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 Death Eater takes a Holiday. Capítulo 37. Disculpas

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alisevv

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MensajeTema: Death Eater takes a Holiday. Capítulo 37. Disculpas   Jue Ene 14, 2010 6:55 am


Death eater takes a holiday
Capítulo 37

Disculpas



La negrura se decoloró en un borroso gris. La luz comenzó a brillar sobre su cara. No podía sentir su cuerpo realmente, no estaba completamente consciente.

“¿Estoy en un suelo de piedra?” —se preguntó a sí mismo.

Se escucharon ruidos de metales entrechocando. Brevemente, recordó un espectáculo que había visto, donde un hombre golpeaba su taza de metal contra los barrotes de una celda. Eso explicaría el suelo de piedra. Escuchó una voz resonar en la distancia. Era una voz familiar, pero muy alta. Demasiado alta. Harry podía distinguir las palabras vagamente. Algo estaba removiendo los cuerpos y ventilando el lugar. Pudo sentir que era levitado del suelo de piedra. No le importaba particularmente hacia donde le estaban llevando, con tal de que fuera lejos del atronador ruido. Pensó que había logrado escuchar una risa suave, pero no estaba seguro, y cualquier sitio tranquilo sería agradable.

Varias horas y unos cuantos sueños extraños más tarde, comenzó a recuperar la conciencia una vez más, y movió la cabeza alrededor para averiguar dónde estaba. Inmediatamente, se dio cuenta que el movimiento era una mala idea, pues su cabeza se sentía como si estuviera a punto de explotar, y briznas de hierba estaban ahora pegadas a su nariz. Cuando se atrevió a abrir los ojos, le saludo el rostro inconsciente de Ron Weasley. El sol estaba muy brillante, y reflejaba la línea de babas que rezumaba de la boca del pelirrojo sobre el césped. Harry sólo podía desear estar babeando, pues parecía que la humedad de su boca había desaparecido largo tiempo atrás.

—Merlín, no voy a beber nunca más —musitó para sí mismo.

—Hasta la próxima vez, ¿verdad, Harry? —preguntó una voz ronca y profunda

Harry se alzó para incorporarse. Mala idea.

—Ey, Charlie —saludó perezosamente, sonriendo, bizqueando por el sol—. ¿Estuviste aquí anoche? —no podía decir que recordara haber visto a Charlie, pero con la casa llena de Weasley, ¿quién podría decirlo?

—Puede decirse que sí. Llegué en algún momento entre el final de la noche y el comienzo de la madrugada —contestó, ayudando a Harry a levantarse—. Le prometí a mamá que permanecería sobrio y vigilaría la fiesta cuando ella y papá se fueron a dormir.

—¿Ganaron los nuestros? —preguntó cómicamente al notar la línea de cuerpos dormidos tirados en el césped. Parecía un campo de batalla, con abundantes bajas. Detrás de Ron estaban Seamus Finnegan y varios amigos más. No estaba seguro, pero uno de ellos se parecía a Neville. Charlie se echó a reír, asegurándole que ellos habían salido victoriosos en la lucha contra la sobriedad.

—Mamá quiso empezar a preparar el desayuno y limpiar, así que nos pidió a Ginny y a mí que les sacáramos al sol para que se airearan un poco —explicó Charlie—. Ahora está en la cocina, golpeando los cacharros, y vociferando mientras cocina —Harry hizo una mueca de dolor al recordar dichos golpes. Charlie inclinó la cabeza, haciéndole un gesto para que se acercara—. Ven aquí, tengo un obsequio para ti. Creo que te va a gustar —comentó, guiñándole un ojo.

Harry y el pelirrojo entraron por la puerta del frente, deslizándose hasta las escaleras de subida, sin comprender a Molly. Harry apenas podía esperar a subir las escaleras, lejos del jaleo que estaba hacienda la matrona en la cocina.

—Sé que tengo resaca y todo eso, pero no recuerdo a tu mama siendo tan ruidosa nunca antes —gruñó. Charlie bufó.

