La Mazmorra del Snarry


 
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 Death Eater takes a Holiday. Capítulo 36. Ritos de paso

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alisevv

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MensajeTema: Death Eater takes a Holiday. Capítulo 36. Ritos de paso   Miér Ene 13, 2010 11:58 pm


Death eater takes a holiday
Capítulo 36

Ritos de paso



—Pensé que lo que usaste bajo tu túnica del baile era malo, pero esto es un sacrilegio —se quejó Ron, cuando Harry se colocó una ropa verde bajo la roja y dorada túnica ceremonial de Gryffindor.

—¿Mejor? —contestó Harry, levantando la túnica verde en un gesto cómico, para mostrar sus boxers rojos con pequeños leones dorados.

Seamus acababa de enderezar su sombrero por tercera vez, y echó un vistazo para observar a Harry sosteniendo su túnica en alto.

—Ey, ves, por eso rompí contigo. Cada vez que me doy la vuelta, le estás levantando tu túnica a algún tío —bromeó—. ¡Auch! —gritó cuando Ron le lanzó una quaffle. Era la pelota del último juego de la temporada. Todo el equipo la había firmado para Ron, quien había anotado los últimos diez puntos para ganar el juego. Seamus maldijo cuando su sombrero fue golpeado por la quaffle, pero lo olvidó al mirarla más detenidamente.

—Asombroso juego fue ése —comentó, recordando que al ganarlo habían conseguido la Copa de Quidditch para Gryffindor.

Para Ron había sido, de lejos, el juego de su carrera en la escuela. Sorpresivamente, Harry no había atrapado la snitch, pero Gryffindor estaba tan aventajado en el marcador, que aún así les habían ganado a Ravenclaw por diez puntos

Ron colocó la pelota en su baúl, listo para bajar a la sala común por última vez. Se miró al espejo y suspiró. Estaba absolutamente rojo. El cabello pelirrojo que salía del sombrero hacía un extraño contraste, y sus mejillas seguían rosadas por el tiempo que había pasado al sol el día anterior. Harry rió entre dientes.

—Sabes, Ron, creo que Malfoy tuvo razón. Las comadrejas no se broncean —se burló, agachándose

—¡Es mejor que lucir como un duende de Navidad! —regresó la burla—. ¿Ese equipo viene con las medias verdes también? ¿Y los zapatos puntiagudos?

—Tenías que mencionar la palabra Navidad, ¿cierto? —Harry le hizo una fingida mueca de desprecio—. ¡Mierda! Mejor voy a llevar jeans bajo eso —se quitó la túnica verde y la lanzó al baúl, prefiriendo su ropa muggle.

—Te cambias de ropa más que la mayoría de las chicas, condenado engreído —Ron siguió atormentando a Harry. Si no lo hacía, tendría que ponerse a pensar en serio que era su última vez en aquel lugar. Iba a extrañar a Harry. Siempre serían amigos, pero no era lo mismo a estar durmiendo a cuatro pies de distancia cada noche.

—Simplemente, estás celoso. Cuando fui expuesto públicamente, se rompieron muchos corazones por todo el mundo mágico —canturreó Harry, esbozando su mejor sonrisa estilo Lockhart—. Todas esas pobres mujeres viendo sus sueños hechos pedazos al darse cuenta de que nunca tendrían oportunidad con el Gran Amante Que Vivió —terminó, sacando la barbilla con arrogancia.

—Gran Amante mi trasero —retrucó Ron—. Consigue acostarse una vez y cree que es un regalo de Dios para los magos.

—Dos veces, pero espero que el número aumente a tres después de la ceremonia, quizás hasta cuatro —declaró, elevando las cejas sugerentemente. Ron hizo una mueca, torciendo el gesto—. Detente, pareces estreñido cuando pones esa cara.

—Ey, dejaré de hacerlo cuando tú dejes de hablar de esas cosas —replicó, volviendo a hacer una mueca. Disfrutaba las bromas siempre y cuando no fueran específicas.

—¿Dos veces? —indagó una voz no muy segura—. ¿Quién? —se atrevió a preguntar Neville.

Los ojos de Harry y Ron se encontraron por un momento; sabiendo que su amigo había tenido un largo camino en Pociones, el conocimiento de cualquiera teniendo sexo con Severus Snape trastornaría al muchacho. No que hubieran podido decírselo a ninguno de ellos, de todas maneras.

—Un caballero nunca cuenta —dijo Harry. Su voz sonaba con humor, pero sus ojos verdes revelaban sinceridad.



