magia había abierto de golpe. Mientras Sirius Black se acercaba a grandes y seguras zancadas hacia el estrado, era consciente de que todas las miradas estaban puestas en él e hinchó el pecho de orgullo. Chupaos esa, capullos, pensó para sí.
-Se… Señor Ministro – el juez tragó saliva, nervioso y miró a Sirius con temor.
-¿Por qué no se me avisó de que el juicio de Snape se estaba llevando a cabo? – hubo un deje de acusación en su voz que provocó estremecimientos en todo el mundo.
Snape, en cambio, creía que había entrado en otra terrorífica dimensión en la cual Sirius Black había pasado de ser un prófugo buscado por la ley a ser el Ministro de Magia. Si antes creía que tenía pocas posibilidades de salir libre, ahora con Black presente, la única esperanza que tenía se esfumaba con el viento. Años atrás, él estuvo a punto de entregarle a las autoridades cuando el animago se escapó de Azkaban, y eso Black era algo que nunca iba a perdonarle.
-Creímos que no le importaría el juicio de un mortífago más, sobretodo con todo el trabajo que tiene usted – intentó disculparse el juez, pero la disculpa no logró aplacar a Sirius, sino que lo enfureció.
Black permanecía impasible, tranquilo, pero Severus lo conocía lo suficiente para saber que aquello no era más que una fachada, y que ese carácter explosivo que tenía, estaba luchando por salir a flote. Poco quedaba del hombre que él recordara de hacía un par de años, cuando aún era un prófugo. Su apariencia no podía ser más impecable, con el pelo oscuro perfectamente cortado y peinado, sin un solo cabello fuera de lugar. Aunque se notaba que se cuidaba mejor y que estaba engordando, seguía teniendo las mejillas un poco hundidas y continuaba delgado. Muy a su pesar, Severus tuvo que reconocer que se veía… ¿atractivo?
-Soy el Ministro de Magia, por lo tanto, todo lo que ocurra aquí, cada discusión, cada decisión que se tome y cada persona que entre o salga de este edificio, tiene que pasar por mi conocimiento y consentimiento. ¿He sido lo suficientemente claro? – todos asintieron con temor y sin atreverse a decir palabra. – En ese caso, el señor Snape queda libre.
El suave click que abría los grilletes que ataban los pies y manos de Severus, rompió el silencio que se había instalado en la sala ante las palabras del Ministro. El juez y sus magistrados chillaban indignados, recriminándole a Black la decisión e intentaban hacerle entrar en razón. El público estaba igual de alterado, lanzando insultos tanto a Sirus como a Severus. Black lo observaba todo con satisfacción, cruzado de brazos y en actitud indolente, mientras Snape permanecía en estado de shock.
Solo una palabra se repetía en su mente una y otra vez como el eco de un tambor. Libre. Era libre. Y era curioso que esa libertad se la hubiera concedido uno de sus más acérrimos enemigos. No se paró a pensar siquiera en el pago que pudiera tener esa libertad, tan solo disfrutó de la maravillosa sensación. Sus ojos negros se posaron en Black y este le hizo un gesto con la mano para que le acompañara hacia la salida, y Severus no necesitó que se lo repitiera. Como pudo, se abrió paso entre la gente, que había dejado de insultar al Ministro, y ahora se insultaban unos a otros.
-Imbéciles – murmuró con diversión Sirius saliendo por la puerta y caminando por el desierto pasillo de negros y brillantes adoquines.
Severus estuvo de acuerdo con él, pero no lo dijo en voz alta. Se situó a un paso detrás de él, y a medida que iban avanzando, las voces y gritos de la sala, se iban alejando, hasta que llegó un momento en que reinó un completo silencio. Un silencio incómodo, en el que la mente de Severus trabajaba a marchas forzadas. Ya evaporada la euforia de su libertad, empezaba a crecer en él una sensación de sospecha, de peligro, y no había sido espía durante tantos años si no hubiera aprendido a creer en sus sospechas.
-Black – se paró en seco y lo llamó. El hombre se detuvo y con una sonrisa de burla, se giró. Le hubiera gustado borrarle a puñetazos esa sonrisa.
-Has tardado más de lo que creía en preguntar – respondió riendo divertido. – Las respuestas las recibirás dentro de poco. El Lord nos espera.
-¿El Lord?
Severus no pudo evitar que el terror se transluciera en su voz. ¿Voldemort seguía vivo? No, aquello no podía ser. No tenía sentido. Black jamás sería un Mortífago, no cuando el líder de estos, había matado a sus mejores amigos y había condenado a su ahijado a una vida de abusos en casa de sus tíos maternos.
-¿No lo sabes? – Sirius pareció sorprendido e incrédulo.
-Black, llevo encerrado en las mazmorras del Ministerio desde hace un par de meses, no tomando el té en una bonita campiña inglesa, por lo que no tengo ni idea de que cojones ha pasado. – le espetó, furioso.
-Debería dejar que te murieras de la sorpresa cuando te enteraras, pero el Lord te quiere vivo, aunque no me preguntes por qué – se alzó de hombros. – Muy bien, te lo resumiré. Adios Voldemort. Hola nuevo Lord.
-No es momento para bromas.
-Le dije que no me creerías - aseguró y echó a andar por el largo pasillo. Sonó un pitido, parecido al de un teléfono, y Sirius se paró, sacando un pequeño aparatito del bolsillo trasero de sus pantalones. – Mierda, se está impacientando. – masculló y se giró hacia Severus – Date prisa, Snivellus, ya llegamos tarde.
El Slytherin se enervó por el asqueroso mote que le pusieron en su época de colegio, pero se mordió la lengua, y con ella los insultos que tenía preparados para soltarle, y le siguió, reticente. En toda esa historia había cosas que no cuadraban. ¿Qué había sido de Potter? Black no estaría tan contento si su tan preciado ahijado estuviera muerto, aunque había visto y vivido demasiadas cosas para sorprenderse por algo.
-¿Y Potter?
-¿Harry? Está muy bien – respondió sin dejar de avanzar, cada vez con los pasos más apurados. – Está en Hogwarts repitiendo séptimo curso, como todos los de su edad. ¿Algún interés especial?
-Curiosidad.
Y ninguno de los dos volvió a pronunciar palabra en todo el recorrido. Atrás quedaros los pasillos oscuros y poco decorados que formaban parte del órgano judicial del Ministerio, y tras subir un par de plantar en el ascensor, llegaron a la última planta, donde una voz femenina mecanizaba anunciaba: “Planta octava, Despacho del Ministro”. Durante el camino, Severus fue consciente de que todas las miradas de la gente con la que se encontraban, estaban centradas en ellos, aunque no sabría decir si eran para Black o para él mismo.
-Buenos días, señor Ministro – una joven secretaria salió apurada de detrás de su escritorio y se colocó enfrente de ella, abrazándose a su carpeta y dispuesta a tirarse por un puente si hacía falta con tal de agradar a su jefe.
Sirius cabeceó como saludo y abrió la enorme puerta de su despacho, haciéndose a un lado para que entrara Severus, quien le miró de reojo y entró despacio, como preparándose para que le atacaran. El salón estaba completamente a oscuras, quitando por la pequeña lámpara que había encima del escritorio y que apenas hacía luz. En un principio, pensó que no había nadie excepto ellos dos, pero cuando sus ojos se acostumbraron a esa penumbra, distinguió una figura sentada en lo que se suponía que era la silla del Ministro.
-Sentimos haber tardado, mi Lord – se disculpó Sirius avanzando hacia la oscura figura. Había tal reverencia en la voz del animago, que a Severus se le revolvió el estómago al recordar cuantas veces había adoptado él el mismo tono cuando se dirigía hacia Voldemort.
-¿Algún problema? – preguntó este y Severus intentó descifrar si conocía la voz, pero era imposible hacerlo cuando ésta parecía estar distorsionada, como si no quisiera que le reconocieran.
¿Qué demonios estaba pasando allí? No acababa de creerse que hubiera surgido un Nuevo Señor Oscuro cuando era más que evidente que no había mago vivo - a excepción de Potter – que tuviera el poder y las agallas suficientes para erigirse con ese título. Y siendo sinceros, Potter era demasiado blandengue, demasiado “bueno” y demasiado Gryffindor para ello. Prestó atención cuando los dos – Black y el llamado Lord – se pusieron a hablar en murmullos, pero el sonido era tan bajo que hacía imposible escuchar lo que decían. Severus tenía la sensación de que estaba formando parte de una broma, y conociendo a Black, esa broma sería muy pesada.
-Ninguno, mi Lord – respondió sumiso Sirius, y Severus distinguió como su alta y delgada silueta se inclinaba. Apenas podía creerse lo que veía. Siempre había considerado al Gryffindor demasiado orgulloso y testarudo como para inclinarse ante nadie. El hombre le susurró algo más al animago y éste le indicó a Severus que se acercara – Ven, Snape.
Indeciso, se acercó a pasos lentos pero seguros. Black le había puesto una silla delante del escritorio y se sentó sin apartar la mirada de encapuchado. Porque ahora que estaba más cerca de él, podía ver que llevaba el rostro oculto tras una larga capucha oscura, haciendo imposible verle. Este giró la silla y quedó sentado frente a él. Durante unos minutos, ninguno de los tres dijo nada, y aunque Severus tenía experiencia en mantenerse impertérrito e inalterable ante cualquier caso, lo cierto es que estaba empezando a ponerse un tanto inquieto ante el examen óptico al que le estaban sometiendo.
-Hacía tiempo que quería verte, Severus – dijo por fin y la espalda de Severus se tensó aún más. Esta vez, no hubo hechizo alguno que distorsionara su voz, pero aún y así, fue incapaz de reconocerla. Había algo en ella que se le hacía conocido, pero en esos momentos, le resultaba imposible ubicarla. El tono pausado y profundo con el que pronunció su nombre, alargando un poco las eses, le envió un escalofrío por toda la espalda, haciendo que la piel de sus brazos, se erizara. – He escuchado hablar mucho de ti y de tus hazañas, y no veía el momento de tenerte frente a mí.
El hombre se levantó. Black se hizo a un lado para que este pasara y sin despegar los ojos de ellos ni un solo instante, Severus vio como se acercaba directamente hacia él, con movimientos lentos y premeditados, como si estuviera acechando a su presa para después cogerle desprevenida. Aquello le hizo tragar duro. Con Voldemort, podía preveer en cada momento cual sería su reacción, pues con tanto tiempo a su servicio había llegado a conocerle bastante bien, pero con el hombre que tenía enfrente, le era imposible imaginarse que haría. ¿Qué demonios quería de él?
-Lo que quiero de ti, lo sabrás muy pronto – susurró, apoyando las manos en el reposabrazos de la silla e inclinándose hacía él, hasta que sus rostros tan solo eran separados por la tela de la capucha. Severus no entendía como podía verse. Pero eso no era importante, lo que verdaderamente importaba era como había logrado leerle la mente sin haber usado legeremencia. – Veo mucho potencial en ti, Severus – otra vez esa forma de pronunciar su nombre. Apretó la mandíbula y las manos en un puño cuando su entrepierna dio un tirón. Había algo realmente placentero en su voz, y por mucho que lo intentara, no podía hacer nada para evitar que le afectara como lo estaba haciendo. – Dime Severus, ¿Te unirías a mi?