—Se pone muy ruidosa cuando alguien en la casa tiene resaca. Es su sutil manera de desanimarnos a beber en exceso —sacudió la cabeza como si todavía no creyera las acciones de su madre, o que todavía siguiera haciéndolo después de tantos años—. Bill y yo dejamos de venir a casa en las noches cuando nos dimos cuenta de lo que estaba haciendo. Percy nunca lo supo, pero por aquel entonces él difícilmente salía tanto de fiesta como nosotros —guió a Harry escaleras arriba. El más joven se sentía agradecido por la mano apoyada sobre la parte baja de su espalda, guiándole, pues no podía ver muy bien y sus piernas estaban algo temblorosas—. Eres afortunado, Harry; como huésped, ella te da un respiro. ¿No notaste que la mayoría de las personas allá afuera en el césped no son de la familia?

—Creo que, como huésped, me quejaría de ser puesto afuera, en el césped; pero, dado que antes desperté sobre un duro piso de piedra, supongo que el césped es una mejora —reflexionó Harry.

Charlie rió y le acompañó hasta el lavabo. Cuando le preguntó porqué andaba a tientas alrededor del lavamanos, Harry le explicó que se había puesto lentes de contacto la noche anterior, pero se los había quitado después de media noche, cuando sintió que ellos estaban empezando a congelar sus globos oculares. Se abrazó a sí mismo, recostándose contra el lavamanos, mientras el pelirrojo ponía pasta de dientes en un cepillo y se lo entregaba. Harry estuvo agradecido tanto por la ayuda como por su cepillo de dientes, que guardaba en la Madriguera. Charlie salió mientras el chico de ojos verdes se cepillaba los dientes y se refrescaba.

El ahora completamente entrenado mago se paró ante el lavamanos y contempló su reflejo en el espejo. Sus pantalones, desabotonados, colgaban precariamente de sus caderas; su franela fue lanzada al piso. Se inclinó, apoyando sus antebrazos en el borde del lavamanos, sosteniendo su dolorido cuerpo unos minutos antes de enderezarse hasta una tambaleante posición vertical. Puso la gastada toalla sobre su cara para protegerse de la luz. Desde el pasillo, Charlie admiró la pequeña figura. Cuando se acercó, apenas pudo ver, sobre el hombro de Harry, las decoloradas líneas de la marca de una mordedura. Se reclinó contra Harry, rodeándole los hombros con sus brazos, bajó la cabeza hasta su cuello y susurró a su oído.

—¿Sabes que dijiste su nombre mientras dormías? —bromeó. Harry, que había estado apoyado sobre él como unos fideos mojados, se congeló ante sus palabras—. Relájate, amor, te estoy tomando el pelo —le tranquilizó el pelirrojo—. Ron también cayó —el moreno se relajó nuevamente—. Aunque no estaba aquí anoche, tienes a alguien, ¿verdad? —fue más una aseveración que una pregunta. Harry asintió, preguntándose cómo lo podía saber—. Ya no te ruborizas cuando me ves —le explicó. El chico de ojos verdes sonrió, recordando cómo acostumbraba ponerse colorado cada vez que estaba en la misma habitación con Charlie, desde que habían compartido un beso alrededor de un año antes—. Y tienes una pequeña marca que no ha desaparecido completamente… justo aquí —para puntualizar sus palabras, dejó un casto beso sobre la marca.

Harry se relajó completamente, siempre se sentía seguro con Charlie. Disfrutaba cuando el hombre flirteaba con él. El pelirrojo nunca había cruzado la línea del flirteo. Nadie más le había tratado de esa forma; con él siempre se sentía como un chico común.

—Dijiste que tenías un regalo para mí, ¿o sólo estás feliz de verme? —preguntó Harry cómicamente. Charlie bufó y se presionó contra él. El menor quedó impactado al sentir la dureza detrás de él. El pelirrojo revisó en el fondo del bolsillo de su túnica; Harry pudo sentir su mano entre ellos mientras hurgaba hasta encontrar lo que buscaba y colocarlo en la mano del moreno. El chico no podía creer lo que sus ojos veían; era justo lo que necesitaba. Con manos temblorosas, abrió rápidamente la tapa y bebió ávidamente el contenido de la botella de poción contra la resaca.