El Gran Comedor era digno de ver. Estandartes de las cuatro casas colgaban orgullosamente de las paredes. Los estudiantes estaban sentados en los puestos más cercanos a la mesa principal, mientras los familiares llenaban el resto. Harry no se había dado cuenta de cuán diferente sería ver a todos sus compañeros de año vistiendo con los colores de su Casa. Era una visión festiva. Los parientes muggles observaban la vista del techo encantado, aliviados al observar que el interior del castillo era mucho más agradable que el ruinoso lugar que habían visto a su llegada. Excitada, Hermione explicó a sus padres que podrían ver Hogwarts al concluir la ceremonia. Ahora que habían sido invitados a entrar, el encantamiento para detener muggles no evitaría que ellos pudieran admirar la grandeza del castillo.

Se sentaron, respetuosos y tranquilos, escuchando mientras el Director compartía sus palabras de sabiduría a la clase que iba a partir. Aunque no mencionó su nombre, Harry supo que Albus se estaba refiriendo a él en varias oportunidades a lo largo del discurso. Eso había caldeado su corazón.

Hermione, en su calidad de Premio Anual, fue la siguiente en hablar, haciéndolo muy bien. Para cuando terminó el discurso del Premio Anual por los chicos, la gente se estaba comenzando a impacientar. Puede que el muchacho hubiera dado un discurso estupendo, pero Harry no lo sabía pues a ese punto ya había dejado de prestar atención. Probablemente, ése era el caso de la mayoría de la población estudiantil, pero aún así le aplaudieron tanto como a Hermione, posiblemente porque habían estado anhelando que terminara. Todos querían escuchar el anuncio de sus nombres, cuando caminarían por el pasillo para recibir los certificados que les declararían como magos completamente entrenados.

Premiaciones especiales fueron dadas a los estudiantes excepcionales que habían obtenido los promedios más altos en los EXTASIs, Hermione, la primera del curso, y Harry, quien era el quinto, eran los únicos Gryffindors entre los estudiantes que recibieron un galardón; los otros eran Ravenclaw, en su mayoría, y, sorprendentemente, un Hufflepuff. Más tarde, los padres de Hermione comentaban las altas marcas de Harry. El señor Granger le dio unas palmaditas en la espalda por poner su mayor esfuerzo, tal como deberían hacer todos los estudiantes. Hermione le lanzó a su amigo una mirada de disculpa. Ella sabía que después de la muerte de Sirius, Harry había necesitado poner algo más de distancia entre la gente y él. Había necesitado espacio para lograr recuperar la cordura, que en ese momento, había sentido como si se hubiera estado disolviendo. Se había encerrado en sí mismo durante las clases, manteniéndose lejos de los problemas, y había pasado mucho tiempo con ella, estudiando. Harry le sonrió a su amiga, al verla tan apenada por el hecho de que sus padres le hubieran elogiado por ‘un trabajo bien hecho’. Fácilmente, podía ver que ellos la habían motivado mucho para hacer bien cualquier cosa que emprendiera.

Fueron llamados por orden alfabético, igual que la primera noche que llegaron a Hogwarts, esperando ser seleccionados. Los familiares y amigos aplaudieron mientras los Jefes de Casa les entregaban los certificados a cada estudiante. La profesora Minerva McGonagall, tan correcta como siempre, con su cabello recogido en un apretado moño, alzó la cabeza, dando a Harry una sonrisa orgullosa mientras los estudiantes vitoreaban ensordecedoramente cuando su apellido fue llamado. Durante un momento, Harry observó el documento donde su nombre estaba escrito en tinta púrpura, para luego saludar a sus amigos con la mano, y sonreír para la foto con su Jefa de Casa, tal como hacían todos los estudiantes. Sorprendida por el afectuoso abrazo que recibió de su entrañable estudiante, Minerva agradeció que los siguientes nombres no fueran de su Casa, pues no confiaba en su voz.

El apellido de Ron fue pronunciado casi al final, pero no recibió menos aplausos que Hannah Abbott, que había sido la primera en ser llamada. El ganar la Copa de Quidditch de ese año le había conseguido muchos elogios de la Casa Gryffindor. Harry recordó la imagen de Ron en su primera visita al Espejo de Oesed. Él no había sido Premio Anual, pero no creía que se sintiera demasiado disgustado por eso. El que tantos de sus deseos se hubieran logrado era una hazaña asombrosa. Harry se sentía realmente feliz por su amigo, pero no pudo evitar el recordar sus propios sueños y esperazas de los pasados años, y sentirse decepcionado una vez más.