Podía sentir como el suave y cálido aliento del hombre le acariciaba el rostro, y tuvo que cerrar los ojos cuando otra oleada de placer hizo que su pene diera una sacudida. Aquello era una pesadilla. Se veía incapaz de pensar con claridad, y su mente empezaba a estar embotada, como si hubiera abusado demasiado de la bebida. ¿Qué le estaba pasando? Parecía como drogado. Tan solo atinó a responder un inseguro “No… No lo se”.
-¿Qué no sabes, Severus? - en como pronunciara otra vez su nombre de esa forma tan erótica, acabaría corriéndose allí mismo. – De mi lado, podrías gozar de toda la libertad que te negaron Dumbledore y Voldemort.
-¿Qué quieres de mi? – preguntó enfocando los ojos en su rostro escondido. Se relamió los labios resecos, y tragó duro. Sentía la boca pastosa.
-Todo a su debido momento. Por ahora, solo me interesa saber que puedo contar contigo.
Se alzó de golpe y se alejó de Severus, sentándose otra vez en su sillón. El Slytherin se quedó clavado en la silla, sintiendo como su corazón bombardeaba su pecho con latidos furiosos, como si quisiera escaparse de su prisión. Pequeños temblores sacudían su cuerpo, y un sudor frío le recorría la espalda. Empezaba a encontrarse mal, pero al menos era capaz de ligar dos pensamientos coherentes. ¿Qué era aquella cosa? No era humano, de eso estaba seguro. Ningún ser humano, fuera muggle o mago, podía causar esa sensación en otra persona. Fuera lo que fuera, no quería estar cerca de él, no cuando durante el poco tiempo que lo había tenido cerca, había sido incapaz de pensar con claridad.
-No me interesa – respondió con toda la seguridad y el aplomo del que era capaz.
-¿Ah no? Que interesante – se burló – Bueno, en ese caso, no me queda más remedio que hacer que te vuelvan a encerrar y te apliquen la condena que el jurado había pactado.
-¿Volver a prisión? ¿No se suponía que era libre? – se enfureció. No con ellos, sino con él mismo por creer que su libertad le saldría gratis. No aprendería nunca. Nadie daba nada sin pedir nada a cambio, y después de todos los escarmientos, era una lección que debería tener más que clara.
-Tu libertad conlleva un precio, Severus, deberías saberlo – respondió divertido – Tu libertad a cambio de tu lealtad hacia mí. Es así de sencillo.
-No me fío de ti. – le soltó y Sirius exclamó alarmado - ¿Por qué no muestras tu rostro? ¿Por qué esa manía de dejarlo todo a oscuras? Eso solo me demuestra una cosa, y es que no eres una persona de fiar, o que eres alguien a quien conozco y me estáis jugando una broma.
-No tengo nada que esconder Severus, y si no revelo mi identidad, es porque aún no ha llegado el momento – respondió con calma, con la misma voz pausada – Hay cosas en este mundo, que necesitan ser cambiadas, y necesito de gente como tú para conseguirlo.
-Eso de la pureza de sangre y los muggles está demasiado visto. – se burló Severus – Muchos antes que tu lo han intentado y han fracasado, ¿Qué te hace pensar que vas a conseguirlo tu?
-Snivellus, te estás pasando – le avisó Sirius.
-Déjale Sirius – le ordeno el Lord - Tiene derecho a plantear todas sus dudas, y no sería él si no las dijera a la cara – parecía incluso satisfecho con ello – Severus, en ningún momento he nombrado a los muggles, y nunca he sido de la idea de que hay que exterminar a los mestizos, pues estos son necesarios para el mantenimiento de la magia. Los sangre pura son cada vez más escasos, y si seguimos así, habrán muy pocos magos dentro de unos años. Quiero crear leyes más rígidas para aquellos que cometan delitos contra la salud, la integridad y la vida de las personas, sean muggles o magos. Los licántropos forman parte de nuestra sociedad, por lo que es su derecho que se les reconozca como tal. El mundo mágico está obsoleto en sus tradiciones, y ya es hora de que cambien.
Severus tenía que reconocer que sus ideas tenían su punto. Cuando era joven creyó en los ideales de Voldemort, y aunque seguía creyendo que la magia de los sangre pura podía llegar a ser más poderosa que la de un mestizo o un sangre sucia, lo cierto era que los magos más poderosos que había conocido, exceptuando a Dumbledore, eran todos mestizos, como el caso del mismo Innombrable o de Potter. Le parecían buenas ideas, buenas formas de mejorar el mundo, y precisamente por eso, le sorprendía. Todo Señor Oscuro que se preciara de ello, hacía lo imposible por destrozar el mundo y conseguir él todo el poder y reconocimiento, en cambio, el hombre que tenía frente a él, no había hablado en ningún momento del poder, sino de mejoras que podrían hacer de la comunidad mágica, un mejor lugar en el que vivir.
-Todo eso suena muy… ¿Gryffindor? – respondió Severus y escuchó como el Lord soltaba una risita que volvió a poner en orden su endurecido y dolorido miembro. Necesitaba salir de allí, o acabaría echándose encima de él. Severus, tanta abstinencia te están convirtiendo en un adolescente hormonal, se dijo a sí mismo. – No se, pensé que se pondría a hablar de conquistar el mundo y de conseguir la forma de volverse más fuerte y poderoso, invencible. Parecen ser las cualidades que todo Señor Oscuro debería tener.
-Creo que en ningún momento he hablado de Señor Oscuro, tan solo soy alguien con el poder suficiente para tomar el mando de la Comunidad Mágica y encauzarla a un futuro mejor. – fue su respuesta. – Ahora que sabes lo que pretendo, ¿Qué opinas? ¿Me apoyas o vuelves a prisión? Y esta vez no será una celda del Ministerio, sino una en Azkaban que lleve una placa con tu nombre.
-¿Acaso me deja elección? – masculló
-Te estoy dando la oportunidad que muchos de tus compañeros mortífagos no han tenido, y es la de redimirse, el resto depende de ti.
Soltó una risa despectiva. ¿Qué le estaba dando a elegir? No sabía cual de las dos opciones sería peor. Había vivido prácticamente toda su vida estando a las órdenes de Voldemort y de Dumbledore, siendo estos los que movían los hilos de sus acciones, sin tomar en cuenta sus opiniones, deseos o sentimientos. Tan solo les importaban el otro y conseguir la forma de joderles costara lo que costara. Y ahora, el hombre que tenía frente a él, le decía que podía unirse a él, y por tanto volver a ser un títere, o regresar a la prisión, donde seguramente acabaría enloqueciendo tras ser perseguido por sus remordimientos y pesadillas, y finalmente, moriría siendo un simple mortífago más. Al menos, la primera opción conllevaba seguir con vida.
-¿Has llegado a una conclusión? – Severus asintió, y tras respirar hondo, aceptó su proposición - ¡Espléndido! Sabía que eras un hombre inteligente, Severus.
-¿Qué se supone que tengo que hacer ahora?
-Por el momento nada. Ahora, Sirius te acompañará a la salida y un empleado del Ministerio te llevará a mi Mansión, para que puedas bañarte y asearte. Te llamaré cuando sea necesario. – el Lord se levantó y volvió a inclinarse frente a Severus. Acercó su rostro hasta que sus labios se tocaron y sus alientos se entremezclaron, cálidos. El Slytherin entreabrió los labios, deseoso y el Lord accedió a sus deseos. Asaltó su boca con ferocidad, lamiendo sus labios, mordisqueando su labio inferior y bebiendo los gemidos de Severus en su boca. El hombre sabía algo dulce y cálido, algo inesperado para él, pero el sabor era tan intoxicante, que quería empaparse de él. Alzó las manos para rodearle el cuello, pero el Lord se incorporó, separando sus enrojecidos labios. Severus sintió tal vacío, que le entraron ganas de llorar. – Algo me dice que tu y yo nos lo pasaremos muy bien, Severus – murmuró el Lord antes de robarle un pequeño beso más – Sirius, puedes llevártelo. Después quiero hablar contigo.
Black cogió a un atontado Snape y lo levantó de la silla, acompañándolo a la salida. El hombre parecía en estado de shock, y cuando salieron del despacho y sus ojos se acostumbraron a la luz otra vez, pudo ver como el ojinegro tenía las mejillas arreboladas, los labios enrojecidos e hinchados y sus ojos brillaban de placer. Sonrió divertido. El pobre Snape no tenía ni idea de donde se había metido… o donde iban a metérsele.
Llamó a un Auror de confianza para que acompañara a Snape a la Mansión del Lord y cuando estos se fueron, entró otra vez en el despacho.
Esta vez, la luz ya estaba encendida, pues el Lord había corrido las cortinas y ahora la claridad iluminaba la espaciosa estancia. Éste estaba de espaldas a la puerta, con la mirada absorta en la ventaba, por donde se veía a la gente pasear por la calle. Se había deshecho de su capa oscura, revelando su rostro. Un rostro joven y hermoso que permanecía tenso, como si le costara controlarse.
-Harry, ¿Todo bien? – preguntó Sirius adoptando el papel de padrino preocupado, aun sabiendo que su ahijado era perfectamente capaz de cuidarse solo.
-Me va a costar más de lo que creía poder controlarme – musitó y volvió a ser el mismo joven de 17 años.
-Le has dejado gilipollas perdido – Sirius soltó la carcajada que llevaba tiempo aguantando – Tenías que haberle visto la cara cuando hemos salido de aquí.
-No me parece divertido, Sirius – le amonestó el chico – No tienes ni idea de lo poco que ha faltado para que me lanzara hacia él y lo poseyera encima de la mesa.
-Gracias por haberte contenido, no hubiera querido tener pesadillas con esa escena – hizo una mueca de repulsión que recibió como respuesta la sonrisa divertida de su ahijado.
Y eso era precisamente lo que quería, conseguir que Harry volviera a sonreír, y si para ello él tenía que hacer el payaso y tolerar a Snape, lo haría. Habían hablado mucho acerca de que haría el chico cuando venciera a Voldemort, y aunque en un principio no quiso hacerse ilusiones respecto a sus posibilidades, lo cierto era que poco a poco y a medida que iba ganando confianza en sí mismo, vio la forma de utilizar su poder para mejorar la injusticia que el mundo mágico realizaba sobre ciertas criaturas y magos. Eran nobles sus motivos, aunque la gente no lo creyera así. Ser el niño bueno no le había servido de nada, tan solo para que le tacharan de héroe en tono despectivo y le acusaran de querer ser el centro de atención. No. A base de golpes y duras lecciones, Harry había llegado a la conclusión de que con mano dura, podía conseguir más cosas.