—Mmm… Charlie, eres el mejor —gimió, feliz. Era un obsequio muy bien recibido.

—¿Podrían controlarse? Eso es sencillamente perturbador —comentó Ginny, quien entraba en el baño en ese momento, con los brazos llenos de toallas limpias. Harry ni siquiera había notado que abrían la puerta, no que eso importara. Charlie abrió la puertecilla del armario mientras ella colocaba las toallas en los estantes.

—Ginny, pensaba que te sentías cómoda acerca de mi sexualidad —comentó el pelirrojo, abrazando a su hermana pequeña y frotando su coronilla con los nudillos. Harry no estaba completamente seguro de si estaban hablando en serio o no. Prefirió mantenerse en silencio.

—Oh, estoy bien con eso —aseguró la chica con una sonrisa—. Pero si Harry va a gemir el nombre de uno de los Weasley, odio saber que no va a ser el mío —concluyo, asiendo las toallas húmedas y partiendo con un movimiento de pelo.

Ginny y Harry no habían vuelto a ser cercanos desde que ella había tratado de salvar la cara cuando él había rechazado completamente sus avances. Cuando la joven había descubierto que a Harry no le atraían las chicas, había aumentado su confianza en sí misma y mejorado la amistad entre ellos. Después de eso, había relajado su actitud y las visitas a La Madriguera se habían vuelto mucho más cómodas.

Harry estaba a punto de bajar para desayunar con Charlie, cuando se dio cuenta que Ginny había birlado su camisa junto con las toallas del piso. El atractivo pelirrojo sacudió una camisa de su bolso y ambos bajaron las escaleras en busca de sustento.

Durante el desayuno, Molly sospechó que Harry había conseguido una poción contra la resaca. Tenía buen apetito, mientras el resto de los huéspedes que habían pasado la noche allí estaban bebiendo sorbos de té y mordisqueando tostadas tan suavemente como les era posible. La matrona Weasley siempre era la mejor cuando de alimentar a su tropa se trataba, y generalmente Harry estaba demasiado dispuesto a ser alimentado.

—Hedwig estuvo aquí temprano, pero se rehusó a permitir que Arthur le desatara tu carta —comentó Molly, poniendo más tocineta en su plato. Los ojos de Harry se abrieron ampliamente. Con toda la conmoción de dejar la escuela, y luego su discusión con Severus, había olvidado a su lechuza en Hogwarts—. Como vio que no era capaz de despertarte, se fue nuevamente.

Harry se preguntó si la carta habría sido de Severus. Albus sabía que la familia Weasley daba una fiesta, y le habría llamado por la chimenea si se hubiera tratado de algo importante.

Arthur había reconocido el emblema en el sello de lacre como perteneciente a la casa Snape. No era el sello que utilizaba habitualmente, pero lo reconoció por La Orden. Deseaba decírselo a Harry, pero no en frente de todos. Se decidió por comentar algo vago.

—Quizás la carta trataba sobre tu horario de verano —declaró enigmáticamente, sorbiendo su té—. Creo que el profesor Dumbledore comentó que tomarías una o dos clases de Defensa.

Esa era la subestimación más grande que había oído jamás. Tendría que pasar varios días a la semana entrenando, con Severus Snape y otros miembros de La Orden de los que desconocía el nombre, enseñándole. No sabía qué sentir sobre la carta que Severus le había enviado. Una parte de él se alegraba internamente de que el hombre hubiera contactado con él, pero otra parte todavía seguía herida por su reacción al saber que le amaba.




Esa mañana temprano, encontró a Severus Snape paseando alrededor de sus aposentos privados. Le había tomado casi una hora escribir la carta para Harry. En ella, se disculpaba por haber sido tan cortante la mañana en que le había sanado. Le explicaba que no se había dado cuenta que estaba curado hasta después, y que no debería haber asumido la incompetencia de Harry cuando le encontró dormido esa mañana.