Se dijo a sí mismo que no debía ser llorón, y levantó la cabeza, resuelto a seguir siendo el hombre seguro en que se había convertido a pesar del último año de adversidad. Decirse a sí mismo que las cosas iban a ir bien con Severus le había tranquilizado, pero el destino no había sido demasiado amable con él en el pasado, y seguía pensando que todo era demasiado bueno para ser verdad. Pasó de tener poca o ninguna atención de Severus durante meses, a tener, de repente, dos interludios íntimos en cuestión de días. Se regañó a sí mismo por cuestionar su buena fortuna, y decidió disfrutar el resto de lo que debería ser un día especial. Ahora se daba cuenta de porqué la doctora Erin había insistido en que debería verla una vez más luego de terminar la escuela, aún cuando no necesitaba hacerlo. Ahora entendía porqué ella había dicho que éste podía ser un día difícil para él, aunque no lo comprendió en ese entonces. Al menos, se sentía agradecido de no estar tan sensible como las chicas, a las que podía ver enjugándose los ojos con sus pañuelos.

Harry se estaba sintiendo muy solo entre la multitud, a pesar de que varios compañeros le habían presentado a sus padres y hermanos. La mayoría de los estudiantes se mezclaban por el recinto, hablando con sus parientes y presentándolos a todos. Algunos padres estaban viendo el castillo por primera vez, mientras otros recordaban su propia época en Hogwarts. Albus se mantenía ocupado retratándose con los estudiantes. Con Lucius Malfoy en el salón, Harry no tenía oportunidad de mirar a Severus. Los Weasley le tomaban como miembro de su familia, pero él no deseaba hacerle sombra a Ron, así que a ratos mantenía una distancia prudencial, y a ratos se reunía con los demás.

Al ver que la fila de espera había disminuido un poco, Harry acompañó a Hermione y sus padres a tomarse las fotos de familia. Hizo el tonto por detrás del fotógrafo, logrando que Hermione riera para la cámara. Cuando llegó su turno, llamó a Albus para sacarse la foto.

—Ésta es la fila para las fotos de familia —declaró el fotógrafo, impaciente—. Las fotos con el Director son por esa fila de allí —informó, sin molestarse en levantar la vista de su cámara.

—Bien, entonces es bueno que yo me encuentre en el lugar correcto, ¿no es así, mi muchacho? —replicó el anciano con cordialidad.

El hombre alzo la cabeza y, al darse cuenta que era Harry Potter quien estaba con el Director, se disculpó con ambos.

Cuando Albus se convirtió en el guardián legal de Harry, había tratado, por el bien del chico, de mantener el asunto alejado de la prensa; pero cuando los documentos fueron llenados en el Ministerio de Magia, alguien de la Oficina de Registros había decidido ganarse unos rápidos galeones, vendiendo la información a El Profeta. Había sido una gran historia. La mayoría inventada, dado que pocos sabían las razones de que Harry ya no estuviera al cuidado de los Dursley. Las suposiciones hechas por los reporteros había ido desde el absurdo, diciendo que Harry había sido adoptado como parte de un gran plan para apoderarse del mundo mágico, hasta que había estado viviendo en una situación indigna, lo cual no estaba muy lejos de la verdad.

Un periódico incluso imprimió una representación artística de una choza medio derruida con ratas corriendo alrededor. Ante esto, Ron había estado tentado de mandarle un correo a los Dursley, sabiendo cuánto alucinaría la tía de Harry. Dado que la mayoría de las historias discrepaban unas de las otras, el público no estuvo seguro de a cuál creer, y todo había pasado antes que Harry se recuperara lo suficiente como para que le importara. Había estado largo tiempo curándose. Fue una de las pocas veces en que el chico se había sentido agradecido de estar fuera de acción por tanto tiempo. Había perdido completamente la mayoría de las notas de prensa, y los pocos estudiantes cuyos padres habían sido aurores perdidos en la batalla, había dejado su resentimiento contra él por eso, dado que no parecía que fuera a sobrevivir. Para cuando Harry estuvo lo bastante bien como para asistir nuevamente a clases, aquellos que habían querido discutir con él se habían dado cuenta que su salvador era, de hecho, humano, y decidieron no hablarle de ese día.