Pero tampoco estaba dispuesto a convertirse en un mago oscuro y causar el terror entre la gente, era demasiado bueno para ello. Contando con las personas adecuadas, fue introduciéndose poco a poco en las estructuras más importantes del Ministerio y cuando la gente se quiso dar cuenta, ya había colocado a Sirius como Ministro. Sería a través de él, donde conseguiría aplicar todos los cambios que quería, sin que el nombre de Harry Potter fuera relacionado en ninguna acción. Ya había habido suficiente publicidad sobre él. Y de paso, Sirius recibía una recompensa por todo el tiempo que pasó tanto en prisión, como siendo un fugitivo. Ese nuevo estatus y clase social, le conferirían el respeto que perdió tras la traición de Pettigrew.
Por supuesto, tan solo los más allegados a él sabían lo que tramaba realmente y estaban todos dispuestos a ayudarle y apoyarle. La gente no lo sabía aún, pero los cambios que poco a poco se iban introduciendo, iban a mejorar tanto su vida, como la de las futuras generaciones.
Y la participación de Snape en esos planes, estaba más que justificada, aunque Sirius no lo creyera así. Había un secreto que pocos – o casi nadie conocía de Harry – y que James había mantenido escondido con celo. Harry Potter había resultado ser un veela oscuro, y que para desgracia de muchos – Sirius estaba seguro de que de poder, James se levantaría de la tumba para morirse después del susto por la noticia – había elegido como pareja, a Severus Snape.
-¿Se lo vas a decir? – preguntó Sirius y su ahijado clavó sus extraordinarios ojos verdes en él. Había un deje de temor e inseguridad en ellos. – Después de lo de hoy, sabes que no es inmune a tus poderes como veela. Podrías reclamarlo y él no se negaría.
-¿Y vivir con el conocimiento de que la persona que me desea, lo hace porque mis poderes veela le han reclamado y que por mucho que pelee, acabaría cayendo? No, Sirius, no quiero eso para mí, y tampoco creo que Snape se lo merezca.
-¿Y para que demonios lo has sacado de prisión y lo vas a mantener en tu casa? – y ahí empezaba la misma discusión de siempre. Puede que Sirius fuera pesado en sus preguntas, pero en verdad no lo entendía.
-Porque quiero que llegue a conocerme, que si me tiene que apreciar o besar, lo haga porque lo desea, no porque mis poderes lo impulsen a ello.
-Pues antes no te ha importado que no te conociera, prácticamente te lo has comido. – respondió con sorna y las mejillas de Harry adquirieron un adorable tono rosado.
-Hacía tiempo que no lo veía, y tanto tiempo sin estar cerca de él, han mandado a paseo mi autocontrol. – se lamentó. Se pasó la mano por la cabeza, enredando entre sus dedos el pelo oscuro, revolviéndolo más. Parecía desesperado – Sabe mejor de lo que creía – murmuró tocándose los labios y Sirius puso los ojos en blanco.
No le había resultado fácil a Harry adaptarse a esa nueva condición, sobretodo cuando descubrió que era Snape quien su lado veela había elegido como pareja. Harry nunca sabía como explicarlo, pero Severus tenía un olor característico que conseguía ponerle de rodillas y suplicar por una caricia. Sentía una atracción inmensa hacia él y necesitaba estar cerca y poder rozarle aunque fuera accidentalmente, para que su cuerpo se calmara y no perdiera el control. Lo había estado haciendo desde su sexto curso, y había sido un infierno. Cuando Snape se escapó del castillo tras quitarle la vida a Dumbledore, fue lo peor que pudo pasarle, porque sus poderes recién despiertos, clamaban por un toque de su pareja.
Cerró los ojos cuando las imágenes pasaron por su mente, recordándole que ocurriría si volvía a permitir que sus instintos veela salieran a flote. A diferencia de la raza de veela como la familia de Fleur, los veela oscuros no se veían sometidos al asedio de admiradores y gente tirándose a los pies declarando amor eterno. A simple vista, no había diferencia en su apariencia y la gente no le prestaba más atención que normalmente, pero cuando por alguna razón, dejaba escapar sus poderes, todos los que le rodeaban sentían una apremiante necesidad de sexo. Y daba igual con quien fuera. Empezaban a sentir calor, mucho calor, tanto, que el simple roce de la ropa era una tortura. Y no había forma de calmarlo, más que con una buena sesión de sexo. La única diferencia, era que mientras el resto de personas podían saciarse con cualquier persona, Harry solo podía saciarse con su pareja, y dado que Snape no le tenía mucho aprecio y que no estaba cerca, aquellos momentos se le antojaban insoportablemente dolorosos. Por eso, siempre intentaba mantener su mente fría y su autocontrol a raya.
-Debo regresar a Hogwarts – Harry miró el reloj de pared y vio que marcaba casi la una del mediodía. Si salía ya, llegaría a tiempo para la comida. – Mantenme informado de lo que ocurra por aquí.
-No te preocupes, tengo a la gente adecuada encargándose de todo – sonrió a su ahijado y le revolvió el pelo, después lo envolvió en un fuerte abrazo. – Estoy muy orgulloso de ti, ¿lo sabías?
Harry se sonrojó y asintió, mientras apretaba a su padrino muy fuerte.
-Me voy ya – se separó y se encaminó hacia la chimenea. Cogió un puñado de polvos flu en las manos, y se introdujo en ella. Iba a echar los polvos, cuando se acordó de algo – Por cierto, ¿Quieres que le de algún recado a Draco?
-¡¡Harry!! – exclamó escandalizado Sirius, con el rostro sonrojado.
Con una carcajada, y antes de que su padrino lo sacara de la chimenea para decirle un par de cosas, soltó los polvos y gritó Hogwarts alto y claro, mientras las llamas verdes se lo engulleron. Aterrizó – como siempre – de culo en el despacho del Director. Una enorme sonrisa de diversión adornaba su cara al recordar que una de las veces que perdió el control de sus poderes veela, Sirius terminó acostándose con Draco, y que desde entonces, ambos hacían inútiles esfuerzos por evitarse, pero no podían impedir buscarse con la mirada cada vez que estaban en una misma habitación. Puede que lo negaran de todas las formas posibles, pero Harry podía vislumbrar el deseo en sus ojos.
Una mano apareció frente a él, y Harry la tomó para ayudarse a levantarse. Miró a un sonriente Remus y tomo el impulso para ponerse en pie. Otro de los cambios que había introducido tras colocar a Sirius como Ministro, fue la de convencer al Consejo Estudiantil de que Remus Lupin era una muy buena opción para Director de Hogwarts, y como ya había sido aprobada la ley que permitía a los licántropos acceder a un trabajo digno como el resto de personas, poco pudieron hacer. Todas esas decisiones y cambios, aunque habían sido ideas suyas la mayoría, lo cierto es que si no fuera por toda la gente que le apoyaba, no habría podido hacerlo.
-¿Cómo ha ido la reunión? – Remus tomó asiento en el sillon de Director, y Harry vio como la imagen de Dumbledore en su retrato, prestaba atención a las palabras.
-Bastante bien, dentro de lo que cabe.
-¿No se lo has dicho? – preguntó Remus y Harry negó - Es tu pareja – recriminó.
-Pero él no lo sabe, además, no es el momento aún – respondió Harry y ante la mirada interrogativa del licántropo, respondió – No puedo simplemente sacarle de prisión y decirle: Snape, por si no lo sabias, soy un veela oscuro y te he reclamado como mi pareja. No patalees ni discutas que tienes las de perder.
-¿Te has presentado a él como el Lord o como Harry?
-Como Lord. – Remus le miró mal y Harry intentó disculparse – Si hubiera sido yo mismo, posiblemente preferiría seguir en Azkaban a estar a menos de un metro de mi.
-Se va a poner como una fiera cuando se entere que le has engañado.
-Se lo explicaré, Remus, pero no ahora.
-¿Y que vas a hacer?
-Lo necesito cerca, y lo sabes, por lo que su primera misión será regresar a Hogwarts como profesor.
-¿Y mientras?
-Mientras, conocerá al verdadero Harry, sin la fama ni poderes veela por en medio.


Mientras tanto, en esos momentos, Severus se encontraba sentado en una gran cama con dosel, con los pies en el suelo y la mirada perdida. Se había bañado, cortado el pelo, afeitado y cambiado de ropa, y había sido todo un gustazo sumergirse en la bañera con agua caliente y perfumada, y poder relajarse después de tanto tiempo. Sin embargo, su mente volvía una y otra vez al nuevo Lord. Había sido una reunión de lo más extraña. El Lord era una persona extraña y seguía pensando que no era humano. Tal vez mestizo, pero no sabía de que raza.
Había tantas preguntas por responder que iba a volverse loco si no conseguía información. La enorme mansión – que haría la envidia de los Malfoy tanto en grandeza como en lujo – estaba perfectamente atendida por elfos domésticos, así que les pidió cualquier periódico, revista o medio de información donde pudiera encontrar noticias sobre la post guerra.
Un par de horas mas tarde, le dolía la cabeza de tanta información recibida. Al parecer, tras la derrota de Voldemort a manos de Potter, se habían introducido ciertos cambios en el Ministerio en lo referente a leyes, que habían causado desagrado y acierto por parte de los ciudadanos. Casi se cae de la cama cuando leyó que Remus Lupin había sido elegido Director de Hogwarts. Al menos, el sueldo le vendría bien al hombre para comprarse ropa nueva. Aceptación de los vampiros, hombres lobo y otras razas como ciudadanos de la comunidad mágica, con la condición de que cumplieran las normas impuestas desde el Ministerio para una correcta y pacífica convivencia con los magos. El que fallara en su cumplimiento, no recibiría piedad y sería condenado a muerte. El sistema judicial también estaba sufriendo sus cambios, pues los antiguos jueces y magistrados, con el pensamiento y las creencias obsoletas, tras recibir una cuantiosa suma de dinero, fueron despedidos y en su lugar, entraron hombres y mujeres de reputación intachable y firme convicción en su trabajo. Personas incapaces de acepar sobornos y demás propinas para cambiar sentencias.
Demasiados cambios que asimilar, y eso que solo había pasado un par de meses encerrado. No quería ni imaginar todo lo que iba a cambiar en los próximos años en como aquello siguiera así. Tenía que reconocer que se estaban haciendo las cosas bien, pero seguía sin entender que pintaba alguien como él, en todo ese asunto. Sintiéndose cansado de repente, se acostó en la cama y nada más apoyar la cabeza en la almohada, se quedó profundamente dormido.
Despertó en mitad de la noche sintiéndose enfebrecido. De una patada, apartó la sábana que le tapaba las piernas, quedándose solo en una fina camiseta de manga corta negra. La cabeza le daba vueltas y era incapaz de abrir los ojos. Se removió inquieto en la cama y el roce de la tela con su hipersensibilizada piel, le hizo gemir. Tenía el cuerpo entero bañado en sudor, y estuvo apunto de echarse al suelo para recibir algo de frío, cuando unas manos se posaron en sus hombros, manteniéndolo en su sitio.
Severus entreabrió un poco los ojos, y vio a una sombra oscura inclinada hacia él. No le hizo falta verle el rostro para saber de quien se trababa. El Lord. Cerró los ojos con placer cuando este le acarició con suavidad el rostro, apartando los mechones húmedos que se le pegaban a la cara. Giró la cabeza para apoyar la cabeza en la mano y suspiró con deleite. Se sentía tan bien. El hombre siguió acariciándole el rostro, y de vez en cuando, su mano descendía hacia el cuello, realizando suaves masajes. Y Severus se dejó hacer. Estaba a su completa merced y no se sentía con fuerzas para luchar o negarse.