Paseando por la habitación una vez más, notó en el piso cuatro pergaminos arrugados, producto de sus primeros intentos fallidos, y los lanzó al fuego. Definitivamente, no estaba acostumbrado a tener que disculparse. Mentalmente, repasó la carta de nuevo, esperando que las palabras fueran adecuadas. Había intentado explicarle que el enojo que había experimentado no era debido a los sentimientos de Harry hacia él, sino a las consecuencias que tales sentimientos podrían generar.

No quiso decirle francamente que esperaba que perdiera el interés cuando descubriera más cosas sobre él, y que si estaba enamorado lo haría todo más difícil para él.

A esa hora todavía estaba aguardando a la lechuza nevada.

Se había sentido bastante aliviado al ver a Hedwig en la lechucería, sabiendo que era seguro que habría alguien que estaría prestando atención a las lechuzas que iban y venían al salvador. También estaba bastante convencido de que sus indicaciones serían acatadas cuando instruyó al ave para que no entregara la carta a nadie excepto a Potter. Hedwig era leal e inteligente. De todas formas, no haría daño que el pergamino se quemara hasta convertirse en cenizas si alguien que no fuera su destinatario previsto intentaba abrir el sobre.

Cuando un destello blanco le alertó que Hedwig estaba regresando, abrió rápidamente la carta con la respuesta de Harry. Dado que el pergamino se quemó completamente entre sus manos, maldijo su estupidez al no darse cuenta que, de hecho, no era una respuesta, sino su propia carta devuelta. Miró con furia las ascuas por unos segundos antes de darse cuenta. Levantó la cabeza rápidamente, para ver la alfombra, ahora adornada con una quemadura en su superficie. Harry le había devuelto la carta sin abrir. Esto iba a ser más difícil de lo que había pensado. Había asumido que una disculpa rápida arreglaría las cosas. El chico había sido tan dócil hasta el momento; no había esperado que le regresara la carta sin abrir. Incluso si no podía persuadirle con facilidad para que le perdonara, Severus había esperado un grito en respuesta, no que le ignorara.




Hedwig regresó a la Madriguera al final de la mañana. Harry se sentía terriblemente culpable por olvidarla. Esa tarde, salió a hacer algunas compras necesarias. Su primera parada fue en El Emporio de la Lechuza para buscar una nueva percha. Se rió divertido cuando Hedwig voló hasta la percha más costosa de la tienda. Sus afiladas garras latieron, aferrando la madera, probando su tamaño. No decepcionaría a su fiel lechuza. El hombre tras el mostrador sonrió ampliamente cuando vio eso, y el joven sacó las monedas necesarias para pagar. Unas pocas paradas más tarde, se apareció de regreso en su nueva casa.

Dejó la jaula vieja de Hedwig en el closet, algo que ella secundó ululando con dignidad, antes de volar por todas las habitaciones, revisando su nuevo hogar, mientras Harry acomodaba apropiadamente los comestibles y el resto de las cosas que había comprado. La lechuza notó su nueva percha al lado de la cama, y se posó sobre ella para evaluar la vista desde allí. Cuando Harry escuchó el aleteo, entró en la habitación a investigar; la habitación no era lo bastante grande como para que Hedwig aleteara tan fuerte y tan rápido como el sonido sugería. Para cuando llegó allí, el ruido había cesado, pero la percha ahora estaba orientada hacia la ventana.

—Ave lista —la elogió, riendo, antes de regresar a lavar los vegetales.

Alcanzó su bolsa para sacar una papa y encontró una pequeña nota. Instantáneamente, reconoció la letra de Severus. ¿Cuándo habría dejado esa nota? Leyó:

Si fueras más consciente de lo que te rodea, no habría conseguido poner esto en tu bolsa. Enciende la chimenea para que podamos conversar sobre tus muy necesitadas clases de Defensa.

Harry había estado pensando mucho en Severus; así, cuando creyó haberle sentido mientras estaba de compras, lo atribuyó a su imaginación. Reflexionando sobre ello, hubo varias veces en las que pudo creer que Severus podía encontrarse cerca.