Puede que Harry no tuviera oportunidad de mirar en dirección de Severus, pero el maestro de Pociones sí le estaba observando, el ser espía tenía sus beneficios. Sabía cómo observar a Harry sin ser detectado, en un salón lleno de magos y brujas adultos. Le había visto reír con sus amigos y estrechar cortésmente la mano a la abuela de Neville. También rió internamente al observarle escupir algo en una servilleta sin mucha ceremonia. Un par de cabezas rojas idénticas, riendo y señalando al maleducado Niño Que Vivió, explicaron el hecho, y Severus se recordó a sí mismo no comer ni beber nada de la mesa de los aperitivos.

Cuando todas las familias terminaron de tomar las fotografías y los estudiantes se habían despedido finalmente, los baúles fueron recogidos del vestíbulo, a donde los elfos domésticos los habían llevado durante la celebración. Los Weasley arreglaron el transporte para los Granger, para ir a la Madriguera, a una fiesta que habían organizado. Harry giró la cabeza cuando escuchó la voz de Charlie.

—Ey, Bill, parece que el profesor Snape te está ‘admirando’ — Harry casi se torció el cuello de la velocidad con la que giró la cabeza al escuchar el comentario de Charlie Weasley—. Ha estado mirando hacia aquí por un buen rato.

Harry se dijo a sí mismo que sería una explicación perfectamente razonable que Sev estuviera mirando a Bill. El primogénito de los Weasley era genial, tranquilo y muy atractivo; a Harry le gustaba pensar que él también poseía esas cualidades, pero tenía que admitirlo, Bill era mayor, y desenvuelto, y no tenía la mirada inocente que él todavía exhibía.

Harry tuvo la impresión de que los gemelos querían hablar con él cuando se ofrecieron a llevar su baúl a su nuevo hogar. Ron y Hermione iban con los padres de ella para hacer más sencillo el viaje hasta la Madriguera. Harry les contestó que los encontraría dentro de un rato y podrían llevar su baúl después; en ese momento, lo que deseaba era ver a cierto profesor de Pociones. Revisó su equipaje, para asegurarse que no habían intentado forzarlo, antes de encaminarse a recoger algunas cosas de su habitación en la torre de Albus.

Era una habitación tranquila, un lugar donde podía relajarse sin importarle el mundo. Harry se preguntaba con frecuencia si estaría encantada, o si simplemente era el hecho de que, al estar tan cerca de Albus, allí se sentía seguro. Albus realmente había cuidado de él desde el fatídico día en que había descubierto cuán equivocado había estado, al pensar que Harry iba a estar bien cuidado por su familia.

El Gryffindor se sentó en la cama y paseó la vista por la habitación azul cielo. El tocador estaba decorado con fotos. Algunas, de Albus y él en vacaciones. Otra, de Harry riendo mientras un excitado anciano abría un regalo de Navidad; en la foto, parecían ser un par de cálidos calcetines de lana, pero debajo del artículo, habían estado una gran cantidad de golosinas muggles.

Miró la foto con nostalgia, recordando el dolor de estómago que había tenido esa noche por comer aquella obscena cantidad de dulces. Justo cuando Harry había pensado que no volvería a probar un chocolate en su vida, Albus sacó de su bolsillo dos pequeñas ranas de chocolate extrañamente coloreadas y las dejó caer en algo de té, haciendo que empezaran a formarse burbujas. Cuando su estómago se calmó, después de tomar la bebida según las instrucciones del anciano, Harry comprendió que era alguna especie de antiácido mágico.

—Todos deben comer caramelos ‘hasta enfermar’ al menos una vez en la vida —Harry dejó la foto en su lugar al escuchar la voz del viejo mago en la puerta.

—Gracias, Albus —dijo con sinceridad.

—Por nada en absoluto, Harry —contestó con una pequeña inclinación—. Tengo algo para ti —informó, feliz. Como si fuera una señal, dos elfos domésticos llegaron a la puerta, transportando una gran caja envuelta en papel de regalo de colores brillantes y con una ancha cinta con lazo alrededor—. El pensadero que te di en la Ceremonia de Protección fue en realidad un obsequio de todos los profesores, incluyéndome. Esto es de mi parte. Uno de los beneficios de ser tu guardián; puedo darte un regalo por terminar la escuela sin que parezca que favorezco a un estudiante por encima de otro.

Harry tomó la caja del elfo, que estaba luchando con el pesado paquete. Se apoyó, pero aún así se estremeció con una risita, cuando jaló la cinta para abrir la caja y el papel en que estaba envuelta desapareció mientras una pequeña explosión de confeti estallaba en el aire. Albus observó con anticipación mientras un sonriente Harry hacía una pausa para permitir que los fragmentos de papel llovieran sobre ellos.