Empezó a jadear cuando el Lord trazó su pecho con sus manos, por debajo de la camiseta, como si quisiera memorizar cada recoveco de su cuerpo. Severus apretó la sábana con las manos, convirtiéndolas en puños, mientras giraba la cabeza de un lado a otro, con los labios entreabiertos, respirando a bocanadas.
-Agua – murmuró con la voz ronca. La garganta le raspaba y tenía los labios resecos.
Algo frío y húmedo delineó sus labios y Severus abrió la boca para recibirlo gustoso, pero cuando intentó morderlo, fue retirado. Se relamió los labios con ansia, y pidió más. El cubito de hielo volvió otra vez a sus labios para luego recorrer un camino de descenso por su barbilla y cuello, hasta llegar a sus tetillas. Por ese entonces, Severus ya gemía descaradamente y era presa de pequeños escalofríos de placer que sacudían su cuerpo.
Severus no era el único que disfrutaba, Harry también lo hacía. Su única intención al dejar Hogwarts en mitad de la noche y presentarse en su mansión, era para verificar que Severus estaba bien. No esperaba verse en esa situación, pero era algo de lo que ya no podía escapar. Sus poderes veela habían tomado el control de su cuerpo. Cuando lo vio dormido y como las sábanas delineaban su silueta, sus poderes escaparon de control y el resultado era el que esperaba. Un Severus Snape totalmente inhibido y con una necesidad irrefrenable de sexo. Él también estaba sufriendo el mismo calor abrasante que el hombre, pero el poder tocarle bastaban para calmarme un poco.
Se puso el cubito de hielo en la boca y descendió hacia el rostro de Severus, tomando posesión de sus labios, y pasándole con eso, el cubito. Ambas lenguas chupaban ávidamente el hielo, sin separar sus bocas ni un solo instante. Harry abandonó los labios enrojecidos e hinchados de Severus y descendió hacia su cuello, el cual lamió y mordió con suavidad. Cuando el olor característico de Severus, una mezcla de hierba húmeda y masculinidad, penetró en su nariz, gimió de puro gozo. Con las manos torpes y con apuro, se quitó la túnica oscura que llevaba y se acostó sobre Severus, sintiendo su piel caliente entrando en contacto con la suya. No podía dejar de tocarle y acariciarle, mientras el hombre gemía y jadeaba.
Se sentó a horcajadas encima de Severus, notando con satisfacción como el miembro endurecido del hombre evidenciaba su disfrute, aunque no fuera plenamente consciente de lo que estaba ocurriendo. No llegaría hasta donde quería con el, pues era demasiado pronto aún, pero un poco de placer y desahogo no le vendría mal ni a uno ni a otro.
Descendió su cabeza y chupó los pequeños pezones ya erectos del hombre. Los saboreó como si fueran dulces, pero más dulce era aún los sonidos que salían libremente por la garganta del hombre. Jamás pensó que Severus fuera un hombre tan pasional y que aceptara gustoso las caricias. También era cierto que en esos momentos, el hombre no era muy consciente de lo que ocurría a su alrededor. Aquello le entristeció, pero apartó ese pensamiento y se dijo que lo había extrañado tanto, que bien se merecía ser un poco egoísta y tomar una pizca de esa pasión que Severus llevaba escondida.
Bajándose de encima de Snape, chasqueó los dedos y tanto la camiseta arrugada casi en el cuello y los calzoncillos negros, desaparecieron. Se tomó su tiempo para admirar el cuerpo masculino que se exponía ante él. Estaba un poco delgado, y las costillas se le notaban, pero no era nada que una buena alimentación y un buen descanso, no pudieran remediar. Aun y así, el hombre poseía un cuerpo envidiable, con las extremidades largas y bien proporcionadas. El juego de sombras y luces de la habitación, le daban una apariencia etérea. Y verificó con satisfacción, lo bien dotado que estaba, con su verga larga y gruesa, donde brillaban un par de gotitas perladas en su punta. Se relamió los labios, gustoso y poniéndose a gatas a su lado, engullo todo el miembro en la boca.
Severus gritó cuando algo húmedo y caliente, tomó posesión de su miembro. Subía y bajaba a un ritmo tan cadenciosamente erótico y placentero, que de su garganta tan solo salían gemidos y palabras incoherentes. Alargó la mano hacia la cabeza, y sujetó entre sus dedos, las hebras finas de cabello, ejerciendo la presión necesaria para marcar el ritmo deseado. Sentía como los labios rodeaban su erguido miembro y como la lengua lo acariciaba con cada sube y baja. Tensó la espalda, echó la espalda hacia atrás y gritó fuertemente, eyaculando en la boca del otro, quien no dejó escapar ni una sola gota. Permaneció totalmente quieto, incapaz de mover siquiera la cabeza. Entre sus dedos, aún tenía sujeto el cabello del otro hombre. Y completamente saciado, se quedó dormido.
Esbozando una sonrisa, Harry se levantó de la cama y complemente desnudo, se encaminó hacia el baño. Dejó la puerta entreabierta, para poder escuchar si Severus despertaba y darle tiempo a taparse para que no le viera. Apoyó las manos en el lavabo y miró su reflejo en el espejo. Sus ojos verdes brillaban de forma sobrenatural, adquiriendo una tonalidad más esmeralda que normalmente. Tenía las mejillas arreboladas. Había una pequeña gota de semen en su mejilla derecha, y se la retiró con el dedo, metiéndoselo en la boca y lamiendo gustoso. Ya no era solo el olor de Severus, ahora era también su olor lo que le volvía loco. Un tirón en su entrepierna le indicó que aunque Severus había alcanzado el orgasmo, él todavía tenía un pequeño asunto que atender.
Se metió en la ducha y dejó el agua fría correr, empapándolo entero. Una y otra vez, las imágenes de lo ocurrido con Severus momentos antes, bailaban por su mente. Inconscientemente, su mano rodeó su dolorido miembro, apretándolo suavemente. Y con la imagen de un Snape saciado y correspondiendo ardientemente a sus caricias, bombardeó con rapidez su pene y estalló en un violento orgasmo.
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Lau Black
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MensajeTema: Re: BENDECIDA PASIÓN (Intercambio Navideño 2010)   Sáb Dic 25, 2010 10:02 am

A la mañana siguiente, Severus despertó con una plena sensación de saciedad. Se desperezó en la cama, ronroneando como un gato. Se sentía tan bien como después de una buena ración de sexo. Un toquecito en la puerta le hizo ponerse en alerta y borrar su sonrisa, componiendo una máscara de indiferencia. La puerta se abrió un poco y la cabeza de un elfo doméstico apareció entre ellas, abriendo totalmente cuando lo vio despierto. Avanzó llevando en las manos una bandeja para el desayuno, llena de comida. El olor de café le inundó las fosas nasales, lo que le hizo darse cuenta de lo que había echado de menos una buena taza.
-Nitys, le trae su desayuno, señor – le dejó la bandeja en el regazo y luego metió la mano en su pequeña túnica, sacando un sobre lacrado. – El Lord vino anoche y al verle dormido, le dejó una nota.
Asintiendo, Severus tomó la carta. Esperó a que el elfo se marchara para rasgar el rojo lacre y abrir – no sin cierta impaciencia – la carta. Ávidamente, leyó la nota.

Querido Severus:
Espero que hayas descansado adecuadamente y que tu habitación resulte de tu total agrado y satisfacción. Si no fuera así, no dudes en pedirle a los elfos que te cambien a otra que te guste más.
Tenía pensado dejarte descansar unos días más, para que te recuperaras de tu encierro, pero preciso tu ayuda lo más pronto posible. Me urge que vayas a Hogwarts. Allí, recogerás a Harry Potter y lo acompañarás a un pequeño evento al que tiene que asistir en su condición de Salvador. Serás su sombra y estarás atento que nada le pase. Conozco la animadversión que ambos sentís el uno hacia el otro, pero creo que no hace falta recordarte que tu aparición junto a él, puede serte de mucha ayuda a la hora de que la gente cambie la opinión de ti y vea que el Ministerio no se ha equivocado a la hora de concederte una segunda oportunidad. No me gustaría verte encerrado en la prisión.
Nada más puedas, preséntate en el colegio, viajando por polvos flu, donde el Director te recibirá.
Lord
P.D. Aún llevo el sabor de tu esencia impregnado en mis labios. La experiencia de anoche fue muy satisfactoria para mí, y espero que para ti resultase igual.

Al leer esta última frase, la carta resbaló de sus dedos, y se tapó la cara con las manos. Así que no había sido un sueño húmedo el causante de su buen humor matinal. Un buen humor que se evaporó al leer que iba a tener que acompañar a Potter a saber que evento. Detestaba a Potter, pero detestaba aún más ser reducido a un manojo de hormonas revolucionadas cuando pensaba en el misterioso Lord. Al parecer, aquella noche el Lord había hecho más que pasar a dejarle una carta, pues le había dejado un cuerpo saciado sexualmente y con ansias de más. Pequeños flashes de lo ocurrido aquella noche habían acudido a su mente, pero las recordaba un tanto difuminadas por una bruma y había creído que eran sueños.
Gruñendo frustrado cuando su erección despertó, se levantó de la cama y fue a darse una noche fría antes de vestirse e ir a Hogwarts. Aquel pensamiento lo lleno un poco de temor. El colegio había sido su verdadero hogar y no se consideraba digno de regresar después de todo lo ocurrido en la guerra. Pero a lo que más miedo le daba enfrentarse, era al reproche de un par de ojos azules tras unas finas gafas.
Cuando llegó al despacho del Director, lo encontró vacío. Con un nudo de emoción en la garganta, miró toda la estancia con la misma apreciación y calidez de quien mira algo querido y hermoso. Ese había sido su despacho durante unos pocos meses, y al igual que él no había tocado nada de la decoración, el actual director, Lupin, había conservado al igual que él, el despacho tal y como lo había dejado Dumbledore antes de morir. La única diferencia radicaba en que un pequeño bol con bombones de chocolate, había sustituido los típicos caramelos de limón del viejo director.
-Puedes tomar uno si quieres.
La voz calmada de Remus Lupin a sus espaldas, le hizo girarse de golpe, alerta. El hombre lo recibió con una sonrisa amistosa y le indicó que se sentase, mientras él se encaminaba hacia su sillón. Agitó la varita e hizo aparecer un par de tazas, una con café para Severus y otra de chocolate caliente para él. Ambos tomaron un par de sorbos en silencio, sin saber cual de los dos sería el primero en romperlo y entablar la conversación.
-¿El Lord te ha contado lo que tienes que hacer hoy? – preguntó Remus dejando su taza encima el platillo.
-Algo así como hacer de niñera de Potter – respondió con indiferencia.
-Harry tiene que acudir a un evento hoy, y no hay nadie que pueda acompañarle, por lo que el Lord pensó que estaría bien que tu lo hicieras – explicó el licántropo esperando ver la reacción del hombre que tenía enfrente cada vez que nombraba al Lord. No parecía dejar entrever ningún tipo de emoción hacia él.