“El hombre debe pensar que soy un idiota”, reflexionó, sin estar muy seguro de que ya estuviera listo para hablar con el profesor de Pociones. Pero, sabía que debía averiguar cuándo empezaría el entrenamiento. Estuvo tentado a ignorarle, pero lo pensó mejor.

Severus fue alertado en el momento que Harry conectó la chimenea. No era exactamente legal que tuviera tal conocimiento del sistema flu, pero ser espía tenía sus ventajas. Siempre que no fuera tan lejos como para escuchar las conversaciones de los demás, podría pasar inadvertido. Después de esperar unos diez minutos, para no parecer demasiado ansioso, lanzó un puñado de polvos flu al fuego para hacer la llamada.

—Señor Potter —observó a Harry, varita en alto, cambiando los colores de las cortinas de las ventanas del frente de la casa. El joven pegó un brinco al escuchar su nombre, manteniendo en alto el brazo con que sostenía la varita; había estado esperando a Severus, pero se sobresaltó de todas formas.

—Hola. Umm, disculpa —musitó, apartando la varita—. Vaya que soy consciente de lo que me rodea —musitó. Severus sonrió y el joven se dio cuenta que lo había dicho en voz alta.

—Es bueno ver que algo de lo que te enseñaré te resultará útil algún día —comentó el hombre, y el otro se esforzó en no rodar los ojos—. No debemos hablar demasiado por aquí hasta que hayas tenido oportunidad de autorizar tu lista de la red flu.

—¿Cómo sabes que no lo he hecho ya?

De repente, Harry pensó que el Slytherin estaba hablando con más autoridad que por una simple suposición. Retrocedió un paso para permitir que entrara. En lugar de salir a través de la chimenea, Severus se retiró de la red flu y se apareció, parándose directamente en frente de Harry.

—¿Qué clase de espía sería si no supiera tales cosas? —musitó, su voz apenas un susurro. Harry sintió un escalofrío por su espina dorsal—. Te recomiendo fuertemente que hagas la lista de la gente que permitirás hablar o viajar a través de tu red flu, en lugar de la lista, mucho más grande, de la gente que deseas que sea excluida.

Harry asintió. Todavía tenía que lidiar con el enorme paquete de pergaminos que había llegado del Ministerio, explicando cómo hacer que su red flu fuera accesible únicamente a las personas que quería. Era más costoso de ese modo, pero evitaba que cualquiera con un puñado de polvos flu tuviera acceso a ver su salita de estar. De repente, tomó consciencia de que dado que Severus estaba allí, debía cerrar la red flu. Con un giro de varita, el fuego se apagó.

>>Nos reuniremos para tu entrenamiento cuatro veces a la semana: lunes, martes, miércoles y viernes. Después del primer mes, Kieran y yo evaluaremos tus progresos, y haremos tantos cambios en el programa de trabajo como consideremos necesarios.

Harry volvió a asentir.

—Bien, el jueves no es bueno para mí de todas formas —contestó, repasando el horario en su mente. Severus levantó una ceja, como si preguntara qué podría tener que hacer ahora que había terminado la escuela y no tenía trabajo. Harry decidió no contarle sobre las clases de tradiciones mágicas para los hijos de muggles. Ya Severus sabía suficiente sobre él.

“Si es un espía tan bueno, dejémosle que lo averigüe por si mismo”

Harry estaba un tanto desanimado por el hecho de que Severus estuviera actuando tan ‘el negocio es lo habitual’ y no le hablara de temas más personales. Se resignó al hecho de que establecer el programa de trabajo era lo más importante; tendría que dejar los otros asuntos para más tarde.

—No puedo darte la dirección del lugar de entrenamiento. Tendré que llevarte la primera vez para que puedas atravesar las protecciones. Después de eso, serás capaz de aparecerte sin problema.

Harry sabía que era complicado aparecerse en un sitio desconocido incluso después de haber estado allí una vez, especialmente cuando tenía poco tiempo con su licencia. Severus tendría que ayudarle a llegar si no le daba una dirección.