Harry levantó la tapa de la gran caja, impresionado por su contenido. Estaba sorprendido de que sólo dos elfos domésticos hubieran transportado un bulto tan pesado. Con algo de ayuda de su guardián, sacó el reloj de la caja. El enorme reloj de madera de cerezo estaba fabricado para ser montado en la pared. Tenía un vidrio con forma de cúpula cubriendo la parte frontal, y varias áreas divididas con frases como: Hora de Trabajar, Hora de Dormir, e incluso una que decía ‘Hora de cenar con Albus’. Harry leyó todos los membretes, riendo entre dientes. En una pequeña gaveta en la parte baja del reloj, habían varias manecillas que podían ser agregadas, y un libro listando los hechizos necesarios para agregar más membretes. El joven se echó a reír.

—No creo que yo vaya a poner una manecilla que diga: Hora de ordeñar la vaca.

—No, ¿pero qué tal uno que diga Hora de hablar con Severus? —preguntó Albus enigmáticamente.

Segundos después, se escuchó que alguien tocaba a la puerta de la oficina del anciano. Pudo verse una sonrisa en la larga barba blanca.

—¿Vas a decirme cómo haces eso antes de que me vaya hoy? ¡Llámalo un regalo de despedida!

—No te vas a ir por mucho tiempo, mi querido muchacho. Te veré para cenar un día de la próxima semana, a las cinco. Así, podremos comer antes de tu primera reunión con La Orden, a las siete —declaró, riendo entre dientes ante el intento del muchacho de adquirir sus secretos.



Harry dejó su baúl en el suelo con mucho cuidado y se apareció en el interior de su apartamento para abrir una ventana. George, o tal vez Fred, levitó el equipaje hasta la ventana, por donde fue empujado con seguridad hacia el interior. Luego, el dueño de casa se dirigió a la puerta, para admitir a los gemelos. Podía escuchar sus pasos en las escaleras mientras cruzaba la habitación.

—Adelante —invitó, abriendo la puerta al tiempo que ellos alcanzaban el último peldaño.

—Ey, te estás convirtiendo en un verdadero Dumbledore —bromeó Fred, con eso de que Harry había abierto antes que ellos pudieran tocar.

—Claro, como yo no sabía que serían ustedes —declaró Harry, inexpresivo—. Él nunca me diría cómo hace eso. Vaya guardián —bromeó.

Los gemelos rieron y miraron alrededor. Harry les observó, nervioso; más que curiosear el lugar, parecía que estaban acechando. Observó mientras abrían las puertas del closet vacío y miraban dentro. Luego se miraron entre sí sin hablar, sólo haciendo contacto visual y asintiendo ocasionalmente. Harry recordó que Ron decía que los gemelos podían tener una conversación completa sin decir una sola palabra.

—Gran lugar el que tienes aquí —comentó Fred

George ya se dirigía a la cocina cuando Harry le advirtió que no tocara nada ni agregara ninguna case de artículos, no confiaba en que esos dos no dejaran alguna ‘broma’ para que él la encontrara más tarde. Fred tuvo el descaro de mostrarse ofendido.

Harry se echó a reír, antes de abrir su baúl para mostrar una caja pequeña con un lazo enorme. Cuando jaló el lazo, la caja creció. Los gemelos observaron con curiosidad mientras el más joven sacaba el reloj de la caja alargada. Le ayudaron a colocarlo en una pared estratégicamente ubicada, de forma que se podía ver con facilidad tanto desde la cocina como desde la salita de estar. Fred miró a Harry con travesura y sacó el libro de instrucciones de la pequeña gaveta en la parte inferior del reloj. Susurró unas cuantas palabras y mostró a Harry el hechizo del libro para su aprobación. La sonrisa del gemelo se amplió mientras el chico de pelo negro tomaba el librito y recitaba el hechizo para añadir el membrete que los otros deseaban en la cara del reloj.

Todos retrocedieron mientras la manecilla comenzaba a moverse y subir hasta su nueva dirección en lo alto de la esfera, donde estarían las doce en un reloj muggle, mientras sonaba una pequeña campanada. Allí se leía ‘Hora de Divertirse’. Los gemelos gritaron y chillaron, emocionados porque había funcionado, pues era, de hecho, hora de divertirse. Empujaron a Harry hacia la puerta para que todos pudieran aparecerse en la Madriguera, pero éste se detuvo, explicándoles que primero quería cambiarse de ropa, y que después se reuniría con ellos allí. Luego de un buen rato convenciéndoles, aceptaron irse para dejarle bañarse en paz, haciéndole prometer que tomaría muchos tragos con ellos más tarde.