-¿Acaso no puede cuidarse solo? – preguntó con sorna.
-Aún hay mortífagos sueltos que buscan venganza por la derrota de su señor – a Remus no le gustó el tono de Severus al referirse a Harry.
-Lo que no se es que pinto yo en todo esto – masculló molesto.
-El Lord piensa que tú eres el adecuado para cuidar de él.
-Ese Lord vuestro es muy extraño y si sabes algo de él, más vale que me lo cuentes, Lupin. No me gusta meterme en arenas desconocidas.
-No se de él más de lo que sabes tú, pero ha hecho y está haciendo mucho por la comunidad mágica, que no puedo más que confiar en él y en sus decisiones.
-Es… extraño – musitó – Algo me dice que no es humano.
Remus esbozó una sonrisa extraña y se levantó, indicándole que la clase de Potter estaba apunto de terminar. Caminando por esos pasillos tan conocidos, le invadió una sensación de calidez y una avalancha de recuerdos. Había vivido tanto entre esas paredes. Llegaron al aula de Defensa contra las Artes Oscuras y esperaron apenas unos minutos hasta que sonó el timbre que anunciaba el fin de las clases y los pasillos se llenaron de murmullos, risas y pasos. La puerta se abrió de golpe, dejando salir a los alumnos, quienes saludaron amistosamente a Remus y cuando repararon en su presencia, inclinaron la cabeza y siguieron su camino. Severus se sorprendió por ello. Esperaba que le insultaran o le miraran mal, pero no esperaba que actuaran con cierta indiferencia.
Potter fue de los últimos en salir, y lo hizo acompañado de sus inseparable amigos, Weasley y Granger. Los tres iban riéndose y Severus se encontró examinando de arriba abajo al chico, notando lo mucho que había crecido y lo adulto que parecía cuando hacía poco no parecía más que un chico escuálido y bajito. Había crecido bastante en los casi dos años que no lo veía, pero no llegaría a ser tan alto como su amigo el pelirrojo, quien parecía comer abono en vez de comida. Volviendo a Potter, éste ya había reparado en su presencia y clavaba sus ojos verdes en él. Severus sintió una sacudida en el estómago al encontrarse con esa mirada.
-Profesor Snape – su voz se había vuelto más grave y tenía un timbre muy erótico. Se maldijo por estar pensando eso.
-Ya no soy su profesor, Potter – respondió con sequedad. Miró a Lupin y los amigos de Potter y se dio cuenta de que estos miraban impacientes las reacciones de ambos, como si esperaran algo. Nunca se había sentido a gusto rodeado de leones. – Potter, ¿Nos vamos ya?
El chico asintió y tras darle la mochila con sus libros a su amigo, se despidió de ellos y siguió a Snape hacia la salida del castillo. Aprovechó que iba detrás de él, para mirarle descaradamente el trasero. Sonrió al recordar la noche anterior. Iba tan pendiente de su vista, que no se percató que Snape se había parado de golpe y ambos chocaron. Severus sintió el toque de Potter como una descarga eléctrica, y se apartó rápidamente. Lo miró sorprendido, a ver si él también lo había sentido, pero el chico lo miraba confuso, como si no entendiera porque se había parado.
-¿Qué ocurre? – preguntó el chico y su voz se le hizo conocida y excitante en igual modo.
-No se donde vamos – reconoció y la sonrisa de disculpa que esbozó Potter, le dejó devastado. Nunca había reparado en lo seductora y franca que era.
-Hoy se cumplen seis meses del fin de la guerra y en el orfanato donde están los hijos de magos que murieron en la guerra, van a representar una pequeña obra de teatro y me han invitado. No puedo faltar.
-San Potter y sus actos de caridad – masculló por lo bajo, arrancándole una carcajada a Potter. – Sabía que sería algo así.
-No se preocupe, no será tan malo. - sonrió y echó a andar hacia los terrenos del colegio y Severus supuso que iría hacia el punto de aparición del colegio.
Ambos caminaron en silencio, uno al lado del otro, pero mucho que intentara mantenerse indiferente ante la presencia de Potter a su lado, lo cierto era que no podía evitar que sus ojos se desviaran hacia él. Se había convertido en un hombre de lo más atractivo, observó apreciativamente, algo totalmente impensable en sus años de profesor del chico. Los pantalones vaqueros y holgados, se aguantaban pecaminosamente en sus caderas, desde donde se podía ver la cinturilla de los boxers y aquello que en otros quedaba ridículo, en Potter quedaban naturales y perfecto. La camiseta verde de manga corta, revelaban sus fornidos brazos y hacían resaltar aún más sus ojos verdes, esta vez, libres de los cristales de las gafas. Exudaba un aura de inocencia y picardía irresistibles. Sacudió la cabeza con pesar al descubrirse pensando de ese modo en Potter.
-Vamos a aparecernos, es más rápido – dijo el chico parándose y oteando los alrededores – Déme la mano, yo le guiaré.
Severus vio aquella mano tendida frente a él y tragó saliva, pero la tomó sin duda. Era cálida y suave, y su agarre, firme. Sorprendido, se vio confiando tanto el él, como para dejarse guiar. No sabía que le ocurría últimamente, pero había confiado más en esos últimos días, que en toda su vida. Solo esperaba no arrepentirse. Sin soltar en ningún momento la mano de Potter, sintió el ya conocido tirón en el ombligo de la aparición y cerró los ojos. Cuando los abrió, se encontraban en un prado verde y llano, acariciado por el sol.
Caminaron por ese prado y a medida que avanzaban, iban escuchándose los gritos y risas de niños y adultos. Cuando vieron aparecer a Harry, un montón de niños salieron corriendo hacia él y lo abrazaron, y fue entonces cuando Severus se percató de aún iban de la mano. Incómodo, se soltó y se apartó un poco, dejando a Potter con sus mini fans. Este reía, abrazaba y besaba a todos por igual, siendo la delicia de los niños. El muchacho no tenía reparo alguno en recibir besos y abrazos de niños con las manos y las caras sucias de chocolate. Se le veía cómodo y feliz entre niños, y Severus tenía clarísimo que cuando lo decidiera, sería un gran padre. Aquel pensamiento, causó sentimientos encontrados en él. Él también anhelaba tener un hijo de su sangre, poder darle todo aquello de lo que careció su vida, pero se conocía demasiado bien para saber que, al contrario que Potter, él no sería un buen padre, por lo que tenía que conformarse en ver desaparecer su linaje cuando muriera.
-Señor Snape, deje que le encuentre un buen sitio para ver la obra.
Una joven, que iba de la mano de un chiquillo, le acompañó hacia un asiento en la primera fila, justo al lado de Potter, quien estaba impaciente y excitado como un niño apunto de abrir sus regalos. Aquello le hizo sonreír. Había vencido al Señor Tenebroso, pero en esos momentos no parecía más que un niño.
Si le hubieran preguntado de que iba la obra, no tendría ni idea de que responder, porque le había resultado imposible fijarse en otra cosa que no fuera Potter y en como sus labios se curvaban en una sonrisa, como brillaban sus ojos y el efecto perturbador que tenía su risa en él. Para su propia sorpresa, se encontró disfrutando de aquella pequeña reunión y el tiempo le pasó tan deprisa, que cuando se quiso dar cuenta, ya estaba anocheciendo y era hora de regresar. No fue fácil, por supuesto, sobretodo porque todos los pequeños se pusieron a llorar cuando Harry anunció que era hora de marcharse. Uno de los pequeños se aferró al cuello del chico, llorando desconsolado, reacio a dejarle ir. Y lo mismo podría decirse de la pequeña mocosa que Severus llevaba enrollada en su pierna. Sacudió la pierna para quitársela de encima, pero la chiquilla parecía estar pegada con pegamento, porque no se movía ni un ápice. Probó con sus miradas amenazadoras que hacía acobardar a sus alumnos, pero que no tuvo efecto alguno en ella. Escuchó unas risas a su alrededor, y con bochorno, vio como los pocos adultos que habían asistido a la pequeña representación, le observaban divertidos.
Agachó la mirada para reñir a la pequeña, pero cuando ésta alzó su carita y enfocó sus ojos en él, las palabras murieron en su garganta. Había tal pena en esos ojos color miel, que sintió una opresión en el pecho. Ningún niño debería tener jamás esa mirada. Con un nudo en la garganta, se agachó y con una suavidad inusitada en él, apartó las manitas de su pierna. Abarcó ese pequeño rostro en sus manos, mientras le secaba las lágrimas con los pulgares, y la miró fijamente.
-Volveremos, te lo prometo.
-¿Enserio? – su carita surcada de lágrimas se llenó de esperanza - ¿Volveréis?
-Claro que sí, ¿verdad Harry? – miró a Potter plantado a su lado, y se preocupó cuando vio sus ojos brillantes de lágrimas no derramadas. El chico asintió. - ¿Lo ves?
La pequeña soltó un gritito de alegría y se lanzó a los brazos de Severus, quien visiblemente emocionado, tan solo pudo sostenerla con torpeza junto a su pecho. Cerró los ojos, disfrutando del momento de tener a un ser tan pequeño y delicado en sus brazos. Aquella pequeña ya se había ganado parte de su maltrecho corazón. Carraspeando incómodo, separó a la niña de él y se levantó. Potter y él se despidieron de toda la gente y en silencio, se encaminaron hacia el sitio donde se habían aparecido.
Sentía la mirada de Potter clava en él, pero se negaba a mirarle. Aquella situación con la niña y los sentimientos que despertó en él, lo dejaron agotado mental y físicamente. Necesitaba alejarse de Potter y de las extrañas sensaciones que despertaba en él, todas ellas, poco convenientes. Apuró el paso, pero Potter le sujetó por el brazo. Tal y como le ocurrió esa misma mañana cuando el chico chocó con él, sintió una descarga, esta vez de placer que fue a parar a su entrepierna.
-Gracias por acompañarme – dijo el chico, mirándolo intensamente – Me ha sorprendido mucho, Snape.
-¿Porqué? ¿Por qué acaba de descubrir que el bastardo grasiento tiene sentimientos? – le espetó, furioso, más que con el chico, con él mismo.
-Todo el mundo tiene sentimientos, Snape – le respondió, sin alzar la voz y sin caer en las provocaciones que anteriormente habría respondido con altanería – Lo que me sorprendió, fue que estos fueran tan intensos hacia una pequeña a la que acababa de conocer.
-No soy de piedra, Potter.
-Lo se, créeme, lo se – soltó un fuerte suspiro y se pasó las manos por el ya desordenado cabello – No tienes ni idea de los sentimientos que despiertas en mí. – murmuró y Severus se enervó.
-Se perfectamente los sentimientos que despierto en ti, Potter, y créeme, yo también siento animadversión hacia ti – escupió.