>>¿Estás listo?

—¿Ahora?

—No queda al doblar la esquina, y puede que necesitemos varios intentos. Mejor ahora que mañana, cuando Kieran esté esperando.

—Vale —aceptó con gesto sombrío—. No queremos que Kieran tenga que esperar, ¿verdad?

Severus desdeñó el tono sarcástico del joven.

—Descubrirás que Kieran pierde la paciencia rápidamente, y no querrás eso —no explicó porqué no querría que Kieran se hartara. Severus le abrazó y, por un momento, Harry olvidó porqué lo hacía—. Concéntrate en mí, igual que en las clases de Aparición —le ordenó llanamente—. A la de tres —Harry asintió, comprendiendo—. Uno, dos… —el joven apretó los ojos para concentrarse—. Tres.

A su arribo, Severus le sostuvo por los hombros hasta asegurarse que mantenía el equilibrio. Cuando Harry sintió el piso sólido bajo él, y que estaba de una pieza, abrió los ojos para ver un establo muy amplio. La construcción se veía como si fuera utilizada habitualmente para cobijar un gran número de caballos, o animales similares. Ahora, las paredes divisorias para los residentes habían desaparecido, dejando un enorme espacio abierto. Antes que pudiera seguir inspeccionando el lugar, Severus habló:

>>Aparece de nuevo en tu casa y regresa. Si no vuelves en tres minutos, iré allá para ver cuántas piezas dejaste detrás.

Harry mantuvo el rostro impasible. No iba a dejar un pedazo en el camino, y le probaría su habilidad aunque sólo fuera para quitarle esa maldita sonrisa de la cara. Miró alrededor una vez más, concentrándose en el lugar en que estaba parado. Con un chasquido, desapareció. Severus verificó su reloj, y si Harry le había asombrado al regresar cuarenta y cinco segundos después, no lo demostró. El joven sonrió, y resistió la urgencia de bajar la vista para verificar si todo él estaba allí. El mayor le ofreció ayuda para aparecerse en el viaje de regreso, pero se rehusó, pese a que Severus insistió en su inexperiencia.

Cuando se aparecieron en su salita de estar, Harry bajó la vista esta vez, asegurándose de haber regresado completo. Ése fue su primer error; el segundo fue levantar la cabeza muy rápidamente.

—Verás, yo soy completamente… —no pudo terminar la oración, pues estrellas comenzaron a girar alrededor de su cabeza, distrayéndole, y comenzó a deslizarse hacia el piso parqué. Anticipando el hecho, Severus ya le estaba rodeando con sus brazos, evitando su caída. Harry estuvo vagamente consciente de ser sostenido por unos fuertes brazos y colocado suavemente sobre el diván. Realmente, había sido mucha distancia para aparecerse cuatro veces en menos de diez minutos. Severus tenía que admitir que estaba impresionado.

Los ojos verdes parpadearon para abrirse, mientras un paño frío era colocado sobre su frente. Suaves dedos apartaron el cabello tras las orejas, ocasionando una leve punzada de dolor.

>>Auch, ¿qué fue eso? —murmuró Harry.

Los ojos oscuros se entrecerraron y se enfocaron en la causa de la incomodidad del Gryffindor.

—Alguien ha estado mordisqueando tu oreja.

Al escuchar las palabras, Harry abrió los ojos de par en par. Sabía que había bebido la noche anterior, pero no tanto. Como si supiera que estaban hablando de ella, Hedwig salió volando del dormitorio y aterrizó en el apoyabrazos del sofá, detrás de Harry. Él la saludo de su manera habitual, y recibió un suave picotazo en la oreja; no fue sorpresa que lo hiciera en la misma zona maltratada, ahora roja y dolorida.

—Oh, sí, el señor Weasley me dijo que ella trató de entregarme una carta, pero no logró despertarme. Quienquiera que la haya enviado, debió ser extremadamente intimidante; Hedwig nunca había sido tan persistente —comentó, frotándose la oreja.