Harry sacudió la cabeza, riendo ante las travesuras de los gemelos, aunque no se sentía con humor para fiestas. Cerró y aseguró la puerta antes de ir a su habitación a cambiarse. Riendo de su propia estupidez, regresó a la salita de estar a buscar su baúl. Había entrado en su habitación, dándose cuenta que todo lo que poseía, con excepción del reloj, todavía estaba en ese baúl. Tomando unos jeans y una camiseta, regresó al baño para darse una ducha. Ahora que los gemelos se habían marchado, su mente regresó directo a la conversación que había sostenido con Albus y Severus. En realidad, la parte de Albus era una exageración. Dumbledore había buscado una mala excusa para irse, permitiendo que Severus y Harry hablaran a solas.

Harry dio un paso dentro de su propia ducha y tomó unos momentos para revisar los controles y averiguar cómo cambiar de agua fría a caliente, y de baño a ducha. Poco después, tenía una corriente decente de agua caliente cayendo en cascada sobre su cabeza, dejándole sin otra cosa que hacer sino pensar en las palabras de Severus.


Flashback


Harry y Severus estaban sentados en sillas iguales frente al escritorio del Director, y observaron cómo el mago de pelo blanco desaparecía ante sus ojos. Para ser sincero, fue su breve charla lo que más desconcertó a Harry. Antes que se diera cuenta, Albus estaba abandonando su oficina para hacer una diligencia, en lo que parecía una excusa evidente para dejarles conversar a solas. Harry no estaba muy seguro de desear tener esta charla, si juzgaba la situación en base a la expresión del rostro de Severus. Odiaba ver la mascara de indiferencia que estaba amenazando con tomar posesión de la cara de Sev una vez más. El hombre, al parecer, estaba reuniendo valor para hablar.

—Harry, en tu Ceremonia de Protección —Severus hizo una pausa, tratando de elegir las palabras correctas—. Cuando estuvimos a solas —empezaba nuevamente, cuando Harry le interrumpió.

—¿Albus sabe sobre eso? —farfulló el joven, pensando que el anciano sabía lo que Severus le había hecho en la cocina y se había puesto furioso porque Sev no había mantenido su palabra de no involucrarse con Harry hasta que terminara la escuela.

—No, no es eso… quizás sepa… Oh, no es eso a lo que me estoy refiriendo —aclaró Severus, poniéndose nervioso. Necesitaba decirlo antes de perder el control—. En tu habitación, cuando estábamos moviendo la mesa, me preguntaste si estaba enojado contigo —esperó la confirmación de que Harry sabía de lo que estaba hablando, y cuando el joven asintió, continuó—: Yo había estado molesto porque te encontré dormido, cuando habías prometido permanecer despierto para evitar que yo me desangrara hasta morir por la herida infligida por el Señor Oscuro.

El ruido de alguien atragantándose, disimulado por un resoplido y un ronquido exagerado, les alertó sobre los retratos ‘dormidos’ que llenaban las paredes de la oficina del director.

>>Quizás deberíamos seguir con esto en una habitación más privada —sugirió Severus, y le condujo a una puerta que Harry había olvidado que nadie más podía ver. Entraron en un pequeño pasillo que conducía a los aposentos privados de Albus, donde también estaban las habitaciones de Severus y Harry. El maestro de Pociones se había estado refiriendo a su propia habitación, y se sorprendió al ver que Harry se deslizaba en el interior de un cuarto ubicado justo antes del suyo. Harry se sentó en la cama, y Severus en una silla cercana a la misma.

—Yo sabía que te habías enojado porque me quedé dormido, pero imaginé que eventualmente descubrirías que estabas curado, así que no le di demasiada importancia. Quise preguntarle a Albus si era posible que nuestras raíces fueran del mismo árbol familiar, pero él fue demasiado vago respecto a mi capacidad de sanarte y dijo que ese asunto debería hablarlo contigo. Supongo que no tuve oportunidad hasta este momento —respiró profundamente, al darse cuenta que había dicho todo de un tirón—. En realidad, yo había esperado que estuvieras enojado conmigo por encender la chimenea de tus habitaciones privadas, considerando las consecuencias —empezó a disculparse nuevamente por eso, pero Sev le interrumpió con un movimiento de la mano.