Potter se quedó tieso y blanco como la pared ante sus palabras, y en sus ojos apareció un ramalazo de dolor y decepción. Severus se arrepintió al instante de ellas, pero no iba a desdecirse. Esta vez, para aparecerse en Hogwarts otra vez, no lo hicieron conjuntamente, sino que Harry le dio las coordenadas y se aparecieron por separado. Cuando Severus abrió los ojos, el chico ya se encaminaba hacia el colegio a largas zancadas. Y lanzando un suspiro y con las manos en los pantalones, siguió su mismo camino.

Durante los días siguientes, apenas vio a Potter, y eso que Severus había regresado a Hogwarts – a petición del Lord - como profesor de Medimagia Básica, la nueva asignatura que habían implantado para los alumnos de séptimo curso y que era de asistencia obligatoria para todos. Siempre se sentaba al final de la clase, solo, pues sus dos amigos se sentaban más delante. Tenía la cabeza enterrada en un pergamino, escribiendo, pero no sabía si estaba tomando apuntes de sus explicaciones o pasaba completamente de él. Estuvo tentado de provocarlo para ver alguna emoción hacía él que no fuera la indiferencia, pero no quería discutir con el chico, por eso lo dejó pasar.
Del que tampoco tenía noticias ni había visto desde aquella noche de hacía casi dos semanas, fue al Lord. Se comunicaba cada dos o tres días con él, mediante cartas y le preguntaba como iban las cosas. Por sus palabras, Severus le notaba un tanto distante, y se dijo que así mejor, que ya había estado demasiado implicado con él y seguir deseando la intimidad que compartieron, era un completo y desastroso error. Seguía sin entender como era que le afectaba tanto su presencia, pero por mucho que pensara, no lograba averiguar el por qué.
Con el timbre, dio por finalizada la última clase de ese día, y vio como Potter se levantaba deprisa y empezaba a recoger sus cosas. Sus amigos le esperaban en la puerta, apurándolo para ir a cenar.
-Señor Potter, quédese unos minutos.
Al escuchar su nombre, el chico alzó la cabeza y clavo sus ojos en él. Volvió a sentir el mismo cosquilleo de siempre. Asintió y se despidió de sus amigos, diciendo que no le esperaran. Se apoyó en la mesa, cruzando los brazos y componiendo una mueca de hastío y desafío. Cuando el último de los alumnos salió, Severus cerró la puerta para que nadie les interrumpiera, y volvió junto al chico.
-Quería hablar sobre lo del otro día – empezó el hombre y Potter soltó una risa despectiva – Le pediría que tuviera más respeto, soy su profesor.
-No es quien para darme lecciones de respeto cuando es más que evidente que usted no sabe lo que es – contraatacó el chico, fulminándolo con la mirada – Y no hay nada que hablar sobre lo del otro día, creo que dijo todo lo que tenía que decir.
-Quería disculparme por lo que le dije el otro día – aquellas palabras clavaron a Potter en su sitio, quien se disponía a marcharse. Sorprendido, se dio la vuelta y Severus prosiguió con la disculpa – No tenía que haberle respondido de la forma en que lo hice.
-Creo que en ningún momento le di motivos para que me respondiera de la forma en que lo hizo – dijo el chico – Snape, creo que es momento de que deje atrás la guerra y aprovechar la oportunidad que le han dado para rehacer su vida de la mejor forma posible.
-Cuando has vivido prácticamente toda tu vida de esa forma, es complicado no seguir haciéndolo – confesó – Potter, usted tiene toda la vida por delante para vivir como le plazca, las personas como yo, tenemos que conformarnos con lo que nuestro pasado nos permite.
-¿No tiene sueños? ¿No tiene deseos ni ganas de hacer algo que le satisfaga? – preguntó Potter sorprendido – Ya no existen ni Voldemort ni Dumbledore que manejen su vida.
-Es muy fácil para usted decirlo – respondió esbozando una sonrisa triste.
-Usted es quien lo hace complicado. Créame cuando le digo que ahora, es cuando empieza verdaderamente su vida.
Y esbozando una sonrisa amistosa, recogió su mochila, se la colgó en el hombro y salió de la clase, dejando a Severus sorprendido. Aquellas últimas palabras habían calado muy hondo en él. Sonaban tan bien, que se permitió creer en ellas. Potter cada vez le sorprendía más. No veía en él aquellas cosas que tanto detestaba antes, y aunque Severus no era una persona que admitiera su equivocación sobre algo, cabía la posibilidad de que aquellas cosas no hubieran existido nunca.


Las semanas fueron pasando y cuando se quisieron dar cuenta, ya estaban en Navidad, y aunque esa festividad no era muy apreciada para él, lo cierto era que ese año la esperaba con cierta impaciencia y emoción. Volvería a vivir una Navidad en Hogwarts tras varios años lejos de él. Ese año, se quedarían pocos alumnos en el castillo, pues la mayoría de ellos regresarían a casa con sus familias. Si llegaran a las veinte personas en el castillo, sería un milagro.
Durante ese tiempo, llegó a tener cierta amistad con Potter. El chico era en verdad alguien fácil de apreciar y ahora que se había permitido conocerlo un poco mejor, se dio cuenta de que era una persona excepcional, y para desgracia suya, empezaba a echarle en falta cuando no lo tenía cerca. Potter había cogido por costumbre, que cada vez que terminaba su clase con él, coincidiendo siempre al final del día, se quedaba unos minutos a hablar con él, preguntándole que tal le había ido el día y contándole como le había ido a él. A veces, no podía evitar soltar una carcajada cuando el chico le contaba alguna anécdota divertida de lo ocurrido en alguna clase o simplemente, algo ocurrido hacía tiempo.
Le gustaba verle divertirse con sus amigos y bromear con todo el mundo. Estaba disfrutando de la vida, como tendría que haberlo hecho desde un principio. Era asombroso como después de haber vivido una vida llena de maltratos y abusos por parte de sus tíos muggles, y de hacer todo lo que tuvo que hacer para salvarles a todos del Señor Oscuro, aún conservara esa inocencia y pureza. Y por un instante, Severus deseó ser esa persona que permaneciera a su lado y poder empaparse de esa dulzura e inocencia, dos términos prácticamente desconocidos para él.
Se maldijo por estar sintiendo esa clase de sentimientos por un chico tan joven que podría ser su hijo, y que para más desgracia era alumno suyo. Poco importaba que Potter fuera mayor de edad, él seguía sintiéndose un degenerado por pensar en él de una forma tan poco paternal.
Tras la cena de Nochebuena, se retiró pronto a su habitación, dejando a Potter con Lupin, Black y un par de alumnos y profesores. Se sentía un poco incómodo en ese ambiente de risas y alegría. Aunque le habían dado la opción de tomar otra habitación más cálida e iluminada, Severus prefirió quedarse en la que fue suya durante todo el tiempo que estuvo de profesor de Pociones. Abrió la puerta, dejó la capa encima del sillón y se metió en el baño. Después de todo el tiempo que estuvo encerrado y tras haber sido liberado, había tomado por costumbre darse una ducha cada noche, le ayudaba a relajarse.
Dejó correr el agua mientras se desvestía. Pronto, el baño quedó cubierto por el vaho que salía del agua caliente. Completamente desnudo, se metió en la ducha y suspiró de deleite cuando la cálida agua entró en contacto con su piel. Los nudos de tensión que tenía en la espalda, se evaporaron al instante. Su pelo empapado se pegó a su cara, mientras él permanecía quieto, dejando que el agua corriera libremente por su cuerpo. Notó enseguida el momento exacto en que el ambiente en el baño cambió. Una atmosfera puramente sexual llenó el lugar, incendiando su cuerpo. No pudo evitar gemir.
Arqueó la espalda cuando una mano recorrió toda su espina dorsal. No le hacía falta girarse para saber quien era. Intentó darse la vuelta, pero el Lord lo mantuvo de cara a la pared, en la cual se apoyó con las manos. Un cuerpo cálido se pegó al suyo y Severus se restregó contra la erección del otro hombre. El Lord lo rodeó en un posesivo abrazo, colocando la cabeza en la curva de su cuello. Sentía la errática y superficial respiración del hombre en su oído, que le excitaban más que cualquier caricia. Severus giró la cabeza para verle el rostro, pero un velo oscuro cubrió sus ojos. No pudo evitar tensarse.
-No es momento de que me veas – susurró en su oreja, antes de darle un mordisco en el lóbulo.
-No me gusta este tipo de intimidad con personas a las que no conozco – replicó sin mucha convicción, pues las caricias que le estaban prodigando a su pecho y sus tetillas, le impedían pensar con claridad.
-Me conoces más de lo que crees – respondió dándole la vuelta y poniéndose frente a él. No podía verle, pero si sentirle. – Confía en mí, Severus, jamás te haría daño.
Y cuando le besó de esa forma tan dulce y delicada, Severus confió en sus palabras. El Lord le sujetó el rostro con sus manos, acariciando sus mejillas con sus pulgares, mientras depositaba pequeños besos por todo su rostro. Severus entreabrió los labios, esperando con impaciencia que aquellos deseables labios se posaran sobre los suyos. En vez de eso, estos se posaron sobre su cuello, el cual saboreó y lamió sin piedad, y Severus giró un poco la cabeza para darle mejor facilidad, mientras de su boca no salían más que gemidos y jadeos.
Al ser privado de la vista, el resto de sus sentidos se habían desarrollado más, intensificando sus sensaciones. Oía con toda claridad las inspiraciones del hombre mientras torturaba su cuello, sentía cada músculo, la suavidad de la piel y el suave vello a través del tacto de sus dedos. El aroma intoxicante y picante del hombre, le inundaba las fosas nasales, drogándolo. Y su lengua se moría por volver a saborear el sabor del hombre.
Las manos del Lord vagaban con toda libertad por todo su cuerpo, acariciando y pellizcando suavemente por todas partes. Hasta ese momento, las manos de Severus habían permanecido aferradas a sus hombros, viajando de vez en cuando hacia los potentes brazos, pero esta vez se atrevieron a llegar más lejos y resbalando poco a poco por la espalda, abarcando las redondas nalgas, las cuales apretó y masajeó. Aquella acción, provocó la pérdida de control del Lord, el cual, tras proferir un grito asaltó los labios de Severus sin piedad alguna, mientras se restregaba contra su cuerpo de forma desesperada. Aquella desesperación, pareció excitar más a Severus, quien respondía a los gemidos del Lord, con jadeos igualmente apasionados.
-¡Dios! No tienes ni idea de cuanto te deseo – murmuró el Lord, mordisqueando y succionando los labios de Severus con gula, ávido del sabor de su boca.
-No se que me pasa contigo, pero no puedo evitar desearte cuando te tengo cerca – respondió Severus entre jadeos entrecortados. - ¿Qué tienes que me afecta tanto?
-Ya llegará el momento para las explicaciones – susurró en su oído – Déjame demostrarte cuán grande es mi deseo y pasión por ti.
Lo escuchó, más que vio, como este se arrodillaba frente a él y el conocimiento sobre lo que iba a hacer, hizo que las piernas le flaquearan. Apoyó la espalda en la pared de la ducha, mientras echaba la cabeza hacia atrás y el agua de la ducha le mojaba el rostro y resbalaba por todo su cuerpo. Sentía los labios adoloridos e hinchados, pero era un pequeño dolor que recibiría gustoso siempre. El Lord colocó sus manos en sus caderas, acercó su rostro hacia su entrepierna, enterrando la nariz en ella y aspirando su olor. Las caderas de Severus se movieron instintivamente, recibiendo como respuesta un pequeño apretón.