Severus permitió que su rostro mostrara algo de culpa, pero contuvo la sonrisa mientras, internamente, suspiraba con alivio. Harry no le había devuelto la carta; simplemente, no la había recibido.

—Puede que yo fuera algo insistente cuando la envié —admitió, recordando que la había amenazado con arrancarle cada pluma de su cuerpo.

Se dijo a si mismo que era para proteger el secreto de su relación, y no por orgullo, pero de momento no creía eso. Como su conversación interna duraba demasiado tiempo, Harry le interrumpió.

—¿Qué decía la carta? ¿Puedo verla? —su voz sonaba débil por el agotamiento, pero no le importaba de momento. Parecía que el estado en que estaba volvía a Severus más propenso a la conversación.

—No —contestó, frotándose los dedos donde el pergamino le había quemado—. Me disculpo. No era mi intención herirte. De hecho, precisamente, esa es la razón por la que estaba tan disgustado —ayudó a Harry a enderezarse—. Quiero darte oportunidad de que me conozcas, y yo a ti. Aunque te he contado unas pocas cosas, son pálidas en comparación con lo mucho que he aprendido sobre tu vida. La imagen que tenía sobre ti en el pasado era infundada, y mientras más te conozco, más me asombras, por tu perseverancia, y por tu habilidad para mantener una actitud positiva a pesar de lo que la vida ha lanzado sobre ti.

Harry había escuchado elogios como esos en el pasado, y siempre le habían molestado, le sonaban a la adoración al héroe. Pero escucharlos de Severus era algo completamente diferente. Aún así, todavía no era suficiente.

—Yo… gracias. Significa mucho para mí, pero no explica porqué te enojaste.

—Hay muchas cosas sobre mi vida que tú ignoras. Algunas, te las contaré con el tiempo, y otras no. Soy mucho mayor que tú, y he cometido demasiadas acciones que no puedo perdonarme. No quisiera cargarte o oscurecerte más con el conocimiento de esas acciones, pero no siento correcto dejar que sigas conmigo sin decirte las cosas que he sido, y todavía soy, capaz de hacer.

Harry bajó ligeramente la cabeza, asintiendo.

>>Para ser brutalmente honesto contigo, tenía miedo. Anticipaba, sin lugar a dudas, que llegaría un momento en que te darías cuentas que tenías una relación con un sarcástico bastardo y romperías conmigo. Pensé que tu amor por mí sólo significaría que resultarías herido cuando descubrieras la verdad —confesó sinceramente.

Harry levantó la cabeza, sorprendido por la forma honesta y abierta en que el hombre estaba hablando.

—¿Qué pasará ahora? ¿Te has dado por vencido sobre lo nuestro? —Harry maldijo la debilidad en su voz.

—No, no me he dado por vencido —Severus deseaba tocarle, tomar su mano, algo. Pero se resistió; no estaba acostumbrado a que las cosas fueran a su favor—. Si aceptas mis disculpas, continuaremos conociéndonos, y veremos a dónde nos conduce eso.

—Acepto tus disculpas —dijo Harry suavemente. Estaba acostumbrado a las peleas de sus amigos, con gritos y chillidos. Todo esto parecía demasiado fácil.

—¿Pero? —presionó Severus, al ver la expresión de inseguridad en su cara.

Harry se encogió de hombros.

—No sé. No puedo decir que esté completamente de acuerdo, pero comprendo porqué sientes de ese modo, y porqué deseas esperar antes de que nuestra relación vaya muy lejos —comentó, refiriéndose al sexo—. Supongo que sólo es que se siente, no sé… —hizo una pausa—… demasiado fácil. Quiero decir, ¿esto es todo y ya somos felices de nuevo?

Severus le levantó la barbilla, instándole a mirarle a los ojos.

—¿Qué deseas que pase, Harry?