—Considérate afortunado por esta vez. No deberás mostrar tal falta de sentido común en el futuro —le advirtió con un gruñido—. Si yo no hubiera estado tan completamente aturdido por saber que tú me habías curado, probablemente no te hubiera dejado escapar tan fácilmente. En verdad, yo creía que Albus era la única persona capaz de sanarme, y me sorprendió saber que habías hecho eso por mí.

Harry permaneció en silencio, aguardando a que Severus continuara. Esto era muy serio; él estaba ansioso por saber porqué había logrado hacer algo tan grande. Qué era eso que le hacía diferente de todos los demás, cómo si necesitara tener más habilidades que el resto de los magos no tenían. Al menos, Albus también podía hacerlo. Eso aliviaba sus temores de volver a tener alguna monstruosa habilidad por su conexión con Voldemort. Recordando que Albus había sanado a Severus una vez con anterioridad, preguntó:

—¿Alguien más intento curarte la primera vez que esto sucedió? ¿Qué es lo que me hace tan especial?

—Quizás el que tú te dieras cuenta que el malvado cretino maestro de Pociones es sólo una parte de lo que soy, y te preocuparas por mirar más allá.

—Supongo, aunque eso lo hago porque me preocupo por ti. ¿Pero qué tiene eso que ver con mi pregunta?

—Todo —declaró Severus con sencillez. Harry se mordió la esquina de su labio inferior, sin comprender nada en absoluto. Severus asintió como si hubiera terminado alguna conversación interna consigo mismo y hubiera tomado una decisión—. Cuando yo era más joven, la primera vez —señaló hacia su corazón, donde la cortada había estado cruzando su piel—, quedé devastado al darme cuenta que la persona que yo pensaba que era capaz de sanarme no poseía esa habilidad; y luego, mi propio padre tampoco pudo ayudarme. Yo sabía que él era un hombre frío y brutal, pero pensaba que al menos, al ser su hijo… —su voz se quebró, sintiéndose desanimado. Su propio padre no le amaba—. Estaba asombrado al descubrir que Albus sí podía. Asumí que no habría nadie más.

—Si creías que nadie podría ayudarte, y eras un Mortífago… —musitó Harry con mucho cuidado—. ¿Cómo lo digo? —no sabía las palabras correctas para usar. Odiaba no poder articular sus pensamientos tan bien como Severus, aunque debía admitir que Sev no había estado muy claro esa tarde—. ¿Fuiste a que te sanara Albus porque era el más poderoso? ¿Por qué, entonces, estabas tan sorprendido? No comprendo, lo siento —se disculpó.

—No fui con Albus a que me sanara, al menos, no físicamente. Me di cuenta que iba a morir y a ninguno de los que me rodeaba le importaba yo sino lo que podía hacer por ellos. Deseaba redimirme, como un último esfuerzo por hacer algo bueno con mi vida. Así que fui a ver a la única persona a quien, decepcionarle, me había hecho sentir mal.

—Albus —dejó escapar Harry. No había tenido intención de interrumpirle. Severus asintió.

—Le conté todo pensando que eso podría ayudar al lado de la Luz y le supliqué que me perdonara. Cuando terminé de limpiar mi alma tanto como pude, me encontraba en el piso, sollozando contra una barba blanca, preguntándole a Albus qué haría con mi cuerpo, pues no tenía intención de ser enterrado con los Snape —Severus no podía mirar a Harry a los ojos. Si lo hubiera hecho, habría visto el dolor y las lágrimas contenidas que amenazaban con derramarse de las verdes lagunas—. Albus me dijo que no todo estaba perdido, y que yo todavía podía redimirme si de verdad deseaba ayudar. Aunque en ese momento no le creí, me convencí cuando colocó su varita sobre mi corazón y expresó un sencillo hechizo de sanación, cerrando inmediatamente la herida.

—Se requirió mucho coraje para ir a ver a Dumbledore así—musitó Harry suavemente.

—No, Harry. Difícilmente se necesita cuando crees que vas a morir. Se precisa coraje para decir las cosas y vivir con las consecuencias. Yo nunca esperé vivir. Entonces fue cuando me convertí en espía para la Luz.

“Y oré por la redención”

—¿Por eso Albus confía en ti? —indagó Harry. Severus levantó la cabeza repentinamente—. No quiero decir que yo piense que no haya muchas razones para confiar en ti, pero… —lucho por encontrar las palabras y respiró profundamente—. Siempre supe, incluso cuando tenía once años, que el profesor Dumbledore confiaba en ti implícitamente, y siempre me preguntaba porqué. ¿Qué le hacía estar tan seguro? —expresó, esperando haberse explicado bien.