Jadeó de anticipación cuando sintió en la punta de su pene, la respiración del Lord y un grito se le quedó atorado en la garganta, cuando se metió toda la longitud en la boca. Llegó tan hondo, que podía jurar que había acariciado con la punta, la campanilla. Todas sus sensaciones parecían dispararse hacia su pene, sintiendo como éste entraba y salía de aquella boca cada vez más deprisa. Severus, incapaz de permanecer de pie, se apoyó en los hombros del otro, mientras recargaba casi todo su peso, en la pared. El agua seguía rociándolos enteros. Demasiado pronto para su gusto, el Lord abandonó su pene y se puso en pie.
Protestó cuando lo cogió por los hombros y lo volvía a colocar frente a la pared, tal y como lo encontró en un principio. Se tensó al entender sus intenciones. No estaba acostumbrado a ser el pasivo en una relación íntima, le daba la sensación de ser el débil en ella y él no soportaba mostrar debilidad ante nadie. Intentó protestar, pero el hombre acalló sus palabras con un beso que lo dejó sin aliento, y cuando se quiso dar cuenta, un dedo tanteaba su entrada. Tensó la espalda. Aquel dedo se introdujo en su ano, poco a poco y con cuidado, consciente de que la persona no estaba acostumbrada a tal intromisión. Con una mano en la parte alta de la espalda, inclinó su cuerpo, dejando su culo totalmente expuesto. El Lord murmuraba palabras incoherentes para él, logrando calmarle. Un segundo dedo hizo acto de aparición, y esa vez si hubo un poco de malestar.
Severus estaba sorprendido de la ternura que estaba usando el Lord cuando momentos antes había devorado salvajemente sus labios. Daba la sensación de que quería mostrarse duro y severo, pero no pudiera evitar que su lado tierno saliera a relucir. El tercer dedo se unió a los otros, en una acción que ya había dejado de ser molesta para Severus. Uno de los dedos tocó el punto exacto, que provocó un grito de sorpresa y placer.
-Ya estás preparado para mí – susurró el Lord, y Severus protestó cuando los dedos fueron retirados, pero enseguida fueron sustituidos por algo más grueso y grande. - ¡Dios, que estrecho estás! – siseó apretando los dientes – Es una delicia.
Y en lo que fue un momento angustioso por su lentitud, el miembro del Lord fue introduciéndose en él poco a poco, y cuando ya estuvo completamente dentro, soltó un suspiro de satisfacción. Severus, se sentía abrumado por la sensación de verse invadido por otra persona, pero en vez de parecerle extraño o incómodo, le parecía que jamás había estado tan bien. Se sentía completo, como si aquella acción, era lo que había estado buscando toda su vida. Resollando, el Lord empezó a moverse, saliendo despacio para adentrarse cada vez más deprisa y llegando más lejos en cada embestida.
Los dedos del Lord se clavaban con saña en las caderas de Severus, utilizándolo como apoyo para sus embestidas cada vez más salvajes. El final estaba cerca, y ambos los sabían por lo que aumentó el ritmo de las embestidas, hasta que en un grito ronco y profundo, el Lord se vino dentro de Severus y éste salpicó la pared y el suelo de la ducha, siendo su semilla mezclada con el agua que seguía cayendo y se deslizaba hacia el desagüe. A Severus le dolían los brazos de tener que soportar su peso al apoyarse en la pared, y aunque sus músculos clamaban por un descanso, él se negaba a moverse. Aún tenía el miembro del otro dentro de él. Lo sentía respirar con dificultad detrás de él, sujetando aún sus caderas. Sintió un poco de escozor cuando el miembro del Lord salió de su trasero y notó como unos pequeños regueros de semen resbalaban por su entrada.
Pensó que se marcharía, por eso se sorprendió cuando lo ayudó a levantarse y lo apoyó en la pared, abrazándose a él y apoyando la cabeza en su pecho. El agua caliente se había terminado ya y ahora el agua fría los mojaba. Indeciso sobre que hacer, Severus dudó. Alzó la mano para quitarse la venta que cubría sus ojos, cuando una mano le detuvo.
-Abrázame – rogó con cierto sufrimiento – Déjame sentir lo que es un abrazo tuyo antes de que me odies mañana.
-No podría odiarte aunque quisiera – respondió Severus, sorprendido ante la petición. – Te deseo demasiado, no me preguntes porque.
-Pero yo también quiero que me ames – susurró – No te quites la venda, por favor.
-Quiero verte. Quiero mirar a los ojos de la persona que deseo.
-Mañana, pero no hoy. – pidió – Por favor, Severus, no estropees esta noche.
Severus asintió y desistió en la idea de quitarse la venda… por el momento. El Lord se iría, no iban a permanecer siempre ahí en la ducha, por lo que aprovecharía el momento en que él se girara, para quitarse la venda y verle por fin. No contó con que el Lord le cogiera en brazos y lo acostara en la cama, quedándose dormido al instante.

Severus despertó bien entrada la mañana, para descubrir que no estaba solo en la habitación. Una figura encapuchada permanecía cerca de la ventana, mirando el paisaje. Parecía tan ensimismado, que dudaba que le hubiera escuchado.
-Buenos días, Severus – se equivocaba. Aunque sabía que era la misma persona que le había hecho el amor apasionadamente la noche anterior, había algo diferente en él, y era el sonido de su voz. Tenía la misma forma de alargar las eses de su nombre, pero su tono no era el grave y profundo de hacía unas horas, sino que ahora parecía más joven. Conocía esa voz, estaba seguro, pero no sabía de donde.
-Buenos días – respondió al tiempo que se levantaba y se ponía su bata de raso negra, atándosela a la cintura – No pensé que estarías aquí.
-Ayer te prometí que te revelaría mi identidad, y siempre cumplo mis promesas.
Severus aguantó la respiración cuando la capucha fue retirada poco a poco, dando la sensación de que toda la escena ocurría a cámara lenta. Un rostro joven y apuesto, y tremendamente conocido, se plasmó frente a él. Tan solo pudo vocalizar su nombre, pues la voz no le salía. Potter.
-No – negó, moviendo la cabeza de un lado a otro. Se negaba a creer eso – Esto tiene que ser una broma.
-Te dije que me odiarías por la mañana – murmuró con pesar, mientras sus ojos verdes perdían su característico brillo y se empañaban de dolor.
-¿Has sido tu todo el tiempo? – preguntó anonadado y el otro asintió. - ¿Por qué demonios no me has dicho nada? Has estado jugando todo este tiempo conmigo – le espetó, sintiendo un dolor en el pecho.
-Jamás he jugado contigo – respondió con voz firme, y algo en su voz, tal vez la seguridad con que lo dijo o el aura de poder que emanó de él, le hicieron darse cuenta de que era todo cierto. Que la persona con la que había hecho el amor tan apasionadamente, había sido Potter. Se sentía traicionado. – No podía decírtelo. No estabas preparado para saber la verdad.
-¿De que verdad estás hablando? – le espetó, furioso.
-De una verdad que nos une a ti y a mí de por vida.
-Jamás. ¿Me oyes? Jamás habrá algo que me una a ti – escupió con veneno.
-Soy un veela, Severus, por eso sientes esa atracción hacia mí, o hacia el Lord, en todo caso, pero eso da igual, porque somos la misma persona. – explicó y el rostro de Severus quedó demudado por la sorpresa de la revelación, y eso que aún le quedaba otro secreto más que saber – Supongo que sabrás que los veela tienen una pareja para toda la vida, algo así como los licántropos, y tú, Severus, eres la persona que mi lado veela ha elegido como compañero.
Severus Snape no era una persona que soliera desmayarse, de hecho, jamás lo había hecho, pero cuando Harry Potter le reveló aquella verdad, cayó desplomado en el suelo, totalmente inconsciente de los fuertes brazos que lo sujetaron con una ternura inusitada. Despertó minutos después, encontrándose recostado sobre el regazo de Potter. Se apartó de golpe, manteniéndose lo más lejos posible de él, y el chico no lo detuvo, sino que bajó la mirada, apenado.
-Siento haberte ocultado que en realidad era yo el Lord, pero no veía la forma de decirte la verdad.
-Me pediste que confiara en ti, y mira a lo que me ha llevado esa confianza – le espetó.
-¿Tanto te repugna la idea de ser mi pareja? Creía que en las últimas semanas nos habíamos hecho amigos.
-Amigos no es lo mismo que amantes, Potter – respondió, omitiendo la primera pregunta, porque no sabía cual era la respuesta. Y tenía miedo de saberla. Pese a sentirse traicionado por la mentira, la idea de ser pareja de Potter no le parecía tan descabellada ni repulsiva.
-Mi intención era que llegaras a conocerme lo suficiente para revelártelo todo, y darte la oportunidad de poder quedarte conmigo o marcharte.
-¿Para que? ¿Para que me envíes a prisión otra vez?
-No, para poder darte la libertad que durante tanto tiempo se te ha negado, y aunque me siento mal por haberte mentido, creo que me merecía la oportunidad de que me conocieras. Severus – el chico dio unos pasos hacia él, pero este se alejó, consiguiendo que Potter se quedara parado – mi lado veela me impide hacer nada que te dañe, pero créeme cuando te digo que no es solo mi parte veela la que te desea. Cuando hablabas con Harry, era conmigo con quien lo hacías, no con el Lord. Estando contigo siendo como soy, era yo, no mi parte veela.
-Márchate, Potter. – le señaló la puerta, indicándole que saliera. El dolor con el que lo miró el chico, le oprimió el pecho.
-¿Es esta tu respuesta a si aceptas se mi pareja?
-No soporto las mentiras, ni muchos menos las traiciones, Potter, y tu te has lucido con las dos. Y ahora, márchate.
Sintiendo un nudo en la garganta que le impedía respirar, se encaminó hacia la salida, con la cabeza gacha y los ojos anegados en lágrimas. No había piedad alguna en las palabras de Severus y supo que no solo no le perdonaría jamás, sino que tendría que aprender a vivir solo, sin la compañía de su pareja, porque Severus si podía compartir su vida con alguien más, pero para él no habría otra persona. Los veelas solo tenían una pareja predestinada.
La puerta se cerró a sus espaldas, cerrando con ella, cualquier posibilidad de ser feliz.



Epílogo

Severus apuró el paso, con el corazón bombardeando con rapidez en su pecho. La colina se le hacía cada vez más alta y empinada, y tenía la sensación de que cuanto más avanzaba él, más se alejaba de su destino. De su futuro. Habían pasado casi dos meses desde que descubrió la verdad sobre Potter y el misterioso Lord, y podría decirse que no había sido persona desde entonces.
Tenía grabadas en la mente las crueles palabras que le soltó al chico aquella mañana y aunque en un principio las había justificado porque habían sido dichas por culpa de la ira y el sentimiento de traición, lo cierto era que ahora se arrepentía de cada una de ellas. Harry había intentado explicarle, exponerle sus razones para actuar como lo hizo, pero no le dejó hablar, le echó de su habitación como quien echa a un perro callejero a la calle. Sin pena ni remordimiento.