—No sé. No estoy acostumbrado a peleas tan tranquilas, y que se resuelvan con tanta sencillez. Supongo que desconozco lo que hace la gente común en situaciones como ésta —prácticamente, había ensayado lo que quería decir, o más bien gritar, a Severus—. Yo sólo deseaba gritarte, pero ahora la idea no me parece tan atrayente como anoche, cuando estaba bebido.

“O esta mañana”, pensó.

El Profesor mantuvo el rostro impasible, pensando que Harry no apreciaría que mostrara su diversión ante tal declaración.

—Si consideras que todavía quedan cosas que deben ser dichas, quizás todavía podrías mostrar tu punto de vista, sin gritar —le propuso, sonriendo. Harry le devolvió una dura mirada.

—Deja de ser lindo. Todavía estoy enojado —mantuvo el ceño fruncido con mucho esfuerzo.

—Yo no soy lindo —contestó Severus, secamente.

Con la broma terminada, permanecieron sentados, en silencio, mientras Harry organizaba sus pensamientos, para luego sentarse con las piernas sobre el sofá, quedando frente al hombre. Empezó a hablar suave y calmadamente.

—No es justo que conocieras mis sentimientos antes que yo mismo. Ahora, no sé cuanto me hubiera demorado en reconocer que era amor lo que estaba sintiendo. Incluso entonces, probablemente hubiera estado demasiado asustado para confesártelo durante un tiempo. Hasta ahora, esto no nos ha hecho ningún bien. No es como si yo estuviera esperando oírte proclamar que también me amas. Demonios, si ya estaba en una nube cuando me dijiste en la enfermería que no me odiabas —bramó. Severus permaneció quieto, escuchando—. Una parte de mí desearía no haberte sanado nunca; pero la otra parte, no quiere perder lo que compartimos esa noche en tu habitación, después del baile. Excepto por toda la sangre, preferiblemente. Hablamos, preparamos una poción, me contaste cosas sobre ti y tu pasado. Confiaste en mí, y dormimos uno en brazos del otro. Así es como pienso que me gustaría tener una relación —musitó serenamente, antes que su tono cambiara ligeramente.

>>Entonces, te despertaste irritado, y desde entonces nada volvió a ser igual. Tuviste que irte, y mostrarte mojigato, y mantener a raya al Niño Que Vivió porque no querías herirme, o porque no estabas listo para lidiar con mis sentimientos —su voz había subido de tono considerablemente—. ¡Nada de esto habría pasado si no te hubieras comportado como un obstinado burro, que no pensaba que valía lo suficiente como para despertar a Albus para que le sanara! ¡Sabes que él te ama, cretino! —chilló, inseguro de cómo seguir, y de si ahora Severus le gritaría a él.

Se quedó mirando fijamente la tapicería del sofá, mordiéndose el labio. Sev le atrajo para abrazarle. Tragó con fuerza, dejando que los cálidos brazos le rodearan con seguridad. El Slytherin respiró profundamente, exhalando sus palabras sobre el despeinado cabello del muchacho.

—Lo siento, Harry. Lo siento tanto —musitó, sosteniendo a su tembloroso amado entre sus brazos.

Después de lo que parecieron siglos, Harry habló de nuevo.

—Supongo que todavía necesitaba gritar un poco —susurró, en un tono que era sospechosamente similar a un sollozo.

El hombre resopló su diversión en el alborotado cabello.

—¿Te sientes más normal ahora? —bromeó.

—No. La mayoría de la gente normal, tienen sexo después de una pelea —señaló, sonriendo.

—¿Quién dijo que tú eras normal? —le atrajo más cerca para besarle suavemente.

Harry murmuró algo que sonó vagamente similar a ‘cretino’, y respondió el beso con entusiasmo.









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MensajeTema: Re: Death Eater takes a Holiday. Capítulo 37. Disculpas   Mar Dic 06, 2016 6:12 pm

Jajaja si demasiado facil Harry, has que sufra mas jajjaja, me gusto que Harry "Gritara", lastima que no sea normal para reconciliarse como las personas normales jajajajajja, nos dejaron con ganas de ver mas pero bueno que le vamos hacer.
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Death Eater takes a Holiday. Capítulo 37. Disculpas
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