—Comprendo, y no, ésa no es la razón por la que él confía en mí. Él sabía que yo no esperaba ser sanado, y no iba a confiar en mí sólo porque sentí una punzada de culpa por todas las cosas horribles que había hecho en mi vida hasta ese momento —sacudió la cabeza para aclararlo—. Estamos saliéndonos completamente del tema de esta conversación —sabía que había permitido que la charla fluyera a otros asuntos para retrasar lo verdaderamente importante en ese momento—. Yo tengo una ventaja injusta en esta relación, y Albus quiso que viniera a aclararla. Y yo no estoy listo para esta conversación —apretó el punte de su nariz entre sus dedos pulgar y anular.

>>Voldemort había planeado demostrarme que no tenía a nadie excepto a él, y que debería estarle agradecido por permitirme servirle. La maldición fue lanzada mientras arrastraba su daga a través de mi pecho para que ‘aprendiera la experiencia’, como él lo llamaba. Ciertamente, no había esperado que yo fuera sanado —luego de todo lo narrado, Severus miró finalmente a los ojos de Harry—. Albus tenía que amarme para poder curarme.

Harry abrió los ojos de par en par, pero no habló. Quería estar seguro de haber comprendido completamente, y reflexionaba cuidadosamente sobre todo.

“Albus pudo hacerlo porque le amaba; su propio padre no podía. Él mencionó a alguien más, un posible amor. No, obviamente amor no era el mejor título para quienquiera que fuese”, pensó Harry.

Pronto algo más le impactó.

“Yo le curé. ¿Amo a Sev?”.

Se frotó el rostro con las manos. Si debía ser honesto, no estaba seguro de lo que sentía.

“¿Así es cómo se siente el amor? Tiene que ser.”

Esa era la ventaja injusta que Severus había mencionado.

“Él sabía que yo le amaba incluso antes que yo.”

La comprensión le golpeó. Se levantó, sorprendiendo a Severus. Éste estaba esperando su reacción ante la información, y observó como una variedad de emociones cruzaban las facciones de Harry.

—¿Tú supiste que yo te había curado porque… te amaba, y tu reacción fue enojarte?

No pudo ocultar cuán herido se sentía. Empezó a retroceder hacia la puerta, alejándose de Severus, pero golpeó contra el tocador, tumbando varias fotografías, jadeando cuando se rompió el cristal de uno de los marcos. Sostuvo el marco apretadamente, como si el apoyo de Albus fluyera a través del retrato para protegerle. Severus le observó, aturdido, incapaz de hablar. Se había enojado al descubrir que Harry le amaba, pero no podía explicarle porqué, no sin revelar cosas que no estaba listo para revelar. Estiró la mano hacia el brazo de Harry, tratando de evitar que escapara, aunque no tenía idea de qué iba a decir para convencerle de quedarse. Observó mientras la foto en blanco y negro se volvía roja, y se dio cuenta que al jalar el brazo del joven, había hecho que se cortara con el vidrio.

Sacó su varita con la intención de curarle el corte, pero Harry sacudió la cabeza y retrocedió aún más, fuera del alcance de Severus. No permitiría que el hombre le curara. Las implicaciones del gesto no pasaron desapercibidas para Severus. Él, ciertamente, nunca había dado a Harry ninguna indicación de que le amara.


Fin del flashback


Cuando el agua de la ducha comenzó a enfriarse, Harry supo que era hora de sacar su arrugado cuerpo del vaporoso cuarto de baño. No estaba seguro de estar de ánimo para ir a la fiesta. La ira seguía en su interior, pero decidió que Severus no iba a arruinarle el día; era una fecha especial para celebrar y él iba a ir a la fiesta. Ya seguiría pensando en eso al día siguiente. Sería un lindo accesorio para la resaca que planeaba tener por la mañana.









“No es el árbol, ni la chimenea.
La Navidad es el calor que vuelve al corazón de las personas,
la generosidad de compartirla con otros
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MensajeTema: Re: Death Eater takes a Holiday. Capítulo 36. Ritos de paso   Lun Dic 05, 2016 11:42 pm

Te dije Sev que debiste ser mas claro con Harry, porque esto te iba a traer consecuencias pero eres necio y ahora mira Harry tan aturdido y confuso, ahora va tener que pasar por una buena resaca para poder evadir los problemas, y mira que alguien puede aprovecharse
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Death Eater takes a Holiday. Capítulo 36. Ritos de paso
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