Los días siguientes a ese suceso, fueron una tortura para él, no sabiendo como afrontar el momento en que lo viera entrar a su clase con su característica sonrisa bailándole en los labios. Pero no hubo más sonrisas, ni tampoco miradas de reconocimiento, tampoco habría entre ellos más charlas amenas y bromas, y esa pérdida le dolió más que la mentira y el engaño del que fue victima.
Tardó un poco en hacerse a la idea de que Potter era un veela oscuro y él su pareja. Poco se sabía de esa raza de veelas, pero al contrario que el resto, éstos eran más pasionales, más posesivos y sobretodo, más peligrosos. Peligrosos porque al liberar sus poderes, eran capaces de hacer que una persona se arrancara la vida sino obtenía la satisfacción sexual que deseaba desesperadamente. Esto solía ocurrir con los veela que aún no habían encontrado a su pareja o ésta, por las circunstancias que fueran, no estaba a su lado. Como yo, pensó Severus. Porque la única de forma de calmarlos, era reclamar a su pareja y que éste los aceptara.
-Por eso te sacó de prisión – le explicó Lupin una tarde que lo llamó a su despacho, ya enterado de lo ocurrido entre Potter y él – Aunque conociendo a Harry, se que habría hecho lo posible para sacarte de allí aunque no fueras su pareja. Le salvaste la vida incontables veces y eso es algo que él no olvidará jamás. Sentía que te lo debía.
-¿Pero porqué mentirme con lo del Lord? ¿Existe de verdad ese Lord o solo fue un invento?
-Existe, aunque no sea más que un mero título. Hoy en día, Harry es el único con el poder y la influencia suficientes para mantener en orden el Mundo Mágico, pero no quiere que su nombre salga más en los periódicos. Reconozco que en un principio tampoco estuve de acuerdo en que te mintieran, pero viendo como reaccionaste cuando te enteraste, entiendo mejor la decisión de Harry de no contártelo hasta que estuvieras más preparado.
-No se si llegaré a estar preparado para ello alguna vez – murmuró y se levantó de la silla, empezando a pasear por el despacho con las manos en la espalda – Esta no es la vida que yo quería para mí una vez fuera libre.
-Que no fuera lo que tu querías, no significa que sea malo, Severus – el hombre alzó la mirada para enfocarla en el cuadro del anterior director, Dumbledore quien le miraba a través de sus gafas de media luna – No importa como nos vengan las cosas, lo verdaderamente importante es saber acogernos a aquellas que nos van a hacer felices, aunque no sean las más fáciles.
-Severus, ¿crees que de aceptar a Harry, podrías ser feliz? – le pregunto Lupin suavemente y Severus clavó sus ojos oscuros en el. – Nada me gustaría más que Harry tuviera a su pareja, pero si tienes dudas, no lo aceptes. No soportaría ver a Harry sufrir atado a una pareja que no le quiere, aunque él se desviva por esa persona y su naturaleza le impida dejarte.
Severus no sabía que creer, que pensar y sobretodo, que sentir. Apreciaba al chico, más de lo que pensó alguna vez que llegaría querer a alguien, pero no sabía si ese sentimiento era tan fuerte para poder durar toda la vida. ¿Y si lo aceptaba y luego todo salía mal? Una vez unidos, ya no habría vuelta atrás ni separación posible. Sus vidas quedarían unidas. Se pellizcó el puente de la nariz, agotado. Sentía las miradas de Lupin y Albus fijas en él, esperando una respuesta. ¿Y si Potter solo quería estar con él por que su lado veela así lo quería, y él se sentía atraído precisamente por eso?
Cuando hablabas con Harry, era conmigo con quien lo hacías, no con el Lord. Estando contigo siendo como soy, era yo, no mi parte veela.
Le vinieron a la mente aquellas palabras dichas por Harry hacía semanas. ¿Sería cierto aquello? ¿No eran solo sus sentimientos los que habían cambiado, sino también lo que Potter sentía por él? ¿Valía la pena arriesgarse?
-Creo que si hay algo por lo que vale la pena luchar, es por Harry. – murmuró sin ser apenas consciente de lo que decía.
-Bien dicho, mi muchacho – la voz de Dumbledore desde su cuadro, destilaba orgullo y Severus le sonrió agradecido.
-¿Dónde me he metido? – susurró sin poder creerse aún la decisión que había tomado. Tendría que estar loco.
-En el tren de la vida, hijo, en el maravilloso tren de la vida – sonrió Dumbledore.
Y ahí se encontraba ahora, intentando llegar hacia donde estaba Harry. Ni Lupin ni Dumbledore sabían donde había ido el chico, y sabiendo que tendría que preguntarselo a Black, le echó tripas corazón y se animó. La imagen con la que se encontró, no podría borrarse jamás de su mente. Reprimió un escalofrío. Draco, su ahijado y alumno predilecto, estaba tumbado en una mesa, medio desnudo, con las piernas abiertas y rodeando con ellas la cintura de Black, quien embestía con fuertes estocadas. Paralizado de la sorpresa, no pudo más que quedarse plantado en la puerta, con los ojos abiertos de par en par, viendo como el más joven gemía incontrolablemente, pidiendo más y más fuerte, y como los músculos de la espalda y el trasero de Black, se tensaban ante el esfuerzo. Ambos cuerpos estaban bañados en sudor, y era realmente chocante ver la pálida cabellera de Draco y su piel clara, en contraste con el cabello oscuro y la piel morena de Black. Pero aún y así, no dejaba de ser erótico y excitante. Sino, que se lo preguntaran a su miembro, quien se había despertado de lo más alegre ante la imagen. Si Severus pensaba que lo había visto todo, se había equivocado.
Resollando, llegó al orfanato al que fueron Harry y él a ver la obra de teatro. No tardó mucho en encontrarle, rodeado de niños. Estaba sentado debajo de la sombra de un gran árbol, con la espalda apoyada en él. La niña que aquella vez se cogió a su pierna impidiendo que se marchara, estaba ahora sentada en el regazo del chico, y casi una decena más de niños, estaban sentados enfrente de él, con las piernas cruzadas y sin parpadear, de tan entusiasmados y metidos que estaban en la historia que Harry les contaba. El corazón le dio un salto ante la imagen y supo con toda claridad, que por muchas dudas que tuviera, había tomado la decisión correcta. Harry era la persona adecuada para él, y ya se encargaría él de que el chico no lamentara jamás haberle elegido como pareja.
Harry debió percibir su presencia, porque alzó la cabeza y cuando le vio, por sus ojos pasaron un montón de sentimientos. Severus avanzó unos pasos, y a medida que iba acercándose a él, notaba como la voz de Harry se volvía más insegura, tragando con nerviosismo y las manos con las que sujetaba el cuento, temblaban imperceptiblemente. Harry hacía denotados esfuerzos por no mirarle, por aparentar que no estaba a su lado, pero le era imposible.
-Niños, es la hora de merendar y la señora Williams ha hecho unos panecillos de crema buenísimos, ¿por qué no entráis?
Los niños gritaron entusiasmados ante la idea de comerse su dulce favorito, y tras darle un efusivo abrazo a Harry, se fueron corriendo hacia dentro de la casa. Con tranquilidad, el chico cerró el cuento y lo metió dentro de la vieja y raída mochila que tenía al lado. A Severus se le hizo eterno el tiempo que estuvo guardando las cosas, y parecía que el chico lo hacía aposta, haciéndole esperar.
-¿Qué hace aquí? – ya no había más tuteo entre los dos, y Severus se lamentó por ello. – Creí que por fin estaba contento al haberse deshecho de mí.
-Harry…
-No creo haberle dado permiso para tutearme, señor – le cortó de raíz.
-Déjame explicarte…
-¿Igual que usted me dejó explicarme a mí? – le recriminó y cuando vio como sus ojos se demudaban de dolor, supo que en verdad le había afectado su rechazo – Mire, puedo entender que se sintiera abrumado por toda la situación, comprendo también que se sintiera engañado al haberle ocultado que el Lord era yo, pero lo que no entiendo, es porque no permitió que le explicara el porqué lo hice. Creí que había cambiado después de la guerra, que había dejado atrás ese hombre amargado, pero no es así. Sigue siendo tan desconfiado y cínico como siempre.
-No es sencillo cambiar de un día para otro, Potter – intentó exculparse, pero no logró aplacar al chico ni una sola vez – Créame cuando le digo que me arrepiento de lo que le dije, y eso, es algo que el viejo Severus no habría hecho. Déjeme intentarlo.
-¿Intentar que? ¿Una relación conmigo? – el chico soltó una carcajada, pero era una carcajada fría y vacía - ¿Cree que basta solo con intentarlo? Snape, siento algo más que deseo por usted, siento por usted más que lo que mis sentimientos veela despiertan, y por eso, no estoy dispuesto a que usted aproveche esos sentimientos para hacerme daño a sabiendas que por mucho que usted me haga sufrir, yo sería incapaz de hacerle sufrir a usted.
-No quiero hacerle sufrir – la idea le pareció ridícula – Harry, yo también siento algo por ti. No creo que sea amor, pero sí es un sentimiento lo bastante fuerte como para querer estar contigo. Deseo al veela, lo reconozco, pero también te deseo a ti, y si ahora me dieran a elegir entre vivir las noches apasionadas con el veela o pasear con los jardines contigo, elegiría la segunda opción.
-No se si creerte – murmuró Harry.
-Me pediste que confiara en ti, y ahora te pido por favor, que confíes en mí – rogó.
Terminó de acortar la escasa distancia que los separaba y abarcó el rostro de Harry en sus manos. Severus se perdió en sus ojos verdes y brillantes y con un gemido, tomó posesión de sus labios, enfebrecido. Harry se sujetó a sus brazos, como si temiera caer, apegándose más a él. Se fundieron en un abrazo, tan íntimo y tan cercano, que no sabían donde empezaba uno y donde terminaba el otro. No se sabe que les deparará el futuro, si habrán hecho bien aceptando una relación que no será fácil para ambos, pero lo que si que es claro, es que mientras les una esa pasión, tendrán un motivo poderoso para permanecer juntos. Y quien sabe si de ese roce, nace el amor.


FIN
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Helen Black P
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MensajeTema: Re: BENDECIDA PASIÓN (Intercambio Navideño 2010)   Dom Ago 31, 2014 10:57 pm

Que linda historia, me legra que se dieran la oportunidad de estar juntos y se que no se arrepentirán Razz  me gusto la actitud de Harry que no le pusiera tan fácil las cosas y me alegra que Severus recapacitara y le diera una oportunidad a Harry
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yatta
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MensajeTema: Re: BENDECIDA PASIÓN (Intercambio Navideño 2010)   Sáb Sep 06, 2014 8:37 pm

awwww Bien por Sev a tomado la decision correcta!!
muy buen fic!
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MensajeTema: Re: BENDECIDA PASIÓN (Intercambio Navideño 2010)   

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BENDECIDA PASIÓN (Intercambio Navideño 2010)
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